fortuna, ha «reprobado al Valentino», y no se preocupa el escritor por ver en qué consiste la justicia profunda de la condena.
Así queda el cuadro en su plástica serenidad. Lo domina en escorzo la burlona figura de Borgia, encerrado en la sonrisa y en el guiño, fosca debido a las grandes barbas que le suben por las mejillas pálidas, encuadrando el rostro en un marco triste y reflejando un ánimo que se limita al obstinado propósito de dominio para revelar sordamente cada impulso.
Sólo domina el escorzo, puesto que E l principe no es una glorificación de César Borgia, como tampoco lo es de ninguno de los demás personajes que aparecen en escena: aun cuando algunos retornen a ella insistentemente, de manera que puedan vislumbrarse los rasgos angulosos y duros de Francesco Sforza y de Fernando de Aragón. Pero, dado que el Estado puede fundarse solamente sobre una persona determinada, y puesto que debe ser creado, ante todo, en el ámbito de la virtud personal, y que la materia inerte aguarda a recibir la impresión de un valor «excesivo», resulta instintivo centrar el análisis en torno a alguna figura que confiera capacidad de síntesis humana a los fragmentos dispersos, tanto racionales como pasionales; y la figura que domina es, desde luego, el hijo de Alejandro VI, en tantas ocasiones vituperado por los republicanos florentinos.
L a esperanza de M aquiavelo
El solitario habitante de la villa de San Casciano iba construyen do su «castillejo» sobre tales fundamentos, dándole forma concreta en espera del aguardado último fin. El cual es grandioso puesto que,
al paso que los príncipes italianos de finales del siglo XV han
olvidado en gran parte sus veleidades hcgemónicas, limitándose a los enfrentamientos diplomáticos y el equilibrio de las fuerzas; mientras que Venecia, que no renuncia, se ha visto forzada a ocultar sus naipes y a jugar fraudulentamente, Maquiavelo retorna al F iio n fia Italiana, IV , fase. 2, p. 157), aue pretende ver, en la sutil digresión de Maquiavelo acerca de la virtud y la fortuna, la búsqueda de un principiam unhersa/itaiii en la historia, siendo, en cambio, m is verosímil que Maquiavelo no pensase nunca claramente en semejante propuesta teórica. Esa digresión revela, simplemente, la incertidumbre de quien no acierta a explicarse bien las alteraciones que sobrevienen en un mundo que es todo voluntad individual y todo precisión, incertidumbre del florentino que cabe perfectamente en la naturaleza de! pensamiento histórico de aquel período. (A este respecto, véanse las agudas y acenadas observaciones de E. Furreft, H ntoirt ét thistoriaffapbh matkrm, tr. fr. Jeanmaire, París, 19 14 , pp. 70 y as.)
pensamiento de los grandes combatientes del siglo XIV, lo integra a su experiencia e imaginación y afirma, nuevamente, la necesidad de la lucha abierta; en consecuencia, la del Estado fuerte, tal como en la realidad ha intentado hacer recientemente el Valentino.
No es que proponga la completa unificación de Italia87 *. El recuerdo del reino está muy presente en su alma conmovida, e impreca contra quien lo ha destruido, quitándole con ello a Italia su vida; pero esto sigue siendo un desdichado replegarse del sentimien to hacia un tiempo pasado, una visión lejana, velada de lamentacio nes y amargura, que no retorna en tanto que finalidad para el presente ni se transparenta como posibilidad de una acción concreta.
El reino sale a la luz, evocado casi de un modo natural por la contemplación de aquella Roma antigua que supo convocar en torno a si a la península entera, imprimiéndole su sello creador **; y el hecho de revivir en la vastedad gloriosa de la República lejana alcanza tal intensidad pasional, se realiza en una adhesión tan profunda de todo el ánimo a la reconstrucción histórica, que suscita la imagen de la felicidad de la Italia perdida y lleva consigo la imprecación contra los culpables de la ruina. Retornará insistente la monarquía, en los umbrales de la última narración histórica, infor mando la obra de Teodorico, que se abre paso en esta gloria luminosa 89; se presentará, aunque ya despedazada por las discordias, con los longobardos 90, reflejándose luego por última vez, a duras penas, en Carlos de Anjou 91; y, siempre, al recuerdo se une la amargura del sentimiento que comprueba la miseria presente. Des pués, desaparece 92.
ACERCA D E «EL PRÍNCIPE», DE NICOLÁS MAQUIAVELO 7 3
r Como ahora sostiene también F. Ekcole, «Dame e Machiavclli», en P cli/va, |u!io de 19 11, p. 156,
a Dium rnt, I, X II; aquí, Maquiavelo, arrastrado por el ejemplo de Roma, amplia su experiencia y su capacidad creadora hasta alcanzar la unidad, a la que luego ve quebrantada por la Iglesia.
M «Contuvo dentro de los términos que les correspondían, y sin tumulto de guerra alguno, y no solamente con su autoridad, a todos los reyes bárbaros ocupantes del imperio; edificó tierras y fortalezas «r/rr t i txtrrmo <Ul mar A dridtiio y lo; A lp tt para impedir más fácilmente el paso de íos nuevos bárbaros que pretendiesen asaltar Italia» (H istoriu flertn tiiu i, I, IV).
w «Consejo [de no querer más reyes después de Clcfi| que hizo que los longobardos no ocupasen nunca toda Italia y que su reino nú pasara de Bcncvcnto» (ib/d., i, VIH). Y poco después reaparece el motivo que anima el cap. X II de los D iunrur. «(...) todas las guerras que en esos tiempos hicieron los bárbaros en Italia fueron, en su mayoría, causadas por el pontífice, y todos los bárbaros que la inundaron fueron, las más de las veces, los arrastrados por ellas. Modo de proceder que aura todavía en estos tiempos nuestros y que ha tenido a Italia desunida y enferma» ( i« ¿ , 1, IX).
*' Quien se encuentra nuevamente enfrentado al papado: «Y asi los pontífices, ora por caridad de la religión, ora por su propia ambición, no cesaban de llamar a Italia a hombres nuevos ni de provocar nuevas guerras; y luego que hadan poderoso a un principe, se arrepentían y buscaban su ruina, y tampoco permitían que esa provincia, que por debilidad suya no podían poseer, la poseyera otro» (H itltrú j Jb rtM ñ u i, I, X X III).