predominado las figuras de los grandes señores, no sostenidos por la fuerza de la tradición ni por ningún mito, así también lo que en el tratado sirve para iluminar el trasfondo general de las acciones, aunque éstas no tengan una medida referida únicamente al indivi duo, es ese carácter del príncipe, todo nervio y pensamiento, impenetrable y frío, a la manera de una de aquellas finas armaduras de acero cincelado en las que se encerraba el guerrero al comenzar el combate, el del príncipe nuevo, a quien no sostienen ni la memoria de los antepasados ni el recuerdo de una larga pasión compartida con su propio pueblo, sino solamente la sagacidad personal y la fuerza de la voluntad, la capacidad guerrera y la sabiduría diplomá tica. Las acciones virtuosas obligan a los hombres más que la sangre antigua 68.
El pueblo, que da vida al primer libro de los Discursos y llena de por sí el pensamiento, precisamente hasta el punto de hacer opinar a Maquiavelo que la lucha entre patricios y plebeyos era la fuente de la grandeza romana, está aquí ausente, no aparece siquiera de lejos en tanto que unidad social y política. Existen los súbditos, criaturas aisladas, casi fragmentos de un vasto cuerpo que ya no existe, contrapuestos al soberano, pero de hombre a hombre; de ahí la necesidad del príncipe de halagarlos, de no ofenderles en el honor ni en los bienes y de tenerlos como am igos69 70. Pero, ¿en dónde aparece la fuerza de la colectividad? Allí donde nos pareciera encontrar, al primer vistazo, un retorno a la capacidad organizadora de la masa ?°, nos encontramos con la turba confusa, no con el pueblo; la multitud que «no quiere ser oprimida», que juzga «por el resultado de la cosa» 7I, y no el partido, rico en energías y fecundo de iniciativas propias, encaminado hacia determinadas aspiraciones políticas y capaz, por tanto, de afrontar las disputas y el libre disenso, en lo cual reside la fortuna de la República. Cotéjese el capítulo IX de E l principe con el IVdel primer libro de los Discursos, donde Maquiavelo habla de la lucha entre patricios y plebeyos en Roma, o con el VI 72. Hay en estos últimos una fuerza viva, continua, consciente de sí, que crea sus formas de vida y supera cada
« Cap. X X IV . •
OT Hacerse amigo del pueblo, que. en el fondo, es un buen hijo: he ahi el arte del principe. Cf. asimismo caps. X , X X y X X IV .
70 Cap. IX y también, de paso, X IX y X X . 71 IbU .. cap. X V III.
71 Acerca de si «en Roma podía ordenarse un Estado que eliminase» las enemistades «entre el pueblo y el Senado», a lo cual Maquiavelo responde que no, toda vea que si el Estado romano llegaba a «ser más tranquilo, se desprendía de d io el inconveniente de que era cambien más débil».
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pasión incluyéndola en el compacto desarrollo de una pasión común; puede también errar por demasiado amor de su grandeza, pero su error mismo, en una República no corrompida, es causa de gran bien «y hacen que ella viva más libre»73. En el primero, en cambio, se mueve un vulgo amorfo, disperso, verdaderamente sin nombre, en el que sólo tienen valor los sentimientos de cada persona, incapaces de distinguir, por encima de la propia intimidad, la intimidad colectiva, o de elevarse a la grandeza de la voluntad política, aunque fuera expresada en la lucha entre partidos dentro de la Comuna; se trata, otra vez, de «una bestia bruta que (...) no habituada a pacer, ni conociendo los escondrijos en donde refugiarse, es presa del primero que intenta volver a encadenarla» 74.
Tampoco es menos indecisa y escasa en motivaciones la nobleza, que se reduce, a fin de cuentas, a rivalizar en astucia con los principes y la plebe y a maquinar tramas por un simple interés inmediato de límites estrechos, más allá del cual nada existe. Estos grandes italianos no tienen siquiera el orgullo, no exento de ribetes heroicos, que ha unido a los feudatarios franceses contra la monar quía: éstos, por lo menos, han hecho gala de conciencia de casta, y Maquiavelo lo ha advertido 75 *. Odios y pasiones tienen su origen en diferencias personales, pequeñas y, por tanto, pasajeras; el deseo de los grandes de dirigir al pueblo no llega a concretarse en una clara línea de conducta, y concluye con la inclinación ante el príncipe, seguida pronto por nuevas turbulencias.
En última instancia, el príncipe tiene que hacerse amigo del pueblo para mantenerlo «animado» 7é, pero este ánimo tiene que ser recibido por la multitud de una virtud extraña a ella, de un poder que se le superpone. Porque, ¿qué vida resta de aquellas artes o tribus, las antiguas y gloriosas corporaciones de las artes y las armas, símbolo poderoso de la capacidad creadora de la burguesía comunal, que el príncipe ha de tener en cuenta 77, pero únicamente para saber valerse de ellas algunas veces dando ejemplo de humanidad y
n D ium m . I, X X IX . 74 Urnt.. I. X V I.
77 R ¡tr ille ü m u S i l-raatia. En d capitulo L V del libro I de los D iicurm aparecen en escena los gentilhombre}, a quienes Maquiavelo acusa de ser la ruina de muchas tierras de Italia y la causa de la falta de toda vida pública en ellas; pero, aun en este caso, se entrevén las faltas individuales y no la oposición orgánica y consciente de una clase de personas, tendente a sostener intereses generales y colectivos, asi como decidida a hacer triunfar unas aspiraciones bien determinadas.
74 O JpriM tpt, cap. IX . Señala R. Pestes que hasta el amor del pueblo significa aquí solamente un medio de gobierno («p. # / , p. 161).