Baltasar Gracián y Morales
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No me considero un apasionado de los aforismos y menos aun de las sentencias polisémicas en materia de principios morales y éticos. Siempre se me han anto- jado confusas, confundentes y peligrosas, por cuanto dan lugar a múltiples interpretaciones, irreconciliables. Frente a tal aprensión defiendo la belleza y armonía de la simplicidad, tan propias de las matemáticas como de las artes. En las primeras los equívocos y ambigüe- dades no son permitidas, mientras que en la segunda tan solo persiguen generar “emociones”, que no razo- nes. Eso si, de poder elegir narraciones polisémicas me decanto por los cánticos de Juan de la Cruz, por cuan- to nos intenta guiar por el sendero que conduce a la per- fección personal, anteponiéndola a la social.Tanto unos como otros me retrotraen a un universo fractal, ya que sus sentencias parecen ser invariantes a los cambios de escala en el espacio y tiempo.
Como persona criada entre industriales preferí dedicar- me a la búsqueda de la mi verdad, siempre subjetiva, relacionándome con el mundo apasionadamente, sin tapujos, desmarcándome de lo políticamente correcto para arremeter contra la injusticia social que percibo. Pero también, al igual que Einstein, aunque sin su talen- to, busqué evasión y refugio en la ciencia. Con el tiem- po descubrí que tal empresa no deja de ser más que otro constructo social, y como tal, alberga a una comuni-
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C O N T R O L A B I E N L A V O L U N TA D
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uien actúa con pasión, abre a los demás las puer- tas de su verdadero sentir. La más inteligente conversación es la que consigue disimular tus ver- daderas intenciones. Lleva riesgo de perder quien deja ver las claves con que juega. La serenidad del reca- tado hace pareja ideal con el cuidado del hombre pre- visor. El mejor discurso es de quien controla su inte- rior. Que no sepan tus propósitos para que no les ante- pongan la respuesta: unos para contradecirlos y otros para querer aprovecharse de ti con falsas lisonjas.al mismo tipo de normas de conducta que cualquier otro colectivo.
Algunos podrán considerar a Baltasar Gracián como un adelantado a época. Otros podríamos alegar que “nada ha cambiado” desde entonces, por desgracia. Como me ocurre Maquiavelo, vislumbro luces y sombras, contra- dicciones y angustias, en definitiva, esa pasión que tan- to critica. Aunque nada de ello me es extraño, al enten- der la vida como un proceso que se despliega en el espa- cio y deviene en el tiempo, transformándote mientras intentas transformarla, generalmente en vano. Fiel a unos principios, el devenir de mi carrera profesio- nal se ha visto salpicado de avatares en un mundo reple- to de hipocresía, codicia y vanidad. Y es aquí en donde “ciertos” aforismos de Gracián resultan aleccionadores, a la hora de desenvolverse en sociedad. Este es uno de ellos. Eso sí, también pudiera reconocerme como su con- trapartida jánica en a otros. El contexto brinda el verda- dero significado de lo expresado a través del lenguaje. Si los conceptos fueran los nodos de una red, la semán- tica devendría en sus conectores (un grafo), dando sen- tido preciso a nuestras sentencias. El éxito no es un término absoluto, sino un objetivo marcado por nues- tros intransferibles proyectos vitales.
“Controlar bien la voluntad” no resulta ser útil, sino impres- cindible. La pasión pura ciega. Sin embargo, debemos matizar entre una plétora de pasiones y razones que el autor no discierne. Nos dice Gracián que “quien actúa con pasión, abre a los demás las puertas de su verdadero sentir”. ¿Se trata de una actitud recriminable? ¿Es estúpido quien se sincera ante sus semejantes? Entiendo que hablamos de una virtud, aunque a la par de un arma de doble filo. El liderazgo debe sustentarse en la, prudencia, serenidad
Empero si atiendo a ciertos de los ambiguos dictados de algunos aforismos de Gra- cián, se hiela la sangre en mis venas. Bastará con extraer el siguiente a
colación.
Aforismo 149: Ten siem- pre un escudo contra los malintencionados. (…) Es la gran habilidad de los gober- nantes (…) es necesario tener a una persona en quien caiga la censura por tus errores y sobre el que recaiga el murmurar de la gente (…).
Otros en cambio resultan ino- cuos. Del mismo modo, detecto sentencias contra- dictorias. De haber segui- do “algunos” de los dic- tados de Gracián, mi devenir social y pro- fesional hubiera sido más liviano y exito- so. Ahora bien, ¿sería yo? ¿No me hubiera convertido en lo que detestaba? Cuando un individuo se adentra por un camino urdido hacia la búsqueda de paz espiritual, una que reconcilie en nuestro interior las inherentes fuerzas antagónicas que albergamos, posible- mente verá recompensado sus esfuerzos
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CONTR O LA BIEN LA V OL UNT ADcuando no desee nada, no atesore bien alguno y su pro- pio ser se diluya plácidamente en el cosmos del que for- ma parte indisoluble. Si nuestro objetivo es triunfar en la gobernanza, Gracián brinda algunos consejos atinados. Y es que los principios sociales e individuales en que nos adoctrinan no suelen congeniar bien.
Entiende Gracián que la pasión es un defecto al que, como en este aforismo, contrapone la razón. No comparto el antónimo pasión/razón, por cuanto depende del contex- to, problema del que adolecen las sentencias parcas y contundentes. Los científicos son seres tan apasionados como los artistas. De tales pasiones nacen los grandes descubrimientos y las obras de arte magistrales. No hay “razón”, sino una fuerza casi animal que nos impele a crear. ¿Qué hay de malo en ello? Como Lev?-Leblond rehuyó las antonimias, por tratarse de falsas dicotomí- as que obnubilan las mentes. Por ejemplo, cabría pensar que el arte de enseñar exclusivamente se sustenta en la razón. Empero la pasión que transmite un maestro a sus alumnos detona más que reprime sus futuras voca- ciones. Pasión y razón yuxtapuestas, que no contrapues- tas, distinguen al buen del mal docente. ¿No ocurre algo similar con los políticos y líderes empresariales? Considero que el proyecto vital de un individuo debe guiarse por sólidos principios éticos y morales. Llega- do el caso que estos entren en conflicto con las ense- ñanzas para la gobernanza social surge un dilema.Y así, o uno se traiciona a sí mismo o redirige sus metas. Algu- nas de las sentencias que configuran su ideario social de Gracián, inducen a la sociopatía, mal que se extien- de como un cáncer entre líderes de toda índole.
JUANJOSÉIBÁÑEZ
Científico Titular del Centro de Investigaciones Sobre Desertificación – CSIC/UVA