como manifestación exterior de una labor más íntima, constantemen te desarrollada en toda la estructura social y política, queda aislado y encerrado en su apariencia circunscrita. De este tipo son ahora las limitaciones que se imponen a la investigación del florentino, quien, al anotar la historia antigua, buscaba en cambio las causas profundas de la gloria de un Estado en la fuerza del pueblo y en la libre disputa de los partidos.
Diríase casi que el haberse hecho ducho en la acción desde dentro de las maniobras palaciegas, la alternada turbulencia de las armas y los imprevistos trastornos militares de la época calaron en tal medida el ánimo del escritor que le ocultaron, en los momentos en que se refiere a su tiempo, cualquier otra voz; que, por otra parte, la amargura de los recuerdos, el desdén largo tiempo contenido por la obligada disciplina de los negocios públicos y, en el fondo, el tenaz rencor que le habían transmitido sus propios antepasados — debido a las compañías de ventura, feroces, infames y maldicien tes, que tantas veces hicieron temblar a los ciudadanos reunidos en consejo, así como a él, canciller de los Diez y de los Nueve, le procuraron largas angustias— , resurgen aquí, constriñendo las consideraciones históricas dentro de los límites de la pasionalidad ,2°. El ánimo del escritor buscaba una causa muy clara para volcar en ella todo el odio y la desesperación de que estaba ahíto, y a esa altura, el error crítico cobra la forma de un elemento profundo de vida pasional; Maquiavelo, alterado por su secreto sufrimiento, se vuelve contra el mercenarismo y ya no abandona esta actitud.
No se pregunta ni cómo la inferioridad militar italiana depende de mutaciones acaecidas en la formación de los cuerpos tácticos, en la disciplina y en la técnica de guerra ,2t; ni tampoco, por qué * 111 * * * * * * * * eco hasta Mo ntaignr: «Quand nosire R oy Charles huicticme. saos tirer l'cspcc du fourreau. se vil matstre du Royaumc de Naplcs et d’une bonc panie de la Thoscanc, les seigneurs de sa suite attribuarcnt cene ¡nespcrec facilité de conqucstc a ce que les princcs et la nobtesse d'Italic s’amusoint plus a se rendre mgenieus et sfavans que vigorcus et guemers» (Cuando nuestro rey Carlos octavo, sin desenvainar la espada, se vio amo del reino de Ñapóles y de una buena parte de la Toscana, los sedóte* de su séquito atribuyeron esa inesperada facilidad de conquista a que los principes y la nobleza de Italia encontraban más divertido d ser ingeniosos y doctos que vigorosos y guerreros) ( E » « / . I, cap. X X V .)
1X1 Parece en verdad vislumbrarse a veces en Maquiavelo la actitud del funcionario civil frente al soldado. Cf. M. IIoio hm, M adúm Uis R a u n im t drr K ritftkitnít, Berlín, 1 9 1) , II, p. r t i .
111 En las observaciones sobre la infantería, Maquiavelo ve correctamente. Pero esto no conducía de por si a la anulación del mercenarismo: antes al contrario, ya que precisamente por las nuevas necesidades tácticas y los sistemas de guerra que habían empezado a emplearse, se hacia necesaria la presencia de nutridos núcleos de profesionales avezadas en el uso de las armas. Y . al mismo tiempo, no tenia que significar la condena sin contemplaciones del sistema de guerra anterior, que a tu vez había sido también necesario y útil. Pero lo cierto es que Maquiavelo propicia la infantería, sobre todo, por creer que de tal manera se libera de los mercenarios, y esto explica asimismo cómo, obsesionado por este asunto, no presta luego excesiva atención a algunos otros factores nuevos e importantes oel arte militar, com o por ejemplo la artillería.
ACERCA DE «El. PRÍNCIPE». D E NICOLAS MAQUIAVELO 8 5
medios responde a todo un desplazamiento de las fuerzas políticas y económicas, asi como a una profunda alteración en la capacidad de lucha de los distintos estados europeos; al contrario, condena en bloque toda la larga experiencia militar de los ejércitos de Italia, sin advertir que hasta los últimos tiempos no sólo había sido necesaria, sino que tampoco había carecido de gloria ,22; confunde en un solo haz unas observaciones justas y unas aserciones gratuitas; maldice a diestro y siniestro, para terminar dando varapalos precisamente a los dominios de la península que eran, quizá, los menos merecedores de su desprecio i a .
Tampoco averigua en qué pueda haber sido el mercenarismo italiano diferente del de otras naciones; por qué motivos, por ejemplo, en este país se elevó hasta las mayores fortunas el sistema de los condotieros, lo cual es muy distinto de la mera presencia de un elemento guerrero asalariado, y causa real, esta última, de quebrantos y alteraciones en el orden general de Italia. Plantearse semejante problema equivalía a tocar el verdadero fondo de la cuestión, esto es, sacar a luz la diferencia en el desarrollo político, no ya sólo militar, de la historia italiana, penetrar en los más arcanos entresijos de la vida del siglo xv y poner al descubierto las debilidades orgánica en la constitución de los principados y repúbli cas de la península m .
Pero Maquiavelo no lo advierte: confunde el mercenarismo con el sistema de los condottieri122 * 124 125 y, lo que es más, dada su instintiva
122 Las acusaciones que no sólo Maquiavelo, sino también Guicciardim y G iovio, lanzan contra los eondotíhri, son falsas (H. Dfxbró ck, Gesebdbte dtr Krkpsksmst, IV , Berlín, 1910, p. 21), al paso oue, desde mucho ames, en el siglo x v , los italianos gozaban de buena fama guerrera. De los condotieros italianos, considerados como los educadores de la caballería, se servia, por ejemplo, Carlos el Temerario (A. Spont, « la milice des francs-archcrs», en Rtrme des Qmesdons Historúfms, L X1, 1897, p. 461). Maquiavelo, en cambio, todo lo juzga despectivamente. Qué efectos produjo ese estado de ánimo suyo es algo que puede apreciarse en el hecho de que, en las
Hutorims floren tinas, falseó (es lo que cabe decir) las fuentes, con tal de echar sombras sobre los condotieros y mercenarios, hasta el punto de atraerse los justos reproches del Almirantazgo. P. Vil l a r i, op. d í., 111, pp. 157*2)8, 270*271, 279; batallas de Zagonara, Anghiarí y Molinetla. Para otras inexactitudes acerca de Sforza y Fortebracci, sbsd., p. 268 n. I.
121 Así, por ejemplo, su juicio acerca de Venecia y su organización militar está equivocado. M. Ho bo h m, op. d í., II, p. 25. E . Fu e t e a, Gesebiebte des listropáiseben Staatensystems rom it fj- t fjp , Munich-Bcrlin. 19 19 , p. 16 1.
124 Véanse las hermosas observaciones de Hobo h m, op. d í., II, pp. 266 y ss., 279 y ss., que plantea vigorosamente la cuestión en su verdadero aspecto. Por otra parte, el valioso erudito demuestra en ese trabajo fundamental los muchos y graves errores de la práctica y la teoría militares de Maquiavelo. (Acerca del pensamiento militar del florentino véase también, en general, H. Delbrú c k, op. d í pp. 117 * 15 }.)
18 Véase, por ejemplo, cómo en el cap. X II de E ip rín d p e el tratamiento pasa inmediatamente de las armas mercenarias a los condotieros: «Quiero demostrar mejor la desgracia de estas armas. Los capitanes mercenarios (...)» Se confunden dos hechos que también podrían separarse: podía tenerse un ejército de mercenarios, dominado realmente por la persona misma del soberano político, como en Francia (M. Hobo h m, op. á t., II, pp. 266 y 279; }24*}2f). t-J comdotmismso (perdóneseme la fealdad del vocablo) sólo podía desarrollarse en unas condiciones políticas