XX no son ya los de aquélla del 15 0 0 203. Pero, despojado de este vínculo concreto, librado de toda ligazón con la andadura particular de las cosas humanas, Maquiavelo vive mucho más intensamente en su gloria de pensador, a la que debemos gran reconocimiento.
Existe aún otra característica, más inherente, quizá, a nuestra vida italiana, que casi aísla a E ¡ príncipe y nos lleva a releerlo no sin cierta indefinida y secreta emoción.
En la reafirmación del valor de la batalla abierta, que requiere severidad de ánimo y dominio de la conciencia; en la condena de la desidia, la serenidad y el estilo, a los cuales se contraponen el esfuerzo, el peligro y la lucha sin descanso; en la transfiguración de la vida en fe y pasión, vida que es un deber necesario y áspero, aquí había un sentido profundo y austero que se convertía en lección de vida para los italianos 2M.
El Renacimiento es, con demasiada frecuencia, la conversación de Bembo, la urbanidad de Castiglioni, la armonía de Ariosto y, también, la perspicacia un tanto despreciativa de Guicciardini. A ese mundo, Maquiavelo le contrapone el suyo, que es áspero, duro, apretado, que no conoce la literatura y rehuye la discreción. Tiene ante si a los príncipes viles, y los flagela; pasa a través de un pueblo que no tiene conciencia, y proclama su fe, que ya no es religiosa; se mueve entre los diplomáticos que se aquietan en la compostura, y afirma su pasión; se encuentra frente a Guicciardini, que le señala el error, y sigue más allá, zambulléndose en él, pero para ratificar la fuerza de su ánimo. El estupendo dramatismo de la observación, y la excitación de la palabra y el estilo, se corresponden muy bien con la emoción y la fuerza de la enseñanza que salta a la vista.
Aparece en este momento una primera reforma del hombre, y en la misma sobreposición de la acción política a toda otra voz humana y divina hay una grandeza tan dolorida y trágica, que el Estado bien puede exigir, de quienes deseen conducirlo, el sacrificio
a» Es claro que Maquiavelo ejerció gran influencia también en el siglo xtx, precisamente debido a algunas determinadas características de su obra. Asi, para el problema del Estado nacional y para el de las relaciones entre Estado e Iglesia (aunque en este último merced a una arbitraria desnaturalización, toda vez que, en este aspecto, Maquiavelo no se encuentra en absoluto en la posición moderna), se na recurrido con frecuencia a su obra, en búsqueda de sugerencias y modelos. Esto ha dependido de las condiciones históricas peculiares en que un país o un grupo de hombres llegaran a encontrarse en cierto momento; baste pensar en las condiciones de Alemania a fines del siglo xvm y en la influencia, mucho mayor por ese motivo, que Maquiavelo ejerció sobre llegel. Pero no puede afirmarse que, después del siglo xvu, FJprlncipt siga tiendo el código de la historia turopta.
de toda pasión, así como requerir la renuncia a cualquier otro sentimiento. Es preciso que alguien inmole el alma por su fe, cualquiera que ésta sea.
En ese reconocimiento del valor austero y dramático de nuestra acción se sitúa, frente al Renacimiento italiano, la grandeza humana de Nicolás Maquiavelo.
Vil. «EL PRINCIPE» Y EL ANTIMAQUIAVEUSMO *»
La reacción
Difundida rápidamente por toda Europa, la concepción de Maquiavelo se encontró con unas condiciones de vida social, política y religiosa muy distintas de las que la habían determinado; al pasar a países en los que el desarrollo histórico no había sido completa mente igual al del país del cual era resumen teórico, entró necesa riamente en oposición con las ideas que paulatinamente habían ido germinando en ese trasfondo diferente. Así, mientras que la necesi dad cada vez más acuciante de un poder central fuerte acercaba al escritor florentino no sólo a los monarcas, sino a la mayoría de los publicistas, por otro lado unos pujantes intereses sociales en los que se entremezclaban los resabios del pasado con los gérmenes del porvenir, unas concepciones morales y espirituales ya consagradas desde hacia tiempo o nacientes en la época, provocaban por todas partes una reacción tendente a reducir la libertad ilimitada de la acción política y restringir los poderes de la autoridad soberana, tan vigorosamente afirmados por el autor florentino.
Y así como en la formidable agitación de los espíritus, debido a las luchas de religión, se iba reconstruyendo todo un mundo espiritual que Maquiavelo desconocía, la existencia en algunas regiones de una intensa vida social complicaba sobremanera la tarea del gobernante, investido por ello de un carácter sacro y místico que no tuvo el condotiero italiano; de suerte que si, por un lado, el siglo X V I sancionaba en última instancia el triunfo de la doctrina maquia-
tos La influencia de Maquiavelo sobre el pensamiento europeo ha sido analizada precisamente hace poco, de modo admirable, por l:. Mu n e c k e (P ie ¡<ht dtr Staattraten, ya varias veces citada). Aquí sólo se pretende establecer algunas de las causas de la reacción que surgió en el siglo xvt, en Francia e Italia especialmente, contra Maquiavelo, sin intención de negar, mediante un análisis dedicado en principio al contenido b h tirin de dicha reacción, todo lo de variado, particular y, casi diría, fragmentario que tuvo la oposición contra el florentino. Se trata, simplemente, de poner de manifiesto algunas lineas conductoras fundamentales; y toda vez que, para ello, será forzoso obviar la posición excesivamente personal de algunos hombres como Campanella, tampoco existe la pretensión de reconstruir una historia del antimaquiavelismo. A este objetivo tienden ampliamente las eruditas páginas de O . Tosimasini(ep. t i!., I, pp. j-7 ),c o n las adiciones de I. pp. 604 y ss. y II, pp. 9 j ) y ss.) y el estudio de L . A. Burd en la Introducción a la conocida edición de II Prhetipe (Oxford, U 9 1, pp. 31-79)-
ACERCA D E «El. PRÍNCIPE», D E NICOI.AS MAQUIAVELO 117 veliana en cuanto a su exigencia del predominio absoluto del gobierno central, por otro se iba perfilando, con otra amplitud y variedad de razones, el contenido social y moral de la monarquía absoluta.
Así ocurrió en los países de Europa occidental en donde surgían por entonces las fuerzas vivas de la civilización y, principalmente, en Francia. ¡Pero no sin el esfuerzo profundo y continuado del alma nacional!
La práctica desorganización que acarrearon los conflictos religio sos, entretejidos y confundidos con las veleidades de desquite de los grandes feudatarios, la terquedad autonomista de ciudades y regio nes, y las aspiraciones de clase de la población obrera, que en último término ocasionaron, tanto del lado católico como del hugonote, el debilitamiento y la cuasi postración de la monarquía, daban lugar también a una crisis del pensamiento político, llevado a tener que optar entre gobierno absoluto y anarquía, entre los antiguos privi legios, caros a muchos, aunque motivo de desórdenes, y el arbitrio personal del monarca, único al cual se le podía confiar la salvación de la nación conmocionada. Resurgía en aquellos años, y por última vez, el conflicto de ideas que parecía destinado fatalmente a ser el sello de todos los momentos de incertidumbre y confusión de la vida francesa, y a simbolizar las distintas etapas del lento y complicado proceso de la formación unitaria; volvían a plantearse las dudas y vacilaciones que ya antes habían caracterizado la vida de la nación 206. Pero, aunque de ella iba ahora a salir definitivamente vencedor el monarca, esa larga lucha fue muy violenta, como si el triunfo de la Francia moderna no pudiera darse sino a costa de una dolorosa y total alteración del alma popular.
Oposición entre el sentido práctico inmediato, que requería una autoridad absoluta para reorganizar el reino, y el apego a las autonomías y las franquicias, de cualquier manera establecidas, en las que parecía estar el único respiro que podían pretender los súbditos; entre la devoción, nada despreciable, a la royante y la desconfianza que algunas acciones de los últimos soberanos habían generado; entre el deseo de hacer poderoso al Estado y el temor de ver dilapidados sus tesoros por la manía dispendiosa de su cabeza visible, como demostraban ejemplos bien conocidos de todos; y, además, para muchos, el conflicto entre la pasión religiosa concul