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ACERCA DF «EL PRÍNCIPE» D E NICOLÁS MAQUIAVELO 1 0

In document [Libro] Chabod - Escritos Sobre Maquiavelo (página 100-109)

ni tener destreza y gracia para los juegos, que para él son cosas que contribuyen a completar al hombre de gobierno lí7, y Maquiavelo, que, en cambio, aun en el prólogo de su obra cómica se deja llevar por un melancólico lamento, no logrando, ni siquiera después de sus muchas desilusiones, olvidar del todo su antigua fe; el primero, a quien le resulta patente la conveniencia, puesto que no se puede expulsar de Italia a los bárbaros, de tener por lo menos dos para que las ciudades puedan desenvolverse y salvar sus particularidades ,8S, y el segundo, a quien se le perfilan imposibles acuerdos y alianzas con tal de poder expulsar a los ultramontanos: existe una gran separación de sentimientos y aspiraciones como para que la corres­ pondencia entre ambos espíritus sea plena y total.

En algunos aspectos se parecen: en saber atrapar al vuelo la variada transmutación de afectos y pensamientos, fijándolos en agilísimo análisis; pero éste, al que Nicolás transforma en búsqueda de axiomas generales, aunque humanos, es más compuesto en la sutil y señorial ironía del otro, se refleja en sonrisa apenas perceptible en el fondo gris del ojo entornado y se conserva tranquilamente en su minuciosidad. También se parecen en el desdén por la vida de entonces 189; esto crea en Maquiavelo la fe nueva, que se prolonga en dolorosa lamentación, pero en Guicdardini, incluso cuando se trasluce, se aquieta en la compostura y la cautela de un pensamiento que procura ignorar las turbaciones.

De esta manera, a pesar de la enorme estima que le demostrará

su gran coterráneo Maquiavelo siempre se contiene ante él en

relaciones no excesivamente íntimas, ni su afecto alcanza la íntensi- ll

ll’ K ttm nbt pnU /ktsj titila , C L X X IX . '** D ijcor/i ft lilit i. V III, en Oprre inedi/t, I, p, 164.

m Por ejemplo. R ta m b t p olitim y itrilti, X X V III, L IX (Admonición a Clemente V II, cf. C X C IV ), IJC V III. C X L . C L X X I, a . * X V I I , C C V , C C X X X I,G C X X X II I, C C X X X V I, c c x u , C C C X X III, y en Latiere fam itiari etc., C X C III, COI. «No he visto nunca a nadie que, viendo venir el mal tiempo, no trate de cubrirse de alguna manera, {excepto nosotros, que pretendemos esperarlo en medio de la calle y descubiertos! Sin embargo, a adrersi aceiderit* no podremos decir que nos haya sido quitada la Señoría, sino que tmrpiter elapso n t de mantbut.» b diferencia entre ambas naturalezas es también destacada por mtster Francesa»: «Son variadas las naturalezas de los hombres: algunos esperan tanto que dan por cierto lo que no tienen: otros temen tanto que nunca esperan si no tienen en mano. Y o me acerco más a éstos que a los primeros, y quien es de esta naturaleza no se engaña, pero vive con mayor tormento», Recuerdos politicen j civiles, L X I (pero cf., en cambio, CO CCIX). Aunque él logra aplacar su tormento con su estilo y su curiosidad intelectual: ésta, considerada primero como refugio de las miserias de la vida, invade al escritor en tal medida que muy a menudo le hace olvidar completamente su primitiva desesperación, w Por ejemplo, Let/ere fam iliari cit., C L X X X I. Pero en las alabanzas contenidas en el principio de la carta se advierte una pizca de ironía, que concuerda con el estilo del resto del escrito; de la misma manera como en la carta C L X X X se adivina una elegante sonrisa: «Escribí ayer a messer Gismondo que vos sois persona rarísima (...). Valeos, mientras tengáis tiempo, de esa reputación: moa stmper pamperos babebitis vobiscum.»

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dad que le pudiera permitir una plena correspondencia espiritual,9). Se queda solo, fabricándose sus fantasmas e insuflándoles vida con su esperanza hasta verlos esfumársele de entre las manos.

1,1 Sólo al final de la vida la relación se hizo verdaderamente afectuosa: « Y o amo a m ttur Francesco Guicciardini (...)» (L eiitrt fm m iluri cit., C C X X V ). Pero a esa emoción sentimental le da motivos la conducta práctica del lugarteniente de la Iglesia («W., C C X X III). que en ese momento se le aparece a Nicolás como defensor — de cualquier maneta— de Florencia, su tierra. Tanto, que asocia en su amor al amigo y la patria, a la que ama «más que al alma».

V I . LO Q U E Q U E D A D E « E L P R IN C IP E »

Pero en el derrumbe de la creación de Maquiavelo quedaba en pie algo de serio y vital que, a despecho de cualquier particular falacia de juicio, y no obstante lo vano de la ilusión, infundía poderosa vida a E l principe; por lo cual la obrita, superada por los acontecimientos, que habría tenido que quedar perdida en medio del desastre práctico y en la condena del entendimiento inmediato de quien la había concebido, en vez de difuminarse en la lontananza gris en que se aquietan las cosas muertas del pasado, estaba destinada a atraer las miradas de las generaciones posteriores, cobrando más bien, con el correr de los años, relieves cada vez más netos.

A decir verdad, la principal preocupación del florentino no estaba destinada a repercutir en los ánimos; y si el intento histórica­ mente determinado, el deseo de una Italia ya no invadida por los bárbaros, había constituido el más fuerte y verdaderamente apasio­ nado motivo de su meditación solitaria, ahora aquel deseo, aunque tomado de otra manera 192, iba a pasar a un segundo y casi oculto plano ante la enseñanza, ésta de valor europeo, que se pudo hallar entonces en E l principe. Al paso que, en cambio, empezaba a situarse como centro de la vida postuma de» Maquiavelo la que había sido su gran afirmación de pensador y que representa la verdadera y profunda contribución que hacía a la historia del pensamiento humano, a saber, el carísimo reconocimiento de la autonomía y la necesidad de la política, «que está más allá del bien y del mal moral» ’93. Con ello, Maquiavelo, echando al mar la unidad medieval, se convertía en uno de los iniciadores del espíritu moderno.

'n Para las voces que más tarde cantan palinodias a la necesidad de independizarse del extranjero, cf. recientemente V . d i Tocco, «Un progeno di confederazionc italiana neila seronda meta del Cinquecento», en A rM rit S u rii* Italiam 1924. fine. ü . pp. 17 y 15 -16 del extracto. Incluso, en cierto momento. Cario Hmanuele I aparecerá como el redentor que invocaba Maquiavelo: «El duque de Saboya ha tomado por si la exhortación lisonjera que Nicolás Maquiavelo hace al fin del libro del titano, que a llama el Priaeipr. para librar i Italia de los barbaros, hasc dado por entendido del las sutilezas del Bocalino, y de las malicias y suposiciones de la Pitera Je ! Paragmr, y determinó edificare libertador de Italia, titulo difícil cuanto magnifico» (Fiu n cisco de Quevedo. L a » Je Italia, en O i w , Madrid, li t o , Biblioteca de Autores Espartóles, p. 157). Cf. G . Rúa, Per ¡a Bherti i Italia, Turln, 19 0 1, p. 156. (La cita de Quevedo figura en castellano en el texto original de Chabod. N . Je t T .)

1,3 B. Choce, Elem eati d i política. Barí, 19 15 , p. 60.

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Sin embargo, semejante motivo de expansión espiritual, en los períodos que siguieron inmediatamente a la muerte del florentino, no pudo ser asumido, desarrollado y cumplido. En aquellas fluctua­ ciones e incertidumbres de pensamientos y sentimientos, propias de todo período de transición, quedaba sobre todo como punto de referencia para ásperas e inconclusas polémicas que nada de nuevo y concreto habrían podido aportar.

Pero algo permanecía, y aunque fuera de manera casi subterránea y sin llegar a transparentarse en toda su fuerza teórica, se sostenía asimismo lo que constituía el valor histórico de la obra, permitiendo, con su claridad, que surgiera a plena luz el contenido europeo del escrito.

Porque, al aceptar la lucha política en toda su integridad; al aventar de la escena cualquier criterio de acción que no fuera el inspirado en las razones de Estado, es decir, en la exacta valoración del momento histórico y de las fuerzas constructoras que el príncipe debía emplear para lograr su objetivo; al dejarles a los gobernantes, como límites de su accionar, sólo su capacidad y energía, Maquia- velo abría el camino a los gobiernos absolutistas, que se encontraban teóricamente libres de cualquier obstáculo, tanto en la política interna como en la exterior.

Esto, aunque resultaba posible debido al reconocimiento de la autonomía de la política, dependía, por otro lado, de la peculiar concepción del florentino, que identificaba al Estado con el gobier­ no, e incluso con la persona de su jefe ,<M, por lo cual, precisamente ***

*** Cf. H. \X\ Maykr, op. cit., pp. 4 1, 88, 1 12 ; F. Mkin rcke. Dtr ¡dee dtr Stoatsraíon, cit., p. 72; £ . Grasm, «II pcnsicro di Machiavelli c ("origine del concetto di Stato», en Rasugta Na^jonaU% junio de 1924, p. 201. Por lo demás, en cuanto al listado en abstracto, o en un universal, «como debe resplandecer para la mente profunda de Maquiavelo»» temo que en estos últimos tiempos se esté forzando un poco el pensamiento del escritor, con el fin de otorgarte un rigor lógico y una continuidad esquemática que no tuvo. Ese sistematismo contradice, en mi opinión, no sólo la naturaleza y el carácter de Maquiavelo, a|cno como nadie a la investigación dogmática y abstracta, sino también su pensamiento mismo, que era cualquier cosa menos sistemático y, con mucha frecuencia, incluso fragmentario. Asi, por ejemplo, en los Discursos, señala F. Ercolk («Lo Stato nel pcnsicro di Ntccoló Machiavelli», cit., p. 9}), en relación con el Estado republicano, lo equivoco y fluctuanre de la terminología. Se ha tendido, además, a ver el pensamiento de Maquiavelo como desarrollándose según una línea única, armónica y continua, mientras que, en realidad, está muy ligado a su vicu, tan rica en motivos, variada c impregnada por tos acontecimientos del día, hasta el punto de que se advierten en las obras los sucesivos excesos sentimentales del escritor, cuyo talante no es siempre y en todo lugar el mismo. Hubo una época en que, equivocadamente, se estableció una oposición entre el Maquiavelo de F i prinrip* y el de los Discursor, hoy en día, en virtud sobre todo de los estudios jurídicos, se llega con demasiada frecuencia a anular las diferencias, que proceden de las diferencias de actitud pasional de Maquiavelo. He dicho esto teniendo en cuenta, especialmente, los estudios de Ercolf. («1.0 Stato nel pensiero di Niccolú Machiavelli», cit., en Studi Economía c G iundici deila Ktait Vnm rsitá di C ajJiari, VIH, 1916, pp, 40-2)2, y IX , 19 17, pp. 1-S3; «Lo Stato in Machiavelli», en Poiitico% junio de 1919, pp. 554-555; «L'Etica di Machiavelli», tbid., septiembre de 1929, pp. 1-57; «La difesa dcllo Stato in Machiavelli», ibid.% mano-abril de 19 2 1, pp. i-j6 ; «Dante e Machiavelli», ibid.t

en E l principe, no veía sino la figura humana de quien, teniendo en sus manos los hilos del dominio, resumía en sí toda la vida pública, y esa concepción, determinada directamente por la experiencia histórica que Maquiavelo personificaba, apoyada toda ella en el esfuerzo continuado del gobierno central, era el fundamento nece­ sario para la fortuna y la grandeza de su doctrina.

En aquel momento, único en la historia del mundo cristiano, cuando había disminuido ya la presión exterior que el finalismo católico había ejercido durante largo tiempo sobre el pensamiento de los publicistas, y ninguna rebelión de la conciencia individual amenazaba todavía en otro sentido la obra del Estado; cuando todo un mundo moral, si bien no se había destruido, por lo menos se había alejado hasta un último plano, y ningún otro lo sustituía de inmediato para dar lugar a un renovado vigor de la fe, con lo que el pensamiento político podía expresarse sin verse enturbiado por preocupaciones de otra naturaleza; en una época en la que se estaban creando, dentro de los escombros del ordenamiento social y político del medievo, los estados unitarios, y era menester concentrar todos los medios de lucha en las manos de quien todavía tenía que combatir contra las fuerzas feudales y particularistas; en esa época, decimos, era necesario que se afirmaran claramente la libertad y la grandeza de la acción política, la fuerza y la autoridad del poder central. Sólo así podían borrarse definitivamente los vestigios del pasado y ofrecer a la sociedad futura, en forma de precepto, las armas que salvaran, contra los elementos disgregadores viejos y nuevos, la vida de la nación unida.

Esa fue la gran obra de Nicolás Maquiavelo, quien con ello se convertía en legítimo representante de la política y el gobierno, en hombre admirado y odiado, a la vez seguido y combatido durante dos siglos de historia europea; y hacia el debían converger las miradas porque él, solo, pobre y cansado ciudadano de una tierra en discordia, había declarado, con una vigorosa palabra jamás vuelta a oír, cuáles eran las armas de que la autoridad soberana debía servirse para lograr la victoria.

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julio-agosto de 19 21, pp. 117 -17 4 , reeditada esta última, aparte, en los cuadernos de Palilita. Cf. los juicios de (>. Ge n t i i.e, Slntli snt Rinateimtnlo, Florencia, 1918, pp. 107 y as.; de A. Souat, en Artbioio Storito Italiano, 1918, pp. 134 -1)6 , y de P. Ca k u, en Clornalt S torito titila Lettiratnra Italiana, L X X1I, 1918, p. 313 y ss.). Precisamente porque estos estudios se cuentan entre las raras aportaciones de verdadero valor que haya hecho nuestra critica a Maquiavelo, me he considerado en el deber de expresar mi discrepancia con la tendencia general. L o cual no quiere decir, por otra parte, que en ellos no abunden, y en gran cuantía, las observaciones vigorosas y agudas; muchas partes del pensamiento de Maquiaveio han sido esclarecidas por Erenle, con su habitual finura y de manera verdaderamente notable.

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Para obtener tal resultado era necesario que el escritor no prestase ya atención a nada que no fuera la figura que actuaba en el centro del Estado; que no buscase otras virtudes ni otros órdenes 19S, para contemplar a uno solo, e infundir en él toda la claridad del pensamiento y la energía volitiva. El exceso y la unilateralidad eran las primeras condiciones para que se llegara a reconocer plenamente el valor y la autonomía de la acción política 196, afirmando sobre ese indestructible fundamento teórico, en medio de la historia europea, la razón primera que la dirigía y que habría de inspirarla durante largo tiempo. Era preciso reconocer únicamente al poder central, el gobierno, a éste en sí, concentrado en una persona bien individua­ lizada, cuya actuación se tornase de tal modo de una visibilidad excepcional, necesaria para que permaneciese viva en medio de las disputas. Todos los errores y las deficiencias de evaluación histórica que habían dado lugar a la creación misma y a la inanidad práctica de E l príncipe se convertían con ello en las principales fuentes de su gran fuerza,97: si Maquiavelo hubiese juzgado con verdadero espíritu crítico los acontecimientos de su tiempo, no habría escrito su tratado. Por el contrario, el critico tenía que confundirse, equivocarse e incurrir en una serie sucesiva de errores para que el creador pudiera surgir a la luz, de suerte que, recogiendo dos siglos de historia italiana, hiciera suyo todo ese mundo, recomponiéndolo en un cuadro supremo; la serenidad investigadora del que sólo quiere observar y juzgar tenía que dar paso al apasionamiento violento y nada cauto del que quiere construir. Historiador agudo y profundo, Maquiavelo habría escrito simplemente una obra maestra; pésimo historiador, se convertía en una potencia universal >98.

,w Véase, por ejemplo, de qué manera se presenta en E l principe el propio problema religioso. En los Discursos, la religión es uno de los órdenes fundamentales del Estado (cf. el hermoso análisis de E . EuCOLe, «Lo Stato nel pensiero di Niecoló Machiavelli», cit., p p. 161 y ss., que es quúá lo mejor que se haya escrito hasta ahora sobre el tema). Aquí pasa a ser una mera actitud personal del jefe del Estado, que debe servirse de ella, aunque, mayormente, tal como se sirve de la piedad, la fe y la integridad (cap. X V IU ); en una palabra, simplemente forma parte de la virtud del condotiero.

m Cf. F. Mein r c k e, op. cit., p. 117 .

yrt También en el aspecto militar Maquiavelo había incurrido en errores de valoración, indicando una peculiar solución, impracticable y ni siquiera coherente con el principio que animaba la vida politica de aquel tiempo; pero venía a afirmar, sin embargo, uno de los principios fundamentales del Estado moderno, a saber, la necesidad de una fuerte constitución militar, únicamente en virtud de la cual una nación podía subsistir y emprender una politica propia de una potencia. Las ilusiones, los equívocos y los errores de Maquiavelo habrían de evidenciarse al poco tiempo; pero quedaría el concepto básico, y era tal que se convertir» en la determinante de uno de los caracteres más destacados de la civilización moderna.

m C f. Max Kem merich, Mocbimvlli, Vicna-Leipzig, 1 9 1} , p. 17 1. Alguien podría ahora plantear la pregunta de si Maquiavelo era plenamente consciente oe ese enorme valor de su obra, pero seria una pregunta inútil. Si lo fue de su gran afirmación teórica: la autonomía de la política, asi como también del proceso de centralización y unificación que iba desarrollándose en Europa

Es claro que ese valor europeo estaba estrechamente ligado a la particular vicisitud histórica; cuando, lentamente, cambió la vida del Estado y, una vez lograda y afirmada definitivamente la unidad interna, su brillo interior resultó desplazado, entonces, también lentamente, se debilitó ese valor «histórico» de E l principe, que dejó de dirigirse en tal sentido a la edad moderna; pero, en cambio, elevándose paulatinamente y despojándose de su cobertura inmedia­ ta, salía a plena luz el valor eterno de la obra, implícito en una afirmación del pensamiento. De suerte que Maquiavelo se perfiló, y sigue perfilándose, como una energía universal, bajo otra forma, más amplia; pero, durante muchísimo tiempo, quedó consolidada la importancia de E l príncipe como centro y resumen del desarrollo de la vida política europea: Nicolás Maquiavelo seguía dominándola, abiertamente o por caminos subterráneos, a través de los mismos por los que se pretendía combatirlo IM.

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occidental (R itralta di toa d i Francia; cf. A. Schmidt, N ic n ii MacbúmUi anddic allgm tm Slnattlebre dkr Cejpmnart, Karlsruhc, 1907, pp. 84 y ss.). Pero pretender inferir de o t e reconocimiento que Maquiavelo se propusiera la unidad política de Italia supondría una ilación equivocada: se identificarla el juicio histórico con un acto de voluntad y de fe, que incluso podría no responder en todo a dicho juicio. En cambio, es muy justo decir que Maquiavelo. atesorando las lecciones del pasado, aspiraba a un Estado centralizado y unificado (cf. K . Hr.rea. D tr M acrinreiliim u, Berlín, 19 18 , p. j i ) , cualquiera que fuere, en todo caso, su extensión. En este aspecto era un excelente político a la vez que un gran historiador: tan grande en esta fugaz mirada al desarrollo europeo cuan endeble se había mostrado en el anilisis de la situación juliana. Pero, al crear E t principe en virtud de una intención pasional e inmediata, Maquiavelo no podía sospechar que entregaba a Europa el código de su historia de dos siglos. Es t i claro que daba con ello a la posteridad mucho más de lo que era su intención (F. Meinecke, ap. cit., p. 1 >7). Quien, a raíz de esto, crea ver un menoscabo muy grave para el genio de Maquiavelo, pregúntese también si, en la historia, el efecto de las acciones y el pensamiento de los hombres no tiene siempre unas manifestaciones más vastas de lo que pretende la intención de quienes piensan y actúan.

,w Un solo punto había en E J principe en el cual los monarcas no podían seguir a Maquiavelo: la cuestión m iliur. Aqui, el escritor florentino, volviendo bruscamente a ser el ciudadano de las

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