Federico Chabod
Escritos sobre Maquiavelo
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£1 historiador italiano Federico Chabod (1901-1960)
fue uno de los principales especialistas europeos en
los problemas de la historia de la naturaleza del
Estado; antifascista, resistente durante la segunda
Guerra Mundial, desempeñó, luego de ésta, una
intensa labor académica tanto en la investigación
cuanto en la docencia. Uno de los intereses
fundamentales de la obra escrita de Federico Chabod
fue la figura de Maquiavelo, sobre cuyo pensamiento
redactó textos de divulgación y ensayos especializados
que hoy en día se juzgan de indispensable consulta
para los interesados en el tema.
Escritos sobre
Maquiavelo
constituye una compilación
pormenorizada de su labor en torno al primer gran
pensador político de los tiempos modernos; cubre
una amplia gama de géneros y proporciona una
visión completa, apasionada, sellada por la elegancia
y la precisión del pensamiento y el estilo de Chabod.
Nos acerca, además, a uno de los intelectuales
italianos importantes del siglo XX que hasta ahora
era prácticamente desconocido para amplios
círculos de lectores de nuestro idioma <*p
J e £
Fondo de Cultura Económica
ta je e n l a p o r ta d a : N ic o la o M a q u ia v e lo ( 1 -1 6 9 I W 7 )
FEDERICO CHABOD
ESCRITOS SOBRE
MAQUIAVELO
Traducción de Rodrigo Ruza FO N D O DE CULTURA ECONÓMICA MÉXICOPrim era edición en italiano, 1964
P rim era edición en español, 1984
T itulo original: S c ritti ¡u M a ch ia velli
© 1964, G iulio Einaudi s.p.a., T u rin
D . R . © 1984, Fondod e Cultura Económica
A v. de la U niversidad, 975; 03100 M éxico, D . F.
ISBN 968-16-1568-9
NOTA DE L A EDICION I T A L I A N A DE 1964
E l presentí volumen, con el cual se da comiendo a la edición de las obras de Federico Cbabod, recoge en orden cronológico todos los escritos que el gran historiador desaparecido dedicó a Alaquia velo.
Cbabod se vio impulsado desde muy joven a dedicarse a Aíaquiavelo por ¡a renuncia de su maestro, Pie tro Egidi, a encargarse de una edición comentada de II Principe para la colección «Classici italiani», de la Unione Tipográfico- Editrice Torinese (UTfiT). Abocado a determinadas investiga ciones acerca del origen de las señorías, aceptó el encargo, afrontando un tema que era, o estaba a punto de ser, objeto de extendidas polémicas y de consideraciones incluso opuestas, al ir consolidándose la opresión fascista.
l^a «Introdufione a! Principe», que figuraba a principio de texto del librito de los Classici Italiani editado en 1924 por la UTHT, constituyó una original y meditada anticipación del más amplio y maduro ensayo «Del Principe de Niccoló Machiavelli», aparecido por entregas en la Nuova R i vista Storica de 1924 y vuelto a publicar en forma de volumen el año siguiente. En él combatía Chabod la condena maquiaveliana de ¡as milicias mercenarias, convertida en necesidad a principios del siglo XVI, pero para señalar en aquel teórico de la autonomía y lá necesidad de la política al pensador destinado a suministrar alimento, durante más de dos siglos, a la reflexión histórica y crítica. En cuanto al tercer ensayo, «Sulla composisftone de II Principe di Niccoló Machiavelli», fue publicado en Archivum Romanicum de 1924, para sostener, en cortés polémica con Meineckt (de quien Chabod había sido discípulo en Berlín), la génesis de II Principe como obra escrita de una sola ve%, compuesta en un momento determinado y para un fin muy preciso.
Aunque más tarde Chabod ampliara su problemática y sus investigaciones a los distintos aspectos de la historia del Renacimiento, sin embargo, continuó ocupándole el tema con el cual comentó su trabajo de historiador. De 1944 ts la vo% «Machiavelli» de ¡a Enciclopedia italiana, en la que recogió y sinteticé sus investigaciones sobre el tema. Y a la reconstrucción analítica de « ll segretario florentino» retornó muchos años después, en sus lecciones universitarias romanas de 1942 a 194), tras veinte años de investigaciones sobre la historia de! Renacimiento, el imperio de Carlos V y el ducado de Milán, pero también sobre las premisas y directrices de ¡a política exterior
italiana, ti concepto de nación y la idea de Europa- E*e tarso, publicado en cuadernos mimeografiados, es la parte menos conoció ^ Pásente volumen.
Además de la conferencia «Método e stile d i Machivelli», dictada en Florencia y publicada en 1977, completa este libró un Apéndice que recoge sus escritos menores.
Los textos aquí incluidos han sido revisados y ideificados sólo en el aspecto técnico, y el mismo criterio se ha aplicado para lds fitns. Se han puesto in extenso, para mayor claridad, las abreviaturas, {0n excepción de algunas menciones exclusivamente bibliográficas.
En lo posible, se ha procedido al control de
los Pasaj es
de los autores citados recurriéndose a ¡as ediciones utilizadas por Chabod; pero, en cambio, se ha estimado indispensable, precisamente en ¡o 8ue ala’’e a Maquiavelo, referir las citas a una sola edición de cada ú^ra. Sin pretender una actualización filológica, hemos creído resolver de esá Manera, para comodidad del lector, el problema de los textos maquiavelianoS■ Para ^ Principe hemos seguido el texto revisado por el propio Chabod eó ¡924Para
t°s Classici Italiani de la U T E T , reimpreso recientemente t» ¡a ^ uova Vniversale Einaudi; para el grupo más representativo de las ol>ras ^ escritor florentino se ha tomado como punto de referencia la edición ,Tutte le opere storicHe e letterarie di Niccoló Machiavelli, al c u i d a G u i d o Mazzpni y Mario Casella, Florencia, 1929; para algunos textos examinados por Chabod y no comprendidos en esa edición, se han escogido, respectivamente: para las cartas de Maquiavelo de! periodo de las ltt,ac,ones> otros documentos referentes a l mismo tema, el Rapporto dcllc ¿ ° se Magna y el Discorso sopra le cose della Magna e sopra PImperatore, la edición de tas Opere revisada por L . Passerini y G. Milanesi, Florencia, 1S7J-1S79, vols. ¡II- V I; para Del modo di trattare i popoli della Valdichiana ribellati, el Discorso fatto al mají‘strato ^ ‘ec' sopra le cose di Pisa y el Discorso dell’ordinare \° stato di Firenze alie armi, la edición de las Opere a cargo de A . Paée^a< Mitán-Poma, ¡9}9> vol. II; y , finalmente, para las Lettere familiar!' Cósica de E . A lvisi, Florencia, 1887.La presente edición se ha realizado, para alf*nos /ex/os contenidos en ella, en cuidadosa confrontación con la de la tradufion inglesa, Machiavelli and the Renaissance (landres, ¡978), y loS evet,tuales añadidos que Chabod efectuó han sido trasladados a ésta en vers,ón de Vittorio De Caprariis,y figuran entre corchetes.
Por último, algunas remisiones de los encargad0* ^ revisión han sido también encerradas entre corchetes, con el agregadi ^ indicación N E it.
NOTA A I.A EDICIÓN ITALIANA 9
Gradas a la cortés ayuda y a la colaboración de parientes, amigos y estudiosos de Federico Chabod, todos unidos en este acto de homenaje a su memoria, ¡a editorial Giulio Einaudi ha podido emprender la publicación de las obras del gran historiador fallecido, el primero —junto con Croce y Salvemini— cuyos escritos completos se reunirán en un solo cuerpo de volúmenes.
La generosa aquiescencia de la señora Jeanne Chabod ha hecho posible esta empresa. A l profesor Ernesto Sestan se le debe el haberla perfeccionado,y a los profesores Vittorio De Caprariis, Luigi Firpo, Rosario Romeo, Paolo Seriniy Franco Veniuri, la ordenación definitiva del plan editorial.
Vittorio De Caprariis ha cuidado especialmente, en este volumen y el siguiente, la revisión de algunos textos, y en todo el trabajo ha estado junto a nosotros, con su experiencia de discípulo de Federico Chabod. Paolo Serini, Franco Ventur i y Gianfraneo Torce lian tuvieron a su cargo la recopilación de estos textos, lo que ha sido posible merced a la gentil conformidad de ¡a Unione Tipográfico-Editrice Torinece, el Istituto del!’ Enciclopedia italiana, las editoriales Latería, Sanconi y Bompiani, la Nuova Rivista Storica, el Archivum Romanicumy ¡a Rivista Storica Italiana.
Introducción a « E l p r í n c i p e »
Publicada como introducción a la obra de Nicolás Maquiavelo, U Principt, Unione Tipografico-Editrice Torinese, Turin, 1924, y reimpresa sin modificaciones en 1944, 1960 y 196a, en varias ediciones. Fue traducida al inglés, con algunos retoques en las notas, bajo el título de «An lntroduction to The Prince», en MachiaveUiand the Renaissance, Londres, 1958, pp. 1-29.
Ni tranquila ni ordenada es la vida de Florencia en el momento en que Maquiavelo sale por primera vez de su cerrado mundo familiar para adentrarse en el juego de la pasión colectiva: en el período que va de 1494 a 1498, las clases sociales de la República se convulsio nan, intentando, aunque vanamente, reconstruir el Estado munici pal, y se agitan tumultuosas ante el eco de las frondosas prédicas de Gcrolamo Savonarola. Ante la multitud aparecen por momentos, remotas e inasibles, pero cargadas de oscuro sentido, las figuras bíblicas que el fraile dominico, en sus peroratas, llama de nuevo a la vida, y aquélla cree, aun cuando su creencia vibre sólo con apasionamiento exterior, sin mutación profunda, manifestando de consuno con el audaz paladín su fe en la reconstrucción del mundo moral y de la vida política.
Nicolás se mantiene apartado; solo c indiferente sigue, desde el rincón más lejano de la plaza, con leve sonrisa irónica ', los variados aspectos de la pasión banderiza, descubriendo, por debajo de la apariencia divina, el motivo humano que inspira la prédica del monje, analizando con fría seguridad sus mentiras 2 y revelando, sin vacilaciones, la lastimosa incapacidad del pueblo que fluctúa entre un partido y otro, ora plegándose a las órdenes de Roma, ora dejándose atrapar de nuevo por el veloz y rutilante desfile de las imágenes que evoca ese reformador tan poco fácil de domar. No quiere, este joven y oscuro florentino, confundirse con la masa; su palabra tiene un extraño dejo de amargura y desdén, y su pensamien to se moldea, con una terca hostilidad, a la que no cabe, sin embargo, confundir con la otra — contenida, por motivos prácticos y preci sos— de los bochófilos * *. La ironía y el desdén de Nicolás son los de quien se encuentra fuera del conflicto inmediato y lo contempla
1 Cf. la sintética y hermosa figura de G . Carducci, «Dell» svolgimentu delta letrera tura nazionatc». en Distorsi Ittnrañ r storiri, Bolonia, 1899, p. i j$ .
1 LtU trt fam iliar i, cd. Alvisí, Florencia. 188), III, del 9 de marro de 1497.
* lis la traducción más aproximada de ptiUschi (singular, fwiies(o), «partidarios de las bochas», como se llamaba a la saaón, en Florencia, a los del partido de los Médicis, aludiendo probablemente al escudo de esa familia, que ostenta rocíes. A su vez, llamaban p'tagwm (singular, ¿Mgffew), «llorones»», a los seguidores de Savonarola. (N . deJ T .)
1 6 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVEI.O
con la tranquilidad del crítico, no con la pasión interesada del que es actor en él.
Por supuesto que Maquiavelo no podía prever en aquella coyuntura que, a su vez, y a poca distancia en el tiempo, también él habría de predicar, incomprendido y ridiculizado; que, a su vez, invocaría las imágenes bíblicas para infundir a su exhortación la amplitud y austeridad de la amonestación divina; ni, finalmente, que su admonición acabaría en la condena práctica, así como la profecía de Savonarola se perdió en la tranquilidad de la muerte. Tampoco estaba en condiciones, en aquellos primeros días de vida espiritual, de reconocer en sí una secreta y lejana correspondencia con el ánimo de aquel fraile a quien juzgaba agriamente; es decir, de descubrir en su ánimo el comienzo, todavía velado, del desarrollo imaginativo que luego se expresaría claramente en la creación de E l príncipe.
Porque, en Nicolás, la capacidad lógica, que se revela en la seguridad y exactitud de la urdimbre teórica, así como la conciencia profunda de la realidad, muy viva en esa su perfección del análisis humano, se consuman y convierten en pensamiento vivo, orgánico y total sólo a través de su prepotente e inagotable imaginación. Muy distinta, en verdad, de la de Savonarola, la cual, originada en un acto de rebelión más o menos sentimental contra la historia, únicamente consigue edificar a partir de la negación, mientras que la otra, aceptando la resultancia de los tiempos, la somete a una potencia de desarrollo nueva; pero, en definitiva, también es imaginación. Contenida y aclarada, por otra parte, en virtud de un apasionado amor por la creación política, oscuro acto del pensamiento del que surgen insospechados desarrollos de los datos de la realidad: por donde Maquiavelo, en lo que respecta a su carrera práctica, en medio de las peripecias de sus cargos, se nos presenta, no ya como el diplomático, en el sentido que la palabra tenía en el siglo XV, sino como el estadista que Italia no había conocido en mucho tiempo.
Vedle ante «El Valentino» *. La República lo ha enviado, a él, ignorado y pobre secretario de cancillería, a quien faltará incluso el dinero durante el viaje 3, inexperto en el tratamiento de los asuntos * 1
• «Duque Valentino», o «El Valentino», se le llamaba popularmente a César Borgia, en Italia, a causa de su dignidad de duque de Valentinois, que le había sido otorgada por Luis X l l de Francia (cf. tapa, p. >94). Ahora bien, tanto Maquiavelo como Chabod, casi invariablemente, al referirse a él, lo hacen por medio de esc mote. En la presente traducción se mantendrá «El Valentino» — prácticamente desconocido fuera de Italia— , siempre que ello no implique oscuridad en las frases ni dé lugar a dudas. (N . d tl T .)
1 L tttm Jam iliari X X X II I, X X X IV y X X X V . Valori y Buonaccorsi le consiguen treinta ducados de oro. Sus aprietos financieros los describe él mismo, Ltga^Mar a ! data Vauatk» , cartas X III, X IV , X X X V I y X X X V III.
INTRODUCCIÓN A .E L PRÍNCIPE» 1 7
de Estado 4 y todavía asombrado ante el ovillo de acontecimientos que se han desarrollado en los últimos tiempos, para vigilar un poco más de cerca las empresas de ese condottiero burlón, enigmático, tan hermético como la fina malla de acero que le ciñe el cuerpo: una figura de dominador, pensativa, con esos ojos tan vivaces en la palidez del rostro, casi austera si no fuese por la fina línea de los labios que parecería retener una sonrisa socarrona. Y Nicolás, una vez que le ha oído hablar y le ha visto actuar entre aquellos señorones de más bajo cuño, olvida un tanto que es el embajador de una República que aguarda ansiosa sus noticias — por lo que sus amigos se ven forzados a recomendarle mayor diligencia— y se deja llevar, complaciéndose en ello, por su propio juicio, pretendiendo incluso inhabilitar el de sus mandantes; quienes le responden, por boca de un amigo, el honrado y concienzudo Buonaccorsi, que refiera los hechos y deje a otros la tarea de juzgarlos 5.
Más tarde se marcha al Tirol, cerca del emperador Maximiliano, y al principio informa a la Señoría, detalladamente, sobre la marcha general de las tramitaciones. Pero la información, el despacho diplomático, no le satisfacen: en esc mundo nuevo, que rápidamente ha aprendido a conocer, hay algo que le atrae más que las decisiones inmediatas del emperador, y se le presenta un problema vasto y grave, que para él vale mucho más que los hechos menudos: de ahí el Rapporto dtlle cose delta Magna, el Discorso y los Ritratti, pues la embajada en Francia le ha hecho interesarse más por la naturaleza de los franceses y los asuntos de ese reino que por las cautas pláticas de Georges d’ Amboise, cardenal de Ruán. No olvida el hecho determinado, concreto, que motiva su pensamiento, y de este modo, poco a poco, se adiestra en la diplomacia, arte difícil y largo, avezándose en ella, si bien a él, diplomático por fortuna y no de raza, suele faltarle la primera cualidad del jugador hábil: la capacidad de superar el impacto de la primera impresión, el detener el curso del sentimiento personal en la discreción del análisis sereno y contem plativo. Pero pronto, con natural ingenuo y milagroso, hace de ella un mero impulso inicial para un largo peregrinar con la fantásía creadora, que le es imposible frenar aun cuando haya «abandonado
4 Hasta el pumo de que consideraba mejor contar con un asesor, «por necesitarse hombre de más discurso, mis reputación y que entienda más del mundo que yo...», Ltgayont a l iota V alta/¡no, carta X X X V II del 14 de diciembre de ijo a.
* Lettere jam tltan, X X X II: «(...) me parece (...) que no podéis formular juicio tan terminante (...) como habéis hecho y prudentemente discurrido; todo eso retirad, y para el juicio remitios a otros (...)»
18 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO
totalmente... su práctica» 6 y se encuentre a oscuras, sin certezas. Resulta difícil compararlo con los demás diplomáticos de la época, especialmente los venecianos, ni siquiera con aquellos merca deres florentinos como Roberto Acciaiuoli o Francesco Guicciardi- ni 7. Estos lo son, realmente, por naturaleza; casi se diría que se advierte en ellos, evidenciada en su máxima expresión, la capacidad de indiferencia y cálculo de una larga serie de antepasados, en un principio experimentados en arriesgar el dinero de sus bancas, confiándose un poco en el azar y en un vago crédito, y luego diestros, serenamente conscientes, para jugar la suerte de sus Estados. En ellos — aun cuando al informar acerca de sus misiones se muestren más precisos, más cautos, y a veces más especialmente agudos que Nicolás— surge en el fondo la curiosidad estrictamente intelectual del artista que sabe que debe trazar un cuadro rápido, pero perfecto, en el cual asomen las motivaciones más diversas y contrastantes; de ahí esc buscar, con perspicacia y finura iniguala bles, la variada maraña de las causas, ese detenerse en el alma del hombre para descubrir sus más arcanas resonancias; pero, en este caso, el interés se limita al esfuerzo y la sagacidad de la intuición critica. El estilo mismo, nítido, transparente, sin sobresaltos, sin agudeza en la expresión, revela, bajo la tenue sonrisa del embajador que narra, la angustia y la casi mezquindad del hombre de negocios, alejado de un apego en exceso pasional a las cosas.
Perfectamente lógica será, pues, la actitud del mayor de esos aventureros de gobierno, messtr Francesco Guicciardini 8, cuando después se dedique a escribir, pensando en Gonzalo de Córdoba, dos discursos 9 10, el primero para aconsejarle venir a Italia, y el segundo para disuadirle de ello; o bien cuando aconseje al papa Clemente V il, primero, la alianza con Carlos V, y, luego, lo aparte de ella ,0; lo que le acucia no es tanto la concreción del propósito en acción, la importancia práctica efectiva — acerca de la cual se tiene la impre sión de verle inclinar la cabeza, con una semisonrisa entre escéptica y despreciativa— , cuanto el determinar con sabiduría infinita la
6 ¡bid.% C X X V1II, a Francesco Vctiori, de julio de t ; 1 5.
7 «(,..) dos de las más sabias cabezas de Italia». B. Va rch i, Storta florentina, Milán, 1 8 4 5 ,1, p. 3x3.
* [Esta caracterización de Guicciardini era injusta y errónea. Más tarde he cambiado de opinión, la cual, en el momento de escribir el presente ensayo, estaba todavía indebidamente influida por la de De Sanctis. Cf. mi artículo «Guicciardini», en \incidopedia italiana, X V III (19)))» pp. 2X4- « M
9 Oiteorti politisi, V y V I, en Opere inedite, editadas por G . Canestrini, Florencia, 1857, I, pp. *44“*
INTRODUCCIÓN A «FJ. PRÍNCIPE 1 9
decisión misma, construyéndola cautamente dentro del juego difícil y desconcertante de los sentimientos n.
Pero, para Nicolás, la refinada complacencia de descubrir, de cuando en cuando, los distintos hilos del alma humana, sólo es válida porque en seguida puede servirse de ella para crear el hecho nuevo, la etapa siguiente en donde el análisis primitivo pierde su carácter limitado —puramente intelectivo, diría yo— y se convierte en motivo inspirador; por consiguiente, moral: el hecho histórico no se agota en su entorno inmediato, sino que se desarrolla en su potencia creadora. De tal suerte, la virtud analítica de Maquiavelo será menos penetrante, menos sensible a las más leves vibraciones y menos acabada que la de Guicciardini: la «privacidad» de éste tiene una precisión y delicadeza de perfiles, una sabiduría en los matices ciertamente jamás alcanzada por la «generalidad» del otro; pero, mientras que en el lugarteniente de la Santa Iglesia romana la reconstrucción del acontecimiento suele quedar fuera del alma, y con demasiada frecuencia es el regodeo de un talante curioso IZ, en el secretario de los Diez de Bailiazgo una investigación semejante se^ torna inmediatamente en profunda resonancia sentimental, que, por tanto, la convierte en centro de una vida no indiferente ni amorfa, devolviéndola al pensamiento con un nuevo alcance, del cual se origina la creación.
Por ello, después de la legación oficial, redacta el breve escrito — memoria personal, comentario fugaz— en el que, bajo el aparente rigor y la impasibilidad del análisis, además de la silogística coordi nación del relato, se percibe un interés atentísimo, que no se inclina * **
11 Guiseppe Ferrari dice de Guicciardini: «Se queda en e) hecho, maravillosamente descrito, aceptado intelectual pero nunca moralmcntc {Corso s*flt urittori ¡m litki t/aJuiu e strameriy Milán, 1862, p. 309.) Ferrari atribuye esta actitud a una consciente posición crítica: la ironía del pensamiento que domina los hechos y no quiere descender a ellos para reformarlos con su vitalidad, sino que busca evitarse cualquier turbación. Y , efectivamente, muchas veces, mtsstr Francesco parece reducirse a la contemplación para olvidar la tristeza de la vida y la miseria de los tiempos. A veces se encuentra, en su finísimo análisis, un sentimiento de contenido desdén; otras, un ligero extravio, una distnfa amargura. Pero, casi siempre, al aceptar intclectualmente el hecho, terminaba olvidando en él cualquier otro elemento, incluso su propia humanidad; se tranquiliza con el estilo de la investigación, sin advertir que aquí reside, únicamente, la liberación del tormento intimo. Por consiguiente, no querrá crear nada nuevo, ser fxtraia& nte, y Se limitará a su pm aeidad y a su dhtrtción.
** En esto reside, asimismo, la profunda diferencia que separa el análisis psicológico de Guicciardini del otro, empero admirable y a primera vista no muy distinto en su expresión formal de los grandes franceses iiel siglo xvit, 1.a Rochcfoucauld, por ejemplo, y del mismo Montaigne. En éstos, la capacidad de profundizar en las motivaciones humanas proviene, a su vez, de otro motivo humano, el cual le infunde el sentido de contenida melancolía de que se la encuentra impregnada. En el primero, muchas veces, tal motivación es simplemente intclectualista. Las «memorias» no se convierten en «máximas».
2 0 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO
tanto por el acontecimiento narrado cuanto por los distintos moti vos de vida en él contenidos; asi como la necesidad de crearse, de cuando en cuando, una experiencia nueva, de ampliar la urdimbre lógica de su espíritu merced a una búsqueda siempre renovada en el desarrollo concreto de las pasiones humanas. I.e ocurre, desde luego, el detenerse larga e insistentemente en unos hechos que otro diplomático habría quizá referido hasta con mayor precisión, pero encasillándolos en la continuidad de los recuerdos, sin mayor relieve: así es como su embajada ante César Borgia y la rebelión del valle de Chiana le sugieren los primeros fragmentos de reflexión política, el punto de partida del discurso incisivo y rápido, y, mientras que alguno de aquellos amables mercaderes florentinos o venecianos, verdaderos señores en todo — en la inflexión de la voz, en la mirada serena y pacata, en la verba sutil y exenta de turbaciones pasionales— , hubiera preferido más bien una estancia en la Roma papal, aquel centro de la vida europea, él restringe a los limites del mero compromiso de oficio la legación ante Julio 11, entreteniéndo se, en cambio, en los otros dos hechos. Ambiente más restringido: ni rumbosidad de particulares, ni solemnidad de ceremonias, ni agitadas intrigas cortesanas o habladurías palaciegas, sino ¡cuánta mayor posibilidad de experiencia, de reelaboración intima y de reconstrucción en la que la virtud del Estado florentino encuentre verdaderos términos de comparación y esclarecimiento!
El mero hecho de haber posado la mirada en esos dos aconteci mientos — hoy, para nosotros, transfigurados en la reconstrucción maquiaveliana, pero a la sazón no muy diferentes de muchos otros y, sobre todo, no primordiales para los diplomáticos de profesión, cuando estaba en Italia Fernando el Católico y existía un Luis X II— , ese solo hecho expresa ya la profunda y sustancial diferencia que pone de manifiesto la tan distinta orientación espiritual que separa a Nicolás de los demás.
Así, pues, desde el principio no es difícil advertir, aun en la aparente reserva del secretario, la conformación inicial de la «imagi nación política», que después se transparenta claramente en los Decennali, poca cosa si se los considera en su valor artístico, pero agudos c interesantes en grado sumo para quien advierta en ellos la patente manifestación de esa necesidad de extraer de la confusión de los hechos una lección, es decir, una nueva experiencia. En ellos no existen las restricciones oficiales;, la reserva, a duras penas y trabajo samente alcanzada, desaparece, y surgen expresiones inusitadas,
INTRODUCCIÓN A «EL PRÍNCIPE» 21
ásperas, juicios despectivos 1J, además de advertencias y consejos. Nicolás concluye el Deeenna/e primo invocando la milicia propia M, esa creación suya por la que pasa su experiencia y en la que reside su genio renovador.
Nicolás desea convertir en realidad esa creación: primero la menciona en la composición literaria, y luego lá afirma en la práctica de gobierno, y asi nacen las «ordenanzas» de infantería y de caballería. Ahi está el verdadero Maquiavelo, que recoge todos los elementos dispersos de su experiencia, proyectándolos a una existen cia distinta y más vasta que ellos, vistos en su valor singular y determinado, no parecerían autorizar. Sobre este particular, mencio na las compañías de arqueros franceses, las infanterías suiza y alemana, la milicia romana: memoria clásica y vida moderna influyen por igual en su capacidad de experiencia. A continuación, retornan do bruscamente a su país, concibe una nueva posibilidad para éste, y transforma el motivo puramente intelectual en momento volunta rio y pasional. La imaginación complementa la lógica y el acto de fe integra la visión teórica.
Miradle, por otra parte, en su vida privada: igual vivacidad de sentimientos, idéntica necesidad de recoger en sí las voces más variadas, y una sensibilidad semejante; aspira a ser agradable en la conversación, servicial para con los amigos, dispuesto a la broma tanto como a la-discusión animada, y quiere acercar un -poco su existencia a la de los demás, aun cuando su espíritu crítico le haga percibir la miseria moral de sus contemporáneos. Podrá ser leyenda lo que cuenta Varchi, que creyó morir de pena por haberse visto postergado en favor de Donato Giannotti en el nombramiento para el secretariado, y por saberse universalmente odiado ,s; pero la leyenda refleja el ánimo del hombre quien, después de haberlos condenado con el pensamiento, pretende empero seguir cerca .de quienes son objeto de su teórico desdén. Es comprensible que haya podido dedicar los Discorsi,«... obra en verdad de argumento nuevo, y nunca más intentada... por persona alguna» l6, a los amigos de las
l} Acerca de Florencia: «Os posabais aquí con el pico abierto / a esperar que de Francia viniera alguien / a traeros maná en el desierto („.)» (Dtccmah primo). «Pues vosotros, por huir de tantas penas, / como los que otra cosa hacer no pueden (...)» {ibid.).
14 «Mas fuera fácil el camino, y corto, / si volvieseis a abrir el templo de .Marte.»
15 B. Va r c h i: of>. cit.t I, p, t so. Sobre la muerte de Maquiavelo, cf. P. Viix a r i: N ám íi M tcbiaveiii e i sm i tempi, Milán, 1Í9 7 , III, p. 566; O. Tomma$|NI: Lm rtfa e ¿ li itfitti di X k n íé Matbiaveíl», Roma, t, II, pp. 900 y ss. El candidato preferido a Maquiavelo file Francesco Terugi, quien, 'durante los dos añus anteriores, habla sido primer secretario ¿ f tos Ocho de * Gestión, cargo abolido después. Acerca de la muerte de Maquiavelo, como obre más jeeiepee, cf. H. Ridolv): V ita d i N tfeúii Masbiavetti, Roma, 19)4, pp, 374 jr ss.)
2 2 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO
Orti Oricellari *; que éstos le escucharan con reverencia y estupor, y que, por último, en la conjura contra los Médicis de 1522, no quedara libre de la sospecha de haber exaltado, con sus conversacio nes, los ánimos de los conjurados.
Guicciardini era «muy soberbio por naturaleza», avaro y arras trado por su ambición personal, al decir de sus contemporáneos ,7; pero él, con todos sus desdenes y sus momentáneos sarcasmos, volvía a la vida, y a cada momento deseaba sumergirse de nuevo en ella sin vacilaciones para transfundir los conceptos en acción y las palabras en consejos concretos, para llenarse el alma con otras cosas aún no conocidas que le sirvieran más tarde, en el silencio del escritorio, para tejer otros razonamientos. Es así como el pensador, que dedica toda su vida a la búsqueda continua de experiencias — y experiencias‘políticas— , las reduce al esquema lógico para, finalmen te, reavivar éste con el apasionamiento y la intrepidez de la síntesis última.
Sobrevienen las ulteriores mutaciones de la vida italiana: el
dominio veneciano se derrumba, Julio 11 se une a Fernando el
Católico, Ravena ve desvanecerse las veleidades hcgemónicas del rey de Francia y Prato abre el camino para la aniquilación de la efímera República florentina. Ix>s Médicis regresan, Picr Soderini es desterra do a Ragúsa, y Maquiavelo, aún no suficientemente diplomático como para hacerse agradecer por el gobierno restaurado, hombre extravagante y de juicio fuera de lo común 18 a causa de esa incansable imaginación suya que, además, le hace sospechoso, paga los desvarios políticos con el alejamiento de la ciudad.
Se retira a «L’ Albergaccio», villa tranquila y solitaria, f a s tareas prácticas quedan lejos, y el ruido de la multitud se pierde en la calma melancólica de los bosques, por los cuales pasea leyendo. Y es aquí, entonces, en la obligada soledad, donde surgen aislados, sin orden formal, los primeros fragmentos de los Discorsi19 y las cartas a Vettori.
Ahora bien, si en las notas sobre Tito Livio, el rigor del análisis y la proyección del pensamiento hacia un mundo lejano, hacia el pasado, pueden ocultar lo que en el fondo hay de no analítico o de * Nombre dado a las reuniones platónicas de sabios y escritores aue tenían lugar en Florencia, durante el Renacimiento, en los |ardincs de Bernardo de Ruccllai, cuñado de l.orcnzo el Magnífico. (JV. <ki H.).
'• B. Vak ch i: op. til., I, p. 14 ).
'* Ltlterr fam iiiari á x „ C ÍI.X XX I (de F. Guicciardini, iX de mayo de t ¡ n ) .
w Acerca de la composición de los D isn rji, cf. P. Vil l a r i: »p. ti!., II, pp. 172 y s$.¡
no lógico — la vivacidad de la adhesión al mundo romano, al que no sólo entrevé, sino que glorifica y ofrece como ideal a la luz de su formidable capacidad política, con lo cual parece por momentos mera sagacidad de historiador lo que en realidad es intimidad de creación, intelectual y pasional a la vez— , en la correspondencia con el amigo de Roma se revela sin incertidumbre la prepotente exigencia de plegarse totalmente a una realidad política, y de transformarla después siguiendo la propia inspiración, así como la voluntad de exceder del análisis pequeño para erigirlo en base de .todo un mundo aún no realizado. Tampoco vale repetir que, a menudo, Maquiavelo se engaña; que el período transcurrido en Suiza fue una pesadilla para él, cuando, sin embargo, la realidad lo desmiente, o que sueña acuerdos imposibles y prevé hechos irreali zables, toda vez que el valor del razonamiento no reside en la exactitud del detalle. Está, sí, en esa inagotable capacidad de creación que, quizá, anule el dato real, porque quiere sobre todo desarrollarse continuamente y continuamente volver a nacer, impreg nada de una experiencia cada vez más vasta; y este enriquecimiento de la vida íntima es procurado por doquiera, aun a costa de sacrificarle el detalle minucioso. Por ello, el Maquiavelo historiador será tal vez menos consumado, menos exacto e incluso menos sagaz en cada reconstrucción que Guicciardini; pero sólo merced a ello podrá escribir sus obras maestras, los Discorsi, // Principe y Dell'arte delta guerra. Lo importante, para él, es que cualquier impulso formal lo induzca a interrogarse a sí y a su experiencia, constituida de vida clásica y vida moderna, de recuerdos ligeros y de figuras del siglo XV, italianas y europeas, y le invite a esclarecer cada vez más su pensamiento, a desarrollarlo con definitiva audacia.
Así, pues, en este epistolario, no muy amplio, está todo Nicolás, que no puede encerrarse en el silencio ni puede deliberar sobre la lana y la seda, por ser incapaz de ello 30, y, en principio, se promete a sí mismo no volver a debatir temas referidos al Estado o a los negocios públicos, pero pronto reanuda la discusión, se exalta y crea grandes cosas, cambiando a su antojo a Italia y los acontecimien tos * 21, al punto que el estilo queda sometido a la variada transfor mación de esta su imaginación, tornándose áspero como la invectiva
INTRODUCCIÓN A «EL PRINCIPE» 2 3
» U tttr e fa m iiia ri cit.. CXX y CXXVltl.
21 Con esto no se pretende en absoluto afirmar que todas las conjeturas de Maquiavelo, contenidas en estas cartas, sean absurdas o carezcan de bases prácticas; él vio, con mucha frecuencia, más acertadamente que sus epígonos, incluso los más tardíos.
2 4 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO
contenida en el pensamiento, o tan vivaz y apretado como el juego del razonamiento o el ímpetu de la pasión.
En esos meses, de julio a diciembre, surge el tratado De principatibus, F J principe, tas acotaciones al margen a Tito Livio se abandonan; por otra parte, en las últimas se advierte ya una insólita actitud espiritual; dos o tres capítulos enteros 22 en los que el pueblo, que anima los Discursos, desaparece para hacer sitio al individuo solitario, y el combate heroico de clases y partidos queda empobre cido ante el combate intimo de un hombre, de un alma aislada. Tan breve obra, no destinada a creación artística, sino más bien similar, en la intención de quien la compone, a uno de tantos memoriales o discursos sobre la reforma de los Estados como el mismo Maquia- velo redacta más tarde 23, queda terminada en corto tiempo: en diciembre, el hombre nuevo está esbozado y se presenta ya solo en la escena política, áspero, pensativo e impenetrable, para abarcar dentro de sí la vida de todo el Estado.
Porque, ahora, cualquier otra voz calla: el pueblo se ha conver tido en vulgo disperso que sólo aguarda el «acontecimiento de la cosa», una masa amorfa en la que se graba el severo juicio de Philippe de Commynes 24; la nobleza — ya evanescente figura que recuerda con melancólica evocación la elegía dantesca del medievo declinante y el grito de dolor de Guido del Duca— ha perdido toda unidad de clase, todo egoísmo de casta y toda prevención de estirpe: es una variopinta mezcolanza de individuos que quieren oprimir al pueblo y no son capaces de ello — del mismo modo en que el pueblo no quiere ser oprimido— , y carecen de energía suficiente para defenderse por sí mismos. Se envilecen, grandes y plebe, en la astucia calculadora de poca monta, en la contienda fragmentaria carente de la mínima seriedad de un motivo determinado e incluso de la grandeza formal del heroísmo personal: ésa es la materia que, servilmente, aguarda la virtud del príncipe capaz, «con sus órdenes», de animar lo universal 25 e infundir vida allí donde sólo hay un oscuro vegetar de sentimientos indefensos. El maná ha de caer del cielo, y los hombres lo esperan con el pico abierto.
22 Por qem plo, capítulos X X V ] y X X V II del libro 1.
23 Discorso Ski ri/ormart lo Stato di Vírenle. Cf. P. Viei.a r i: op. (¡t,s II!, p p ..j6 Íy , ss.,jO . To u m a sim: op. a t., II, pp. 100 y ss. |Y , más recientemente, cf. R. Ridoi.m: op. «/., pp. 175-277 y n. 18, y pp. 450-451, donde también se da el título exacto de la obra.)
** «(...) ct esc la na tu re de ce pcuplc d’Itahe, de ainsi complane aux plus forts» (...y esté en Ja naturaleza de ese pueblo de Italia el complacer asi a los más tuertes) (Mémotres, V II, IX ).
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Ésta era, por lo demás, la conclusión natural de la historia italiana» el resultado al que habían conducido la esterilización del espíritu comunal, la fragilidad de las señorías no apoyadas en una base social suficientemente amplia y fuerte, la habilidad diplomática de los principados, reducidos, después de las últimas y vanas tentativas hcgemónicas, al juego de los partidos, a la política de contrapesos y equilibrios, a la itálica foederatio\ el pueblo, apartado de la vida del Estado; las clases sociales, fracturadas; la comarca, hostil a la ciudad: el principe detenta en si los móviles de su obra. El Renacimiento se había realizado, en cuanto a su expresión artístico-! iteraría, en medio del decaimiento social y político: el príncipe era la única figura dotada de vida en ese mundo de literatos e indiferentes, pero de una vida, asimismo, estrecha y limitada: la diplomacia era el único campo abierto, y la política —que quiere decir capacidad de lucha, conciencia de los propósitos, coherencia de los rumbos e intimidad de creación— quedaba muy lejos M.
Por eso, ni siquiera un príncipe de excepcionales virtudes habría podido operar el milagro. El Estado fuerte, que pudiera poner coto a los «bárbaros» y permitir el libre desenvolvimiento de la vida nacional, no podía crearse allí donde ninguna comunidad de intere ses o pasiones unía a los súbditos y el señor, a la multitud con el gobierno, creando conciencia para la lucha por la defensa común. Creer que se pudiera llegar, incluso con una excepcional capacidad de acción humana y sagacidad particular, con reformas parciales de los ordenamientos exteriores, a garantizar la existencia de un organismo que de por sí ya no la poseía, constituía una ilusión.
Acertaba entonces Guicciardini, diplomático y mercader, al evitar los peligros de la imaginación deteniéndose en la calma un poco melancólica del deseo. Quería él una Italia libre, pero era inútil pensar en ello, y más bien, comoquiera que de los bárbaros no se puede prescindir, tanto valía que hubiese dos, para así al menos, con su disparidad, poder mantener las ciudades sometidas 24 * * 27 con mayor tranquilidad. Desarrolla él en grande el equilibrio de fuerzas y el juego de los partidos, llevándolo al terreno de la política europea y 24 Acerca de esto, asi como sobre el valor historico-polltico de II Prinapt, al que aquí apenas se alude, hc'dc volver con mayor amplitud en otro estudio de próxima publicación. [Es el estudio «Del Prinrífa di Niccoló Machiavelli», incluido en el presente volumen. N h /'/.) Respecto al Estado/obra de arte, existen buenas observaciones en J . BuScxh a ru t: L a a vtlti drl RinashmtnJo, tr. it. Valbusa, Florencia, 1 9 2 1 .1, pp. 1-174, y. especialmente, pp. 7, 16 y ss.. y tot y ss. (Se refiere a D it Ka/tar ¡Irr Rraamanct m halan, obra de la que existen varias versiones en castellano. N . 4'ti T.j
27 D im rsip o litá i, VIH, de las Optrt cit., 1, p. 264. (También de las obras de Guicciardini hay versiones españolas. JV. 4tI T.)
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esperando salvar así la restringida vida ciudadana, como efectiva mente se habían salvado en otra oportunidad Florencia y Ferrara de las garras insaciables /le Venecia y Nápoles. Pero, a su vez, no advierte que, cambiando los protagonistas del delicado mecanismo, también éste cambia un tanto su ritmo.
Nicolás, en cambio, que justamente ahora ha procurado la gloria de Roma, por primera vez, en la prolongada lucha de sus clases sociales 2®; que aún siente el ánimo conmovido por el tumulto de libres contiendas y ha manifestado muy claramente que, para hacer grande un Estado, hay que convertir en ciudadanos, y no en súbditos* 29, a aquellos a quienes se domina tras la conquista, renegando con ello de toda la historia comunal italiana y evidencian do seguramente su íntima debilidad; que debiera, por tanto, echar de ver la definitiva ruina de Italia y tratar de enmendar su suerte lo mejor posible merced a manejos diplomáticos; Nicolás, repetimos, vuelve a dejarse apresar por su imaginación, olvida los Discursos y construye febrilmente los lineamentos del Estado nuevo. Supera, con la milagrosa pujanza de su fantasía política, la historia de finales del siglo XV; recurre a la política de Gian Galeazzo y de Ladislao de Nápoles, la primera y mayor política señoril; la integra, con una capacidad de reconstrucción como sólo él posee, y vuelve a propo nerla, cuando ya no existe su posibilidad práctica.
Busca en torno de sí alguna figura en la que se revelen señales inequívocas de valor; encuentra a César Borgia y lo completa, a su manera, con un poco de Fernando el Católico, de Francesco Sforza y de Luis X I; sugiere los remedios para cada accidente y endereza los entuertos de los gobiernos pasados, convencido de que, con semejantes detalles, apuntala un edificio al que le han venido fallando los cimientos. Más aún, ha encontrado el verdadero error, está clara la causa de todas las desventuras: los ejércitos mercenarios, iniquidad de los principes, quienes, dedicados a las hermosas frases y hábiles negociaciones, han renegado de la única arte que les es propia, y así Italia se ha visto perseguida, violada y vituperada, convirtiéndose ellos en señores privados.
E/ principe se centra no sólo en cuanto a su disposición material, sino también en el espíritu que lo llena, en estos capítulos acerca de la milicia: he aquí la llaga que hay que curar. También el estilo adquiere aquí acentos de insólita conmoción; la invectiva o el dolor, antes contenidos en una palabra escrita al pasar, en una velada
38 Di'scort¡\ 1, capítulos IV , V y VI. 29 //»/</., II, capítulos III y IV.
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transición de la frase o en una finísima ironía que se advierte apenas — tan rápidamente una palabra trae a la otra 30— , saltan aquí a la vista de improviso. Se tiene así la primera perturbación de la pasión, que trastornará después la lógica urdimbre en la conmoción final, reapareciendo más tarde, exacerbada, pero sin esperanza, en el epílogo de E l arle de la guerra.
En verdad, al concebir la posibilidad de la milicia nacional — las armas confiadas a los ciudadanos y el Estado defendido por quienes lo integran— , Maquiavelo excede la estrecha historia de su tiempo, las consecuencias inmediatas de las circunstancias italianas, y abre un nuevo rumbo. Aquí no vuelve ya a los motivos del desarrollo de la política italiana, sino que los completa. Sólo que luego no advierte que a esa revolución en el arte militar debe corresponderle úna equivalente renovación sociopolítica: la milicia ciudadana no puede existir sino allí donde el Estado vive día a día en la íntima conciencia del pueblo; luego, debe derrumbarse el principado tal como él lo ve. El solo enunciado del nuevo presupuesto militar debería significar la renuncia a la creación del príncipe.
El no advierte esto, y se queda a mitad de camino; se inspira en el ejemplo de Francia, de Suiza y de la Roma republicana, sin percatarse de que esos modelos encierran un valor propio, precisa mente aquel del que la civilización italiana ya no era capaz. Sus preceptos podrán ser observados, a la vuelta de muchos años, por un príncipe que por primera vez conducirá al escenario político de Italia a su pueblo de montañeses groseros y pobres, pero fuertes. Sin embargo, la monarquía de Emanuele Filiberto * no es el principado italiano.
Por tanto, el príncipe no llegó, y la obrita, escrita en días de inquietud, cuando hechos milagrosos parecían perfilarse a lo lejos 3I 32, es acogida con. menosprecio por Lorenzo de Mediéis. El pobre sobrino de León X prefiere, al opúsculo carente de «palabras ampulosas», los perros de caza 3Z, y Maquiavelo se gana otra repulsa.
30 Capiculo X I, «De tos principados eclesiásticos»: Sólo elle» tienen estados y no los defienden..,» • Emanuele Filiberto (1518 -158 0), llamado Cabeza de Fierro, nadó en la ciudad francesa de Chamberv, hijo de Carlos 111 de haboya y de Beatriz de i'ortugai. ac ano con reupe 11 oe r.spana en la guerra de 1556 -1159 contra Francia, y mandaba los ejércitos españoles que en 155? asaltaron la plaza fuerte de San Quintín, defendida por el almirante Coligny y el condestable de Monrmorency, a quien hizo prisionero tras infligir una feroz derrota a los franceses. Después de la paz de Cateau-Cambrésis le fue devuelto el ducado de Saboya, al que pronto convirtió en una gran potencia. (¿V. ¿ei T.)
31 Acerca de esta ruptura de la historia italiana, los manejos de los Médicts y sus repercusiones en el ánimo de Maquiavelo, cí. O. Tonimasini: op. cit., ti, pp. 76 y ss.
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Aunque, en la agitación del trabajo, no percibe la debilidad del «castillejo» que pretende construir, y escribe sin vacilaciones.
Así es como tenemos la urdimbre lógica. Porque, muy distinto en esto de Savonarola, cuyo móvil fundamental es la rebelión contra el tiempo y las condiciones históricas }3, Nicolás parte de aceptarlos, por lo menos en su entramado fundamental; su espíritu, profunda mente unido a la historia del momento, se ha afinado y avezado en la nada inútil labor de doce años, y de esta su seguridad analítica, de tal serenidad lógica y de esa adhesión a la vida variada y activa, se vale para construir las grandes líneas de su cuadro. En él, la serenidad y la cautela del razonamiento no se contradicen con la imaginación; solamente ésta le permite, tras la observación de los fragmentos, volver a unirlos en una visión última, recreándolos en una organicidad perfecta de la que cada uno forma parte. Los demás, los diplomáticos, se detienen al empezar, no conciben la posibilidad de una construcción nueva, y se encierran en su fineza y discreción; Savonarola no se muestra capaz de contener su apasionamiento sino en el momento de formularlo en una trama coherente y segura e investirlo de los pequeñísimos matices de los que, sin embargo, tan rica es la vida; ¿1, en cambio, sabe valerse de su experiencia, ya rica de elementos, para transformarla, con la imaginación, en un nuevo desarrollo político. Esto le permitirá dejar una huella exclusivamente suya en la historia del pensamiento político, de la que las generacio nes siguientes —y no precisamente las italianas- extraerán a su vez conclusiones más nítidas y seguras; en cuando al resto, el fraile dominico sólo puede dejar tras de sí un momentáneo y disperso despertar de conciencias en unos pocos, y los diplomáticos detienen las corrientes supremas de la civilización italiana, iniciando en su mayoría la vida ducal, monótona, discreta y estrecha.
Así, pues, de los veintiséis capítulos que conforman E l principe, veinticinco son rígidamente lógicos; el razonamiento procede en línea recta, sin desviaciones ni pausas, el análisis se desarrolla finísimo e incisivo, el pensamiento se ciñe a una circunspección segura y cauta, que distingue 7 precisa; surge paulatinamente el
Kn realidad, en el Discarn tal riformart h Stato di Firenzt% Maquiavelo retorna, en cieno modo, a Savonarola; su insistencia en la necesidad de volver a abrir la Sala y gobernar libremente la ciudad refleja, por lo menos en parte, las notas democráticas de 149). lista vaga fe en el pueblo de su tiempo — sentimiento oscuro, no conciencia critica— que le permite escribir E l arte de la dfttrra (a cuyo respecto remiro al estudio ya anuna ado), asi como el amor por la tierra natal, le mueven a la sazón a pronosticar cosas nueVas, devolviéndole en alguna'medida a aquella posición de la cual E l prinupt pareciera ser la franca condena. |EJ estudio al que remite es el que, .eft el presente volumen, sigue a esta Introducción. N H it.\
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Estado nuevo, entretejido por múltiples elementos, cribados uno tras otro y probados en su resistencia efectiva.
No tiene Maquiavelo que ir a buscar muy lejos los caracteres en la turbamulta de principotes y condottieri que afligen las ciudades de la Italia central: encuentra los fragmentos dispersos de su Príncipe, los rasgos aislados susceptibles de ser vertidos en una figura más consumada y congruente. La memoria le resulta suficientemente ágil como para recordar a hombres de la historia más reciente: por ejemplo, a un Sigismondo Malatesta, zorro y león a un tiempo, condottiero y diplomático, hábil para eludir los movimientos de ejércitos enemigos o para urdir tramas sutilísimas en las que se extravía la sagacidad de los rivales. De hombres como estos, y de otros más — se adivina inquietante, en el trasfondo, el rostro demasiado impasible y pacato de Fernando el Católico, y dan qué pensar sus palabras, todas fe, todas paz, asi como obliga a reflexionar la capacidad militar de Francesco Sforza— , y de una experiencia muy rica, variada y entretejida por elementos muy diversos, extrae Nicolás los detalles -de su cuadro. Por donde, en ese ajustarse del pensamiento que teoriza y éxponc ordenadamente sus máximas, con tranquila seguridad, puede advertirse cómo fluye en el fondo una realidad viva y concreta, oyéndose continuamente los ecos de la nota histórica que pasa sin tropiezos a la afirmación incisiva y casi autoritaria; y no puede discernirse ya con exactitud qué corresponde a la experiencia y qué se superpone a la imaginación, ni puede separarse la voz del mundo de la voz de la lógica y, luego, del alma.
Hay aquí la frescura y el vigor de la acción menuda, cogida de lo vivo y fijada ora en una imagen, ora sutilmente velada por el precepto rápido y claro; hay, asimismo, la capacidad de asir, de los acontecimientos, los elementos predominantes, para analizarlos con serena cautela, y, finalmente, hay imaginación, la cual, así como le ha permitido concebir la posibilidad de E l principe, ahora, en el trabajo, le consiente recoger todas las noticias y reflexiones disper sas, refundirlas en una unidad absolutamente imprevista, y transfor marlas en nueva, aunque sólo anhelada, experiencia política. Surge entonces la lucha política, afirmada con natural seguridad: el Estado actúa, conquista y destruye sin tener que rendir cuentas a nadie; constituye de por sí el valor supremo. Aún le falta, por el momento, la plenitud de la vida íntima, ese vivir de continuo en el alma del pueblo, llamado a crearlo hora tras hora; es, por tanto, formal, así como la lucha política es únicamente externa; pero, en todo caso, ya no busca fuera de sí las razones de su existencia. No las busca
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siquiera en su fuero intimo: se halla retratado en su momento de equilibrio, nunca más alcanzado, que nada busca ni tiene necesidad de justificaciones ni de aclaraciones.
La creación del solitario habitante de San Casciano es absurda, toda vez que presupone la posibilidad de un Estado fuerte, allí donde falta la vida social que debe sostenerlo; y, efectivamente, en este punto Maquiavclo no ve claro, por extraña contradicción, él, que, sin embargo, ha puesto al desnudo la miseria política de
Italia pero, en otros aspectos, es un cuadro perfecto, consumado,
al que nada cabe añadir. Es el bosquejo apresurado, pero formidable, de la historia italiana en sus últimos resultados, tal como los contempla el Renacimiento, y, aunque no se puedan buscar periodos determinados y el librito no constituya una fuente histórica particu lar, en él se capta, se desarrolla y se lleva hasta las últimas consecuencias el espíritu que aquellos momentos únicos han deter- ■ minado y unido en el transcurso de su marcha. Lo que más ostensiblemente le faltaba a aquella civilización italiana, Nicolás lo agrega por su cuenta: la milicia propia. Y éste es el acto creador en que mejor se muestra, con toda la fuerza vital, su imaginación. En verdad, si unas reformas parciales de los ordenamientos estatales y las virtudes de algunos hombres hubiesen bastado para salvaguardar los dominios italianos y la suerte de nuestra civilización, en E l príncipe se encuentran realmente las normas para la salvación.
El razonamiento es riguroso hasta el penúltimo capitulo: aquí comienza ya a cobrar transparencia más inmediata el sentimiento, el ánimo. Al término del trabajo, Maquiavelo encuentra ante sí la fortuna. Ha edificado minuciosamente, parte por parte, su «castille jo», lo ha fortificado con buenas leyes y buenas armas, lo ha hecho más seguro prohibiendo la inútil liberalidad y la confianza vana, más transparente que el cristal; pero ahora, justo al final, surge una pregunta angustiosa: ¿puede el hombre recibir con fe y esperanza la admonición? ¿O quiere el destino que también ésta sea vana? Esa fuerza oscura que nadie, entre los historiadores y políticos de
principios del siglo XVI, puede imaginar con certeza — ora viéndola
» Cf. D iurnos, libros I. V I. X II, X V II, X X X V III. X L V . X L IX ; libros II. X IX , X X X ; libros III, X X X I; E l arle jt la guerra, libros I y V il; D ttm a li; A sn o fo ro , cap. V ; Historias Jk m tio a s, libro I, X X IX : «I-os venecianos (...) viven a discreción de otros, como todos los demás principes italianos»; L eltm fa m ilia ri, C X X X I: «En cuanto a la unión de las demás italianos, me hacíis reir; primero, porque nunca se ha hecho ninguna unión que le hiciera bien a nadie (...)», y C X X X IV : «(...) nosotros los de Italia, pobres, ambiciosos y viles (...)» (del 10 y el t6 de agosto de t jt s ) .
INTRODUCCIÓN A «EL PRINCIPE» 31
como la lógica misma de las cosas 35, ora considerándola como una casi inasible compulsión exterior proveniente de las alturas y que rige las cosas a ciegas, como quiere y donde fuere— , esa fuerza por la cual, a la sazón, Italia parece esclava y vituperada, y tuviera visos de precipitar «maravillosamente»36 los asuntos de los lombardos primero, de los venecianos y florentinos después, ¿cómo habrá de ser combatida y canalizada, suponiendo que se pueda, por otra parte, canalizar un rio crecido y torrentoso?
En esa pregunta reside la preocupación del ánimo, el cual, aunque la razón y la lógica le hayan indicado el camino, permanece inquieto y vacilando entre pasar al otro lado, a la creación definitiva, o quedarse en el umbral, en medio de los detalles; y que, advirtiendo que algo falta, comprende que debe superar el escalón de un salto, sin pararse ya a medir la longitud del vuelo. Y éste es, en verdad, el momento dramático de la oposición entre la finura diplomática — que rehúsa saltar y que, sin discutir el principio que gobierna el mundo, la fortuna, lo acepta implícitamente, negando valor a la regla general y adaptándose*a la fragmentariedad— y el vigor imaginativo que va hacia adelante, abandonando por un momento la lógica y el cálculo para alcanzar la creación última. En este punto, Guicciardini se detiene pensativo y exhibe una sonrisa entre melan cólica y maliciosa, al advertir que es inútil insistir; pero Maquiavelo continúa, y escribe su exhortación para liberar a Italia de los bárbaros.
Con el capítulo acerca de la «fortuna», con la sola alusión a discutir su poder, queda ya resuelta, virtualmentc, la duda angustio sa. Nicolás se demora en la discusión, acepta casi a regañadientes el imperio vitalicio de la diosa Fortuna en la última civilización italiana: pero adviértase de qué manera su razonamiento se desarro lla únicamente para garantizarle al pensamiento la consistencia formal y la posibilidad práctica que, en sustancia, están reconocidas desde hace tiempo, así como de qué manera queda ya afirmado el valor de la actividad humana 37. 1.a voluntad de lógica y la necesidad de convencer, también en este aspecto,, al señor a quien la obra está destinada, así como la de contraponer una afirmación precisa y clara al vago pesimismo y a la indiferencia amorfa del vulgo, que no son pequeña causa de desventura, inducen al pensador a especificar también aquí los límites y a analizar, asimismo, en este lugar, el
35 B. Caben: Ttoria r noria átUt ttornertfia. Barí, 19 17, pp. 115 - 116 . M F. Gu ic c ia r d in i: Stona tfh t/ia , VIH , 111.
J’ 1.a reflexión acerca de la fortuna cuaba, en realidad, resuelta ya antes con una breve alusión: «(„,) aquellos de nuestros principes que estuvieron muchos aAos en su principado que no acusen a la fortuna, sino a su desidia, por perderlo después...», cap. X X IV .
3 2 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO
juego de los partidos; pero la predisposición existía de antemano, abriéndose luego en la amplia invocación destinada a sacudir a los durmientes y preparar la nueva grandeza de Italia. Obsérvese cómo la digresión acerca de la fortuna pierde casi de inmediato rigidez teórica en la vivacidad de un símil, cómo se cierra con una imagen vigorosamente expresiva: el esquema abstracto es arrollado, prime ro, por la onda precipitada del rio crecido y turbulento, y luego desaparece ante la figuración casi plástica de la mujer que se deja golpear por los jóvenes y se somete a ellos. En este transitar inadvertido del razonamiento a la imagen, del concepto a la figura y del esquema al bosquejo rápido, se halla Maquiavclo por entero dominado ya por su imaginación y su ánimo. Y sobreviene la exhortación final, implícita ya en ese análisis entre lógico e imagina tivo de la fortuna, e implícita, asimismo, en todo el tratado, de la primera a la última deducción, desde la nota más fugaz hasta la más deliberada teorización.
Pues la sola concepción de la posibilidad de reconstruir el Estado en medio de aquel embrollo de acontecimientos que revelaban en paulatino mayor grado las irremediables debilidades de la sociedad y la política italianas, mostrando el vacio en que se habían plasmado las constituciones principescas, y el proseguir esa posibilidad, hacer la objeto de disputa racional y darle vida concreta, dentro de las sutilezas del análisis, esto suponía ya toda una invocación, una apelación conmovida y trágica que rompía el cerrado cerco de la verificación lógica y le infundía la pasionalidad del sentimiento, el temor y la inquietud de la esperanza; y si, finalmente, la fe y la imploración cesan de contenerse e irrumpen en una súbita incitación y se manifiestan en aquella Italia esclava, derrotada y dispersa que pide misericordia, en ello no hay sino la definitiva expresión de un mundo nada lógico, no intelectivo, que se ha venido desarrollando dentro del mundo racional a lo largo de roda la obra. Habiendo partido de la realidad y la aceptación de la historia, Nicolás quiere retornar a ellas, aportándoles un nuevo germen de vida, el mismo que ha elaborado transformando su experiencia en capacidad crea dora, así como su memoria — tanto clásica como moderna— en renovado interés político; por donde mundo lógico e imaginativo y pasional, seguridad de coordinación y de comprensión, vigor de síntesis unificadora y voluntad de acción práctica, se compenetran en una organicidad tal de la que no se puede separar el más mínimo elemento sin que se haga trizas en las manos.
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De semejante unidad espiritual nace E l principe. Y cuán rápida, casi febril e inflamada es la apertura de la mente hacia esos vastos horizontes cada vez más espaciosos; cuán apretado el razonamiento, cuán intensamente dramático el pensamiento debido al continuado esfuerzo de compenetración de ambos mundos, el lógico y el imaginativo, y tan inmediata, incisiva y vivida la expresión formal.
Sólo los títulos de los distintos capítulos están en latín. Adviér tase en ello, en esa persistencia del hábito curialesco, apenas la inconsciente necesidad de ajustar y contener el ímpetu imaginativo en los límites pacatos de una fórmula cuasi solemne y austera, propia de una larga costumbre entre escritores. Nicolás no quiere, y lo dice claramente, hacer una obra de arte, ni adornar su exposición con «cláusulas extensas o palabras ampulosas»: no es ése su objetivo. Desea despertar sapiencia política, no finura literaria; convencer, no hacerse aplaudir; movilizar con fuerza el alma, no aplacarla con la elegancia del estilo. Por consiguiente, bien está enmarcar el trata miento dentro del orden grave de las formas de cancillería, que deben dar sensación de seriedad y calma racional al dictado, y contener la intensidad del sentimiento para que la obra pueda, efectivamente, resultar de grata lectura a los gobernantes.
Luego, en el curso del análisis, palabras latinas, formas curiales cas y expresiones que evocan el derecho clásico M: incisos ligeros, toques en los cuales no se advertiría a primera vista más que pedantería, los residuos de una costumbre rancia, pero que llevan al razonafniento continuo la familiar intimidad de las cartas 39 y que presentan en vivo a Nicolás, quien, al componer, se aferra inmedia tamente a la palabra tal como le vuelve a sonar en los oídos después de mucho conversar, durante tantos, años con los compañeros de la cancillería y los funcionarios de la República, y cuya espontánea viveza les infunde. Pero, por otra parte, esta forma contiene la señal imborrable de la tradición, el eco de una vasta experiencia pasada, por lo cual, algunas veces, la palabra latina parece, diríamos, ensanchar los tiempos de la construcción y aplacar su concitación a fin de introducir con gravedad el recuerdo histórico *°; he aquí, a un tiempo, una familiaridad desenvuelta y la compostura de la tradi ción; se advierte que el pensamiento, naturalmente inmediato en la expresión, es contenido, en cambio, en el límite de una forma
* A si, por ejemplo, « u n cap. X IX .
39 En el que aparecen continuamente, y siempre. Cf. especialmente las cartas de Ciuicciardini, quien también las usa.