Es importante en primer término definir claramente qué es lo
que entendemos por conflicto. Emplearemos para ello la definición
clásica de Julien Freund, quien es reconocido como el fundador de la
moderna polemología. En su gran obra “Sociología del Conflicto”,
Freund establece que “se entiende por conflicto un enfrentamiento o
choque intencional entre dos seres o grupos de la misma especie que
manifiestan una intención hostil los unos con respecto a los otros,
por lo general a propósito de algún derecho, y que para mantener,
afirmar o restablecer este derecho intentan quebrar la resistencia del
otro, eventualmente recurriendo a la violencia, la cual, llegado el caso, puede tender al aniquilamiento físico del otro.”
1En sus subsiguientes “Explicaciones”, Freund describe la dinámica de este verdadero modelo teórico, subrayando los aspectos de intencionalidad necesaria o voluntariedad hostil, percepción diferenciada acerca de lo justo y lo injusto (la dualidad básica) y potencialidad de ascenso a los extremos con recurso a la violencia.
Para identificar el modo en que la guerra se inscribe en esta conceptualización, realizaremos un breve esquema: entre dos actores cualesquiera se establecen relaciones de todo tipo, algunas de las cuales engendrarán antagonismos; en general, el origen de los antagonismos se halla en intereses encontrados o diferentes puntos de vista acerca de la misma cuestión, o bien por simples deseos de superar al otro y obtener alguna posición relativa favorable o de privilegio frente a él. Las diferencias que surjan, tipificadas en
“situaciones”, podrán ser encauzadas o no siguiendo la normativa regulatoria vigente. En el caso de que esté dentro de la voluntad de los antagonistas y de que el sistema jurídico sea capaz de dirimir eficazmente la cuestión, estaremos en presencia de situaciones
“agonales”, y caracterizaremos a los antagonistas como adversarios. Al canalizarse adecuadamente por vías legales, la posibilidad de recurrir a la violencia queda excluída de plano en estas situaciones. En caso de ser insuficientes los medios legales, o de no contarse con la voluntad de los participantes, el antagonismo deriva en el tipo de situación llamada “polémica”, donde uso de la violencia no es más que un peldaño dentro de la escalada, y la guerra el último de los recursos empeñados. Los conflictos nacen en el seno de las situaciones polémicas. A su vez, en virtud de circunstancias especiales que no expondremos aquí, existen situaciones que ayudan a saltar la barrera y transforman lo agonal en polémico. Son las llamadas “polemógenas”.
El modelo de conflicto descripto por Freund constituye así el marco referencial sobre el cual analizaremos el conflicto de Kosovo. Así orientados, surge claramente que el proceso lógico para determinar los elementos esenciales del conflicto debería al menos comprender:
a) Una caracterización de los actores.
b) El por qué de la manifestación hostil de unos contra otros, o bien, cuáles son los “derechos” o intereses en pugna.
c) El análisis relativo a las circunstancias que conducen al empleo de la violencia, y de qué manera se la emplea.
1FREUND,JULIEN, “Sociología del Conflicto”, Fundación Cerien, Madrid, 1987, pp. 58-71, 286-89.
Siguiendo esta corriente argumental, el análisis de cualquier conflicto nos obliga a focalizar la historia de las controversias entre los actores, con la esperanza de obtener a partir de allí las claves de las discrepancias del momento histórico que es nuestro objeto de estudio. Y no con poca frecuencia, se encuentra que a través de los siglos las relaciones entre los actores han fluctuado entre la amistad y la enemistad, entre la concurrencia hacia objetivos comunes y las diferencias irreconciliables. Como se verá, la historia del conflicto de Kosovo es en este sentido emblemática: desde el preciso momento en que se plantean las discrepancias fundamentales que le dan origen, jamás ha habido fluctuaciones ni mutaciones. A través de los siglos su resolución fue siempre materia pendiente en la política regional, y las circunstanciales erupciones locales de violencia aseguraron que, casi a perpetuidad, cualquier solución que no se apoyara firmemente sobre la aniquilación física del contrincante fuese descartada de plano.
Pocos conflictos obligan a retroceder atrás en el tiempo tanto como el que aquí nos ocupa
2. Pero, a nuestros efectos, habiendo evolucionado el conflicto en una guerra abierta, esta sección del estudio aportará una de las claves esenciales que hacen a la esencia de toda guerra de la Cuarta Generación: el odio entre los contendientes; un odio que nutre la práctica de las formas más primitivas de la violencia entre grupos humanos.
El conflicto de Kosovo, como epílogo del gran conflicto balcánico de la década de 1990, posee sus raíces históricas en otro tiempo, en otra era. Como fiel exponente de los desencuentros balcánicos, los odios y las pasiones que lo inspiran evidencian su origen en circunstancias que deben rastrearse muy atrás en el tiempo, mucho antes de que las formulaciones que vinculan a la guerra con la política, y a los conflictos con la estrategia y las relaciones internacionales, fuesen planteadas. El origen histórico de este conflicto, sus características particulares, y su inserción en el marco regional e internacional contemporáneo, son el objeto de estudio en este capítulo; estudio que emprendemos bajo la presunción de que precisamente en el origen de este conflicto se encuentran las raíces de un odio que sólo ha acarreado las más profundas desgracias para los pueblos de la región.
2Para una opinión contraria, que supone que el “problema kosovar” tiene menos de un siglo de existencia, y atribuye su origen con exclusividad a los arreglos territoriales de 1913, posteriores a las guerras balcánicas de principios del siglo XX, véase VEIGA, FRANCISCO, “El conflicto de Kosovo”, en Política Exterior Núm. 64, Madrid, agosto de 1998, pp. 45-59.
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maestría en historia de la guerra
(página 34-38)