Observando los eventos en retrospectiva, la guerra en Bosnia fue un preludio natural a lo que más tarde sucedería en Kosovo. Esto es así en parte porque la larga duración de la guerra en Bosnia, sus vicisitudes y su resolución a través de los Acuerdos de Dayton convencieron a los nacionalistas serbios, especialmente a las facciones más radicalizadas, de que estaban en lo correcto al afirmar que Yugoslavia -en particular Serbia- estaban siendo “sitiadas” por movimientos étnicos hostiles y por estados extranjeros. Pero, por otra parte, lo acordado dejó a Serbia en presencia de un único elemento étnico no serbio de importancia por considerar, es decir, los albaneses o musulmanes kosovares; a su vez, el liderazgo serbio se consustanció con la idea de que cualquier futuro conflicto étnico desafiaría su propio derecho a gobernar y minaría la base misma sobre la cual se apoyaba el poder de Milosevic.
14Simultáneamente, los esfuerzos diplomáticos y militares de la comunidad internacional para tratar el conflicto de Bosnia
14 CORDESMAN, ANTHONY, “The Lessons and Non-lessons of the Air and Missile Campaign in Kosovo”, publ. por Center for Strategic & International Studies, Washington, 29 de septiembre de 1999, pp. 3-4.
fracasaron en sus aspiraciones de solucionar el conjunto de diferendos étnicos regionales. La ONU explayó sus ideales a través de resoluciones y métodos propios del concepto de “Mantenimiento de la Paz”, cuando la realidad demostró que únicamente a través del empleo de la fuerza –bien mediante la amenaza, bien mediante la aplicación directa de la misma- fue posible obligar a las partes a negociar, deteniendo así la violencia. Como resultado, la responsabilidad directa por toda iniciativa que implicara acciones concretas recayó sobre la OTAN. De cualquier manera, tanto los Estados Unidos como las potencias europeas occidentales buscaron soluciones concretas sobre el tema Bosnio, en lugar de considerar la problemática situación regional como un todo. Cuando la violencia continuaba, entre Altos el Fuego parciales generalmente desatendidos por las partes, la amenaza del uso de la fuerza era la nota predominante antes de actuar, a menudo delineando límites ficticios que no debían trasponerse pero cuyo control tampoco podía ser asegurado. Esto llevaba invariablemente hacia una aplicación más dubitativa que secuencial de la fuerza, cuyo timing fue rápidamente asimilado por las partes enfrentadas para su propio beneficio.
También existió una tendencia a crear una falsa moralidad acerca del conflicto en Bosnia.
15Como se ha analizado previamente, se cometieron numerosas atrocidades durante el desarrollo de las hostilidades, y ciertamente la parte más poderosa fue responsable por el mayor número de ellas. Pero, bajo la lógica tradicional del castigo que los más fuertes están en condiciones de imponer sobre los débiles, frecuentemente se omiten los excesos igualmente cometidos por los débiles contra sus opresores. Si bien los serbios abusaron de su poderío inicial en Bosnia y cometieron crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, no es menos cierto que tanto los croatas como los musulmanes bosnios cometieron similares abusos en las áreas en que lograron imponer su superioridad, ejercitando la violencia a menudo entre estas mismas facciones (no es casualidad que ni siquiera las victorias serbias les impulsase a unirse contra el enemigo común, lo que ocurrió solamente hacia el final de la guerra). Las potencias occidentales, muy especialmente a partir de la influencia de los medios masivos de comunicación, tendieron a demonizar a los serbios, arrojando un manto de piedad sobre croatas y musulmanes. Una de las consecuencias de esta actitud occidental es la reducción de la complejidad de un conflicto de múltiples facetas –étnicas, históricas, religiosas, ideológicas- según las generalidades de la ley penal; para empeorar la cuestión, se puso en ejecución un sistema penal pretendidamente internacional, pero cuya aplicación implica lisa y llanamente la intromisión en los asuntos internos de los estados. Este aspecto de la guerra moderna, intrínseco a toda guerra de la Cuarta
15Ibídem, p. 4.
Generación, adquiere verdadera relevancia a la hora de considerar las acusaciones sobre violaciones a los Derechos Humanos en Kosovo, por lo cual volveremos sobre el particular más adelante.
Análogamente, se extrajeron conclusiones erróneas con respecto a la profundidad y volatilidad de los conflictos de
“legitimidad”, utilizando la terminología de Delmas. Como había sido el caso anteriormente en el Líbano, Somalia, Camboya y Ruanda-Burundi, se tendió a sobreestimar las posibilidades de las vías pacíficas para el alcance de una solución duradera. Apreciando el conflicto en términos de “resolución de crisis”, muchas veces fueron dejados de lado las motivaciones culturales del mismo, y se confió por lo tanto en que el mantenimiento del status quo posterior a los acuerdos provocaría, tal vez por acostumbramiento, el cese total de hostilidades y el olvido de las pasadas querellas. De hecho los acuerdos de Dayton, formalizando la ilusión de que croatas, serbios y musulmanes podrían convivir en un estado multiétnico, repitieron muchos de los errores cometidos tras la Primera Guerra Mundial, por los cuales grupos étnicos diversos y hostiles se vieron forzados a coexistir dentro de estados que dudosamente los representaban, mayormente sobre la base de juicios externos fundamentados casi exclusivamente en la geografía. Lo que se alcanzó en Dayton fue un estado de partición étnica de facto, implementado y asegurado por una fuerza de intervención internacional, y siempre bajo la amenaza del empleo de la fuerza.
Finalmente, una importante conclusión preliminar es la que indica que el empleo del poder aéreo contra los serbios en Bosnia sólo pudo lograr su objetivo –es decir, sentarlos a negociar- en combinación con una gran derrota terrestre serbia a manos de las fuerzas combinadas musulmanas y croatas. De todos modos, en círculos militares y diplomáticos occidentales la impresión dominante fue que el empleo en dosis limitadas del poder aéreo había forzado a Serbia a detenerse, subestimando en consecuencia el nivel de violencia que en realidad fue necesario para alterar el comportamiento serbio. Las consecuencias de esta mala interpretación alcanzarían en un todo a la intervención de la OTAN en Kosovo, determinando en buena medida el modo y el curso de sus futuras acciones militares.
Desde esta perspectiva, ni las autoridades serbias de la
República Federal de Yugoslavia ni los líderes occidentales,
extendiendo esta apreciación general hasta el nivel estratégico
operacional, estaban adecuadamente preparados para prevenir una
eventual escalada en el conflicto de Kosovo. Mucho menos lo estaba la
ONU, dividas las aguas en el Consejo de Seguridad ante la creciente
resistencia de Rusia y China, acompañadas por otros estados en la
Asamblea General, a que los Estados Unidos o sus aliados empleasen
supuestamente a la Organización para justificar sus propios intereses intervencionistas, o para que la OTAN justificara su existencia como alianza militar.
Es posible cuestionar si algún tipo de esfuerzo diplomático para incluir a Kosovo dentro del marco de los acuerdos hubiera tenido éxito. Lo concreto es que los kosovares albaneses no fueron invitados a la mesa de las conversaciones, y que el tema de Kosovo fue deliberadamente excluido de la agenda de trabajo. El general norteamericano Wesley Clark, quien participó de las negociaciones y posteriormente estaría a cargo de la Operación Allied Force como Comandante Aliado Supremo en Europa (Supreme Allied Commander Europe, SACEUR en la nomenclatura OTAN), refiere en sus memorias que el representante de Washington para los Balcanes, Richard Holbrook, y el Director de Asuntos Europeos del Departamento de Estado, Christopher Hill, intentaron varias veces acercarse a Milosevic para discutir la cuestión. En todas las ocasiones la respuesta fue negativa, aduciendo el gobernante yugoslavo que “Kosovo es asunto interno de los pueblos serbios y albanés”.
16Estaba bien claro que ningún acuerdo sería posible en caso de insistir con el tema, y que lo urgente era resolver la situación imperante en Bosnia. Y, dentro de la lógica resultante de los acuerdos, Milosevic sería en adelante visto como el socio necesario para que su implementación tuviera éxito; por lo tanto, sus políticas con respecto a Kosovo serían toleradas en nombre de la estabilidad regional.
Aún con esta oscura perspectiva, la definición de los acuerdos fue acompañada por una atmósfera de optimismo que efectivamente careció de fundamento. Resolviendo a medias, bajo el imperativo de la urgencia, la cuestión de Bosnia, se aseguraron futuras desavenencias. Excluyendo discutir el problema de Kosovo, se transmitió involuntariamente un mensaje a los kosovares albaneses: que su conflicto no figuraba entre las prioridades de los auspiciantes de los Acuerdos de Dayton, y que por lo tanto, su modalidad de resistencia pacífica impuesta por Rugova no implicaba a los ojos del mundo occidental reconocimiento alguno a su búsqueda de la autodeterminación. Así, algunos albaneses consideraron que era hora de plantear a la comunidad internacional un desafío en términos radicalmente distintos: no a través de la fuerza de los argumentos, sino mediante el argumento de la fuerza.
16CLARK,WESLEY, “Waging Modern War”, Public Affairs, New York, 2001, p. 65.
CORROBORACIÓN PARCIAL
El breve repaso que hemos hecho acerca del proceso de disolución del antiguo Estado yugoslavo nos ha permitido comprobar, en primer término, que la violencia indiscriminada constituye una de sus características esenciales; no obstante haberse expuesto en este trabajo tan sólo sus aspectos generales, la concluyente evidencia acumulada al respecto por organismos internacionales y expertos gubernamentales, nos conduce a la corroboración de la Hipótesis de Trabajo Número 1 (HT-1) planteada para el presente capítulo.
El examen sobre la perdurabilidad de estas manifestaciones de violencia y el estudio de algunos hechos puntuales (la masacre de Srebrenica tal vez sea el más significativo de ellos) nos permite afirmar sin lugar a dudas que los mecanismos internacionales de control de conflictos se revelaron entre lentos de reflejos e ineptos para prevenir y contener no sólo la generalización de la violencia étnica en los Balcanes, sino la catástrofe humanitaria consecuente. De esta manera, resulta inmediata la corroboración de la HT-2.
Naturalmente, no existe un único causal que explique este fracaso;
pero probablemente nos aproxime en el camino de la respuesta, la comprensión de la simple premisa de que en ausencia de instrumentos formales violentos de coerción, resulta inverosímil cualquier noción en orden.
Continuando en el sentido antes expresado, hemos visto cómo este fracaso de la comunidad internacional se extendió no sólo hacia la incapacidad para prevenir el futuro estallido de violencia en Kosovo, sino incluso a la torpeza extrema de propiciarlo. Esta torpeza está construida sobre una base que mezcla buenas intenciones con gestos ambiguos y poco comprometidos; exigencias solemnemente declaradas con escasa predisposición para forzar su implementación;
indignación ante el sufrimiento humano con aversión cuasi-crónica a la
guerra; y parálisis estratégica con exceso de confianza en el sistema
de liderazgo serbio, fuertemente autocrático, y perfectamente capaz de
interpretar la historia y de valerse de la tradición cultural de su
pueblo para la concreción de sus particulares objetivos geopolíticos,
más allá de toda oposición. De esta manera, en razón de lo expuesto
sobre el caso, consideramos razonable dar por corroborada la HT-3.
In document
maestría en historia de la guerra
(página 81-86)