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La primera escena

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 130-132)

costumbre, inquirió los datos personales y se examinaron los escritos que acreditaban a los defensores. Luego se procedió a la lectura de las acusaciones a los presentes. Tres de aquellas acusaciones hechas por el fiscal me implicaban concretamente a mí. Se me acusaba de:

1.° Ser el jefe de una organización que planeaba el derrocamiento del Estado. 2.° De haber ejercido espionaje contra el Estado húngaro.

3.° De haber empleado ilegalmente fondos procedentes del extranjero.

Sospecho que el pliego de cargos había sido redactado por la policía y entregado al nuevo fiscal poco antes de que se iniciara el juicio.

Tras la lectura de la acusación, Olti procedió a la lectura de la carta que yo había dirigido, influido por Décsi, al ministro de Justicia. Mi asombro fue grande al escuchar lo que se decía. Se trataba de una falsificación. Tanto el contenido como el estilo así lo evidenciaban, pero en aquellos momentos hubiera sido superfluo tratar de demostrarlo.

Transcribo a continuación el texto de la citada carta, según se publica en el «Libro Negro»: «Señor ministro de Justicia:

»Transcribo al señor ministro de Justicia mis saludos, al tiempo que la respetuosa solicitud de que proceda a una detallada investigación de mi caso. Desde hace un tiempo se me hace repetidamente la acusación de que he obstaculizado y dificultado un pacífico entendimiento entre Estado e Iglesia y he combatido el orden constituido con mi actitud hostil. Por lo que atañe a la primera de estas acusaciones, es un hecho que he puesto de relieve tales presunciones. Es mi propósito, sin embargo, efectuar las oportunas rectificaciones para conseguir una pacificación de los espíritus. Dada la inminencia de mi comparecencia ante el tribunal, reconozco de una manera voluntaria haberme ocupado en las actividades a que se refiere la acusación, de acuerdo con el código penal del Estado. En el futuro, contemplaré las actuaciones internas y externas del Estado con el respeto que merece la plena soberanía de la República húngara.

»Tras este reconocimiento por mi parte y la declaración hecha por mí, no me parece ser necesariamente imprescindible una negociación sobre mi persona. Por ello trato, en consideración al cargo que ocupo y no a mi persona, no traer a colación mi postura a raíz de las negociaciones del 3 de febrero. Semejante conclusión podría facilitar mayormente la solución de las cosas que todo lo demás, más inclusive que la más justa sentencia del tribunal.

«Después de una serena meditación que ha durado treinta y cinco días, declaro también que la reconciliación ha podido verse afectada por esta actitud mía ya mencionada. Por otra parte, considero que es urgente la consecución de una auténtica paz entre Iglesia y Estado. Yo mismo participaría en el logro de esta paz, en el espíritu de las enseñanzas y preceptos de la Iglesia, si precisamente en el problema de la pacífica colaboración no se hubieran exteriorizado tantas quejas sobre mí. Para que mi presencia no sea un obstáculo para la paz y puedan ponerse todas las fuerzas a contribución para eliminar estos obstáculos, me declaro de una manera voluntaria y sin ser sometido a presión alguna, dispuesto a suspender provisionalmente la actividad de mi cargo.

»Si la asamblea episcopal considera en su totalidad la conveniencia de llegar a esta pacificación a que me he referido, no quiero cruzarme en su camino. Tampoco me opondré a que esta reconciliación sea una realidad por parte de la Sede Apostólica, que tiene la última palabra en este problema. Hago esta solicitud con la convicción de que una pacificación sólo puede reportar ventajas, tanto a la Iglesia como al Estado, y que sin ella, amenazan al país la desunión y la ruina.

«Reciba usted, señor ministro de Justicia, el testimonio de mi más distinguida consideración. »20 de enero de 1949.

JOZSEF MINDSZENTY.»

Estaba fuera de dudas el propósito de la policía de conseguir con aquella carta mi máxima humillación; de provocar en la sala del tribunal la sensación de que el escrito de acusación se me había entregado anticipadamente y extender la opinión de que estaba en mi ánimo librarme de la responsabilidad y dejar a mis sacerdotes en la estacada. Quizá intentaba demostrar asimismo la carta mi «inexperiencia y desconocimiento» en los asuntos legales. El presidente del tribunal dio a la citada carta el valor de «una propuesta de sobreseimiento» y concedió la palabra al «sabio» Alapi con el

ruego de que se expresara sobre mi petición. Éste aclaró que lamentaba no encontrar ninguna posibilidad de acceder a esta propuesta de sobreseimiento hecha por el principal acusado, con la que el citado acusado no parecía proponerse, sin duda alguna, más que una obstrucción del proceso. Solicitaba por ello la continuación del mismo.

Aquellas decisiones de Alapi habían sido también preparadas de antemano. Tenía que rehuirse toda impresión de ilegalidad y evitar cualquier mención de los tormentos aplicados. En opinión del régimen, cada cual tenía que decirse: quien piensa en un sobreseimiento o un aplazamiento de las sesiones no está con toda seguridad en sus cabales. Allá donde se ofrece al acusado la posibilidad de hacer determinadas peticiones, está previsto con exactitud por la propia reglamentación del orden procesal. Sobre ello expresó asimismo mi defensor su opinión: «La petición del acusado principal para un aplazamiento de las sesiones del juicio, en lo que a su persona se refiere, está bien fundamentada... Dispensar el aplazamiento solicitado en la carta del príncipe primado, no representa obstáculo alguno».

Esta declaración de mi «defensor», el abogado Kiczkó, había sido asimismo prefabricada. La opinión pública tenía que quedar convencida de que ante el tribunal estaban representados con toda igualdad los intereses de los acusados.

Era asimismo deseo de la policía que «mi carta» sirviera para quitar fuerza o hacer enteramente nula la declaración que yo había efectuado antes de mi detención.

En mi petición se decía: «...reconozco voluntariamente que las acciones que constan en los cargos, fueron esencialmente llevadas a efecto».

En mi declaración antes citada, había dicho: «No renuncio a mi sede arzobispal. No tengo nada que reconocer ni nada que firmar. Si a pesar de todo, hiciera una «confesión» y la ratificara con mi firma, se trataría únicamente de una manifestación de debilidad humana y de antemano declaro nula una confesión de este tipo».

El tribunal popular se ocupó en aquellos momentos por entero con el problema del sobreseimiento o aplazamiento. Mi «solicitud» fue rechazada. Se interrumpió el juicio, me sacaron de la sala y comenzó el interrogatorio de otro de los acusados, el profesor universitario Jusztin Baranyay. Durante el tiempo que duró aquel interrogatorio, permanecí en otra estancia bajo fuerte vigilancia.

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