les y agrícolas, en el odio persistente contra los enemigos de ayer y en el pertinaz recuerdo de la antigua autonomía, que sólo iba a desvanecerse en época muy reciente.
E l designio mismo de derivar leyes y reglamentos de una ciudad a otra se limitaba sobre todo a las normas del derecho penal y
procesal 3°, sin que se lograse extirpar esa parte del derecho,
tenazmente aferrada a las costumbres y los estatutos, en la que se evidenciaban las divisiones y las hostilidades recíprocas de las Comunas; de modo que seguía estando sancionada por la ley la desmembración inicial de la que había surgido el gobierno nuevo11, el cual procuraba vencer los obstáculos más duros combatiendo, por medio de los juristas, contra el derecho consuetudinario J2, profundo elemento de desunión.
Pero, sobre todo, la persistente fragmentariedad del dominio encontraba su mayor expresión en el estado de ánimo de los hombres de las ciudades menores contra la capital: ésta tendía a imponer, por detrás de la supremacía personal del señor, su hege monía, bajo la cual acabarían reducidas a un nivel único todas las tradiciones particulares; aquéllos reafirmaban desdeñosamente su independencia, que sólo cedía ante la persona del que dominaba, aceptando solamente su autoridad individual superior M. 30 31
30 A. 1.attes, «Dcgli antichi statuti...» op. t il., p. 1075. Conviene recordar que ya la legislación estatutaria de las comunas tenia unas analogías características y generales, que sin embargo daban lugar a una contraposición reciproca y al circulo cerrado de la vida ciudadana. Asi que los decretos de los señores podían tener esencialmente una eficacia unitaria, decretos que, efectiva mente, se multiplican junto con el fortalecimiento del poder central.
31 Por ejemplo, en Bérgamo, en 1) 9 1, los estatutos confirman la conocida cláusula de la iñtopotidod de la mujer casada fuera de la Comuna, así como la de los forasteros, para heredar a un súbdito de la misma (A. Lattes, // diritto ttnm utdáum , pp. 16 1 y 4)6), mientras que en San Salvatorc di Monfcrrato sigue vigente el principio de que un no súbdito no puede tener casa alguna, ni construirla, y ni siquiera alquilarla, si antes no ha prestado caución de «Arar róvudm («Statuta Oppidi, S. Salvatoris Ducatus Montisfenati, secoli xiv-xv», en R iruta d i Slorio, A rlo , Artktoiogio par lo Prorúuio d i Akssossdrio, abril-junio de 19 14 . p. yo). En cuanto al ducado de Monfcrrato, véase asimismo Is pervivencia de los criterios municipalistas, analizados por A . Bozzola, «Appunti sulla vita económica, sulle classi sociali e sull’ordinamento amministrativo del Monfcrrato ncl secoli x iv e xva.cn Bolltlioo Slorim -Ribiiofrofito Subalpino. 19 1 y,p p.4 y ss. d d extracto.
“ A . La t t e s, U dirito nasmtodmorio, p. sy.
» N o faltan ejemplos. En 1447, cuando se constituye la República ambrosiana, las demás ciudades del dominio de los Visconti actúan por cuenta propia, negándose a obedecer a una ciudad par 00 oro m it ooUt par olios (L.-G . Pé lissie r, op. t i!., I, p. 90). En septiembre de 1499, el
g
obierno provisional acepta la dominación francesa, pero, temiendo el desmembramiento del ucado, ruega a Trivulzio que se oponga, llegado el caso, a la separación de Pavía de Milán, lo que seria una vergüenza muy grande para los ciudadanos (ikid., 11, p. ¿68). Las antiguas divisiones persisten (cf. también, sobre los sentimientos municipales de la gente de Pavia en el siglo xtv, y sus consecuencias, la obra de G . Romano citada). Sumamente significativa es, además, la diferencia entre Perusa y Orvieto, después de que ésta se liberase del poder de Andrea Fortcbraccio. llamado «Braccio da Montonc». En una controversia particular, el representante de Perusa habla despreciativamente de Orvieto, como de una ciudad rccten salida de la dominación de la capital de la Umbría, donde había estado el centro del gobierno de Braccio; pero los orvleíanos responden: «Vcrum filimus sub magnifico ct excelso oomino Braccio qui, esto quodACERCA DE «EL PRÍNCIPE». DE NICOLAS MAQUIAVELO 5 5
O sea, que el Estado regional era tal en el príncipe, único soberano de un amplio territorio cuyos miembros, aunque conjun tados, seguían conservando cada uno su carácter propio: el dominio era esencialmente personal.
L a falta de unidad moral
Esto era, por lo demás, perfectamente lógico en aquella época de transición y de trabajosa ampliación del Estado ciudadano. Pero, para obviar los evidentes peligros que de esa individualización del Estado derivaban al dominio entero, habría hecho falta entonces una gran fuerza espiritual, capaz de conciliar en sí los ánimos divididos en el terreno práctico, una fe profunda en la que los hombres pudiesen encontrar un motivo no precario de concordia y comunión. Habría hecho falta, para quitar todo lo que de excesivamente limitado e inmediato hubiere en el príncipe, la fuerza poderosa de una tradición que incluyese la figura del dominador dentro de su continuidad, de suerte que él apareciera casi como fragmento de una existencia histórica ininterrumpida, casi como parte de todo un desarrollo originado en un tiempo ya mítico, tan lejano que coincidiera con el primer florecimiento de la vida del pueblo, indisolublemente ligado a la dinastía de sus condottieri.
Tal era, precisamente, el espíritu profundo de la monarquía francesa, creada «en las propias visceras» de los pueblos M, de esa monarquía que ostentaba en sí los estigmas de la pasión nacional, por primera vez alentada en el mundo caballeresco y en la Cbanson de Roland. El rey era el sacro descendiente de quienes había'' conducido a Francia en sus luchas antiquísimas; era el eslabór una larga cadena; era el custodio, ante todo, de las memoria- la gloria francesas, y su persona se abría paso por delar trasfondo animado todavía por las figuras del pasado hasta desaparecer, en la royante 35.
Una fuerza espiritual semejante no la tuvif italianas.
Cuando, en 1272, los ciudadanos de Mil?
nobis dominarttur ad plcnum, tamen nos non ita d subiugarrt.» (R. Va len tin i, Brtucic Ja Manto* i ilC
M Esta hermosa expresión es de Reginone r
Germán. ¡n mam set»/., Hanover. 1890, p. \tf.( K La literatura francesa, y especialmente''