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9 4 ESCRITOS SOBRE M AQUI A VELO

Y Maquiavelo, que, ebrio de gloria popular romana, condena a César, yerra en este momento al presagiar los milagros de un Valentino 151 o de otro cualquiera de los Médicis, porque la obra de ellos, aunque admirable en cuanto a sabiduría de gobierno, no habría podido encaminar a la sociedad italiana por vías distintas de aquellas por las que naturalmente se estaba precipitando. El príncipe, con arreglo al consejo y la admonición de Nicolás, habría tenido que contradecir los resultados de dos siglos de vida y torcer el curso de los acontecimientos hacia limites distintos de aquellos en los cuales iban fatalmente a cerrarse. Y aunque la apasionada visión del pueblo y de sus fuerzas sanas le impulse la primera vez a condenar al «tirano» — ¡y qué tirano!— , después, la voluntad de una Italia nuevamente fuerte, capaz y libre le impide evaluar con exactitud el «castillejo» edificado en el ansia tormentosa de un ocio triste.

Trastornado por la pasionalidad del sentimiento y la imagina­ ción, Maquiavelo termina contradiciéndose a sí mismo; su pesimis­ mo teórico se trueca de improviso en confianza ilimitada en el hombre de gobierno, y no sólo en él, sino también en el pueblo que espera al redentor, totalmente dispuesto a seguirlo, con lo cual revela no ser otra cosa que un esqueleto intelectual, incapaz de contener el desborde de la vida pasional,52; el escepticismo se convierte en el más emocionado grito de esperanza y de fe, y las palabras de desprecio por el hombre, criatura de por sí malvada, se trasmutan en la invocación, que se hace religiosa y acoge dentro de sí el recuerdo bíblico.

Pero ni aun cuando se aquieta en la contemplación del «ejército propio», ni siquiera entonces, Nicolás advierte los contrasentidos en que cae. Depositar la seguridad del Estado en las manos de todos, y no ya solamente en las de los ciudadanos, sino también en las de los pobres habitantes del campo, rcuniéndolos para la más grave tarea que pueda encargársele al hombre en pro de la colectividad; interesar en la salvación y la integridad del territorio a cuantos en él viven; buscar el fundamento de la vida pública en el deber común

i*i Decía Montesquieu: «Machiavcl ciaic plcin de son idolc, le duc de Valentino»» (Maquis* velo estaba muy imbuido de su héroe, el duque de Valenttnoís) (Esprit d a lois, X X I X , X IX .)

152 Y en ello reside, asimismo, la diferencia entre el pesimismo de Maquiavelo y el de Guicciardini: en el primero, la vivacidad del sentimiento logra anular, muchas veces, la afirmación teórica, remitiéndose confiada a ios hombres que el intelecto desprecia; en el segundo, la afirmación teórica, aunque menos abrupta, concuerda perfectamente con la indiferencia del ánimo, por to cual m attr Francesco no sólo habla del pueblo como de un animal loco, sino que, de conformidad con su pensamiento, se guarda muy bien de mezclarse con el. E s soberbio, eomo notan sus contemporáneos, mientras que Maquiavelo es servicial con los amigos y, en la vida, también un hombre del pueblo.

frente al enemigo, significaba introducir una alteración radical en la constitución, no sólo militar, sino sobre todo política y moral; en otras palabras, significaba saltar más allá de la historia de los tiempos, más allá de la historia a la que el propio escritor se remitía en toda su construcción política.

Maquiavelo cierra los ojos ante esto. Y no sólo eso, sino que, en la acción práctica de gobierno, la inmediatez y la necesidad de actuar le impiden vislumbrar las correlaciones existentes entre las instruc­ ciones dadas a las comunas descontentas y su concepto de la milicia como baluarte de la patria, al propio tiempo que sanciona, como secretario de los Nueve, el desmembramiento y la escisión interna del Estado, y consagra la desconfianza de una comarca hacia otra y de todas juntas hacia la ciudad 153; pero tampoco más tarde, al reducir a lineamento teórico el primitivo bosquejo práctico, repara en el valor decididamente revolucionario que de las instituciones militares pasa al cuerpo político en su conjunto.

Se preguntará acerca de la manera de hacer jurar a los soldados 154 y tratará de averiguar qué religión puede hacer afrontar con serenidad el sacrificio; pero, mientras, asienta las bases del principa­ do nuevo en las armas propias, sin advertir que las «armas suyas» son la contradicción más flagrante e irremediable de su constitución política. Suele resultarle oscura la manera en que, para hacer jurar realmente a los soldados, se precise una religión que él no les ofrece, así como que antes de exigir el sacrificio sea preciso crear una conciencia común, por lo menos regional, y una conmoción política que provenga de advertir, aunque sea confusamente, la pasión del gobierno indisolublemente ligada a la pasión de los súbditos ,5S.

ACERCA DE «El. PRINCIPE», DE NICOI.AS MAQUIAVELO 9 5

,B A dviene a las comunas, contrarias a la nueva leva, que sus hombres quedarían de guardia en su tierra, y trata de aplacar su enfado con la promesa de dejar a cada ciudad sus hijos para defenderse: «(...) del gran número no ha de servirse esta República sino para guardar vuestra tierra, porque, cuando lo quiera para servirse del mismo en otro lugar, nunca llegará a b tercera parte J e los enrolados, y siendo pagados, irá quien uuicra ir, y no otros»: a la Comuna de Modigliana, 14 de enero de 1 j 12 . en S rri/li intditi d i Al. M útbiarelli ritguardanti la t/oria t la m ilicia. compilados por G . Ca n estm n i, Florencia, 18)7, pp. j 7j- 3 74. Cf. asimismo la carta del mismo tenor c igual fecha, dirigida a la Comuna de Marradi, ÍW ., p. J69, y en cuanto a la desconfianza respecto a los sábditoi, basta con la Rnis^imr talla insiila^itm dtlla nutra m ilicia, ya ciad a. Acerca de la milicia florentina y de los problemas políticos que su formación planteaba, véase el hermoso análisis de M. Hobohu, I, especialmente pp. 420 y ss.

'** «¿Qué podté prometerles por lo cual tengan, reverentemente, que amarme o temerme, una vez que, terminada la guerra, no tengan ya nada que convenir conmigo? ¿D e qué he de hacerles avergonzar, si han nacido y d ecid o sin vergüenza? ¿Por qué habrán de aceptarme ellos, que no me conocen? ¿Por qué Dios, o por qué santos, he de hacerles jurar? ¿Por los que adoran o por los que maldicen?» (E l trlt dt la p a rra , VII).

155 C f. las agudas observaciones de R. Festek, tp . ti/., p. 88. Una fugaz, aunque muy feliz intuición tiene también G . Ferrari, M errlU guidne de lie rtvo/u^itai d ti uostri um pi, Florencia, 19 2 1, pp. 60 y ss., donde por un momento advierte el equívoco fundamental de E l prfacipt, antes de dejarse atrapar nuevamente por el drama subterráneo de sus güelfos y gibelinos.