3.3 ESTUDIO HISTÓRICO
3.5.3 DESARROLLO DE LA ALIANZA DE TRABAJO 1 Aberraciones en la alianza de trabajo
Empezaré describiendo algunos ejemplos clínicos en que el curso del desenvolvimiento de la alianza de trabajo se apartó notablemente del usual en el paciente psicoanalítico. Empiezo por esto porque en el
200 LA TRASFERENCIA paciente analítico clásico la alianza de trabajo se forma casi impercep- tiblemente, en relativo silencio, y al parecer independientemente de toda actividad especial por mi parte. Los casos irregulares ponen de relieve procesos y procedimientos diferentes que se realizan casi invisiblemen- te en el paciente analítico usual.
Hace unos años, un analista de otra ciudad me envió a un señor inteligente, de edad mediana, que llevaba ya más de seis años de análisis. Ciertas condicio- nes generales habían mejorado en la vida del paciente, pero a su primer analis- ta le parecía que necesitaba más análisis, porque todavía no lograba casarse y estaba muy solo. Desde el primer momento de terapia me sorprendió el que fuera absolutamente pasivo en el reconocimiento y la laboración con sus pro- pias resistencias, y resultó que esperaba que yo se las señalara, como había es- tado haciendo el analista anterior durante todo aquel análisis.
Me impresionó luego el hecho de que en el momento mismo en que yo inter- venía tenía una respuesta inmediata, aunque con frecuencia incomprensible. Descubrí que le parecía obligación suya replicar inmediatamente a cada inter- vención porque creía que sería señal de resistencia, y por ende malo, quedar callado un momento y recapacitar sobre lo que yo había dicho. Al parecer, su analista anterior nunca había reconocido una resistencia en su temor a quedar callado. En asociación libre, el paciente buscaba activamente cosas de que ha- blar, y si se le ocurría más de una cosa escogía lo que le parecía que yo andaba buscando, sin mencionar las demás. Cuando yo le pedía alguna información, solía responder por la asociación libre, y el resultado muchas veces era extra- ño. Por ejemplo, cuando le pregunté cuál era su segundo nombre me respondió que Raskolnikov, lo primero que se le ocurrió. Cuando me repuse de la sor- presa y lo puse en duda dijo que creía tener que realizar una asociación libre. No tardé en tener la neta impresión de que aquel hombre nunca había lo- grado una relación de trabajo con su analista primero. No sabía lo que debía hacer en la situación analítica. Había pasado años acostado frente a un analis- ta, sometiéndose dócilmente a lo que creía que se requería de él, o sea la aso-
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ciación libre constante e instantánea. Paciente y analista habían estado haciendo una caricatura de psicoanálisis. Verdad es que el paciente había tenido algu- nas reacciones de trasferencia regresivas, y de ellas algunas habían sido in- terpretadas, pero la falta de una alianza de trabajo constante había hecho todo el procedimiento amorfo, confuso e ineficaz.
Aunque yo reconocía que la magnitud de los problemas del paciente no po- día deberse sólo y ni siquiera principalmente a los defectos técnicos del primer analista, me pareció que debía proporcionar al paciente una buena oportuni- dad de ver si podía laborar en la situación analítica. Además, este esclareci- miento revelaría de modo más vívido la patología del paciente. Por eso, en los pri- meros meses de nuestra cooperación le expliqué cuidadosamente, siempre que venía a cuento, las diferentes tareas que la terapia psicoanalítica requiere del pa- ciente. Reaccionó como si todo eso fuera nuevo para él y pareció ansioso de
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trabajar como yo decía. Pero pronto pudo verse que él no podía decir sin más ni más las cosas que se le ocurrían, y se sentía impulsado a descubrir tras de qué andaba yo. No podía estar callado y reflexionar en lo que yo decía; temía los espacios vacíos, que señalaban un peligro espantoso. De estar callado po- dría pensar, y si pensaba podría estar en desacuerdo conmigo, y eso equivalía a matarme. Su sorprendente pasividad y docilidad se revelaban como una for- ma de halago, para disimular un vacío interior, una insaciable ansia infantil y una rabia terrible. En un período de seis meses se evidenció de sobra que aquel hombre era de un carácter esquizoide "como si", que no podía soportar las privaciones del psicoanálisis clásico (H. Deutsch, 1942; Weiss, 1966). Por eso lo ayudé a buscar psicoterapia de apoyo con una terapeuta.
Una mujer que yo había analizado durante unos cuatro años volvió al análisis conmigo después de un intervalo de seis años. Ambos sabíamos cuando ella lo interrumpió que quedaba todavía buena parte del análisis por realizar, pero convinimos en que un intervalo sin análisis podría aclarar las insólitas oscuri- dades y dificultades que hallábamos en el intento de hallar una mejor resolu- ción de su trasferencia sadomasoquista, ambivalente, plañidera y apegada a mí. Yo le había propuesto ir con otro analista, porque en general he visto que el cambio de analista es más productivo que la vuelta con el primero. Eso suele presentar insights nuevos en las reacciones de trasferencia antiguas' y además nuevas posibilidades de trasferencia. Pero por razones externas no fue posible, y tuve que remprender su análisis, si bien con algunas reservas.
En sus primeras horas en el diván me sorprendió el extraño modo que tenía de laborar en el análisis. Después recordé rápidamente que eso había sucedido ya anteriormente, sólo que ahora me sorprendió más porque ya había perdido la costumbre; me parecía casi fantástico. Al cabo de un momento determinado en la hora del análisis la paciente se ponía a hablar casi incesantemente, con frases inconexas, parte de recitación de un acontecimiento reciente, alguna fra- se obscena de vez en cuando sin mencionar su rareza, ni que era un pensa- miento obsesivo, y después vuelta a recitar un acontecimiento pasado. La pa- ciente parecía no darse cuenta en absoluto de su extraño modo de hablar y nunca lo mencionaba espontáneamente. Cuando la confronté con ese hecho al princi- pio pareció ignorarlo y después se sintió molesta.
Comprendí que en el antiguo análisis había muchas sesiones o partes de ellas en que la paciente estaba muy angustiada y trataba de esconder su conciencia de esa angustia así como el análisis de la misma. Recuerdo incluso que había- mos descubierto parte del significado y de los determinantes históricos de ese comportamiento. Por ejemplo, su madre había sido una gran parlanchina y hablaba a la niña como a una mayor antes de que pudiera entender. Su incom- prensible parloteo conmigo era una identificación con su madre y un acting out en la situación analítica. Además, la madre había empleado un río de charla para manifestar su angustia como su hostilidad hacia el marido, que era bas- tante callado. La paciente adoptó esta pauta de la madre y la reactuaba conmi-
202 LA TRASFERENCIA ALIANZA DE TRABAJO 203 go en la hora analítica siempre que estaba angustiada y hostil y cuando vacila-
ba entre herirme y apegarse a mí.
Llegamos además a entender que este modo de comportamiento denotaba también una regresión en las funciones del Yo, del proceso secundario hacia el primario, una suerte de "hablar en sueños" conmigo, una repetición del dor- mir con los padres. Este extraño modo de hablar se había presentado muchas veces durante el primer análisis y si bien habían quedado analizados diferentes determinantes, todavía persistió en cierto grado hasta la interrupción de aquel análisis. Siempre que trataba yo de enfrentar a la paciente con un mal empleo de uno de los procedimientos del análisis, sus reacciones, o la aparición de nue- vo material, nos desviaban, Tal vez recordaba ella algún sucedido histórico pa- sado que no parecía hacer al caso, o en las sesiones siguientes aparecían algu- nos sueños o nuevos recuerdos, y nunca llegábamos en realidad al grano de cómo ella no podía realizar alguna parte de la labor analítica.
En su segundo análisis, no me dejé hacer. Cada vez que asomaba la menor señal de aquella charla inconexa, o cada vez que parecía indicado, le planteaba el problema y la hacía atenerse al asunto, por lo menos hasta que reconociera de qué se estaba tratando. La paciente intentó recurrir a todos sus antiguos métodos de defensa contra mis confrontaciones de sus resistencias. Yo escu- chaba por muy breve tiempo sus protestas y evasivas y le señalé repetidas veces su función de resistencia, No laboré con ningún material nuevo hasta no estar convencido de que la paciente estaba en buena alianza de trabajo conmigo. Lentamente, la paciente empezó a enfrentarse a su abuso de la regla básica. Ella misma se convenció de cómo a veces conscientemente, otras preconscien- temente, y otras inconscientemente emborronaba el verdadero objeto de la aso- ciación libre. Resultó evidente que cuando la paciente se sentía angustiada en su relación conmigo se deslizaba hacia su modo regresivo de "hablar en sue- ños". Era como quien dice una "obediencia maliciosa". Era maliciosa porque ella sabía que se apartaba de la verdadera asociación libre. Y era obediencia porque se sometía a aquel modo de hablar regresivo, es decir, incontinente. Esto sucedía siempre,que sentía cierto género de hostilidad hacia mí. Lo sentía
como un impulso de verter sobre mí un río de veneno. Esto la hacía sentir que yo sería aniquilado, perdido para ella, que quedaría entonces sola y asustada. Rápidamente se zambullía otra vez en su charla ensoñada que era como decir- me: "Soy una niñita medio dormida que no es responsable de lo que emite. No me deje; déjeme dormir con usted; sólo es orina inocua lo que sale de mí." ( No examinaremos los otros determinantes porque eso nos llevaría demasiado tejos.)
Era una experiencia fascinante el ver cuán diferentemente avanzaba este aná- lisis respecto del anterior. No quiero dar a entender que la tendencia de esta paciente a emplear defectuosamente su capacidad de regresión en el funciona- miento del Yo desapareciera por completo. Pero mi vigorosa prosecución del
análisis de la defectuosa alianza de trabajo, mi constante atención al manteni-
miento de una buena relación operativa, mi negativa a dejarme desviar hacia el análisis de otros aspectos de su neurosis de trasferencia produjeron sus efec-
tos. El segundo análisis tuvo un sabor y una atmósfera completamente diferen- tes. En el primer análisis yo tenía una paciente interesante y caprichosa que resultaba muy frustradora porque me perdía con frecuencia por sus volubles vericuetos. En el segundo análisis yo seguía teniendo una paciente caprichosa, pero también una aliada que no sólo me ayudaba cuando me perdía sino que incluso me señalaba que iba por un camino errado antes de que yo lo
comprendiera.
Un joven, el señor Z,4 vino a mí en busca de análisis después de haber pasa-
do dos años y medio con un analista de otra ciudad, en un análisis que casi no le había afectado en nada. Había obtenido ciertos insíghts, pero tenía la neta impresión de que su primer analista desaprobaba verdaderamente su sexuali- dad infantil, aunque el joven comprendía que los analistas no tenían por qué despreciar esas cosas. En las entrevistas preliminares, el joven me dijo que le costaba mucho hablar de masturbación y a menudo ocultaba conscientemente ese tipo de información a su analista anterior. Había comunicado a éste la exis- tencia de muchos secretos conscientes, pero de todos modos se negaba tenaz- mente a divulgarlos. Nunca se entregaba de todo corazón a la asociación libre y había muchas horas de largo silencio en que quedaban callados él y su analis- ta. Pero el moda de relacionarse conmigo el paciente, su historia y mi impre- sión clínica general me llevaron a creer que era analizable, a pesar de no haber podido formar una alianza de trabajo con su primer analista.
Me puse a analizar al señor Z y aprendí mucho de sus reacciones negativas al analista anterior, algunas de las cuales se debían al modo de llevar éste el análisis. Por ejemplo, en una de las primeras sesiones en el diván, el paciente sacó un cigarrillo y lo encendió. Yo le pregunté qué sentía cuando decidió en- cender el cigarrillo. Respondió con aspereza que sabía que no debía fumar con su anterior analista y suponía que yo se lo prohibiría también, Le dije al señor Z que quería saber qué sentimientos, ideas y sensaciones tenía en el momento en que decidió encender el cigarrillo. Entonces reveló que se había sentido algo asustado en la sesión y para que yo no lo viera decidió encender el cigarrillo. Repuse que era preferible que esos sentimientos e ideas se expresaran en pa- labras y no con acciones, porque así entendería yo con mayor precisión lo que ocurría dentro de él. Comprendió entonces que yo no le prohibía fumar sino le señalaba que era más útil para el proceso del ser analizado que él se expresa- ra con palabras y sentimientos. Él comparó esto con su primer analista que
le dijo antes de ir al diván que lo acostumbrado era no fumar en él, sin explica- ción, y por ello su primer analista le había parecido arbitrario.
En una sesión posterior, me preguntó Z si yo era casado. Repliqué pregun- tándole que qué creía él. Vacilando me reveló estar jaloneado entre dos series de fantasías, una de que yo era soltero, me gustaba mi trabajo y vivía sólo para mis pacientes, y otra de que yo era casado y feliz y tenía muchos hijos. Prosi-
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guió espontáneamente diciéndome que él esperaba que yo fuera casado y feliz porque así estaría en mejores condiciones para ayudarle en sus problemas se- xuales. Después se corrigió él mismo y dijo que le dolía pensar que yo tuviera relaciones sexuales con mi esposa porque eso era turbador y él no tenía que ver con ello. Yo le señalé cómo, al no responder a su pregunta y preguntarle en cambio por sus fantasías en torno a la respuesta nos reveló cuál era su curio- sidad. Le dije que no respondería a preguntas cuando me pareciera que se ga- naría más con mi silencio, dejándole asociar su propia pregunta.
En este punto Z se puso algo lacrimoso y al cabo de breve pausa dijo que al comienzo de su análisis anterior había hecho muchas preguntas. Su analista anterior nunca respondía ni explicaba su silencio. Este silencio del analista le parecía degradante y humillante, y ahora comprendía que sus propios silencios ulteriores eran represalias por la injusticia imaginada. Después comprendió en cierto modo que se había identificado con el desdén supuesto de su primer ana- lista. Z sentía desprecio por la gazmoñería de su analista y al mismo tiempo estaba lleno de severos reproches para consigo, por sus propias prácticas sexua- les, que a continuación proyectaba sobre el analista.
Fue muy instructivo para mí ver cómo una identificación con el analista an- terior basada en el temor y la hostilidad había deformado la relación de trabajo en lugar de conducir a una alianza de trabajo eficaz. Toda la atmósfera de su primer análisis estaba contaminada por sentimientos y actitudes hostiles, des- confiados y vengativos. Esto resultó una repetición del comportamiento del pa- ciente para con su padre, punto que el primer analista había reconocido e in- terpretado. El análisis de esta resistencia de trasferencia fue no obstante inefec- tivo en parte debido a que el analista anterior trabajaba de modo tal que cons- tantemente justificaba el comportamiento neurótico infantil del paciente y así favoreció la invasión de la alianza de trabajo por la neurosis de trasferencia.
Laboré con Z unos cuatro años y casi desde el primer momento se estableció una alianza de trabajo relativamente eficaz. Pero mi modo de llevar el análisis, que le parecía indicar alguna genuina preocupación humana por su bien y al- gún respeto por su calidad de paciente, movilizó también importantes resisten- cias de trasferencia en una fase posterior del análisis. En el tercer año empecé a comprender que pese a lo que parecía una buena alianza de trabajo y una fuerte neurosis de trasferencia había muchos campos de la vida exterior del pa- ciente que no parecían cambiar de acuerdo con la labor analítica. Finalmente pude descubrir que el paciente tenía ahora una inhibición, sutil pero específi- ca: hacer labor analítica fuera de la hora analítica. Cuando se inquietaba fuera de la sesión se preguntaba a sí mismo qué era lo que le inquietaba. Por lo gene- ral lograba recordar la situación en cuestión. A veces incluso lograba recordar el significado del hecho que yo le había comunicado en algún punto anterior, pero ese insight solía ser relativamente carente de significado para él; lo sentía extraño, artificial y recordado de memoria. No era insight suyo; era mío y por lo tanto desprovisto de significancia viva para él. Por eso estaba relativamente
in albis acerca del significado de los hechos que le turbaban.
Aunque parecía haber formado conmigo una alianza de trabajo en la situa-
ción analítica, era visible que ésta no seguía fuera de la hora analítica. El análi- sis reveló que el paciente no se permitía asumir ninguna actitud, ningún enfo- que ni punto de vista como los míos fuera de la consulta. Le parecía que per- mitir eso hubiera equivalido a reconocer que yo había penetrado en él. Esto era intolerable porque a Z le parecía un ataque homosexual, una repetición de graves traumas de la infancia y la adolescencia. Lentamente fuimos llegan- do a descubrir que el paciente había sexualizado y agresificado el proceso de la introyección.
Este nuevo insight fue el punto de partida para que el paciente empezara a saber distinguir entre las diferentes formas de "recibir". Gradualmente el pa- ciente fue logrando establecer conmigo una identificación exenta de homo- sexualidad, en forma de adopción de un punto de vista analítico. De este modo, una relación de trabajo que no había tenido eficacia condujo al final a un cam- bio importante y duradero. En el tomo si se describirá con más detenimiento el caso de Z.
Finalmente, quiero volver a aquellos pacientes que se aferran a la alianza de trabajo porque les horrorizan los aspectos regresivos de
la neurosis de trasferencia. Estos pacientes forman una relación razona- ble con el analista y no se permiten sentir nada irracional, ya sea se- xual, ya agresivo, o de ambos tipos. La sensatez prolongada en el aná- lisis es una seudosensatez, el paciente se aferra inconscientemente a esa sensatez por diversos motivos neuróticos inconscientes. Veamos un ejemplo.
Durante cosa de dos años, un joven profesional que tenía un conocimiento in- telectual del psicoanálisis tuvo una actitud positiva y razonable para conmigo, su analista. Si sus sueños indicaban hostilidad u homosexualidad, lo reconocía
pero protestaba que él sabía que se debían sentir tales cosas por su analis- ta, pero que "en realidad" no era así. Si llegaba tarde o se le olvidaba pagar la