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Es una tiranía vulgar la…

Baltasar Gracián y Morales

aforismo 252

Q UE T ODO NO SEA TUY O NI T ODO AJE NO , SINO UN EQ UI LIBRIO ENTRE AMBOS

Reflexionar sobre El arte de la prudenciaes una actividad habitualmente relegada al olvido. El mundo que nos rodea, inevitablemente nos envuelve en una continua y frené- tica actividad productiva y existencial, que no solo está llena de obstáculos para alcanzar los objetivos que cada uno nos marcamos, sino también carente de tiempo. Lamentablemente, las palabras de Baltasar Gracián

aforismo 257

N U N C A L L E G U E S

A L R O M P I M I E N T O

N

o lo hagas, pues siempre sale descalabrado tu

prestigio. Cualquiera sirve para enemigo, pero muy pocos califican para amigos. Pocos son capa- ces de hacer el bien, y casi todos pueden hacer el mal. A pesar de ser fuerte, ágil y valiente, no está segura el águila ni en el mismo seno del dios Júpiter, el día que se enemista con el pequeño escarabajo. Como el agua es contraria declarada del fuego, los enemi- gos disimulados de éste, aprovechan que ambos estén cerca para irritarlo dejándola caer hasta apagarlo, sin que puedan ser acusados de haberlo hecho, pues estaban esperando esa oportunidad propicia para hacerlo. Así, los amigos maleables, débiles de carác- ter, se convierten en tus peores enemigos. Su male- abilidad los hace aficionados a cargar con los defec- tos ajenos y lanzarlos contra ti. Cuídate de todos los que te rodean y miran, pues en el hablar de cada uno pueden esconder lo que sienten y los males que te desean. Todos sufren de los peores defectos: de no tener principios o de faltarles recursos o de no saber lo que buscan, y sobre todo, siempre carecen de cordura. Si fuese inevitable pelear con alguien, hazlo reduciéndole tus favores y no atacando con furiosa violencia. Y en todo caso, lo mejor es que ten- gas una bella retirada, un alejamiento sin conflic- tos de la persona con la que tienes diferencias.

dos por el hombre para destruir al hombre. Por ello, prac- ticar El arte de la prudencia, retirándonos cortésmente de quienes practican la maldad, es sin duda un buen con- sejo. La retirada no manifiesta nos evita no sólo los rom- pimientos, descalabros y violencia a los que alude Bal- tasar Gracián, sino también algo que considero inclu- so de mayor importancia, el hecho de no despilfarrar nuestro valioso y corto tiempo.

Sin embargo, también existen poderosas causas o razo- nes que demandan morir como Ícaro en lugar de vivir sin haber intentado nunca volar por estar dominado por la prudencia. Hay causas que no podemos abandonar aunque perdamos, ya no el prestigio, sino la vida. Por otra parte, no puedo dejar de manifestar mi visión optimista frente a esa maldad, y frente a la necesaria “prudencia” con la que hay que enfrentarla día a día entre nuestros más allegados compañeros de trabajo. Todavía sigo creyendo firmemente en el hombre. Por- que aunque el hombre el peor enemigo del hombre, tam- bién sin duda es su mejor amigo, aliado, compañero y amante. Al filósofo griego Horacio se le atribuye la famo- sa frase de “añade a tu abundante prudencia una pul- garada de locura”; creo que comulgo mucho más con este pensamiento, que aunque aconseja abundante pru- dencia abre las puertas a la locura.

Son muchos los imprudentes que han hecho avanzar el mundo enfrentándose abiertamente a la maldad sin importarles poner en riesgo su prestigio, y pese a su des- carada lucha con superiores y compañeros de trabajo, han resultado altamente beneficiados. ¿Qué sería de nosotros si sólo practicáramos la prudencia? ¿Qué mundo tendrí- amos hoy si todos nuestros antecesores hubieran sido fie- les practicantes de la prudencia y se hubieran retirado de cualquier tipo de lucha que pudiera perjudicar su pres- tigio? Para empezar, seguramente las mujeres seguíamos sin tener alma. Supongo que como con el veneno,“no hay veneno sino dosis”. Esta es la clave de la cuestión, encon- trar la dosis, la dosificación apropiada para mezclar en nuestros actos la prudencia y la locura en su justa medi-

La Historia esta lle- na de admirables imprudentes a quie- nes debemos gran par- te de los más relevantes avances alcanzados por la humanidad en todas las disciplinas que un día for- maron parte de un mismo tronco común, la Filosofía. En efecto, la Historia de la Ciencia y la Tecnología esta llena de múl- tiple ejemplos de famosos cien- tíficos que abiertamente se enfren- taron con sus superiores, sus com- pañeros de trabajo e incluso con los máximos representantes de sus gobiernos. Un claro ejemplo es Jean le Rond D’Alembert (1717-1783) autor de la enciclopedia francesa Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciencies, des arts et des métiers conjuntamente con Diderot, que introdujo una nueva y revolucio- naria filosofía científica por la que se enfrentó abiertamente con la Iglesia y poderes guber- namentales. Al igual que D’A- lembert, gran parte de los más prestigiosos científicos y filósofos del llamado Siglo de las Luces,como Voltaire, o Rousseau gestaron con su abierta revolución grandes cambios.

A todas luces, no fueron fieles practicantes de la pru- dencia. Sin embargo también existen otros relevantes científicos de la Historia que parece ser, a juzgar por sus biografías, que abrazaron la prudencia pese a las gue- rras declaradas contra ellos en sus entornos de traba-

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jo. Este fue el caso de Leonhard Euler (1707- 1783) uno de los científicos de mayor prestigio de toda la Histo- ria, que aunque no dudo en defender sus ideas cientí- ficas frente a sus colegas contemporáneos, sin embar- go al parecer practicó la prudencia con sus superiores, aplicando la cortés estrategia a la que se refiere Balta- sar Gracián en el escrito anteriormente referido, que ha sido objeto de esta breve reflexión.

En efecto, en 1727 Euler abandonó la Academia de San Petersburgo dado que el nuevo Zar, Pedro II, no la con- sideraba de importancia y redujo su presupuesto. Vol- vió en 1930 cuando la Academia fue revitalizada, pero se encontró con personajes como Johann Schumacher que le obstaculizaron muchas actuaciones. Parece ser que fue al amparo de la prudencia como consiguió con- tinuar con sus investigaciones. Y años más tarde, más allá de la prudencia, practicó la diplomacia estrechan- do lazos con la corte de Federico II de Prusia a través de sus famosas Cartas a una princesa alemana, que son lecciones del conocimiento científico a nivel divulgati- vo sobre diferentes temas de física y filosofía, que perió- dicamente mandaba a la princesa. Una deliciosa obra de rotunda claridad científica y armonía expositora que nadie debería dejar de leer.

Como dije en un principio, reflexionar sobre El arte de la prudenciaes una actividad habitualmente relegada al olvido. La interesante invitación a participar en esta reflexión refuerza mi sentir cercano al filósofo Hora- cio, aunque en algunos casos la pulgarada de locura deba ser muy reducida.

PEPACASSINELLO

Subdirectora de Alumnos de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid

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