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LA ACTUACIÓN DE LAS REACCIONES DE TRASFERENCIA

3.8 LAS RESISTENCIAS DE TRASFERENCIA

3.8.4 LA ACTUACIÓN DE LAS REACCIONES DE TRASFERENCIA

Desde el caso de Dora, a quien trató en 1900, Freud comprendió cuán importante era reconocer y aislar la trasferencia, las resistencias trasfe- renciales y en particular la actuación de las reacciones de trasferencia. Dora interrumpió el tratamiento por no haber reconocido Freud que una reacción particular de trasferencia de ella se derivaba de su aman- te y no de su padre. Además, la paciente actuó este aspecto de la trasfe- rencia. Se condujo con Freud como hubiera querido hacerlo con su amante, el señor K; y lo abandonó. Revisando la historia y el final de este caso, Freud (1905a) vino a reconocer la singular importancia de las trasferencias y la actuación de los fenómenos de trasferencia. Vol- vió al problema de la actuación en varias ocasiones posteriores, sobre todo en relación con su labor sobre la compulsión de repetir (1914c, 1920, 1937a). En años recientes han hecho otros varios autores impor- tantes aportaciones a nuestro conocimiento de la actuación de las reac- ciones trasferenciales (Fenichel, 1945a, 1945b; Greenacre, 1950; Spie- gel, 1954; Bird, 1957 y la lista adicional de lecturas).

La actuación se da en muchas clases de circunstancias y no sólo en forma de reacción de trasferencia. La cuestión de la actuación en gene-

ral se estudiará más ampliamente en el torno II. En esta sección lo ve- remos sólo en tanto que fenómeno trasferencial que se presenta en el curso del análisis y como variedad especial de la reacción de trasferencia. La actuación es una serie de acciones, bien organizada y cohesiva, que parece ser dirigida a un fin, conscientemente deseada y egosintó- nica y que resulta una reactuación de un recuerdo pasado. La acción es una repetición ligeramente disfrazada del pasado, pero el paciente no es capaz de recordar las cosas del pasado. Parece atento a actuar en lugar de recordar; es una defensa contra el recuerdo. En el curso del análisis, los pacientes [actuarán] sus reacciones trasferenciales en vez de expresarlas de palabra y sentimiento. La actuación puede ser con el analista o, fuera del análisis, con otras personas.

En todo análisis es inevitable algo de actuación. Débese esto en par- te al hecho de que el analista ataca las defensas neuróticas y con ello favorece la descarga de afectos e impulsos de modos menos deforma- dos. Se facilita así el paso a las acciones. En segundo lugar, la trasfe- rencia misma es una revivencia, una repetición del pasado, y moviliza impulsos del pasado que pueden manifestarse en comportamiento y ac- ciones. No obstante, también puede ser causa de actuación el manejo equivocado de la trasferencia, sobre todo el análisis insuficiente de la trasferencia negativa. Los errores de dosificación, de elección del mo- mento y de tacto en la interpretación suelen producir la actuación. Las reacciones de trasferencia del analista respecto del paciente pueden tam- bién provocarla. Pero la tendencia a reactuar en lugar de recordar apa- recerá cuando el material no verbal o preverbal intente manifestarse durante el análisis o bien al acercarnos a un material traumático.

La actuación es siempre una resistencia, aun cuando pueda desem- peñar alguna función útil temporalmente. Es una defensa contra el re- cuerdo y contra el pensamiento y se opone a la integración de pensa- miento, recuerdo y comportamiento y, por ende, a los cambios de estructura del Yo. No obstante, algunas formas de actuación pueden te- ner un fin constructivo. Me refiero a la actuación transitoria y esporá- dica que puede darse al quebrantar defensas inhibidoras rígidas. Este tipo debe diferenciarse de la actuación habitual del reactuador crónico. También puede ser una forma de prueba del acordarse, una primera tentativa del atreverse a recordar (Ekstein y Friedman, 1957). En este sentido es un recodo en el camino que lleva al recuerdo. Mi experien- cia clínica parece indicar que el recuerdo reactuado es un recuerdo en- cubridor (Greenson, 1958a). La distorsión propia de la actuación va siempre en dirección del cumplimiento de un deseo. Las acciones fran- cas son como el contenido manifiesto de un sueño, un intento de cum-

260 LA TRASFERENCIA plimiento del deseo (Lewin, 1955). Finalmente, la actuación es una for- ma de comunicación no verbal; a pesar de sus funciones de resistencia es también el intento de alcanzar un objeto (Bird, 1957; Greenson, 1959a). Y puede ser un grito de socorro (Winnicott, 1956b).

La actuación es sólo una forma específica de reactuación neurótica que puede darse dentro y fuera del análisis. Debe distinguirse de la re- vivencia y la acción sintomática, aunque esto no siempre es posible clí- nicamente. En la revivencia siempre hay una sencilla repetición y du- plicación de un suceso pasado. No hay distorsión y conduce fácilmente al recuerdo. Esto suele suceder en los estados de alteración yoica por influencia de drogas o de emociones intensas, en estados de fuga, etc. Las acciones sintomáticas no son bien organizadas ni coherentes; se sien- ten extrañas, ajenas al Yo, y representan una falla en el funcionamien- to de éste. El suceso pasado ha sido grandemente desfigurado y en la acción sintomática sólo puede hallarse un fragmento del suceso. Vea- mos ejemplos sencillos de actuación, revivencia y acción sintomática. La señora 10 terminaba cada sesión poniéndose en pie y recogiendo los klee- nex en que había apoyado su cabeza sobre la almohada. Mientras iba hacia la puerta arrugaba los kleenex en la mano y cuidaba bien de que no se le vie- ran. Después los echaba al pasar en el cesto de los papeles que estaba debajo de mi escritorio o los metía en su bolso. Hacía esto con la mayor destreza posi- ble y yo tenía la impresión de que esperaba que no me diera cuenta de su teje- maneje. Cuando le señalé ese comportamiento, la señora lo reconoció rápida- mente, pero se mostró extrañada de que yo lo hubiera planteado. Su actitud decía: ¿acaso no lo hace todo el mundo? Le parecía que sus reacciones se expli- caban por solas y sencillamente indicaban un decoro corriente. Y a pesar de mis intentos de entender el significado subyacente, siguió obrando del mis- mo modo.

En una sesión logré algún adelanto al pedirle que asociara ideas a la expre- sión "pañuelo manchado" que trataba de ocultarme. Esto condujo a recuer- dos dolorosos de su vergüenza por la menstruación. El comportamiento con los kleenex continuó. Finalmente empezamos a analizar su terrible vergüenza respecto a su ano, aquella parte de sí misma que tenía que ocultar a toda costa. No podía descargar el vientre cuando había extraños en la casa por miedo de que el ruido o el olor la delataran. Después de descargar sus intestinos pasaba mucho tiempo en el cuarto de baño para dar la impresión de que no se había notado nada. Yo le señalé que obraba con los kleenex como si representaran una actividad excrementicia ocultable. Entonces le llegaron muchos recuerdos de la exageración de su madre en materia de higiene excrementicia y de lim-

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Véanse secciones 1.2.4, 2.6.5A, 2.7.1, 3.2.5, 3.4.2 y 3.8.1.

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pieza en el baño. Sólo así pudo dejar los kleenex en la almohada al terminar la sesión.

La señora K actuaba al final de cada hora analítica: soy una mujer limpia que tiene buen cuidado de que los demás no vean sus actividades del excusado. Nadie debe saber cómo lo hago. No es cierto que yo haga esas cosas sucias; no dejo ningún rastro. Era toda una serie de acciones conexas, bien organiza- das y dirigidas a un fin, conscientemente deseadas y egosintónicas, que servían para negar las placenteras actividades excrementicias del pasado, que no podía recordar. En una palabra: era una forma de actuación.

Durante la segunda guerra mundial administré a un artillero de cola de un bombardero B-17 recién vuelto del combate una inyección intra- venosa de pentotal sódico. Había estado padeciendo de insomnios, pe- sadillas, temblores, sudor profuso y una marcada reacción de espanto. Había realizado cincuenta misiones de combate pero no tenía concien- cia de ninguna angustia molesta y no le gustaba hablar de combates. Aceptó recibir el pentotal porque le habían dicho que se sentía uno co- mo embriagado y además eso significaba que no tendría que hablar a ningún otro oficial. En cuanto tuvo unos 5cc dentro de la vena saltó a la cabecera de la cama, se sacó la aguja del brazo y empezó a gritar a voz en cuello: "Van a venir a las cuatro, van a venir a las cuatro, hay que tumbados, hay que tumbados o nos tumbarán ellos, esos desgracia- dos, hay que tumbarlos. ¡Oh, Dios! Tumbarlos, tumbarlos. Vuelven a la una, a la una, tumbarlos, tumbarlos, desgraciados, tumbarlos. ¡Oh, Dios! Estoy herido, no me puedo mover, tumbarlos, tumbarlos, ¡soco- rro! Alguien que me ayude. Me dieron, me dieron, no me puedo mo- ver, socorro. Desgraciados, ayúdenme; tumbarlos, tumbarlos."

El paciente estuvo gritando así unos veinte minutos, con los ojos lle- nos de terror y sudando por todos los poros del rostro. Con la mano izquierda oprimía el brazo derecho, que le colgaba flácido. Estaba tem- bloroso y tenso. Al fin dije: "Okay, Joe. Les dimos, les dimos." Con esto cayó en la cama y se sumió en profundo sueño.

A la mañana siguiente lo vi y le pregunté si recordaba la entrevista del pentotal. Sonrió avergonzado y dijo que recordaba, pero muy va- gamente, haber gritado. Le dije que había hablado de una misión en que le habían herido en el brazo derecho, y que no dejaba de gritar "tumbados, tumbarlos". Me interrumpió: "¡Ah, sí! Recuerdo que vol- víamos de Schweinfurt y se nos echaron encima, y volvían a las cuatro y l uego a la una y nos dio el fuego antiaéreo, etcétera."

El paciente pudo recordar fácilmente el suceso que había vuelto a vivir bajo la acción del pentotal en forma no desfigurada y accesible, como es típico de la revivencia.

262 LA TRASFERENCIA LAS RESISTENCIAS DE TRASFERENCIA 263 Citaré ahora una acción sintomática. Uno de mis pacientes, de mediana edad,

no podía estar sentado en mi sala de espera. Estaba en pie todo desconcertado en un rincón que abría la puerta de mi salita de tratamiento, y al instante ca- minaba hacia mí. Este comportamiento lo desespera, sabe que es extraño, pero se le sobrepone un fuerte temor cuando trata de sentarse. Ha tenido reac- ciones semejantes en otras salas de espera, que querría ocultar llegando tarde o saliendo y volviendo a entrar con cualquier pretexto. Se hizo más patente cuando empezó a acudir regularmente a su hora analítica y yo me puse a anali- zar su tendencia a llegar tarde.

Al cabo de un año, más o menos, descubrimos los siguientes determinantes de su miedo a estar sentado en la sala de espera. El que lo hallen sentado signi- fica que lo "agarren" sentado, o sea masturbándose. De niño se masturbaba sentado en la taza del WC y se ponía en pie en cuanto oía acercarse a alguien o temía que entraran. En el cuarto de baño de su casa no había llave. Estar él sentado y yo en pie significaba que él era pequeño y yo grande, y sentía co- mo que yo podría atacarlo. Además, su padre había insistido en que se pusiera de pie cuando entraba alguien mayor en la pieza, y ahora obedecía con poste- rioridad. Se había rebelado contra su padre al entrar en la adolescencia y se sintió culpable al morir su padre de un ataque al corazón. Había descubierto a su padre sentado en una silla, como si estuviera adormecido, para descubrir horrorizado que se hallaba en coma. Estar en pie significaba así para él estar vivo y que lo hallaran sentado, estar como su padre: muerto. Finalmente, estar sentado significaba tomar la posición femenina para orinar, y tenía que estar erguido en mi presencia para indicar que era un hombre.

Tenemos aquí un ejemplo de cómo se efectúa una actividad extra- ña, ajena al Yo, contra la voluntad del paciente, que se ve obligado a ponerla por obra; es un acto sintomático. El análisis revela los mu- chos sucesos históricos condensados, desfigurados y simbolizados en esa actividad. En los casos bien marcados, la actuación, la revivencia y las acciones sintomáticas son fáciles de distinguir unos de otros. En la prác- tica clínica uno no suele ver la forma pura y es frecuente que nos en- contremos ante mezclas de las tres variedades de reactuaciones neuró- ticas. Volvamos ahora a nuestro estudio de la actuación de las reaccio- nes de trasferencia.

3.8.4.1 La actuación dentro del encuadre analítico

La forma más sencilla de actuar las reacciones de trasferencia se pre- senta cuando el paciente actúa algo dentro del encuadre analítico. Freud dio el ejemplo del paciente que se conduce en forma de desafío y crítica con su analista y no puede recordar haber tenido ese tipo de comporta- miento en el pasado. No sólo siente esas emociones con su analista sino

que opera en ellas, se niega a hablar, olvida sus sueños, etc. Lleva a la acción sus sentimientos en lugar de comunicarlos; está reactuando un trozo del pasado en lugar de recordarlo (Freud, 1914c, p. 150; 439). Además, no sólo no comprende cuán incongruentes son sus reacciones sino que suele sentir justificado su comportamiento. La actuación es, como ya dijimos, egosintónica.

Ilustremos con un ejemplo. Un músico de cuarenta años de edad llegó en bus- ca de análisis porque padecía de insomnio crónico, colitis y una inhibición para el trabajo. Cuando pude darle mi primera hora de la mañana, a las ocho, tuvo una forma notable de empezar la sesión. Ante todo, yo lo oía llegar porque anunciaba su llegada por el hall sonándose ruidosamente la nariz como una trom- peta, cada agujero por separado y repetidas veces. Al entrar en la sala de trata- miento daba los buenos días alegre y sonoramente. Después, tarareando baji- to, se quitaba el saco y lo ponía en el respaldo de una de las sillas de la consulta. Iba al diván, se sentaba, y tarareando todavía, empezaba a vaciarse los bol- sillos. Primeramente ponía la billetera y el pañuelo de los bolsillos de atrás en la mesita lateral; después las llaves y las monedas pequeñas de sus otros bolsi- llos, y el anillo del dedo. A continuación, con un quejido audible, se doblaba y se quitaba los zapatos, que dejaba muy bien puestos uno junto al otro. Des- pués se desabotonaba el botón superior de la camisa, se aflojaba la corbata, y con un perceptible suspiro de alivio, se acostaba en el diván, se volvía de lado, ponía sus manos juntas entre la almohada y la mejilla, cerraba los ojos y callaba. Al cabo de un momento se ponía a hablar muy suavemente.

Al principio le vi hacer todo eso en silencio; parecía increíble que lo estuvie- ra haciendo en serio. Después, cuando comprendí que no se daba cuenta de cuán impropio era aquel comportamiento, decidí tratar de sondear hasta don- de fuera posible su significado antes de confrontarlo con él. Era evidente que su actuación estaba relacionada en cierto modo con el disponerse a dormir. Po- co a poco empecé a comprender que reactuaba el acto de acostarse sus padres, donde yo era uno de los dos y él otro, o sí mismo de niño. Su historia estaba llena de recuerdos de las terribles batallas que se trababan entre su padre y su madre en la recámara, que le despertaban de su sueño y lo horrorizaban. Aquellas peleas ocurrían a las cuatro horas más o menos de haberse acostado, de niño, y sus insomnios actuales se caracterizaban por su despertar a las cua- tro horas de sueño. Estaba actuando conmigo (a) cómo deseaba que sus padres durmieran juntos en paz y (b) cómo fantaseaba de niño que dormía con uno de los dos.

Cuando intenté llamar su atención hacia aquel peculiar modo de empezar la sesión se indignó. Nada había de peculiar, extremo ni digno de mención en aquello. Sólo trataba de relajarse y asociar libremente; yo le había dicho bien al comenzar el análisis que todo cuanto debía hacer era relajarse y tratar de decir cuanto se le viniera a la mente. Se estaba, pues, relajando. Verdad era que se sentía algo soñoliento, pero se debía a que era temprano. A regañadien-

264 LA TRASFERENCIA LAS RESISTENCIAS DE TRASFERENCIA 265 tes reconoció después que cuando yo le hablaba al terminar la sesión le parecía

algo discordante, una intrusión. Comprendió asimismo que si bien por alguna razón extraña le gustaba aquella hora temprana, apenas podía recordar lo que había dicho él o yo. Después le dije que todo aquello se debía al hecho de que lle- gaba a la sesión para continuar su sueño conmigo. Se desvestía como si fuera a dormir y se acostaba con los ojos cerrados y una expresión de felicidad, por- que le parecía como si fuéramos a dormir juntos y tal era el sueño tranqui- lo que debió haber deseado entre su padre y su madre, o entre él mismo y uno de los dos. Hasta este punto del análisis, el paciente había podido recordar sólo su odio para con los padres por su constante pelear en la noche o por sus deseos sexuales, y su rivalidad celosa de remplazar a su padre o a su madre en la cama matrimonial. Mi interpretación de sus deseos de sueño tranquilo fue el primer paso en la reconstitución de los deseos preedípicos del paciente respecto de su padre y su madre (Lewin, 1955).

En los casos citados, el (o la) paciente tiene por su analista sentimien- tos que no describe ni comunica pero sí pone por obra. Se deshace subrepticiamente de un pañuelo desechable, obra en forma desafiante o se pone a dormir. En los tres se reactúa un trozo del pasado pero el paciente no puede recordarlo y se muestra renuente a analizar su actividad.

Al final, resulta que esa actividad es una desfiguración de un suceso pasado, la acción es un intento de cumplir un deseo. El paciente actúa con el analista lo que querría haber hecho en el pasado. Según mi ex- periencia clínica, la actuación es siempre una recapitulación de un de- seo pasado que no pudo ser realizado en su tiempo. La actuación es así un intento tardío de cumplir un deseo.

La actuación dentro del marco de la hora analítica tal vez no se limi- te a determinado episodio o a un hecho solo y acaso se presente durante largos períodos del análisis. He visto pacientes, en particular candi- datos en formación, que actúan el papel del paciente "bueno" y quie- ren meterme a mí en el del "perfecto" analista. Esto puede durar me- ses y aun años, hasta que uno comprende que hay cierta esterilidad y pobreza en el análisis. Entonces hay que revelar cómo este compor- tamiento es una resistencia y defensa y descubrir la hostilidad subya- cente. He visto una situación paralela en pacientes que mantienen la actitud y el sentimiento de ser mi paciente favorito. Mi paciente soño- liento de las ocho de la mañana era de este tipo. Creía conscientemente ser mi paciente favorito y cuando yo interpreté eso como deseo y necesidad suyos replicó que sabía que mi juramento freudiano me im-

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