Si, atendiendo a lo que refieren la mayoría de las fuentes,
las consideraciones por parte de la OTAN acerca de una eventual
ofensiva terrestre sobre Yugoslavia habrían comenzado no bien resultó
evidente que ante la sola presión de las bombas Milosevic no iba a dar
el brazo a torcer, debiera entenderse que los primeros esquemas para
tal operación podrían haberse esbozado durante las primeras setenta y
dos horas de iniciada la campaña aérea. Apreciando la lógica bajo la
cual normalmente opera el planeamiento militar, basada en una
necesidad de previsión por momentos exagerada, pero fácilmente
comprensible en términos de la naturaleza de su cometido, éste debe
haber sido ciertamente el caso. No obstante, la Alianza Atlántica
inauguró su primer involucramiento en una guerra no sólo con ausencia
de planificación previa en materia de operaciones terrestres, sino
imponiendo además a sus mandos militares una orden insólita, sin
precedentes en la historia militar: la prohibición de planificar,
relacionada específicamente con tal ofensiva. Esta autorestricción en
su libertad de acción posicionó a los líderes políticos de la OTAN en
una situación ya normalmente complicada para la toma de decisiones en
ambiente de conflicto, y exactamente opuesta a la deseable para la
resolución de cualquier tipo de crisis. Cierto es en parte que la OTAN
retenía de este modo en su poder el resorte de una escalada militar
definitiva; no menos cierto es que, dadas las peculiares
características de la geografía yugoslava y los antecedentes
regionales en materia de guerras y resistencia armada, la posibilidad
de tener que acometer semejante empresa sin un severo proceso de planificación -y su consecuente montaje logístico-, auguraba, si no el fracaso definitivo, al menos una prolongación de la guerra a intensidad elevada difícil de sostener para la estabilidad de la Alianza.
Cierto es también que, más allá de la renuncia pública hecha por Clinton el mismo 24 de marzo al empleo de fuerzas terrestres, la necesidad de considerar esta alternativa golpeó prontamente a las puertas. Clark observa que él mismo discutió oficialmente el tema por primera vez con Javier Solana el día 9 de abril. Con anterioridad, pequeños equipos de planificadores habían estado estudiando la cuestión, pero sólo en forma estrictamente compartimentada y con muy limitado acceso a la información necesaria. Solana aconsejó continuar con estos trabajos, pero sólo si podían hacerse bajo gran discreción.
Esta respuesta no conformó al comandante, que el día 13, en una videoconferencia con su cadena de mando norteamericana, volvió a expresar la necesidad de iniciar la planificación formal de una opción terrestre. Tampoco obtuvo respuestas concretas, excepto las concernientes a la dificultad de obtener el apoyo de la Alianza para tal emprendimiento. “Aún así menos, dice finalmente Clark, resultó alentador saber que al menos habábamos estratégicamente”
1.
Durante abril y mayo, este esfuerzo de planeamiento se fue incrementando y refinando, conforme se abría –si bien muy gradualmente- la compartimentación y se posibilitaba el acceso a las fuentes de información. El estado mayor de Clark consideraba un avance que se iniciaría a partir de bases ubicadas en Macedonia y Albania, dirigiéndose directa y exclusivamente sobre Kosovo. Clark estimaba que, para lograr control efectivo sobre Kosovo en pocas semanas, necesitaría unas seis divisiones, entre fuerzas ligeras, pesadas y mixtas, haciendo un total de 175.000 hombres armados.
No todos pensaban que el arrebatamiento del control del territorio kosovar a las fuerzas yugoslavas bastaría para poner fin a las hostilidades. Hacia fines de mayo, el general Dennis Reimer, Jefe de Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, asesoraba al Presidente Clinton observando que, en caso de iniciar una ofensiva terrestre, el centro de gravedad del dispositivo estratégico enemigo se hallaba en Belgrado. El reconocimiento de esta cuestión implicaba la necesidad de considerar una operación significativamente más amplia, para la cual la pobre infraestructura ofrecida por Albania sería insuficiente. Según este punto de vista, la invasión debería lanzarse a través de Hungría y Bulgaria. Tal enorme emprendimiento requería además de la adopción de una decisión a corto plazo, ya que
1CLARK, op. cit., pp. 252-254
el despliegue del dispositivo debería estar completo antes de la llegada del invierno. Finalmente, también los británicos, los máximos impulsores de una ofensiva terrestre dentro de la Alianza, conducían su propia planificación, confiando en que, si la OTAN decidía iniciar este movimiento, sus planes se combinarían con los elaborados por sus pares norteamericanos para engendrar el plan de operaciones formal de la Alianza. Compartían con ellos su visión apremiante con respecto a los plazos: para los británicos, el 15 de septiembre era absolutamente la fecha más lejana en que podía iniciarse la operación, asumiendo que la ofensiva no podría ser llevada a buen término en menos de un mes.
En definitiva, la ausencia de logros por parte de la campaña aérea obligó a que incluso los socios más reacios de la Alianza, entre ellos el presidente Clinton, admitieran su consideración con respecto al empleo de fuerzas terrestres, siempre y cuando se hallasen lo suficientemente persuadidos de que los bombardeos no lograrían el efecto deseado. Las fuentes occidentales coinciden en señalar que la reunión secreta desarrollada en Bonn el 27 de mayo entre el Secretario de Defensa William Cohen y sus principales colegas de la Alianza, es decir, los Ministros de Defensa de Gran Bretaña, Francia, Italia y Alemania, tuvo, a efectos de acelerar la toma de decisión y los pasos preparatorios con vistas a una ofensiva terrestre, una relevancia similar a la atribuida a la reunión cumbre celebrada en Washington con respecto al escalamiento de la campaña aérea. En Bonn, la OTAN volvió -una vez más- a enfatizar su voluntad de vencer, esta vez insinuando la aceptación de riesgos bastante mayores a los tomados hasta entonces.
Hacia fines de mayo el tema de la ofensiva terrestre dominaba la escena en los medios masivos de comunicación, y los reportes que anunciaban una pronta apertura de este nuevo frente ganaron en frecuencia. El despliegue de la Fuerza de Tareas "Hawk"
(Task Force Hawk) del Ejército de los Estados Unidos en Albania, compuesta por 24 helicópteros AH-64 Apache, probablemente haya inducido tanto a los medios como a las autoridades yugoslavas a interpretar que se trataba de una avanzada para un despliegue de fuerzas en escala mucho mayor
2, sensación a la que contribuía la presencia de importantes elementos del Cuerpo de Reacción Rápida del Mando Europeo de la OTAN en Macedonia.
2De todos modos, las expectativas generadas por el despliegue de los 24 helicópteros AH-64 Apache superaron ampliamente a sus capacidades concretas en combate. Algunos medios occidentales dieron poderoso énfasis a este movimiento, pero la mayoría de los comentarios vertidos al respecto por los reporteros y analistas occidentales pecaba de exitismo, cuando no de cierta ingenuidad. Keegan señala inteligentemente que los Estados Unidos perdieron 5.000 helicópteros en Vietnam, de una fuerza desplegada varias veces mayor, y que aún así no ganaron la guerra. Véase KEEGAN, JOHN, “Wars are not won by spin doctors”, Sunday Daily Telegraph, Londres, 25 de abril de 1999.
De ningún modo puede aseverarse que el Consejo del Atlántico Norte hubiera aprobado finalmente una invasión terrestre sobre Yugoslavia, ni pueden entreverse ni los objetivos ni el alcance que eventualmente hubiera tenido tal operación. Es altamente probable que una acción sobre Belgrado hubiera sido fuertemente resistida al menos por franceses y alemanes, aceptada a regañadientes por Italia y por Estados Unidos, y tal vez con mayor facilidad en Gran Bretaña. De todas maneras, es un hecho que a principios de junio tampoco existía un plan formal para la misma, constituyendo el conjunto de las opciones analizadas una sumatoria de esfuerzos individuales carentes del grado de integración y coordinación pertinentes a un plan de operaciones de la envergadura requerida para el caso. No obstante, la mayoría de los expertos señala que la creciente posibilidad de tener que enfrentar una invasión territorial debió ejercer considerable presión sobre el gobierno yugoslavo, contribuyendo a forzar su decisión de poner fin a las hostilidades.
Pocos detalles se conocen sobre los fraccionarios planes de operaciones entonces en desarrollo. Una buena perspectiva sobre los factores geopolíticos y estratégicos condicionantes de una eventual ofensiva terrestre es la que ofrece John Keegan desde sus columnas en el Sunday Daily Telegraph. El historiador británico puntualiza que Serbia era un país débil, y que el sustento de su fortaleza radicaba en su ubicación geográfica y su topografía interna, que le convierten en inaccesible para sus enemigos de la OTAN, situación que explicaría parte del comportamiento provocativo e intransigente de Milosevic:
“La geografía política de los Balcanes significa que Serbia está rodeada por Estados que la OTAN no puede emplear para ubicar tropas terrestres. De sus inmediatos vecinos, Bulgaria y Rumania no son miembros de la OTAN y, aunque ambos desearían unirse a la Alianza, Rumania muy fervorosamente, ninguno desea verse envuelto en una operación que dejará rencores que sobrevivirán mucho tiempo después de que la OTAN se haya retirado.
En cualquier caso, la OTAN probablemente tampoco desee la desestabilización que la guerra podría acarrear. Su política es la de buscar la paz para los Balcanes, no la de amplificar el conflicto. Por este motivo, también es reacia a involucrar a Hungría, que es miembro reciente de la OTAN.
Hungría posee una propia minoría de habla magiar en la provincia serbia de Vojvodina, y ciertamente no desea provocar a Milosevic para que inicie una limpieza étnica en ella (...), una táctica que bien puede adoptar, y con la que seguramente amenazará, si las tropas de la OTAN utilizaran territorio húngaro para atacarlo.”3
Keegan observa que, de cualquier manera, Hungría no sería una base geográficamente adecuada para la OTAN, por el hecho de no compartir fronteras con ningún otro Estado miembro de la Alianza, lo
3KEEGAN, JOHN, “Milosevic great strength: he´s hard to get at”, Sunday Daily Telegraph, Londres, 11 de abril de 1999.
que hubiera implicado la necesidad de negociar derechos de tránsito con Eslovaquia o Austria para el traslado de tropas y suministros, algo que seguramente hubiera sido rechazado. Tampoco podía la Alianza contar con la colaboración de Croacia o de Bosnia-Herzegovina, que apenas iniciaban su recuperación tras los devastadores previos años de guerra.
Albania hubiese sido en principio la opción más razonable.
Pero, siendo uno de los países más montañosos de Europa –en una región ya montañosa-, alcanzando en sus fronteras naturales con Kosovo alturas cercanas a los 2.000 metros, y disponiendo de una precaria red caminera, hubiera sido prontamente descartado. En palabras del propio Keegan, “(...) Un repaso sobre su topografía helaría el corazón de cualquier oficial de estado mayor”
4. Su acceso al mar se da a través de la cadena de ciudades costeras que formaban parte del antiguo Impero Veneciano, y su único puerto importante carecía de la infraestructura necesaria para la manipulación de grandes cantidades de equipamiento. El único puerto adecuado para este cometido en la región era el de Salónica, en Grecia, lugar que había sido escogido como base por franceses y británicos en su campaña de 1916-18 sobre Bulgaria. Desde Salónica, una moderna carretera atraviesa el valle del río Vardar, una ruta militar histórica a través de Macedonia, hacia el interior de Kosovo. Pero Grecia, aunque miembro de la OTAN, presenta cierta afinidad histórica con Serbia, razón por la cual la OTAN no podía contar de antemano con la disponibilidad de dicha infraestructura
5.
Aún superando esta problemática logística básica, subsistían otras dificultades. Para el lanzamiento de tal ofensiva, la OTAN hubiera evidentemente necesitado al menos una avanzada de tropas aeromóviles o de montaña, capaces de operar con equipamiento ligero.
Francia, Alemania e Italia disponen de este tipo de unidades, pero consideraciones de tipo político, estima Keegan, hubieran como mínimo dificultado enormemente su intervención. Así, las únicas tropas de montaña disponibles hubieran sido las pertenecientes a la 10ª División de Montaña del Ejército de Estados Unidos, y su posicionamiento en Albania hubiese demandado cerca de un mes. Los elementos aeromóviles, particularmente la 101ª División de Asalto Aéreo norteamericana, podrían operar con cierta comodidad desde al Adriático. Desde allí, cuarenta helicópteros de transporte estarían en condiciones de ubicar unos dos mil infantes en el corazón de Kosovo en menos de una hora,
4KEEGAN, JOHN, “NATO troops have a mountain to climb”, Sunday Daily Telegraph, Londres, 18 de abril de 1999.
5En su acervo cultural, serbios y griegos comparten un pasado de heroica resistencia y postrera victoria sobre la dominación otomana; ambos comparten la religión cristiana ortodoxa, bastión de los 500 años resistencia a lo que llaman “opresión islámica”. Y ambos detestan a lo que consideran el símbolo del Imperio Otomano en Europa, es decir, albaneses y musulmanes bosnios. El pensamiento griego y su interés en la geopolítica regional puede rastrearse en sitios web como www.hri.org (HRI son siglas que designan a Hellenic Resources Network).