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4 8 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO

natural de elevar la voz para mostrar los caminos de la fortuna política a los posibles dominadores, todo eso, fundido en un único estímulo en el cual ya no se distingue el momento puramente utilitario del sentimental, el motivo ocasional del que es connatural al ánimo del escritor, hizo que los pensamientos aislados se precisa­ ran, se congregaran en torno a una directriz fundamental y se dispusieran en orden. En pocos meses, el tratado, pequeño de tamaño, queda terminado. Un interés práctico e inmediato había podido, por fin, reducir a conjunto orgánico aquellos «castillejos» que, de no ser así, habrían continuado, tal vez por mucho tiempo, como simples fragmentos diseminados en una obra más vasta ,6.

A la República la sucedía el principado; al pueblo, capaz de dictar su voluntad e imprimir su huella en el Estado, el hombre solo, con su energía individual y los recursos de su habilidad; a la consideración, velada de nostálgica recordación, de la gloria pasada, la perspectiva teórica de la fortuna política de Italia 14

14 P. Villa r i 'op. «/., II, pp. ¡66 y si.) ha destacado adecuadamente esta génesis espiritual de E l principe, advirtiendo, asimismo, las interferencias con los D itcnnai (ibid., pp. >71 y jó j) , pero luego exagera al afirmar que, si E l principe se hubiese perdido, habríamos podido reconstruirlo por completo (cf., asimismo, R. Pe st e s, ep. cíe., p. 154). Aunque Maquiavclo no se contradijera a si mismo al transitar de los D ictaren a E l principe, ello no quiere decir que su pensamiento no se desarrollara de manera distinta en una y otra obra: los detalles comunes no deben hacer olvidar que la disposición general es diferente, y en no pequeña medida. Por otra parte, existe la tendencia, en la critica m is reciente, y de parte de los m is valiosos eruditos (E . W. Ma y e s, P. Es c o l e, P. Me in e c k e, etc.), a ver en ambas obras el fondo común, la rirtnd, que se ordena de maneras diversas en tom o de la materia del asunto, de suerte que el esqueleto seria siempre idéntico. Concepción que sustituye, en cierto modo con justicia, a la muy manida antinomia E l principe-Pitearme, malamente interpretada en el pasado. Sólo que ella asume a veces un carácter demasiado abstracto y rígido. Bien se halle la 1-irtni individual, asimismo, en la base de la República; bien sea ella la necesaria sustentación de toda energía; divídasela en un primero y un segundo grados; resulta que, en el primer caso, la fuerza de la vida colectiva, la virtad de los miembros, la contiene en si, mientras que, en el otro, se mantiene con total rigidez el carácter individual. Y dado que Maquiavelo no era un teórico abstracto que desarrollara, ya en un sentido, ya en otro, un concepto elaborado totalmente desde el principio, sino un político y un hombre apasionado que desarrollaba sus ideas y las determinaba en estrechísima relación con las actividades, las esperanzas y las finalidades prácticas de los distintos momentos, queda por ver qué distinto contenido debe necesariamente encontrarse en un criterio aparentemente idéntico, cual es el de la rirtnd, en relación con la vida íntima del escritor, o si pierde su carácter individual y revive en la masa, o constituye, en cambio, en su manifestación personal, el único punto de referencia. Ahora bien, es innegable una orientación distinta de la vida intima y, por tanto, del pensamiento de Maquiavelo en las dos obras. L o cual no significa que el autor de los D iscartn sea un demócrata en el sentido moderno, toda vez que observa el fluir de la vida colectiva no tanto desde la perspectiva de los distintos grupos y en su interés particular cuanto desde la general del Estada, esto es, del gobierno (esta observación, muy aguda, es de P. Me in e c k e: Die Idee der Staatsrdmn, Munich-Berlln, 1914, p. 40): y más bien en esto reside la verdadera y profunda continuidad del pensamiento de Maquiavelo. Simplemente, la vida política asume, en las notas a Tito Livio, una riqueza de elementos y una fuerza desconocidas para E l principe, que, en definitiva, llegan a sobrepasar el propio concepto esquemático de rirtnd, el cual, en cambio, cobra pleno relieve en el tratado más breve.

I I . L A « E X P E R I E N C I A D E L A S C O S A S » Q U E O F R E C I A L A H I S T O R I A D E I T A L I A

L os señores y los estados regionales

En verdad, el príncipe era la creación suprema a que había arribado la historia italiana 17.

No porque de pronto el dominador hubiese obtenido la plenitudo potestatis. Éste había sido el epílogo; pero antes, y aun durante gran parte del siglo xtv, un largo y continuado trabajo había dejado su impronta en la vida de los gobiernos de los señores, convulsionados frecuentemente por ásperas disputas — si bien no manifestadas en el entrechocar de armas— cuyo . fondo estaba determinado por la resistencia de los antiguos grupos dirigentes, entregados a la defensa de los últimos restos de su señorío. Al principio meros caudillos de partido, a quienes los hombres de su facción confiaban la dictadura para salvarse a sí mismos, los señores se mostraron pronto como los salvadores de aquella burguesía ciudadana obligada a renunciar a su pleno predominio a causa de las acuciantes presiones de las clases inferiores, de la necesidad de encontrar remedio a la guerra civil y los trastornos financieros, de la exigencia de asegurar vida y propiedad, amenazada esta última especialmente en la comarca, día a día devastada por uno que otro proscrito; forzada, pues, a pedir la intervención definitiva en la vida pública de unos hombres a quienes a veces fortalecía el poderío económico, a veces el favor de las plebes rurales o urbanas, otras más los feudos y las armas, y hasta todos estos motivos juntos, había procurado, no obstante, salvar en cuanto le había sido posible su prístina autoridad ,s.

De ahí derivaba aquel característico apego a las viejas ¡nstitucio- 11

11 Se hace referencia aquí, esencialmente, al desarrollo histórico de la Italia septentrional, es decir, de la tierra en la que más claramente se habla concebido E l prñicipt.

" Véase, a titulo de ejemplo, la rendición de Asti a Luchino Visconti, en 1)4», con las cláusulas en favor de la Comuna y de los ciudadanos, esto es, de los antiguos dominadores (F. Cocnasso, «Note e documcnti sulla fbrmazionc delto Stato visconteo». en aaUttim M U S tc ü li P attu d i S ttru Patria, X X III. fase. 1-4, p . i i t y ss. del estrado). Acerca de los gobiernos señoriles, es notable el ensayo, ágil y amplio, de A. A N Z tu rm , «Per la storia delle signorie c del diricio pubblico italiano ncl Rinascimcnto», en Stadi Starici, X X II (1914), pp. 77-106.