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Argumentaciones de mi actitud

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 85-88)

Para aclarar mi posición, que se apoyaba en las premisas históricas, quisiera lanzar aquí una breve ojeada sobre la historia de mi patria. Nosotros, los húngaros, somos de origen húngarofinés. Nuestros antepasados llegaron a lo que es hoy nuestra nación, procedentes de la región delimitada por el Don, el Kuban y el Cáucaso. En el transcurso de pocos años consiguieron conquistar la entera cuenca carpática. Se expansionaron hacia Occidente hasta llegar a orillas del Enns. Vivieron allá medio siglo en estrecha vecindad con pueblos cristianos, pero sin mostrarse propicios a abandonar sus costumbres y tradiciones. De vez en cuando aparecían misioneros en el país, pero su evangelización tenía poco éxito. Nuestros antepasados eran gentes guerreras; asaltaban pueblos y ciudades, labrantíos y conventos. Sus expediciones depredadoras les llevaron a profundizar en el territorio de la Europa occidental. Aquello significó a un tiempo su desgracia y su fortuna. El 10 de agosto del año 955, el ejército húngaro sufrió una sangrienta derrota en Lechfeld. Pueblo y país quedaron así abiertos a la cristianización. El príncipe Géza (970-997) fue el primero — por motivos esencialmente políticos — en recibir el bautismo. Llamó también a los misioneros al país. El príncipe fue a partir de entonces «cristiano». Pero como ocurre siempre en épocas de transición, permanecieron también en él impresos los rasgos del pasado; perduraba en su alma, al lado del cristianismo recién adquirido, la antigua condición pagana. Al lado del príncipe estaba su esposa, afín en sus convicciones: belicosa y asimismo dispuesta al aprovechamiento político de la conversión religiosa. Su hijo, sin embargo, el rey

Esteban, nuestro padre, apóstol y santo, no sólo identificó nuestro pueblo con el destino europeo, sino que bebió en una de las más prístinas fuentes del cristianismo que existía entonces: trasfundió a Hungría el espíritu de Cluny y él vivió en dicho espíritu.

Creció el bienestar terreno y floreció la existencia religiosa. En el año 1000, el rey Esteban (997- 1038) recibió del Papa Silvestre la luego tan famosa corona de San Esteban y el derecho de fundar sedes episcopales y conventos. Por doquier se construyeron en el país basílicas e iglesias, por doquier erigieron escuelas los sacerdotes y los religiosos. Poco antes de su muerte, el 15 de agosto de 1038, aquel rey luego santificado, consagró su pueblo y su tierra a la Madre de Nuestro Señor. Nuestra Patria fue así el primer país — 900 años antes del Mensaje de Fátima — confiado a la Virgen. Y durante siglos se ha distinguido oficialmente como el «país de María». El año 1046 marcó la vuelta a los oscuros tiempos anteriores. Se quiso desarraigar por la violencia la cristianización. La guerra civil, el pillaje y el fuego se enseñorearon del país. Pero la Divina Providencia concedió a nuestro país San Ladislao. La ley, la virtud y la Iglesia se fortalecieron bajo su reinado; la vida espiritual adquirió una mayor profundidad. Confesores y mártires fueron el ejemplo de su propia existencia; se extendió la veneración a la Santísima Virgen y en todos los templos se entonaron alabanzas a Nuestro Señor Jesucristo. Ladislao fue hábil como estratega, prudente y sabio como gobernante y previsor como legislador.

Tras Ladislao vinieron las primeras dinastías reales de los Arpados, que dieron a la Iglesia y al país trece representantes declarados santos o beatos. Sólo voy a citar a Esteban, Emerico, Isabel y Margarita; esta última tuvo un papel preponderante en tiempo de los tártaros: La invasión de Hungría por los tártaros, en 1241, puede considerarse como una consecuencia de la lenta desaparición de la fe. La batalla de Muhi fue el primer cementerio de la Hungría católica. Pero camino de este cementerio se reía un pueblo abandonado, que gozaba de la jactancia, las cosas mundanas y la corrupción moral. Ni siquiera durante la Cuaresma creía el pueblo en el sufrimiento de Cristo y cuando transcurrió ia Cuaresma, se enfrentaron en el río Sajó cincuenta mil húngaros y cien mil tártaros.

Sobre los montones de cadáveres de nuestros combatientes, los bárbaros procedentes del Este se aprestaron a lanzarse sobre el resto de Europa. El campo de batalla había quedado convertido en un gigantesco cementerio y el país fue botín de los tártaros.

En aquellos momentos graves, la familia real ofrendó su hija a Dios como expiación de los pecados cometidos y Margarita aceptó con fervor el voto de sus padres. Ingresó en un convento dominico y por espacio de tres años olvidó allá su prosapia real para recorrer con el Señor el viacrucis de los más humildes menesteres domésticos, del cuidado de los enfermos, los duros ayunos y las noches pasadas en oración. Estoy convencido que esta vida de sacrificio reportó bendiciones para la nación. Tras un año de opresión, los tártaros se retiraron. Su Gran Khan había muerto. De esta manera, el Señor ofreció a nuestra nación la posibilidad de renacer. El orden, la ley, la dignidad y la paz reinaron de nuevo en el país. Cuando el rey Bela IV falleció en su palacio, junto al convento de su hija, su reino no sólo estaba salvado, sino que era mayor, más honrado y digno que antes. La ayuda sobrenatural que había hecho posible aquel cambio tenemos que agradecerla a Santa Margarita.

A la dinastía de los Arpados siguió la de Anjou. Bajo el reinado de Carlos Roberto (1308 a 1312) y bajo el de Luis el Grande (1342-1382) fue Hungría una de las naciones dirigentes de Europa. La nación consiguió mantener bajo Segismundo de Luxemburgo esta posición de gran potencia. El general de sus tropas, después regente del reino, János Hunyadi, al que el Papa Calixto III llamó «combatiente de Cristo», consiguió con su victoria decisiva que fracasaran los repetidos ataques turcos. «De no haber existido en aquel momento un Hunyadi», escribió' Bonfini, «habría sonado la última hora, no sólo para Hungría, Austria y Alemania, sino para toda la Cristiandad». Pero tras aquel momento brillante bajo el reinado del rey Matías (1452-1490), el poderío húngaro volvió a hundirse y los turcos obtuvieron la victoria, en 1526, en Mohács. En 1541, Buda, la capital, cayó en sus manos. Así comenzó para una parte de la Hungría occidental y septentrional y toda la gran llanura húngara, la dominación turca que duraría ciento cincuenta años.

Con frecuencia, cuando me dirijo de Esztergom a Budapest y en el camino veo el castillo de Visegrad, pienso en aquel momento pretérito en que se reunieron allá cinco soberanos europeos para tratar conjuntamente sobre el destino de Europa. Creo que existe una explicación para los tiempos de decadencia de nuestra historia: Pannonia era antiguamente un jardín florido, cuidado y mantenido por la Santísima Virgen. Pero cada vez que Pannonia olvidaba esa protección de la Virgen y dejaba de hacerse acreedor de ella, la nación entraba en decadencia y el campo de batalla se convertía en su

tumba.

Los días pretéritos demuestran esta convicción. Las infidelidades a María y las tumbas como la de Mohács tienen demasiada correlación para ser producto de la casualidad. El país de María fue liberado de nuevo por devotos de la Virgen y en especial por miembros de las Congregaciones. Los oficiales de los ejércitos que expulsaron al extranjero de nuestra patria eran en su mayor parte congregantes. Cuando el 2 de septiembre de 1686 sonaron bajo la fortaleza de Buda las trompas de guerra y fue conquistada por los congregantes entre invocaciones de auxilio a la Madre de Dios, los vencedores izaron inmediatamente, después de conquistarla, la bandera mariana en lo alto de la fortaleza. Fue también entonces cuando el príncipe Esterhazy compuso su maravillosa oración que comienza con estas palabras: «Haz mención de nosotros a Dios, Madre Gloriosa, la más grande Mujer de Hungría».

En una ocasión hice un llamamiento a la juventud rogándole que tuviera siempre presente aquellos recuerdos. «Hace unos días me encontraba con el corazón emocionado en la capilla de los franciscanos de Szecseny, donde el cantor de las glorias de María, Rakoczi, asistía diariamente a la Santa Misa y rezaba el rosario con sus pajes en solicitud de protección de la más grande mujer de Hungría. Grabad esta imagen en vuestras almas y seguid en todo momento dicho ejemplo».

En la época amarga de la lucha de liberación, de 1848 a 1849, otro glorificador de María, Ferenc Deák, fue quien benefició al país con la paz, mientras reconciliaba a la nación con la dinastía. Rechazó con energía la petición de que tomara parte en una conspiración e hizo famosa esta frase: «¿Por qué utilizar el veneno cuando existe un medio de salvación infalible?» Su medio de salvación, su consejero y amigo, era su propia conciencia. Y esta conciencia se formó en el amor a nuestra Madre María. Deák llevó hasta el final de su vida el escapulario, consagró pueblo y tierra a la Santa Virgen y rezaba el Rosario antes de las sesiones parlamentarias.

La época moderna introduciría, con las ideas liberales y adversarias de la Iglesia, la indiferencia religiosa y el ateísmo entre nosotros. Se resquebrajó la moral, se rodeó de desprecio y desdén al sacramento del matrimonio y se rebajó el vínculo de su nobilísima finalidad. Que a pesar de todos estos azotes, la nación enferma siguiera con vida fue con toda seguridad una gracia concedida por María.

En el siglo xx, la noche y el temor de dos guerras mundiales se abatieron sobre nuestra nación. Tanto el tratado de paz del Trianon como el de París dejaron una Hungría despojada y derrotada. Una de las muchas heridas ardientes de la nación húngara, acaso la más dolorosa fue que la conferencia de Paz de París rechazara las justas demandas húngaras con una brutal indiferencia. En vez de revisar el tratado de paz del Trianon, que los propios gobiernos y parlamentos de las grandes potencias habían considerado injusto y defectuoso, el nuevo tratado de paz firmado el 10 de febrero de 1947 sustrajo nuevos territorios al país y le ahogó con unas reparaciones tremendamente onerosas.

El tratado de paz del Trianon, firmado en el año 1920, dejó a Hungría 92.833 kilómetros cuadrados de sus 282.870 y 7.980.143 habitantes de los 18.264.533. Con datos estadísticos y mapas falsificados consiguieron a la sazón Benes y Masaryk que las potencias victoriosas desmembraran a Hungría como un «débil y agresivo Estado formado por diversas nacionalidades». El primer ministro británico, Lloyd George, dijo en una ocasión: «Fuimos parciales hacia aquellas naciones que habían combatido de nuestra parte. Les regalamos Danzig, el corredor y algunas partes amputadas a Hungría. Ahí estriba el origen de muchas injusticias. Entregamos a Checoslovaquia ferritorios húngaros, fiados de estadísticas que no se ajustaban a la realidad. Pero entonces se produjo una contraprueba: aquellos territorios enviaron diputados húngaros al Parlamento de Praga». (Sesiones en la Cámara de los Comunes 1935-1936. Tomo 315/201.)

Sobre la base de la estadística de nacionalidades efectuada en 1910, en la Hungría económica, geográfica e histórica, el 54'5 por ciento eran húngaros y el 647 por ciento dominaban el idioma húngaro. El tratado del Trianon desmembró el país como si se tratara de un Estado multinacional. Contradiciendo el principio de autodeterminación proclamado por Wilson, dos tercios del país fueron separados sin que se celebrara plebiscito alguno. De los 10.283.390 habitantes desgajados de Hungría, un 30'2 por ciento eran húngaros, y sólo el 27'4 por ciento, rumanos, el 167 por ciento eslovacos y el 4'1 por ciento, serbios. Se dividió a un Estado nacional para que otros dos Estados nacionales — Rumania y Serbia— se convirtieran en Estados multinacionales y fuera posible la fundación de un tercer Estado multinacional, Checoslovaquia.

nuevos territorios que pasaron a poder de Checoslovaquia, que mantiene así una cabeza de puente sobre la orilla derecha del Danubio. La conferencia de paz de París abandonó al dominio extranjero tres millones y medio de húngaros, sin garantizarles siquiera los derechos de una minoría. Determinó además unas reparaciones cuyo montante hizo decrecer considerablemente el potencial del país y en cuyo nombre procedieron los rusos al sometimiento económico de Hungría. El nuevo tratado de paz correspondió en todos sus extremos a los acuerdos tomados en Yalta y Potsdam, que hacían también a Hungría una presa del comunismo. Esto ocurrió a pesar del tantas veces mencionado segundo punto de la Carta Atlántica: «No deseamos la determinación de ningún territorio que no sea expresada por la libre voluntad de los pueblos interesados».

El 9 de febrero de 1947 escribí un llamamiento: «Los católicos húngaros ven llenos de dolor que la administración internacional de justicia que determina las responsabilidades de guerra, ha dictaminado con severidad y dureza las que atañen a Hungría...» El 10 de febrero de 1947 fue firmado el tratado de paz. Celebramos unas horas de oración en la basílica de San Esteban, en Budapest. Cerré nuestras súplicas con el ruego: «Es Tu divina decisión que las ordenaciones humanas sean perecederas. Por ello, nos dirigimos a Ti desde lo más profundo de nuestra alma, Dios justiciero y a la más grande Mujer de Hungría, espejo de la justicia».

El tratado de paz nos impuso unas desmesuradas y opresivas obligaciones en el pago de las reparaciones, con las que la economía de Hungría quedó totalmente dependiente de la Unión Soviética. Tuvimos que abandonar, además, la esperanza de que al procederse a la firma del tratado, quedara restablecida por entero nuestra soberanía nacional y las tropas soviéticas evacuaran el país. Cierto que el tratado prescribía que, en el plazo de noventa días, todas las tropas de ocupación debían abandonar el territorio húngaro, pero se reconocía transitoriamente a la Unión Soviética el derecho a dejar estacionadas fuerzas en Hungría «para asegurar las líneas de comunicación entre el grueso del ejército soviético y las tropas de ocupación en Austria». Los rusos permanecieron, pues, en el país, sin sentirse mínimamente ligados a ningún acuerdo internacional respecto a la cuantía de aquellas fuerzas y los derechos y jurisdicción que mantenía su comandancia. Esto tuvo como consecuencia que el comandante en jefe del Ejército —mediante una ilimitada intromisión en los asuntos internos de otro Estado— apoyara la dictadura de los comunistas húngaros. Tan sólo esta circunstancia hizo posible la consolidación y el desarrollo de la tiranía.

Tras estas consideraciones, formulé la conclusión de conducir estrictamente a la nación por el camino de la Santa Madre de Dios para proceder así al reencuentro de nuestro pueblo con la fuente de vida de todos los pueblos, Jesucristo Redentor.

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