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ANALIZAR LA RESISTENCIA ANTES QUE EL CONTENIDO, EL YO ANTES QUE EL ELLO, Y EMPEZAR POR LA SUPERFICIE

2.7 REGLAS DE LA TÉCNICA RELATIVA A LA RESISTENCIA

2.7.1 ANALIZAR LA RESISTENCIA ANTES QUE EL CONTENIDO, EL YO ANTES QUE EL ELLO, Y EMPEZAR POR LA SUPERFICIE

En los primeros días del psicoanálisis, la técnica se centraba en el in- tento de obtener los recuerdos reprimidos y la tarea era sencillamente volver consciente lo inconsciente. Podían obviarse las resistencias ha- ciendo interpretaciones a partir de las asociaciones libres del paciente. No tardó Freud en comprender que su empeño era errado, que lo tera- péuticamente eficaz no era la obtención del recuerdo olvidado sino la superación de la resistencia. Los recuerdos obtenidos estando las resis- tencias todavía intactas serían incapaces de lograr un cambio porque sucumbían como anteriormente ante las fuerzas de la resistencia (1913b, p. 141; 436). En 1914 declara Freud que la misión del analista era ana- lizar e interpretar las resistencias del paciente. Si lo logramos, el pa- ciente descubrirá muchas veces recuerdos olvidados y establecerá las conexiones debidas (1914c, p. 147; 437-8).

Al reconocerse el papel capital de las fuerzas de la resistencia, rem- plazó a la antigua formulación tópica de hacer consciente lo incons- ciente una formulación dinámica: analicemos las resistencias antes que el contenido (Fenichel, 1941, p. 45). Esta formulación no contradice a la antigua, sino que la modifica. Hacer consciente lo inconsciente só- lo es útil si al hacerlo se altera la dinámica de un conflicto neurótico. No tiene caso descubrir lo reprimido para que se halle con las mismas fuerzas defensivas que ya lo reprimieron antes. Primero debe produ- cirse un cambio en la entidad resistente. Los diversos procedimientos para el análisis de las resistencias (véase sección 2.6) apuntan a pro- ducir alteraciones favorables en las fuerzas resistentes.

146 LA RESISTENCIA Es conveniente ahora presentar el punto de vista estructural porque aclara aún más nuestra tarea terapéutica. Nuestro, objetivo último es permitir que el Yo se las arregle mejor con el Ello, el Superyó y el mundo exterior (Freud, 1923b, pp. 56-7; 29-30). En el proceso de análisis puede considerarse que el Yo del paciente tiene dos aspectos y funciones dife- rentes. El Yo inconsciente, irracional es el iniciador de las defensas pa- tógenas y se ve como el Yo que siente y experimenta durante el trata- miento. El Yo consciente, razonable es el aliado del analista y aparece clínicamente como el Yo observador del paciente durante el análisis (Sterba, 1934). La regla técnica de que uno debe analizar la resistencia antes que el contenido puede expresarse estructuralmente: se debe ana- lizar el Yo antes que el Ello (Freud, 1933, p. 80, 916; Fenichel, 1941, p. 56). Más exactamente: las intervenciones del analista deben tender a hacer que el Yo razonable del paciente se las arregle mejor con las antiguas situaciones de peligro.

En el pasado, el paciente sentía esos peligros demasiado amenaza- dores y su Yo irracional instituyó las defensas patógenas que ocasiona- ron los síntomas neuróticos. En la situación analítica, con la ayuda de la alianza de trabajo y la debida secuencia de interpretación, espera- mos que el Yo razonable del paciente expanda sus facultades a medida que se vaya familiarizando con el modo como puede operar ahora en comparación con el pasado, cómo evaluaba otrora el peligro y cómo podría ahora reevaluar esos peligros, etc. La laboración con el Yo ob- servador del paciente y la mostración de cuán poco razonables son las operaciones del Yo que siente y experimenta posibilitan que el Yo ra- zonable ensanche su soberanía. Analizamos la resistencia antes que el contenido o el Yo antes que el Ello, de modo que cuando interpreta- mos para el paciente el contenido rechazado, lo tratará de modo más propio y no con la mera repetición de sus pautas neuróticas pasadas. Con el fin de esclarecer el razonamiento que sustenta estas formula- ciones, permítaseme un ejemplo clínico:

Un paciente joven, el señor Z, I que llevaba aproximadamente año y medio de

análisis, empieza la sesión relatando el sueño siguiente: "Soñé que yacía en una cama enorme. Estaba totalmente desnudo. Una mujerota entró y dijo que tenía que bañarme y se puso a bañarme el órgano genital. Yo me puse furioso, y me avergoncé, porque mi genital no se puso erecto."

Quedo callado y el paciente empieza a hablar. He aquí el meollo de sus aso- ciaciones: "La mujer del sueño se parecía a una amiga de la familia. En reali- dad, parecía la madre de mi buen amigo John. Es también amiga de la familia

I

Ya se ha tratado del señor Z en las secciones 2.5.2 y 2.5.4.

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y sobre todo de mi madre, pero no es como mi madre. Ella no está mimada. No es una chiquilla mimada como mi madre. Me gusta esa mujer. A menudo deseé tener una madre como ella [pausa]... En el fin de semana tuve una con- quista y nos entregamos al jugueteo sexual [pausa}... Es una mujer casada. Y ella estaba deseándolo; de hecho, ella fue la de la iniciativa. Las mujeres que se conducen así son como prostitutas. No saben lo que es el amor, sólo les inte- resa el sexo. Lo que quieren es que uno les dé gusto. Hablar de todas estas cosas me hace sentir a disgusto... [pausa]."

Llegados aquí me parece evidente, ante todo, que nos las habemos con una situación en que el señor Z se debate entre la manifestación y la ocultación de ciertos deseos y temores sexuales infantiles. Si examinarnos el contenido mani- fiesto del sueño, así como sus asociaciones, no es muy difícil reconocer que este material está relacionado con el paciente de niño, acostado en una cama gran- de y con el infantil deseo de que su madre le acariciara el pene. Pero también con algo de vergüenza y enojo porque su pene no es tan impresionante como el de su padre. Lo enfadan esas mujeres que prefieren los penes grandes, pero también quiere que jugueteen con el suyo. Ahora todo este contenido es bas- tante claro, pero sería erróneo pasar a interpretar algo de ello al paciente, por- que también es evidente que en el señor Z hay fuertes tendencias a huir.de todo esto, a ocultarlo, a disimularlo. Nótese cuán entonado, evasivo e impro- ductivo es su lenguaje "Estaba totalmente desnudo". Una mujer se pone a ba- ñar mi "órgano genital". Que "no se puso erecto". "Nos entregamos a un jugueteo sexual." Y después el reconocimiento franco: "Hablar de todas estas

cosas me hace sentir a disgusto."

En semejante situación, en que cierto contenido reprimido pasa al primer plano pero hay también considerable resistencia, me parece inútil pasar al con- tenido rechazado sin haber analizado antes, y traslaborado parcialmente, algu- na resistencia del paciente. Si yo tratara de señalar al turbado Z que parece desear que alguna persona maternal le acaricie el pene me acusaría airadamente de ser un viejo licencioso, o se quedaría en un silencio helado. Estoy bastante seguro de ello porque en otras ocasiones reaccionó de ese modo incluso después de haber yo intentado laborar con sus resistencias.

Por eso decido laborar primeramente con éstas y sólo después que vea indi- cios de cambio en ellas trataré de enfrentarlo al contenido. Cuando queda ca- llado le digo: "Parece usted turbado hoy al tratar de contarme sus experiencias sexuales. Hasta su lenguaje parece afectado." (Digo "hoy" porque hubo oca- siones en que consiguió ser más franco en materias sexuales y así le recuerdo el hecho.) Replica Z: "Bueno, pues... de nada sirve ser crudo [pausa]... No sé qué clase de lenguaje usar aquí. Con frecuencia me pregunto cómo reaccio- naría usted ante un lenguaje vulgar. Cómo reaccionaría si yo dijera las prime- ras palabras que se me vienen a las mientes. Después de lo que dijo usted com- prendí que tal vez sea eso lo que usted quiere [pausa]... Sí; no es usted quien me desaprobaría, sino yo. Yo no apruebo ese tipo de lenguaje vulgar... [pau- sa]. El sueño era tan vívido, y los sentimientos que suscitaba tan fuertes... Me sentía tan infantil."

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Siento ahora que por esta vez el paciente ha conseguido laborar venturosa- mente con algunos aspectos de su resistencia de trasferencia; comprende que estaba proyectando en mí sus sentimientos de desaprobación, y que eran unos sentimientos impropios. Podíamos haber proseguido con esta resistencia, pero en aquel momento parecía listo para seguir con el contenido del sueño, porque espontáneamente vuelve a los sentimientos que en él tenía. Por eso vuelvo a intervenir: "Se sintió usted enojado y avergonzado pero ¿qué sintió en el sue- ño cuando la mujer se puso a acariciarle el pene?"

Debe observarse aquí que yo voy un paso más allá que el paciente, porque yo no empleo su lenguaje afectado, empleo el lenguaje corriente, y hablo sin rodeos. Digo que la mujer le acariciaba el pene, no que se lo bañaba. El pa- ciente responde al principio por el silencio. Después dice: "Sí, al principio me gustó [pausa]." A continuación dice que cuando estuvo con aquella conquista suya, ella le hizo "eso"... jugueteó con su pene. Pero desea declarar que fue ella la que quiso, no él. No obstante, tiene que reconocer que le gustó; en reali- dad, le gustó muchísimo; y si tiene que reconocerlo, prefería este tipo de pla- cer sexual a cualquier otro. Pero por alguna razón le parece que está mal [pau- sa]... La mujer era casada. Su marido era un personaje importante. Estaba encantado de engañar a su marido, pero en realidad no lo engañaba tanto, por- que estaban separados. "No era una victoria verdadera, sino vana. Es como en mi trabajo; parece como que estoy trabajando mucho, pero ni es un trabajo verdadero ni trabajo tanto. Así es todo; no quiero hacer nada, quiero que me den algo. Siempre hago como que estoy en actividad, trabajando intensamen- te, pero en realidad lo que quiero es que alguien me dé algo."

El paciente parece estar trabajando bien, y su resistencia ha desaparecido por ahora. Entonces hago otra interpretación. Digo que me parece como que gozaba con la sensación de que una mujer alta le proporcionara placer sexual, y que si bien le gustaba, también estaba avergonzado porque se sentía como un niño. A esto responde el paciente que sí, que en el sueño era tan grande la cama, tan enorme, que en comparación él debía parecer muy pequeño. Ha- ce una pausa y dice: "¿Piensa usted que esto tenga que ver con mi madre? ¡Qué asco! Si a eso vamos, la mujer con quien tuve la cita tenía los mismos muslazos que me parecían tan repulsivos en mi madre."

Este ejemplo clínico ilustra que empezando por la resistencia fue po- sible hacer una verdadera labor analítica con ese paciente. Creo que si yo hubiera esquivado la resistencia e ido directamente al contenido, se hubiera producido una colérica negativa o si no, una discusión inte- lectual o una sumisión, sin emoción ni insight verdaderos. Sirviéndo- nos de este fragmento clínico corno de una ilustración, tratemos de re- examinar la fundamentación de la regla técnica de analizar la resisten- cia antes que el contenido.

Para que una interpretación o confrontación sea eficaz tenemos que

estar seguros de que el paciente puede percibir, entender, captar la in- terpretación o confrontación. Por eso debemos asegurarnos de que el paciente tiene a su disposición un Yo razonable. Analizamos primero las resistencias porque ellas se opondrían a la formación de un Yo razonable. Más exactamente: el paciente conturbado tiene un Yo razo- nable limitado. Si yo me le planto delante con un contenido desconcer- tante, perderá incluso lo poco que tiene de razonable. Tengo que labo- rar en el campo en que pueda servirse de ese Yo razonable limitado suyo. Señalo que se siente turbado, y eso es evidente, eso es accesible a su Yo razonable, eso no le hará correr, puede hacerle frente. Me pre- gunto con él qué lo turbó hoy, y así le recuerdo indirectamente que no siempre está turbado o desconcertado. Al principio se defiende de modo poco razonable, y dice que no tiene caso hablar con crudeza y se pregunta cómo reaccionaría yo a ello. Su Yo razonable, que no se siente apartado y solo, da un gran paso hacia delante, aumenta su ca- pacidad de ser razonable y osa reconocer que no soy yo quien lo desa- probaría, que es él mismo. Comprende entonces que su reacción es im- propia, examina su comportamiento analíticamente, ha formado una identificación parcial y temporal, una alianza de trabajo, frente a su resistencia. Yo he señalado en su comportamiento algo que podría se- guir y entender conmigo. Al formar esa alianza conmigo, su Yo razo- nable se hizo más fuerte y ahora se atrevió a examinar analíticamente lo que había sentido. Yo he logrado producir una división en su Yo, que ahora tiene dos funciones, una de sentir y una de observar. Enton- ces ha podido incrementar su Yo razonable y observador. El excelente trabajo de Sterba (1934) es una lectura esencial al respecto.

Mi conturbado paciente se hubiera enojado o distanciado y no hu- biera laborado conmigo si yo hubiera empezado por el desconcertante contenido de sus sueños y sus asociaciones. Yo empecé por algo accesi- ble a su Yo consciente, algo que estaba más dispuesto a reconocer que su propio sentimiento. Para citar otra formulación topográfica: empe- cé por la superficie (Freud, 1905a, p. 12, 603; Fenichel, 1941, p. 44). Apelé a su razón y pudo reconocer razonablemente que se había que- dado desconcertado. Entonces se produjo una alianza de trabajo con- migo y él mismo pudo entonces analizar su impropia reacción de tras- ferencia para conmigo. De no haberlo hecho, yo lo hubiera interpretado para él. Entonces tuvimos un fuerte Yo razonable con que laborar y yo pude abordar el doloroso material oculto.

Decidí trabajar con su deseo de que lo acariciara una mujer grande porque sus fantasías masturbatorias todavía eran una gran fuente

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laborar en ello anteriormente. Sentía que si podía hacerle reconocer la índole infantil de sus deseos sexuales podría entender mejor su senti- miento de culpabilidad, su impotencia y su vergüenza. Le pregunté qué había sentido cuando la mujer empezó a acariciarle el pene, porque ha- bía omitido visiblemente ese punto en el relato de su sueño y no había revelado las reacciones sexuales que tuvo cuando su amiga se lo hizo. La intervención fue muy fructífera porque volvió a debatirse con sus resistencias y al final comprendió que prefería aquel placer sexual pa- sivo a cualquier otro.

Me pareció entonces que podría estar listo para enfrentarse al hecho de que eso era infantil, es decir incestuoso; por eso lo llevé en esa direc- ción apuntando que aquella actividad lo avergonzaba porque le hacía sentir como un niñito al que diera algún placer sexual una mujerona. Siguió el camino y se debatió con aquella cuestión. Reconoció que le gustaba engañar a los maridos, comprendió que era una victoria vana, y a continuación osó pensar que podría tratarse de su madre, diciendo primero "¿Piensa usted que esto..." Y por fin lo aceptó y lo confirmó. A medida que avanzaba aquella sesión, su pequeño Yo razonable se fue ensanchando y pudo luchar triunfalmente con todo género de re- sistencias. Durante toda aquella hora pudo observársele batallando con sus resistencias. Si éstas hubieran adquirido mayor poder y hubieran detenido el crecimiento de su Yo razonable, hubiera sido necesario se- guir laborando con las resistencias y olvidarse de laborar con el contenido.

Son fundamentales estas reglas de técnica: Analizar la resistencia antes que el contenido, el Yo antes que el Ello y empezar desde la superficie. El trabajo con el contenido puede ser más interesante, más chispeante; el trabajo con las resistencias es más lento y pesado. Pero si no se anali- zan las resistencias del Yo, la labor analítica acabará por estancarse. El paciente terminará, regresará destructivamente, o el análisis se con- vierte en un juego intelectual o una satisfacción oculta de la trasferencia.

La regla que manda analizar la resistencia antes que el contenido no debe entenderse como que significa analizar la resistencia sola o abor- darla primero y olvidar el contenido por completo mientras no se re- suelva la resistencia. De hecho, no siempre hay una dicotomía marca- da entre resistencia y contenido. En los diferentes ejemplos que llevo dados hay muchas ilustraciones de cómo la resistencia se vuelve conte- nido y cómo un contenido dado puede usarse a manera de resistencia. Además, el análisis de toda resistencia nos lleva a su historia, que es con- tenido. Finalmente podemos emplear algo del contenido para que ayu- de a revelar la resistencia. La regla técnica fundamental significa que

la interpretación del contenido no será efectiva sino cuando las resis- tencias significantes hayan sido debidamente analizadas. El último ejem- plo del paciente conturbado lo ilustra claramente. No pudo laborar con el material mientras no superó su resistencia de trasferencia en grado apreciable. Pasemos a ver ahora un ejemplo de empleo del contenido con el propósito de contribuir al análisis de la resistencia.

Una paciente, la señora K,2 empieza una sesión en el cuarto año de su análi- sis contándome los siguientes sueños: (1) "Me están fotografiando desnuda, recostada en diferentes posiciones, con las piernas abiertas, con las piernas ce- rradas..." (2) "Veo a un hombre que tiene en la mano una vara curva; en ella estaba escrito algo que debía ser erótico. Un pequeño monstruo rojo, espinoso mordía a ese hombre con minúsculos, agudos dientes. El hombre tañía una campana pidiendo socorro, pero sólo yo lo oía y al parecer no me importaba."

Permítaseme añadir que esta paciente llevaba ya varias sesiones laborando con el problema de su temor de los impulsos homosexuales, que relacionaba con su sexualidad clitoral, por oposición a su sexualidad vaginal. Ahora que había conseguido tener un orgasmo vaginal, se sentía con más audacia para explorar esas regiones. Además, nunca había sentido realmente su envidia del pene y sólo últimamente había comprendido que su actitud —estoy encantada de ser mujer, no hubiera servido para hombre— era una defensa contra una hostilidad honda y hasta entonces intacta respecto del pene viril. Sabiendo to- do esto, es evidente que el contenido manifiesto del sueño es una continuación de esas cuestiones. Ser fotografiada desnuda tiene relación con problemas de revelarse desprovista de pene. El hombre de cuya vara no hace caso es segura- mente su analista. El monstruo rojo con que éste se debate podría representar una proyección de, o un desquite por, lo que siente acerca del genital masculino.

La paciente empieza hablando en un tono de voz algo triste y hueco. Relata los planes para una fiesta que va a dar a su hijita, de dos años y medio. Espera que ésta se divierta, que no se trate de una de aquellas terribles fiestas de cuan- do ella era niña. Ha salido con su novio y resulta que lo mordía, le reprochaba su pasado decadente, que había sido un tenorio, un perdido. Pausa. Su mens- truación lleva un día de retraso, y cree estar encinta, pero no parece preocu-

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