sin embargo, la gran cuestión de cuáles podían ser los únicos ejércitos fíeles. También es cierto que, leyendo lo del duque que se había armado a su modo, podría argumentarse: con esa expresión, Maquiavelo se proponía aludir al sisterpa de levas que el Valentino introdujo en sus estados, el cual debía ser recordado todavía, en el peor de los casos, por los políticos, y con ello ya habría dado a entender, aunque fuera indirectamente, su pensamiento. Pero hubie ra sido una mención tan vaga que no habría tenido eficacia alguna para el pensamiento maquiaveliano global en aquel momento, y, en realidad, es tan mínima la pretensión significativa de esa expresión que Maquiavelo volverá justamente al ejemplo del duque borgiano en el capítulo X III, diciendo entonces por fin, con palabras claras, cuál había sido su reforma militar y cuál la naturaleza de esas armas a las que el escritor llamará, con un adjetivo cargado de significado y desconocido en el capítulo V il, «propias» ,0.
Tampoco en el capítulo X se prevé la cuestión de la milicia. Encontramos solamente una breve alusión a las ciudades alemanas, las cuales «tienen en reputación los ejercicios militares», pero nada más. Y contiene, en cambio, un pasaje de la mayor importancia, que demuestra de manera irrefutable que el motivo inspirador del capítulo X no es en absoluto el mismo de los capítulos X II y X III. Al valorar las fuerzas de los príncipes, dice Maquiavelo: «(...) considero que pueden sostenerse por sí mismos los que pueden, sea por abundancia de hombres o de dinero, poner en pie un ejército justo y librar batalla contra cualquiera que venga a atacarlos». Luego, bien la abundancia de los hombres permite reunir un ejército suficiente entre los propios súbditos (ejército nacional o milicia propia a la manera, por ejemplo, de los francs-archers franceses), o bien la abundancia de dinero faculta igualmente reclutar un «ejército justo», que en este caso se trataría evidentemente de un ejército de mercenarios, incluso de mercenarios extranjeros. Vale decir que todavía en ese momento el escritor afirma que el ejército profesional puede bastar para permitir una segura defensa del Estado, con tal de que su capacidad financiera sea tal que le permita asalariarlo de manera regular y continuada; aquí no se propone afrontar la gran cuestión, a la que deja completamente en suspenso.
E l problema fundamental, la base de todo el pensamiento militar de Maquiavelo, no se plantea, pues, ni siquiera in nuce, en los capítulos V I, VII y X . 10
10 También vuelve sobre el ejemplo de Hierón de Siracusa, desarrollándolo con mayor amplitud y precisión terminológica (en lo que concierne a la parte militar) en el capitulo X III.
Este último examina, sí, las fuerzas de cada principado, pero ¿en qué sentido? Maquiavelo escribe:
«Conviene hacer, al examinar la cualidad de estos principados, otra consideración, a saber, si un principe tiene todo el Estado que puede, precisando sostenerse por sí mismo, o bien si siempre tiene necesidad de la defensa de otros. Y para mejor aclarar esta parte, digo que considero que pueden sostenerse por sí mismos los que pueden, sea por abundancia de hombres o de dinero, poner en pie un ejercito justo y librar batalla contra cualquiera que venga a atacarlos, y asi es como considero que siempre tienen necesidad de otros los que no pueden presentarse en campaña contra el enemigo, sino que se ven precisados a refugiarse dentro de sus muros y defenderlos.»
Es decir, que el escritor considera, en este pasaje, la capacidad militar total de un principado: el «estado», o sea, la potencialidad de dominio en hombres y en dinero. Se trata de una cuestión meramen te cuantitativa, de ninguna manera cualitativa: habla Maquiavelo de un ejército «justo», esto es, proporcionado en su número a las necesidades de la guerra, y no todavía de las «armas buenas», que son las que, por su naturaleza, resultan ser las únicas aptas para defender un país, tal como se demostrará en los capítulos X1I-X III. Tampoco deben ambas cuestiones fundirse necesariamente en una, dado que las hipótesis a que se refieren no son en absoluto las mismas. Así, puede suceder que un príncipe que tenga armas propias, es decir, no mercenarias ni de auxilio, según los axiomas de los capítulos X I1-X II1, se encuentre, sin embargo, en la imposibili dad de librar batalla contra el enemigo, porque, aunque su milicia sea de calidad excelente, no esté en condiciones, por su exiguo número, de resistir el embate de un adversario excesivamente superior en medios de ataque.
Es verdad que, al leer acerca de la milicia fiel, las armas suyas y también del ejército justo de los capítulos V I, VII y X , pensamos en las armas propias, tales como las definirá Maquiavelo en los capítulos X II y X III; pero esto es así, simplemente, porque recor damos las demás obras de Maquiavelo, su pensamiento militar, y también la segunda parte de E l principe, que tenemos presente al juzgar la primera. Pero olvídese por un instante todo lo que sabemos acerca de las originales concepciones militares del escritor y léanse con atención los once primeros capítulos: se llega al capítulo X II ignorando absolutamente si las armas mercenarias son buenas o malas y si el príncipe debe armar a sus súbditos o no. Como se ha
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visto anteriormente, no basta, por supuesto, la alusión al Valentino, armado a su manera, para resolver la cuestión, y el pasaje del capítulo X que se acaba de examinar, en cambio, la resuelve de una manera del todo contraria a lo que será después el verdadero concepto de Maquiavelo. Cualquier otro tratadista político habría escrito, o podido escribir, los planteamientos militares de los capítulos VI y V II, y el capítulo X. Quiere decirse que Giuliano de Médicis, a quien debía dedicarse el tratado, que no podía haber leído todavía ni los Discorsi ni Del? arte de ¡la guerra y que hasta quizá desconociera los escritos de Maquiavelo sobre la milicia florentina, ¡habría leído un opúsculo cuyo autor no decía una palabra del asunto que le era más caro, y que tanto más debía acuciarle por aquellos tiempos en que se había suprimido la ordenanza florentina, su creación y su vida! 11
Y he aquí que surge la objeción: ¿por qué Maquiavelo no trató a fondo la cuestión en el capítulo X , que parecía el lugar apropiado para resolverla, esperando, en cambio, a hacerlo después de un capítulo intermedio, de modo que ofrecía como una impresión de discontinuidad en el plan? Tanto más cuanto que, para tener un ejército capaz de librar batalla, no sólo es preciso que tenga número suficiente, sino también que los hombres estén poseídos de una virtud sólida y segura.
Ante todo, se podría responder que, en tal caso, y dada la importancia del tema que efectivamente se desarrolla seguidamente con tanta amplitud, el capítulo X habría tenido que aumentarse por lo menos el doble, si no el triple. Pero no nos quedemos en esta especulación y tratemos de ver si realmente cometió Maquiavelo un error de composición o si hay ruptura en la urdimbre.
Indudablemente, el sistema de organización del ejército es de tal importancia en todo momento de la vida estatal que difícilmente podemos pensar en él sin hacerlo, al mismo tiempo, en todas las posibilidades que de ello derivan para la vida general de la nación en relación con la vida de los demás pueblos, es decir, sin vincular indisolublemente lo que puede ser una reforma de orden interno con las grandes vicisitudes de la vida internacional y la política exterior.
Pero, por otra parte, también es evidente que en un análisis en 11 11 La ordenanza florentina fue abolida por circular del 8 de julio de 1 51 j , para ser restablecida el 19 de mayo de 1 j 1 4 ,0. To u m a sin i, op. t il., II, p. izy , n. 4. C f. F. Gu ic c m m m n i, Optre inedite. Florencia, 1857-1867, V I. pp. 149 n. y 155. Sin embargo, ya en febrero de 15 14 se proyecta una nueva ordenanza: A . Zom , OtlU no%gt M magnifico Ginltano de' M tdici con la prm cipttu l: ¡liberta di davala ¡ Florencia, 1868, p. 50.
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el que se pretenda avanzar ordenadamente y examinar en detalle la estructura y la vida de un organismo político, la organización militar ha de ser estudiada en la parte dedicada a las reformas internas y a la disposición interior del país, como se hace con la organización tributaria, económica, etc., las cuales, sin embargo, están indisolu blemente ligadas, no menos que la estructura militar, a lo que podríamos definir como la política de potencia y la vida internacio nal de un Estado. No hay, en realidad, una política interior y otra exterior, como dos secciones distintas y separadas, pues sólo existe la vida concreta de un pueblo, en la cual ambos momentos se entremezclan; pero también es cierto que, por la comodidad de la exposición, en suma, por motivos prácticos, también podemos examinar por separado lo que en la realidad concreta es uno c indivisible. Valgan como ejemplo tantísimas obras históricas, insig nes algunas, en las cuales se analiza la situación de un país en un determinado momento de su historia, pasando de un tema a otro, de división a subdivisión, y valgan, sobre todo, los tratados teóricos acerca del Estado y la vida política, que no pueden prescindir de esos esquematismos. Incluso hoy, en todo país, las discusiones acerca de' los ordenamientos militares se incluyen en la que se llama política interior. Precisamente en virtud de ese criterio traradístico, el capítulo X y los capítulos X II-X III debían quedar separados, como lo están.
Los primeros nueve capítulos de E l principe responden sustan- cialmente a la pregunta: «¿Cómo se crea y se forma un principado?» Se analiza en ellos el proceso de la constitución, vale decir, en cierto sentido, de la lucha contra los obstáculos inmediatos, contra los posibles enemigos internos (y nótese que también los futuros súbditos, en el momento en que Luis X ll ocupa la región de Milán, o César Borgia la Romana, o Agátocles toma el poder en Siracusa, son una fuerza a la que se precisa considerar como se considera a las potencias vecinas, es decir, que pueden ser enemigos no siendo todavía rebeldes). Es cierto que Maquiavelo habla de «mantener», y más bien cabe decir que el desarrollo se refiere precisamente a esto. Pero es un «mantener» que varía según la naturaleza del Estado, que está estrechamente vinculado con la manera como se formó: una cosa es el sistema adoptado por un Luis X II, otra el de César Borgia y otra el de Agátocles. Por ejemplo, Luis X II, para «mantener» la región de Milán, habría tenido que preocuparse, más que de las relaciones con los súbditos, de las relaciones con los otros poderosos de Italia; en este caso, el «mantener» es objeto de una cautelosa
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política exterior, mientras que para Agátocles era un tema de política interior. Y aun los problemas de política interior considerados en los nueve primeros capítulos son variados, con arreglo a la natura leza del principado; en otras palabras, que se vinculan indisoluble mente con el «adquirir», con la manera como se forman. Por tanto, la directriz fundamental sigue derivándose del adquirir; el problema que está en primer plano es siempre el de la fundación, y lo confirmamos releyendo el capitulo I y volviendo a meditar en los ocho siguientes como un conjunto:
«Los principados son, o hereditarios (...), o son nuevos. Los nuevos, o son nuevos del todo (...) o son como miembros añadidos al Estado del principe que los adquiere. (...). Están estos dominios asi adquiridos, o acostumbrados a vivir bajo un príncipe, o habituados a ser libres, y se adquieren o con armas ajenas o con las propias, o por la fortuna, o por la virtud.»
«Adquiridos», «se adquieren»: en estas dos expresiones está el meollo de los nueve primeros capítulos. Después, con perfecto rigor lógico, Maquiavelo examina en el capitulo X las posibilidades de luchar contra el enemigo exterior, y con no menos rigor lógico escribe a continuación el capitulo X I, dado que los principados eclesiásticos no dependen de las leyes que rigen en los demás estados y, como dice con fina ironia el escritor, no tienen necesidad de defensa alguna.
Con los capítulos X II-X IV se entra en un terreno completamen te distinto. Dado un principado, cualesquiera sean su modo de formación y su estructura, ¿de qué naturaleza y de qué gravedad son los problemas que el jefe del gobierno tendrá que enfrentar día a día? ¿Cómo habrá de organizar su dominio para hacerlo cada vez más fuerte? Estamos aquí, sobre todo, en el campo de la política interna y las posibles reformas, pero de una política que es tal para cualquier Estado; ya no son directrices específicas, diferenciadas caso por caso, sino normas generales, válidas para todo gobierno. La manera de «mantener», al principio variada, se torna ahora uniforme y general. Desde luego, la primera cuestión que se presenta para la investigación de Maquiavelo es la organización de las fuerzas armadas. Un escritor de época más tardía, el mismo Botero, por ejemplo, habría enfocado en seguida la organización económica, financiera, etc., de un país; Maquiavelo, que se mantiene tan alejado de los problemas que no sean puramente político-militares, no bien resuelta la cuestión de la milicia pasará a tratar, él, que tiene la
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mirada puesta en la virtud del príncipe, de los requisitos personales indispensables para un jefe de gobierno (y obsérvese que ya en el capítulo X IV la reforma general se trueca en reforma del talante y el carácter del príncipe). En cuanto a reformas generales del armazón del Estado, basta con una sola, la del ejército; a todo lo demás debe suplir la habilidad personal del soberano. Y éstos son los preceptos de los capítulos X V -X X III.
Los capítulos X y X I1-X IV tratan, pues, de la defensa, pero desde dos ángulos completamente distintos, y Maquiavelo mantiene plenamente la continuidad lógica de la trama, examinando la cues tión en dos sitios separados, según el desarrollo natural del trata miento en su conjunto, y desdoblando, por comodidad y claridad prácticas, lo que al principio señalaba como una cosa única e indisoluble.
Precisamente por este motivo se justifica también la presencia, en el capítulo X X , de la parte relativa a las fortalezas. En el capítulo X trata de las fortificaciones respecto de un enemigo exterior, a tal punto que habla de «ciudades fortificadas». En el X X , en cambio, se detiene en las «fortalezas» en cuanto representan sobre todo una relación entre el príncipe y los súbditos, es decir, una cuestión de política interna. Ambos enfoques son también completamente dis tintos, y no cabe objetar que en los Discursos, II, 24, ambos temas sean tratados en el mismo capítulo; aparte de no ser exacto que los dos se traten unidos en ese lugar. Maquiavelo habla de fortalezas y sólo alude a las verdaderas ciudades fortificadas a propósito de los espartanos, los cuales «no solamente se abstenían de ellas [las fortale zas], sino que no permitían tener muros a sus ciudades», y en la conclusión declara, en cambio, de conformidad con lo que dice en el capítulo X de E l Príncipe, «Debe fortificar bien la ciudad, tenerla abastecida (...)» Pero todo ese capítulo versa sobre fortalezas (cap. X X de E l principe') l2, mientras que apenas se alude de pasada al tema del capítulo X del tratado, las ciudades fortificadas.
Llegados al término de esta primera parte de nuestro análisis podemos hacer aún otra observación: que si la conclusión fuera que el escrito tiene una primera parte y otra segunda, por el hecho de que se examina el problema general de la defensa en capítulos separados, podríamos sin más establecer también la existencia de un icrcer núcleo, superpuesto a los dos primeros. Ello porque en el
i* Obsérvete que en el capitulo X X IV de los Oit<urms» II, se repiten los ejemplos del capitulo X X de E J priiuiptx Niccoló Vitelli, Guidobaldo da Montcfeltro, Francesco Sforza, y hasta el dicho florentino de «ganar Pisa con las fortalezas*.
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capítulo X X vuelve Maquiavelo a hablar de las armas propias; así que, valiéndonos de la misma argumentación empleada para los capítulos X y X II-X IV , debiéramos llegar a la conclusión, también en este caso, de que hay yna ruptura del plan y, en consecuencia, señalar otra estratificación de un grupo de capítulos.
Pasemos ahora a una segunda parte, que servirá no ya para resolver la cuestión que plantea Meineckc, sino el problema de la composición de E l principt en su totalidad.
Para Meinecke, la frase contenida en el principio del capítulo X II, «quédame ahora discurrir en general», no es sino un propósito de nexo entre la primera parte y la segunda del escrito, y serían inserciones posteriores las frases del capítulo III, «respondo con lo que más adelante diré acerca de la fe de los príncipes y cómo se la debe observar», que remite al capítulo X V III, y del capítulo X , «y más adelante lo mencionaremos, cuando sea necesario», que lo hace a los capítulos X II-X III.
Cabe decir, ante todo, de las presuntas inserciones como ésas, que hay otra en el mismo capítulo X : «y en cuanto a los demás gobiernos, de cómo han actuado con los súbditos, está dicho antes, y después se dirá». Con esta expresión se remite al lector especialmen te al capítulo X IX , toda vez que no puede afirmarse que esc . «después» se refiera simplemente a -I» última parte del mismo capítulo, la cual, por decir al principio «(...) que tenga una ciudad fortificada y no se haga odiar (...)» da por resuelto el modo de no hacerse odiar, que será ampliamente expuesto más adelante (cap. X IX , «De contemptu et odio fugiendo»). Al antes que remite al capítulo IX , se le corresponde con el después que envía al capítulo X IX .
Pero volvamos sin más al capítulo III y releamos dos periodos: «Y si alguien dijera: el rey Luis cedió a Alejandro la Romana y a España el Reino [de Nápoles] para evitar una guerra, respondo ton los rabones dichas antes, de que no debe permitirse que se siga un desorden para evitar una guerra, porque no se la evita, sino que se la difiere y a pura pérdida. Y si algunos otros alegasen la fe que el rey había dado al Papa, de hacer aquella empresa por él, por la resolución de su matrimonio y el capelo [cardenalicio] de Ruán, respondo con lo que mis adelante diré acerca de la fe de los principes y cómo se la debe observar.m
Advirtamos ante todo el singular nexo lógico y estilístico que une tan estrechamente ambos periodos, y el característico paraleli» mo con que se responde a la doble objeción: con el principio del
SOBRE LA COMPOSICIÓN DE «EL PRINCIPE» 161 primer período, «y si alguien dijera», se corresponde el del segundo,