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In document [Libro] Chabod - Escritos Sobre Maquiavelo (página 119-123)

suerte que el sistema económico fiscal de Bodin asimismo traia ecos de tiempos pasadosao, y quien pasase al mismo a partir de los preceptos políticos encontraba en él un contraste de tendencias que expresaban adecuadamente la consolidación todavía no definitiva del poder absoluto y las incertidumbres últimas, permanentes, antes del acuerdo total entre la burguesía y su soberano.

Pero, incluso entre los escombros del pasado, surgía un mundo nuevo que tenía su punto de apoyo en una vigorosa conciencia ciudadana dispuesta a otorgar plenos poderes a la monarquía, con tal de que ésta supiera asegurar la fortuna económica de la clase burguesa y la seguridad de la vida, y llevase a la nación toda por el camino de la paz interna y de la prosperidad.

Era preciso salvar a Francia, amenazada desde el exterior y dividida por dentro, para lo cual se concedían los poderes al monarca, el único que podía asumir la grave tarea, y cuanto más incierta se tornaba la situación, tanto más amplias eran las concesio­ nes y las renuncias en su favor 231. Pero salvar a Francia quería decir no solamente salvar el poder monárquico, sino también la vida de la gran masa de la población que había ligado su suerte indisoluble­ mente a la de su soberano.

En este caso, la pasión del conductor era la pasión de los súbditos; aquí se unían verdaderamente ambas fortunas.

Pero no se unían únicamente entonces ni por primera vez. 1.a unión era antigua, sagrada, casi religiosa, por el carácter mismo del poder soberano. Todo lo que de excesivamente particular y deter­ minado pudiera tener la figura del príncipe italiano, no existía en la fuerza mística de la antigua royante de Francia; la virtud del condottiero perdía su forma abruptamente individual para revestirse de la gloria

de una larga tradición, en todo momento viva y poderosa y si

en otros lugares el punto de apoyo casi exclusivo de la fortuna estatal había estado constituido por la figura humana del dominador, aquí el rey era rey en tanto y en cuanto asumiera no sólo el presente, * 251 252

230 Cf. E. Fournol, budín, prídítmnr di AUnlisqnim, París, i B$f>, p. 98.

251 Un la Ripnb/iqnc..., Bodin hace al soberano unas concesiones mucho mayores de las que le hacia en el M tliedki, escrito diez aAos antes. Esto se explica, precisamente, por el empeoramiento de las condiciones generales del pais y por la urgente necesidad de un reordcnamicnto, que sólo cabía esperar de la monarquía (R. ChauvikA, »/>. t il., pp. ayi y ss., 401 y si.).

252 La misma extensión de las discusiones históricas acerca de la monarquía v sus orígenes (y un ejemplo típico es el de I lotman, uno de los adversarios del poder regio de Carios IX y Imrique III) demuestra cuán profundo era esc sentido de la continuidad histórica, en la cual la nación y sus jefes constituían una sola y misma cosa.

sino todo el pasado de la nación que en él reconocía sus gloriosas memorias 233.

Él era el momentáneo depositario de la monarquía real, la que Bodin deseaba teóricamente, porqué reconocía en ella a su monar­ quía francesa; era el padre de su pueblo, que veía en él al custodio de su vida entera, incluso la moral, y que se apiñaba en torno suyo para demandarle justicia, agradecido si accedía a escuchar sus ruegos, contento ante una palabra bondadosa o una mirada regia que se posase en él 234.

La gran fuerza moral de la monarquía francesa, verdadera alma interior de su pueblo, y el ascendiente que había sabido crearse sobre la multitud 235 a lo largo de siglos de luchas y sacrificios, surgían

ACERCA DE «EL PR IN O PE., D E NICOLÁS MAQUIAVELO 1 2 5

233 «Le Roy de France ne recognoist ríen apres Dieu plus grand que soy-mesme. C'esi pourquoy on dir en ce Royaumc que le Roy nc meurt jamais» (El rey de Francia no reconoce a nadie, después de Dios, como más grande que él mismo. Por ello es por lo que se dice en este reino que el rey nunca muere) (¡M i., V I, | , p. 71$). Nunca habría podido Maquiavelo escribir una frase como ésta, porque no la habría encontrado en la conciencia de su nación.

234 «Mais il est incroyablc, combien les sugets sont aises de voir leur R oy presider en leuts estats; combien ils sont fiers d'estre veuz de luy (...)» (E s increíble cuánto les agrada a los súbditos el ver al rey presidiendo sus estados, cuánto íes enorgullece el ser vistos por ¿I) (<M/., III, 7, p. ¡67). Frase similar a ésta, de (.'Hospital: «II n’y a ríen qui tant plaise ct contente le subjet qu'cstrc congncu, ct de pouvoir approchcr son prince» (Nada hay que tanto plazca al súbdito como el ser conocido por su principe y podérsele acercar) (en R. Ch a u v ik í, »p. til., p. rió). «(...) I'union et amitié des princcs avee les sugets, qui ne peut inicua cstre nourric ct entretenue, que par la communicarion des uns et des autres: qui se pert, et s’ancantist, quand les princcs ne font ríen que par officicrs: car il semble aux sugets qu'ils les dedaignent et mesprisent, chosc qui est plus grietvc que si le prince leur faisoit injusticc: et d'autant plus griefvc que la contumelie est plus insupportablc que I' injure simple. E t au conttaire, quand les sugets voyent que leur prince se presente á cus pour leur taire justicc, ib s’en vom á demy contcns, ores qu'ils n'aycnt pas ce qu'ils demandent: pour le moins, discnt-ils, le Roy a vcu nostre requeste, il a ouy nostre difFcrcnd, il a pris la peine de le juger. Et si les sugets sont veus, ouys ct entendus de leur Roy, il est incroyable combien ils sont ravis d'aise et de plaisir, s’ils ont un prince tant soit peut vertueux, ou qui ait quelquc chose d’amiable en luy» (... la unión y amistad de los principes con los súbditos, que nada puede alimentar y mantener, sino la comunicación entre unos y otros, se pierde y desaparece cuando los principes no hacen nada como no sea a través de funcionarios; pues les parece a los súbditos que ellos los desdeñan y desprecian, cosa que es más triste que si el principe les hiciera injusticia, y tanto más triste cuanto que la contumelia es menos soportable que la simple injuria. Y al contrario, cuando los súbditos ven que su príncipe se presenta ante ellos para impartir |usticia, se van a medias contentos, aunque no hayan obtenido lo que solicitaban: por lo menos, se dicen, el rey ha visto nuestra demanda, ha oido nuestras diferencias y se ha tomado el trabajo de juzgarlas. Y si los súbditos son vistos, oidos y escuchados por su rey, es increíble lo encantados que quedan de alegría y placer, de tener un principe tan virtuoso o que tenga algo de amabilidad en él) (IV , 6, pp. 449 y 471). Pero no se confundan estos conseios con tos otros, democratizantes, que Maquiavelo da a su principe (cap. X X I): los móviles psicológicos que animan a ambos escritores difieren en demasía, uno habla en nombre de la rotk i/títr, el otro, porque siente resucitar en su ánimo la antigua costumbre del rey bueno, de la cual no logra librarse. El primero es el canciller del principe: el segundo, el súbdito burgués. Y es comprensible que, para Bodin, la verdadera ciencia de un principe no sean las a m « i, sino la justicia: jn ffr ion ptnplt, «juzgar a su pueblo» {¡M i., p. 450).

233 Ascendiente que se manifiesta también en tiempos turbulentos: «Car quoy qu’on veuille diré en quelquc fáfon qu'on prenne les Franpiis, ils aiment toujours leur Roy» (Pues, tómese a los franceses como se les tomare, siempre aman a su rey) (F. dela Noue, D iiconri poliliqnit u militairts, Basilca, 1)87, IV , p. io j). Me place aducir otro ejemplo tomado de las vicisitudes concretas de aquellos años. En 1)67, durante la segunda guerra civil, a las demandas exorbitantes y altivas de los jefes hugonotes debidas a tn jfn h t it M tanx, Carlos IX responde enviando, el 7

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aquí en todo su esplendor; y por detrás de la figura del soberano, estilizada en el razonamiento teórico, volvían a surgir, vivientes y grandiosas, en el ánimo de quien escribía y de quien leia, las amadas sombras de los viejos reyes de Francia, de Luis X II — le bort pire du peuple— y tal vez, por un momento, el recuerdo de Luis IX , que administraba justicia bajo la gran encina rodeado por el calor de los hombres de su tierra.

Esa fuerza moral derivaba, por un lado, de la continuidad y la gloria de la monarquía, y era confirmada poderosamente sobre bases indestructibles por ese carácter religioso, casi sacerdotal, al que rápidamente había sido elevada 236, que rodeaba al soberano con una aureola mística y lo hacía casi sobrehumano, de suerte que era legítimamente la personificación de la justicia y la salvación, ponién­ dose lógicamente, como límites de su poder, las leyes de Dios y la Naturaleza 237, dándose por sentados su justicia y su amor por el bien de los súbditos. Éstas eran las manifestaciones, teóricamente abstractas y moralistas, pero humanamente vivas y palpitantes de de octubre, «un heraut d'armes sumiller nominativement Conde, Coligny, d’ Andelo!, et les aurres chcfs huguenots, sous peine de s’avouer rcbellcs, de poser les armes et de luí rendre l’obéissance ordonnee de Dicu» (un heraldo armado a intimar nominativamente a Condé, Coligny, d’ Andelot y los demás jefes hugonotes, so pena de confesarse rebeldes, a deponer las armas y rendirle la obediencia que Dios manda). Decir que simplemente este «apparcil emprunté aus ancicns usages de la monarchie» (aparato tomado de las antiguas usanzas de la monarquía) haya tenido el poder de hacer modificar las demandas de los hugonotes «en des chotes plus douecs» (en cosas más suaves) (como hacen J.-H . Ma r ié jo l, Calbirm e Je M id itii, París, 1910, p. túa. y exactamente igual F. Rocquain, La Primee et Rime pendan! leí gm rrei Je religan, París, 19 14 , p. 69), quizá sea demasiado. Un examen más detenido de la situación, especialmente de la militar, en que se encontraban ambos partidos después del fracaso del golpe de mano hugonote, seguramente influyó para establecer propósitos más moderados. Pero seria erróneo pretender negar eficacia al gesto del rey, quien, haciendo entrar en razón a los jefes de los hugonotes y reavivando en ellas el sentimiento, nunca extinguido, del respeto que le era debido, asi como un cierto sentido de temor y vergüenza, hizo que surgiera el peculiar estado de ánimo por el cual la situación general, política y militar, acabaría presentándose, casi de forma natural, con otros colores. De esta intima compenetración de una situación de hecho desde una perspectiva humana, susceptible de desplazamientos y modificaciones, derivaba la decisión última.

u* Que se manifestaba en ceremonias y acciones concretas que, a veces, resultaban muy curiosas. C f., recientemente, el interesante estudio de M. Bl o ch, L eí Rey/ Tbarmatnrgpt, Estrasburgo, 1924.

t v Ripnbliqne, I, 8, pp. 9 ;, 97, 109, 114 . E l concepto está difundido en todo el libro. Éstos que podrían parecer, y lo son, vestiglos morales e ideas tradicionales (F. Mf.in eck b, op. cíe,, p, 78), cuyos efectos se dejarán sentir también en la aversión por Nlaquiavelo, tienen además un valor incalculable, precisamente por ser intrusiones sentimentales en el dominio de la política, toda vez que nos revelan cuál era el espíritu con el que un leal monárquico francés miraba a su seAor, que no era para él solamente un jefe de gobierno, y qué profundas eran las bases sentimentales del poder regio. De la observancia por el rey de las leyes de la Naturaleza, y por los súbditos de las leyes del rey, dimanaba «une amitié mutuellc du Roy envers les sugets, et l'obeissance des sugets envers le R oy, avec une tres plaisante et doucc harmonio des uns avec les autres, et de tous avec le Roy» (una amistad mutua del rey hacia los súbditos y la obediencia de los súbditos al rey, con una armonía muy agradable y suave de unos con otros y de todos con el rey) (ibid., 11, 5, p. tos). E l principe es «image de Dieu» (iW ., 1, 8, p. 118 ). E l principe debe justicia, ayuda y confortación al súbdito, a cambio de la fe y obediencia que recibe de él (JbU ., 1, 6, p. 62).

profundo significado sentimental, con las que se expresaba el alma de un viejo y leal súbdito.

Así, pues, el Estado, incluso el absolutista, adquiría en tierras de Francia un valor mucho más amplio del que hubiera podido tener en suelo italiano ^ Y no sólo por la vida que presionaba desde abajo y robustecía el armazón exterior. Éste era el signo de una sociedad en pleno desarrollo que, arrojada nuevamente a la desola­ ción de las contiendas civiles, reclamaba fuerza del poder central para salvarse; y aunque en algunos momentos no lograra sofocar por entero sus incertidumbres y temores, se disponía cada vez más a sacrificar cualquier nostalgia y reserva; pero también, además, por el contenido distinto que tenían el poder central y el monarca, mucho más grande, moral y espiritualmente, que el príncipe italiano.

En todos los sentidos, había una vida que no conoció el Renacimiento italiano; la conjunción de ambas fuerzas podía generar el advenimiento de una forma más duradera y sólida. Bien podía Bodin condescender a defender el crecimiento del gobierno y de la autoridad soberana; podía incluso, y con él los demás poli tiques ^ sacrificar la unidad religiosa a la unidad estatal, porque allí el Estado tenía un valor distinto al del principado propuesto por Maquiavelo.

ACERCA D E «EL PRÍNCIPE», D E NICOI.AS MAQUIAVKLO 1 2 7

Los hugonotes

Es verdad que por aquella época se desarrollaban también unas tendencias opuestas que combatían el concepto fundamental de la obra de Maquiavelo. En la rebelión teórica y práctica que, sobre todo después de la Noche de San Bartolomé, movió a los hugonotes contra el rey de Francia, afloraban claramente todas las fuerzas conservadoras y antiunitarias. I-as pretensiones aristocráticas y de casta, las concepciones particulares, regionales y ciudadanas, que en tan gran medida inspiraban la acción de los reformados, inspiraban también a los diferentes autores, que se remitían asimismo a la historia lejana para justificar en ella sus deseos del presente 2*°. * 239 240

231 Para todos los demás realistas moderados, que se encuentran más o menos en la situación de Bodin y que son continuadores del pensamiento de Seyssel, df. G .- J. We il l, op. rít.,pp. t8c y siguientes.

239 Acerca del valor de la libertad y la tolerancia religiosa para los politiquee, cf. las agudas observaciones de J . N . F tccts, op. cst., pp. 1 15 y ss. E l interés del Estado está, para ellos, por encima de las disensiones religiosas (F. Decrue, L e partí des politiqms au ¡endemain de la Samt’ üartbéie*pr» Parts, 1892, p. 4; sobre la formación del partido, pp. 1 y ss.).

240 Por ejemplo, Hotman (A . El k a n, D ie P eétifír/ik dtr Átrtbolomáusnaebt uttd Montaje *Vindicie* contra tyranms», Heidefberg, 1905, p. 4 j).

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