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1 3 0 ESCRITOS SOBRE MAQUIAVELO

In document [Libro] Chabod - Escritos Sobre Maquiavelo (página 125-135)

expresaba en los términos que le eran permitidos 2M; y si contra Maquiavelo, como inspirador del absolutismo monárquico, apunta­ ban las iras de los que intuían en él al más temible enemigo de sus sueños, por otra parte esa misma reacción significaba la rebelión de unas fuerzas vivas y jóvenes en las que se ocultaban los gérmenes del porvenir 254.

E l antimaquiavelismo francés

O sea, que el pensamiento dominante de Maquiavelo podia ser adoptado en gran parte por los escritores de Francia: la necesidad de unidad interna, el sentimiento nacional que se sublevaba ante los amaños de los enemigos de fuera, el amor por la tierra natal perseguida, saqueada y violada, inclinaban a los más en favor de una monarquía fuerte y centralizadora, aproximando al escritor florentino incluso a los que lo detestaban. Pero existía, a diferencia del mundo de Maquiavelo, una vigorosa conciencia burguesa que aceptaba la monarquía porque sabía encontrar en ella a su más valiosa colaboradora; y existía además el carácter mismo de esa monarquía, tan alejado del príncipe italiano. Tanto la fuerza que estaba en lo alto como las que quedaban por debajo tenían entidad distinta de aquellas en medio de las cuales se había creado el Estado de Maquiavelo, mientras que en los mismos que podían ser llevados a defender el pasado político, y eran incitados contra el maquiave­ lismo porque representaba la muerte de sus aspiraciones de casta, quedaba sin embargo una conciencia religiosa consagrada en largos años de luchas, y esto no era el pasado, sino un importante motivo de vida para el futuro.

B > Esto queda decididamente comprobado por el hecho de que. cuando la monarquía les significó a los hugonotes protección y defensa y cuando, ¡unto a Enrique III, apareció Enrique de Navarra, se hicieron defensores del derecho divino del rey. mientras que los católicos de la Ligue recurrieron a las teorías hugonotas de diez aóos atrás. Esto lo pone muy bien de relieve G .-J. We il l, op. rít., pp. 199 y ss. C f. H. BAUDMLLAftT, op. t i!.. pp. 64. 9 1 y ss. (Hotman cambia completamente de parecer y sostiene el derecho hereditario de la monarquía, para favorecer a Enrique de Navarra contra las pretcnsiones del cardenal de Borbón. en el D n it du «neu sur toutto.) Al juzgar las teorías políticas de aquellos tiempos debiera tenerse siempre presente la finalidad polémica e inmediata, no científica, que suponían.

F. Me in e c k e (op. t i!., pp. 68-70) na destacado vigorosamente cuáles eran los motivos políticos de la oposición de Gentillet contra Maquiavelo. Pero yo no diría que sólo hubiera en ella el pasado, ya que el propio Gentillet termina concediendo mucho al poder soberano (en la cuestión fundamental de los impuestos es, por lo menos, tan monárquico como Bodin). La verdad es que el pasado se hacia advertir en mayor medida, y volvía a salir a la luz, en gran parte, justamente por la necesidad de una defensa inmediata contra el poder regio de Catalina de Médicis. de Carlos IX y de Enrique III, y contra Sus inspiradores reales o supuestos, los de Guisa..

En un fondo histórico tan diferente debía surgir, necesariamen­ te, una oposición a Maquiavelo. Bien podía haber alcanzado otros niveles, o ser, por lo menos en parte, una crítica serena que considerase y precisara los puntos de disensión sin caer en el odio banderizo; pero en el condicionamiento del peculiar carácter del antimaquiavelismo intervinieron, a la sazón, otras causas.

La primera fue la incertidumbre y la timidez de aquellos hombres, que acababan de salir de la gran unidad espiritual de la Edad Media — y aún la sentían en el alma— para encontrarse bruscamente con el enfrentamiento de las distintas formas de vida, cada una separada de las demás y luchando contra ellas para asegurarse su fortuna zss. Maquiavelo había avanzado por su camino con maravillosa seguridad, dejando a sus espaldas el pasado y tratando de salvar la que había sido su única vida espiritual; pero no todos podían tener su genio y su fortaleza.

De ese fluctuar de ideas y sentimientos procedían las confusiones teóricas y los arranques apasionados en defensa de la moral; pero cuando seguían concretamente los dictados de la razón de Estado y admitían la autonomía de la acción política, se rebelaban contra ello a la hora de aceptarlo teóricamente 2S6. La seriedad de las conviccio­ nes religiosas y los residuos medievales alzaban una barrera entre el claro y vigoroso pensamiento del florentino y las dubitaciones, las reticencias y el confusionismo de los nuevos escritores. Se lanzaba contra Maquiavelo la acusación de ateísmo, irreligiosidad y perfi­ dia 257. Y si ello reflejaba, por una parte, un esfuerzo grande y profundo del alma francesa, que buscaba su fe a través de la sangre, expresaba muy bien, por otra, la inestabilidad de un pensamiento que todavía no había alcanzado completamente una vida nueva, cuando además no servía, inconscientemente, para encubrir un antagonismo social entre la burguesía y los ambientes italianos de la corte a los cuales se atribuían no solamente los delitos políticos, sino * 254

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* * F . Me in e c k e. op. a / ., p . 1* 7 .

254 Existe una gran repugnancia a admitir la separación entre moral y política. ) . Ro cbr

Ch a m o n n el, Lm paute itútiam tu X V I* ttíek et k coMrant lib erta, París, 19 19 . pp. 499 y 6»7- A v e o s , aun reconociendo las necesidades no mótales de la vida política, se salvaban de sacrificarle las conciencias renunciando completamente a la actividad pública: ¡valiente manera de ser morales! Asi, por cicmplo. Montaigne. Cf. F. Sthowsky, Momtaigtr, París, 1906, pp. 19a y ss.; P.-L.-J. Vuxer-DiiSMESEnBxs, L a ta m a t í fh tlM ia i tkt Enutr de M cm taga, Parte, 1908, ll.p p . ¡ j ) y¡sa., y para la posición del escritor francés ante el maquiavelismo, 357 y ss. Asimismo, G . Lanson, «La mótale sclon k s E t u ii de Montaigne», en K m » d a Daoc M onda, t j de febrero de 19 14 , pp. 1( 9 y ss.

2,7 V . Wa il l e, M údtm l tm Frota, Parte, 18(4, p. 166; J . R o e rá CttAaaONNtu., *p. (il., p. za. Esta es la acusación más com ún a to do s los antim aquiavelistas.

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también el despilfarro de las finanzas públicas y la opresión fiscal258. Se sumaba a esto el odio nacional por los italianos, que en este aspecto eran los herederos de los lombardos, hacia quienes se volcaba, desde el siglo xu , la animosidad del pueblo; odio con el cual se mezclaban el rencor contra la corte de Catalina de Médicis, el desdén de los súbditos excesivamente abrumados por los impues­ tos y la incipiente conciencia nacional, que asi encontraba la manera de expresarse, precisamente en aquel tiempo, no sólo merced a las disertaciones políticas 2W. Pero aunque Catalina y sus coterráneos, cortesanos y banqueros, atrajeran hacia sí las protestas de las gentes, Maquiavelo, italiano, se beneficiaba directamente de su suerte.

Sin embargo, quizá no hubiesen bastado todos estos motivos si no hubiese aparecido el maquiavelismo de los príncipes. Fuera por necesidad de encontrar una figura hacia la cual se volviese el odio de las masas cuando determinadas acciones del soberano hirieran su ánimo, o porque a la italiana Catalina había que destinarle solamente un preceptor italiano, y florentino por añadidura260, pronto se convirtió Maquiavelo en consejero de los reinantes; su obra perdió el carácter de creación espiritual para ser mero compendio de máximas de uso corriente, vademécum de confianza, del cual no podía prescindir quien pretendiera tiranizar.

Una referencia particularizada de este tipo tenía naturalmente que insuflar en la oposición a Maquiavelo el carácter fragmentario

Este significativo disfraz nos viene revelado por Gentillet: « Ies Athéistei inventeurs d'impostsa (Iz » ateos inventores de impuestos) (Diicenri cit-, II, p. 2)]). Por debajo del motivo religioso se evidencia claramente un motivo económico-social. Ateos y maquiavelistas, que venia a ser lo mismo, se consideraba a los italianos, acusados de oprimir a Francia con su avidez y su fiscalismo. En ias protestas de los jefes hugonotes, de septiembre de 1567, contra los impuestos, figura la queja de que sean creados cada dia, sin necesidad, «ains par l'invcntian et avanie d'aucuns estrangers et mesmes des Italicnsa (antes bien por invención y afrenta de algunos extranjeros, y también italianos) ( J.- ll. Ma r iíjo l, »p. ti!., p, 162), y Gentillet le hace eco: «(...) nous tondent la laine sur le dos, et nous succent le sang et la substancc, commc on feroit i des moutons» ([Los italianos) nos tunden la lana sobre la espalda, y nos chupan la sangre y la sustancia, como si fuésemos corderos) (Prí/ace, p. } 1, cf. también p. )o).

* Gentillet protesta contra los que fftfem lleiil (mascullan), lenguas extranjeras (111, p. 407), vale decir que se adscribe a toda una corriente que tiene de portavoces a hombres mucho mis conocidos que él: y protesta contra I.yon: «F.t de fait, combien s'en faut-il aue la ville de l.yon ne soit Colonic ltalicnne» (Y en realidad, ¿cuánto falta para que la ciudad de l.yon sea colonia imliana?) (III, p. 1 * *9). F. de la Noue, en cambio, defiende a ios italianos y considera injusto el odio contra ellos: «II (áut (...) n'imputer pas á tous la faute de peu« (N o hay que imputarles a todos las culpas de unos pocos) (Pitcaan, IV , pp. It - I) ) .

“ ° De Catalina de Médicis dice el Taclia centre ¡t i rntuacnari-. «(..,) aussi son principal conseillicr Morvillier a toujours ce beau et ehrestien livre au poing, pour en Taire souvent lefon á sa maifresse» (también su principal consejero Morvillier tiene siempre ese hermoso y cristiano libro I Hl principe] a mano, para dar con él frecuentes lecciones a su ama) (en P. Batle, Ú itiien tirt, articulo «Macniavel», n. N), Cf. las imprecaciones de Gentillet contra «le gouvernement i

1‘italienne ou á la florentine en suivant les cnscignements de Machiavel Florentina (P itcew i cit., pp. jó . a i , 26). Cf. G .-A .-A . Hanotaux. e p .c il.,pp. 46 y ss.; J.-H . Ma x ié jo l, tp. cit., pp. 217-219, y para la significación práctica del maquiavelismo en Francia, R. CHAVVtaá, ep. cit., pp. 266 y ss.

ACERCA DE «EL PRINCIPE», DE NICOLÁS MAQUIAVELO 133 y pequeño que le es propio; descomponían la concepción del adversario en sus partes, las máximas y los conceptos aislados eran puestos de relieve, casi estilizados, para que sirvieran de blanco, más o menos grande, de vez en cuando, según fuera la acción «maquia­ vélica» contra la cual se entraba en liza. Algunos capítulos, el X V III sobre todo, y la figura del Valentino 261, eran la síntesis de todo E J principe; además, reducida a un terreno tan estrecho, la cuestión asumía un carácter tan personal y directo que la lucha habría de desarrollarse no ya sólo contra la máxima, sino contra el propio escritor, implicados él, su alma, su doctrina y su moral humana en el desborde pasional de la polémica.

Para agilizar e intensificar la reducción de la apreciación a las particularidades intervenía además otra causa de naturaleza teórica: la ausencia en los escritos del florentino, y especialmente en £ / principe, de afirmaciones teóricas muy generales, de postulados y premisas justificadores, en suma, de una disquisición abstracta y doctrinariamente sistemática que se pudiera impugnar ab initio con método y lógica. El príncipe aparecía en escena, conquistaba, actuaba y mataba sin preocuparse por recurrir a justificaciones especulativas, sin preguntarse qué era el Estado ni cuál su objeto, y ni siquiera si el poder que se le había confiado provenía de un contrato originario con el pueblo: vicio aparente de pensamiento, muy grave en un momento en el cual se reanudaban en todas partes las discusiones teóricas y se buscaban las bases filosóficas del Estado entre hombres duchos, por sus hábitos jurídicos y doctrinarios, en hacer claros prolegómenos teóricos y en tender a una exposición sistemática 362. Había una razón, pero toda se hallaba en el empiris-

* ’ Valentino es la forte i Ui trim t (la perita en dulce) de los antimaquiavelistas (Chal'VIRS., >p. d l . , p . I»).

262 N o sin una alusión a Maquiavelo, «qui n'a jamáis fondé le gué de la Science potinque» (R tp M qm cit.), parece ser la afirmación de Bodin: «Mais qui ne sfait la fin ct definirion du suget qui luy cst proposé, ccstuy-lá cst hors d'cspcrancc de trouver jamais les moyens d'y parvemr, non plus que celuy qui donne en l’air sans voir la bute» (quien nunca echó las bases de la ciencia política (...). Pero quien no conoce el fin ni la definición del asunto que se le propone, ése no tiene m is esperanzas de encontrar nunca los medios de llegar a él que el que tira ai aire sin ver el blanco) (I, t, p. i). En seguida, Federico II protestará abiertamente: «latrs qu’on vcut caisonner luste, il faut commancer par approfondir ta naturc du sujet dunt on vcut parlcr; il faut remonter ¡usqu’i 1’originc des chotes pour en connaitre auiant que l'on peut les premien principes; il est faciie alors d’cn déduire les progrés, ct toutes les consec|ucnces qui pcuvenr s'cn suivre. Avant de marquer tes différences des Etats, Machiavel auroit du. ce me semble, examiner l’originc des princes, et discuter les raisons qui ont pu engager des hommes libres á se donner des maitres» (Cuando se pretende razonar correctamente, hay que empezar por profundizar en la naturaleza del tema del cual se quiete hablar; hay que remontarse al origen de las cosas para averiguar, en la medida de lo posible, los primeros principios; entonces es fácil deducir sus desarrollos y todas las consecuencias que de ellos puedan seguirse. Antes de señalar las diferencias entre los estados, Maquiavelo, me parece, habría tenido que estudiar el origen de los principes y analizar las razones que han podido mover a hombres libres a darse amos) (Antim acbutel, Londres, 17 4 1, cap. I. pp.

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mo de Maquiavelo, «ceste beste (...) simple brouillon de papier» 263, a quien le habían faltado experiencia en los negocios, capacidad filosófica y conocimientos científicos 2M.

Todas estas causas teóricas y prácticas se entrelazaban unas con otras, confundiendo y recubriendo totalmente el fondo más sano; y al paso que, al principio, cuando todavía las guerras civiles no habían vuelto a poner en entredicho la constitución del país, y el absolutismo de los Valois se imponía sin discusiones, y cuando ni siquiera se habían encendido las pasiones contra los tiranos y sus consejeros; mientras que al principio, decimos, Maquiavelo había sido acogido con favor 265, rápidamente se fue preparando el terreno para la violenta ofensiva que iba a desencadenarse contra él 266.

Todavía Bodin era parco en sus acusaciones. Una vez le había llamado escritor — tantae auctoritatis— y situado en un mismo plano con Polibio y otros prohombres vn\ pero simultáneamente comen­ zaban las dudas y las reservas. Quizá messer Niccoló se hubiese equivocado, no tanto por malicia y perfidia cuanto por su ignorancia * **

i-t. En cuanto a la historia, verdaderamente curiosa, de este libro célebre, cf. C Benoist, Le macbiarilisme de tAntineacbiarel, Paris, 19 1) . pp. 1-7 1; pero a mi no me ha sido posible ver la edición de 1848, tomada de la original). Pero lo rebatía agudamente U go Foscolo: «Esc examen, si hubiese estado incluido en el libro de E l principe, habría llevado en principio a extraviar al autor y a los lectores en las especulaciones acerca de la libertad natural» («Delta vita e dcllc opere di Niccoló Machiavelli», en Opere, Florencia, 1850, II, p. 414). De un principio no muy distinto del de Federico parria J . F. Rcimmann, pero en el sentido contrario, es decir para defender a Maquiavelo contra Possevino y compañía de la acusación de ateísmo: «(...) nusquam ¡n iis [scriptis) dircctc vel indircctc oppugnari Numinis existentiam» (en J . R. Chaabonnp.l, ep. cit., p. 106).

* * I. Gentillet, »p. cit., III. p. 3)7 (esa bestia ... simple em borronado» de papel). 364 Esto se lo reprochará también T . Campaneóla: «Machiavellus qui millas scientias percurrit, nisi historian) humanam nudam» (Atheismus Trinmpbatns, ed. París, 19)6, cap. X , p. isa ; cf. X V III, p . 227; X IX , p. 14)).

* * V . Waille, op. cit., p. 160 y ss. J . Barrerépretende que Eticnnc de la Boétie haya sido el primero y generoso refinador de Maquiavelo (E ttieme Je la Boétie centre Nicolás Macbiaret, Burdeos, 1908), pero su tesis ha sido exhaustivamente refutada por I.. Neo tu. «Un prcteso Anti-Machiavello Tráncese della Rináscita, Stefano l a Boétie», en A tti JeltA ccaJem ia Jelle Science di Tocino, 1919 , pp. 761-780.

346 Es interesante señalar este cambio en Franco» de la Nove: «J'ay autrefois pris un singulier plaisir á tire les discours et le Prince de Machiavet, pour ce que li il traite de hautes ct bcllcs matiéres politiquea et militaircs, que bcaucoup de genttlshommes sont curicux d’entcndre, comme chases qui convienncnt i leur profession; et faut que ¡e contase que tout le temps que je me suis contenté de passer Icgcrcmcnt par dessus, ¡’ay esté esbloui du lustre de ses raisons. Mais depuis qu'avcc un jugement plus mcur je suis venu i les bien examiner, j’ay trouvé sous ce beau voile pfusieurs erreurs couverts, qui font cheminer ceux qui les suyvent les voyes de deshonneur et domtnage» (Antes me proporcionaba singular placer el leer los Discnrses y E l principe de Maquiavelo, porque en ellos trata de altas y bellas materias políticas y militares que muchos gentilhombres tienen curiosidad de entender, por ser cosas que convienen a su profesión; y debo confesar uue durante el tiempo en que me contentaba con pasar ligeramente por encima, me encandilaba el brillo de sus razonamientos. Pero una vez que, con un juicio más maduro, di en examinarlas bien, encontré bajo ese hermoso velo varios errores que hacen marchar, a quienes los siguen, por los caminos del deshonor y la perdición) (Discours, V I, p. 133). Para generar el «jugement plus meur» hacían falta las guerras aviles.

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de los negocios de Estado 268; nunca había leído un buen libro; había conocido pocos pueblos 269; le habían faltado términos de compara­ ción; su experiencia había quedado demasiado estrecha, peor aún, le había faltado el usus veterum philosopborum et historicorum 270; era un empírico, carente en absoluto de capacidad especulativa, carente asimismo de religión 271, que proponía como modelo a aquella buena pieza del Valentino. Juicio este que en gran parte se debía a un doctrinalismo científico, cuyas consecuencias pronto se echaron de ver en sus comentarios acerca de Maquiavelo 272.

Pero la pasión de los antimaquiavelistas iba a prorrumpir de manera mucho más violenta después de que, en la noche de san Bartolomé, Maquiavelo se manchara las manos con la sangre de los hugonotes: detrás de él y de su discípula Catalina se erguían ahora las sombras de los asesinados, por lo que la batalla contra el escritor se convertía en reivindicación de éstos y en una deuda de piedad a su memoria.

Así, como una mezcla de elementos variadísimos, se desarrollaba el antimaquiavelismo francés, en el que despuntaban incertidumbres teóricas y preconceptos moralistas, violento sentimiento nacionalista y rebelión de privilegios y de voluntades semianárquicas. Tal era el peso muerto de la oposición. Pero estaba también, aunque muy escondida, la fuerza viva.

La formación de una profunda conciencia religiosa y la afirma­ ción de una burguesía plena de vida, que había encontrado a su portavoz en Bodin, junto con aquel fluir vital desde abajo de la nación entera, aunque a veces a través de los residuos de un pasado vanamente evocado, y su conjunción con un gobierno que por fin podría acoger en sí la pasión de los súbditos, ampliaban el Estado de Maquiavelo, infundiéndole una plenitud de vida social y espiri­ tual que no había llegado a conocer.

“ RrpMiq»t cit., Prefacio. Él está «fort bien (Desconté» (muy descontento) (VI, 4. p. 690). En la redacción latina, Bodin es mucho más duro en este pasaje. Maquiavelo, «litcris abusus et otio», se contradice «ut quid sentiat homo levtssimas ae meqtússimta, diiudicarc non possit» (p. 1086). Pero en las tres ediciones francesas que he podido consultar, las de París de 1)76 y 1578, y la de Lyon de 1)91, se dice simplemente: «ctcllemcnt qu*ll nc s^aii a quoy se teñir» (hasta tal punto, que no sabe a oué atenerse).

269 Metbodus, V, p. 106; R¡publique cit., V, I, p. jo j; redacción latina, p. 796.

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