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Delitos monetarios

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 115-118)

El orden cotidiano estaba invariablemente compuesto por los interrogatorios nocturnos y durante el día, por el encierro en aquella celda falta de aire, llena de humo de tabaco y en la que sonaban las risas y las palabrotas de los cinco guardianes encargados de mi custodia. Algunas veces había un cambio en la escena: faltaba alguno de los habituales oficiales encargados del interrogatorio. Incluso Décsi se hizo sustituir una noche. Las dos anteriores se las había pasado preguntándome, entre sucesivas tandas de golpes, por mis «cómplices». Los interrogatorios que puedo recordar se desarrollaron durante las dos primeras semanas de mi detención. Durante aquel tiempo sabía lo que ocurría conmigo y en torno a mí, tratando de rechazar toda influencia, bien la conociera con precisión o

la intuyera simplemente. Entre mis ver-dugos y yo se abría un horrible abismo; no los odiaba, pero tenía miedo de ellos y debía hacer un gran esfuerzo para sobreponerme a aquel te. mor. Traté de poner de manifiesto, tanto por mis palabras como por mis acciones, la gravedad de su comportamiento, que secundaba los planes trazados por Moscú contra el pueblo húngaro y la Iglesia católica. Insisto en que todo cuanto relato se refiere a lo ocurrido durante las dos primeras semanas, puesto que lo posterior no me ha quedado claro en la mente.

También durante aquellas dos primeras semanas, Décsi me acusó de haber cometido delitos monetarios. Me citó elevadas cantidades en dólares y francos suizos, habló de cheques procedentes de Norteamérica y el Vaticano, pero en el momento del interrogatorio me fue imposible comprender exactamente lo que decía. Muchos años después, cuando llegaron a mis manos los documentos del «Proceso Mindszenty», comprobé que las acusaciones resultaban en sí mismas contradictorias. El «Libro Amarillo» citaba otras cantidades que el «Libro Negro». Las actas, las declaraciones y las motivaciones de la sentencia citaban cantidades que no se correspondían. Sin embargo, se me aparecían bastante transparentes las razones de aquellas acusaciones. Se trataba de presentar como delito las asistencias y enlaces internacionales de la Iglesia católica, pretensión que no era nueva, puesto que ya se había expresado en diversos procesos celebrados durante la época hitleriana. En lo que a mí se refería, el plan era más sutil, pues mediante aquella acusación trataban los comunistas de sentarme en el mismo banquillo de acusados que el príncipe Pal Esterhazy, jefe de la mas rica familia noble del país. De esta manera podría demostrarse a la opinión pública mundial que el primado de la nación, aliado con los más importantes terratenientes del país, quería arrebatar a los pequeños campesinos las tierras que el régimen les había distribuido. Además, tenía la intención de restaurar la monarquía en la persona de Otto de Habsburgo y derribar la República «democrática». En el curso de los interrogatorios me resultó imposible citar de memoria las cantidades recibidas en el transcurso de tres años y destinadas a mitigar las penalidades y sufrimientos del pueblo húngaro. El dinero y los cheques que llegaban a mí eran inmediatamente entregados a la institución que en aquel instante precisara mayor ayuda. Cuando, por ejemplo, el embajador norteamericano Chapín me hizo entrega de 30.000 dólares como donativo del cardenal Spellmann, se los di, en presencia del embajador, al canónigo Mihalovics, quien los distribuyó entre los comedores populares de Budapest y la actividad caritativa general. Décsi aludía a aquellas cantidades. Me acusó de no haber efectuado el cambio de aquel dinero por los cauces normales y haber afectado con ello los intereses económicos del país. Según sus acusaciones, los obispos, los sacerdotes y las instituciones eclesiásticas habían cambiado dinero en el mercado negro y de ello era yo el principal responsable. Al escuchar aquellos cargos, hice acopio de todas mis energías para rechazarlos.

Primeramente destaqué la gran actividad llevada a cabo por «Caritas» en Budapest, las grandes ciudades y las zonas industriales (el lector de esta obra conoce nuestros esfuerzos, que aparecen reflejados en el capítulo «Miseria y Caritas»). Mencioné la situación en los años de la inflación, 1945 y 1946, y subrayé que entonces toda la nación — exceptuada la potencia ocupante y los comunistas — sólo podía subsistir gracias al intercambio de objetos. La Iglesia sostenía, solamente en la capital, 126 cocinas populares, por lo que la adquisición de víveres era sólo posible entregando objetos de valor como intercambio o mediante la oferta de divisas extranjeras. De no haber tenido a nuestra disposición dinero norteamericano o suizo, nos habríamos visto precisados a cerrar nuestras cocinas. Gracias a aquellos fondos fue posible suministrar comida caliente a decenas de millares de personas por espacio de más de dos años y atender asimismo sus necesidades de ropas, medicamentos y combustible. Tan sólo nosotros cuidábamos de los pobres y los enfermos, en tanto que el Estado se desinteresaba de la gigantesca ola de miseria y hambre.

Que esta actividad precisaba medios es obvio. Se necesitaron vehículos, almacenes y personal. En una época en que la mayor parte de las fábricas y empresas se veían obligadas a pagar a sus empleados y obreros en especies, la Acción Católica tuvo que obrar de manera idéntica. El cambio oficial de un dólar apenas habría proporcionado lo suficiente para la adquisición de un kilo de sal o una caja de cerillas. Los donantes esperaban, con toda lógica, que tratáramos de cubrir con aquellos fondos cuantas más necesidades mejor. Por otra parte, según subrayé oportunamente, nuestra actuación no estaba reñida con la moral, ya que el propio Estado extraía de las limosnas que se recibían del extranjero de un setenta a un setenta y cinco por ciento de beneficio. Por añadidura, la legislación sobre moneda extranjera a que Décsi se refería, se había promulgado al final del período de inflación, manteniendo en interés de determinados objetivos del partido la cotización del dólar; por ello, la Iglesia había obtenido apenas del 25 al 30 por ciento del valor real de los donativos en metálico efectuados desde el extranjero. Con toda energía añadí a los argumentos citados las palabras

siguientes:

— Si en Hungría reinaran hoy unas circunstancias normales, el Estado agradecería al catolicismo húngaro su postura, en vez de someter a su representante aquí, en la calle Andrássy, a tormentos y torturas de las que se avergonzarán, sin duda, las futuras generaciones.

Hice constar acto seguido que me había resultado obviamente imposible proceder al estudio de cada orden o decreto ministerial; mi oficina económica estaba compuesta por expertos muy experimentados, que tras el proceso Ordas me habían informado de que podrían proceder a la liquidación de las cuentas de cambio, pues así se lo habían informado los altos funcionarios de los establecimientos bancarios con los que se trabajaba. Décsi repuso a ello que estaba en posesión de otra declaración de mi contable, Imre Boka, y de mi secretario, András Zakar. Solicité de nuevo la presencia de mi abogado para que los funcionarios de las bancas hicieran una declaración en su presencia. Décsi repuso que mi abogado, el doctor Jozsef Gróh, había sido declarado «fascista» y «enemigo del pueblo» y por eso no estaba facultado para actuar en funciones profesionales ante un tribunal popular. (Años más tarde me enteré de que el doctor Gróh había sido encarcelado al mismo tiempo que yo, sin duda para impedir que pudiera defenderme.)

Tras ser rechazada mi petición, expresé el deseo de hablar con el presidente del Colegio de Abogados.

Tan sólo después de mi liberación tuve conocimiento de una declaración del antiguo ministro de Finanzas, Miklos Nyaradi, según la cual el Consejo de Economía había decidido en la primavera de 1947 reconocer una cotización más alta para las divisas extranjeras en posesión de las Iglesias y las organizaciones benéficas. Esta medida «humanitaria» encubría el propósito de no interrumpir la afluencia de aquellos fondos e incrementar en lo posible su entrada en el país. Según Nyaradi, la cotización sobrepasaba inclusive la del mercado negro, donde el dólar se pagaba hasta cuatro o cinco veces su valor oficial. El decreto en cuestión no se publicó, sino que se hizo llegar por cauces muy reservados a los interesados. Tanto el canónigo Mihalovic como los funcionarios bancarios y mis expertos de la oficina económica debieron tener conocimiento de aquella disposición, por cuanto mantenían buenos contactos con el banco nacional.

Para poner fin de una vez a todo aquel tira y afloja, declaré como colofón que lo decisivo era que yo no había empleado absolutamente nada de aquel dinero en mis necesidades personales. Cité como aserto, la letra de cambio endosada a mi nombre y aceptada por mí como pago del cultivo del viñedo propiedad de los bienes arzobispales y que aseguraba al arzobispo y los sacerdotes el suministro de su vino de misa. Estaba bien claro que no se trataba de un gasto particular y que, sin embargo, fue asumido por mí.

En relación con este asunto hay otro detalle. En un interrogatorio celebrado a últimas horas de la noche por el comandante, me preguntó súbitamente:

— Tiene usted un testamento, ¿qué dice? Respondí:

— Todo lo que un cardenal y un príncipe primado tiene que decir a los obispos, a los sacerdotes y al pueblo. Pongo de manifiesto que bastantes cosas que aparecen entre nosotros cubiertas con el manto de la legalidad y se presentan como legales, iban y van contra la ley. Ruego y solicito del pueblo húngaro que permanezca fiel a su pasado espiritual, que ame a su patria y que se atenga siempre a los fundamentos religiosos y morales de la vida. Dispongo asimismo sobre mis pequeños bienes y doy órdenes para mi entierro.

La comisión investigadora demostró inmediato interés hacia aquel texto. Me ordenaron que diera orden al cabildo capitular de Esztergom para que procediera a la entrega de mi testamento a la policía. Me presentaron una orden escrita a máquina para que la firmara. Como me encontraba muy fatigado y no deseaba tener que sufrir nuevos golpes con la porra de goma, acepté firmar. Fueron a buscar mi testamento, aunque en las sesiones del proceso no lo citaran siquiera. Sin duda, decepcionó a las autoridades que no contuviera referencias a grandes bienes y la fortuna personal que ellos suponían. El interrogatorio terminó, como era habitual, al despuntar el día. Recuerdo que Décsi volvió a en- cogerse de hombros, pues todo lo que yo había dicho era igual que nada si se comparaba con la confesión que ellos habían preparado.

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