Baltasar Gracián y Morales
aforismo 267
Es muy posible que la buena lectura de los acertados y acerados aforismos de Baltasar Gracián nos hayan hecho a casi todos sus lectores más prudentes, más educados y más sabios. Aunque no estoy tan seguro de que los responsables de este libro hayan demostra- do mucha prudencia al encargarme precisamente a mí el comentario de un aforismo cuyo más profundo men- saje versa sobre la cortesía. Intentando salir más o menos indemne de este atolladero, haré como hizo mi admirado Groucho Marx. Me zafaré cortésmente del asunto, sin distanciarme de mis más íntimas convic- ciones y utilizando una máxima “marxiana”, que pro- bablemente no será tan bien entendida como las de Gra- cián, pero no por ello es menos acertada: “Disculpen si les llamo caballeros, pero es que todavía no los conoz- co muy bien”.
Bromas al margen, viene a cuento “mi pequeña salida del tiesto” porque es esa envenenada frase de Groucho la que suele encabezar “mentalmente” mi primera cla- se universitaria cada vez que comienza un curso y me
aforismo 272
V E N D E L A S C O S A S A P R E C I O
D E C O R T E S Í A
A
sí, más que el objeto, comprarán tu afecto. Si sabes ser cortés y caballeroso, siempre lo que pidas será poco respecto a lo que daría una persona generosa por el buen trato que le ofreces. La cortesía que brindas compromete a quien la recibe, y por eso el trato ele- gante es lo que más motiva a quien lo recibe a devol- verlo. La nobleza obliga. Lo más caro para el hombre de bien es lo que se le da, porque su sentido de la jus- ticia lo manda a compensarlo. Es como venderle a pre- cio doble lo que está comprándote: el valor del objeto y el de la caballerosidad. Si bien es verdad que debes tomar en cuenta que para el ruin y mediocre, la cor- tesía es palabrería, porque es pequeño de alma, y no tiene espacio para los grandes sentimientos.diantes más o menos educados, más o menos sabios y más o menos interesados en escuchar lo que yo le debo decir durante muchas sesiones docentes.
Cierto es que ese primer contacto anual o trimestral con mis estudiantes me obliga a un recibimiento alegre y lleno de sincera cortesía, no podría ser de otra mane- ra. E íntimamente obliga a una cortesía tan caballero- sa “y limpia de prejuicios” como Baltasar Gracián nos aconseja. Pero también les recibo con prevención “mar- xiana”: sé muy bien que entre todos ellos (utilizo el mas- culino por corrección gramatical canónica, pero sin nin- gún ánimo machista) hay ya un amplio grupo de incon- dicionales perennes, otro de indiferentes abúlicos y –casi siempre- otro de enemigos irredentos. Desde el primer día; desde el primer minuto; desde el mismo momen- to en el que la puerta del aula se entorna y el profesor se acerca a la palestra. No sé quien pertenece a cada gru- po, aún no se les nota en el infantil rostro que perma- nece todavía inalterable al primer contacto visual. Pero sé que están todos ahí: los que ya me aman, los que toda- vía no saben qué pensar de mí y los que ya me “odian”, irremediable y recalcitrantemente. Porque ellos también saben algo de caballerosidad y -como señalaba Jean Jac- ques Rousseau- la utilizan a su favor: “Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pér- fido de la cortesía”.
La tarea de enseñar y el complejo arte de aprender están teñidos íntimamente del espíritu “gracianesco” del afo- rismo 272 que me proponen hoy comentar. El “maestro” (noble palabra a veces muy desprestigiada en su uso cotidiano) está obligado a impartir su docencia a “pre- cio de cortesía” pues es la única forma de obligar con mayor fuerza a su discente a valorar lo que recibe. Al compartir lo poco o lo mucho que sabe, el docente que lo hace con buen trato y generosidad, obliga a quien lo escucha de manera doble, como advierte Gracián, pues le da no sólo la posible sabiduría sino también la ele- gancia, el cariño, la amabilidad, la simpatía. Y el que lo recibe, queda dos veces obligado, porque recibe –en la
cortesía. Y de esa manera quedará comprometido para la difícil labor del aprendizaje.
Verdad es, no hay duda, que no todos los discentes sabrán valorar lo que se les ofrece desde la tarima. Ni los que sonríen ese primer día de clase ni los que te miran fijamente sin desvelar sus sentimientos. La caba- llerosidad de la mirada en los primeros encuentros es un disfraz excelente para ocultar sonrisas taimadas o miradas férreas que prometen amabilidad futura. Por- que, a pesar de que la nobleza obliga, como bien seña- la Gracián, no todas las mentes son nobles ni –desgra- ciadamente- todos los humanos hacen uso correcto de sus posibilidades mentales. Y Dios nos libre de los rui- nes y mediocres, como advierte el filósofo de Calatayud. Nuestros estudiantes en general y los míos en particu- lar (todos los años lo compruebo de manera experimen- tal) como decía al comienzo de estas líneas son una muestra estadísticamente perfecta de la sociedad en la que viven. Entre ellos, hay siempre algún sabio aga- zapado en un rincón oscuro de las bancadas más ale- jadas del profesor; hay listos emprendedores con men- tes ávidas de aprender muchas cosas en poco tiempo para aplicarlas con presteza y una cierta sabiduría que permita hacer avanzar el mundo al tiempo que produ- cen beneficios; hay mentes contemplativas y poéticas dispuestas a dejarse llevar por los caminos paralelos del arte y la belleza; hay ruines u mediocres, para quienes la cortesía y la galantería se confunden con la algara- bía y el dislate, como apunta Gracián, y para quienes es muy fácil confundir la amabilidad y la generosidad con la desidia y el relajo; y hay en fin algunas (espero que pocas) mentes propicias para los oficios de vagos y maleantes, futuros delincuentes y corruptos sin escrú- pulos. Todo la semilla de la sociedad del mañana se encuentra en el aula a la que llegamos una mañana cual- quiera de un otoño cualquiera con nuestros ánimos de enseñantes, muy maltrechos un par de meses antes, pero ya repuestos tras las relajantes vacaciones. El complejo arte de aprender es cortesía. Es generosidad obligada. Como el también difícil arte de enseñar. Y por ello son valores que realzan su precio en el “toma y daca”