la necesidad de imponer materias primas, por la precisión de grandes capitales, que se habían reducido en manos de los mercatores, y por los sistemas de fabricación, pero que hacía que la masa obrera estuviera subdividida en muchos fragmentos cuya fusión resultaba imposible. Esta multitud dispersa podía, con todo, ofrecer un apoyo al señor, y podía también, a veces, prorrumpir en tumultos, tan violentos como son todos los de la gente que sufre; pero no constituía, por cierto, una clase capaz de sostener sólidamente al Estado, ni de infundirle su voluntad, marchita como estaba a causa de una vida dura y solitaria. Y aunque a veces aparecieran gérmenes de un movimiento, allí estaban los reglamentos de las artes para frenar sus veleidades, constreñidas igualmente por el interés del señor, bastante satisfecho de que existiera una multitud informe, pero nada deseoso, por supuesto, de una sapiente organización de clase.
O sea, que una gran conciencia política se había extinguido, quedando los grupos sociales, hostiles entre sí, profundamente escindidos por el tradicional desprecio de los burgueses hacia la plebe ss, por el odio de ésta hacia los ricos y por la burlona acritud de los ciudadanos de cualquier condición hacia los rudos lugare ños 56. Quedaba un pueblo que halagaba a los favoritos de los príncipes 57, quienes luego agravaban la postración general con su política paternalista, con solicitud total por la prosperidad de los súbditos58, mientras que la vida de la corte y la civilización humanística domesticaban los ánimos con vistas a una serena indiferencia hacia todo cuanto fuera violencia pasional. Quedaba una masa que muy raras veces se sentía imbuida del alma de su condotiero; un dominio, en resumen, unido casi solamente por la persona del señor y por el ordenamiento administrativo, en el cual no había ya fuerzas colectivas capaces de luchar, sino tan sólo figuras
ss F. Sch upfer, op. ti!., en Arcbwie C iaridin , V I, pp. 164.16). De Ferreto a Maneo Palmieri, pasando por Guicciardini, el tono es siempre idéntico.
M Pocas son las voces de simpatía, e inspiradas casi siempre en una disposición literaria (yo no podría dar mucho valor a la mayoría de los ejemplos de benevolencia que menciona V . Zabu gh in, V irgilio tul Kinasrimortto italiano, I, Bolonia, 1 9 1 1 , pp. 2$ $-154 y 244 y ss. El Mantuano es, quizá, el único sinceramente «campesinista»). Tampoco puede sanar completamente esa división de masas la mentalidad, más abierta y adaptable, que reina en el ambiente de la corte, es decir, en el restringido circulo que rodea al principe (para el amor de los cortesanos milaneses y los Sforza por la campiña, cf. F. Malaguzzi Va l e r i, La tarto di Lodotico il Moro, 1, Milán, 1913, p. 596 y ss.).
Cf. Ph. Mo n n ie r, Lo Qmttrounto, Paria, ifo t , pp. 39-40. Para los privados de los Gonzaga, A. Luzto, op. cit., p. 67.
ss A. Luzto, ibtd., p. j t . Y para los usos democráticos de que hacia gala a veces la corte de los Sforza, F. Malaguzzi Va l e r i, op. d i. ,I, p. 4)6.
de individuos que podían proseguir con vanos enfrentamientos entre sí.
La misma política exterior parecía resentirse, en la segunda mitad del siglo xv, ante semejante agotamiento de energías creadoras que se producía dentro de los Estados. Si en el siglo anterior algunos señores, y sobre todo los Visconti, habían sabido imprimir a sus aspiraciones una dirección progresivamente más orgánica y lograda, alcanzando incluso el espejismo de un reino vastísimo; si, en la primera parte del nuevo siglo, otros combatientes habían recogido las banderas y las ambiciones de Gian Galeazzo, intentando en Italia una decidida acción hegemónica, o buscando una corona a lo largo del valle del Tíber, en los últimos tiempos los intentos se habían vuelto más modestos, quebrándose en tanteos aproximativos, per diéndose en el desarrollo de minúsculas intrigas, al paso que se fortalecía cada vez más la influencia de los Estados exteriores sobre los movimientos políticos de la península. Los venecianos, terrorífi cos para toda Italia por su voluntad monárquica S9, marcaban el paso frente a Ferrara; Alfonso de Aragón se encontraba encerrado por la Liga itálica de 1454 *°; y, finalmente, la política de equilibrio llegaba para poner de manifiesto la impotencia a que habían quedado reducidos los Estados italianos 61.
La partida estaba en manos de los diplomáticos, de aquellos mercaderes, en su mayoría de perfil duro y secreto, que Masaccio hace revivir en sus frescos, avezados desde mucho tiempo atrás a disputarse las suertes de los empréstitos financieros y obligados después a remediar los errores de la vida colectiva. E l cálculo, no referido ya al dinero, sino al hombre, adquiere forma de indagación psicológica y se concreta en preceptos menudos y detallados, tanto más sutiles cuanto más hábil es quien los formula, para escrutar el rostro del adversario y para percibir, en una sola contracción de los músculos, el juego interno de los sentimientos; y en ese triunfo de todo lo que es relación exterior se transparenta una discreción, una compostura tan fina, serena, casi marmórea62, una perfección * *•
ACERCA D E «EL PRÍNCIPE», DE NICOLÁS MAQUIAVEl.O 6 3
" F. Guicciardini, Storio fitoiio, I, I.
“ Cf. G. Sokakzo, Lo Logo Hálito {1414-14;)), Milán, 1924.
*• «Vivíase pues, en Italia, bastante tranquilamente, y la mayor preocupación de aquellos principes consistía en observarse los unos a los otros y, mediante parentescos, asegurarse nuevas amistades y alianzas que los ligasen a unos con otros» (N. Maquiavelo, litorit Jiorm ttiu, V il, año >4*9)-
u Lo cual impresiona, naturalmente, a los extranjeros, menos refinados y más reacios al titilo-. «... ct de leur costó ne parloit que lediet duc ct du nostre ung; mais nostre condition n’est point de parler si posement comme ¡iz font, car nous parlions quclquesfois deux ou trois ensemble, et lediet duc disoit: “ Ho, ung á ung"» (... y por parte de ellos (los embajadores italianos! no hablaba