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En Püspokszentlászlo

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 170-173)

Salimos de la cárcel. A mi lado, vestido de paisano, se sentaba el coronel Rajnai. Aprovechó la ocasión para mostrarme el proyectado Gran Budapest en construcción y la llamada «Ciudad Stalin», en las proximidades de Dunapentele. Denominaban «Ciudad Stalin» a un grao complejo de unas once mil yugadas. No era una ciudad corriente, sino «una ciudad socialista que incluía una planta productora de acero» cuya producción de hierro y acero sobrepasaba en un tercio a las que salían conjuntamente de las demás del país. Había allá comercios, escuelas, comedores, hoteles, cines, centros de ordenación, un hospital, una casa de la cultura, un museo, un edificio de oficinas, un estadio deportivo, un parque de recreo, un escenario para representaciones al aire libre y ciento sesenta hectáreas de bosque entre las plantas siderúrgicas y la ciudad.

Esta ciudad tenía 30.000 habitantes, pero no se había construido una sola iglesia, ni se celebraba en ella oficio divino alguno. Pertenecía a la serie de creaciones de Rakosi. Quizá pensaba en algo semejante cuando a su regreso a Hungría, en 1944, había declarado: «Llegaremos hasta las estrellas».

Bastaron cinco años para que aquella ciudad cambiara, en 1956, el nombre de Stalin, para que aquella moderna Babilonia bolchevique sostuviera la más enconada lucha contra el espíritu staliniano de su nombre originario.

Dios está en todas partes. Dios está asimismo presente allá donde los poderosos de este mundo lo han querido expulsar. Me fue posible leer, el 30 de diciembre de 1956, en el periódico comunista del condado, que con autorización de la oficina de asuntos eclesiásticos y con la adquiescencia del organismo local del partido, se había celebrado la Santa Misa en el vestíbulo de la escuela general de la «Ciudad Stalin».

Püspókszentlászlo, donde me habían trasladado, se encuentra a una distancia aproximada de trece kilómetros de Pécs, en la falda del monte boscoso de Zengó. Es una pequeña localidad, en realidad un suburbio de Hetény y tiene tan sólo 108 habitantes. A principios del siglo XVIII, el obispo de Pécs se hizo construir allí una residencia veraniega y me habían asignado aquel lugar. La declaración del gobierno afirmaba que el propio episcopado había elegido aquel lugar cediéndolo para mi larga Permanencia en él. Esto no correspondía a la verdad, pues lo cierto era que el Estado había

confiscado aquel castillo desde hacía largo tiempo.

Subimos a Hetény y tuvimos previamente que trasladarnos a un vehículo todo terreno, pues el camino no resultaba practicable para un automóvil normal.

El lugar había permanecido hasta aquel momento cerrado a los Progresos de nuestro siglo. Atravesamos unos cuatro kilómetros de terreno montañoso, cubierto de árboles y atravesado por varios riachuelos. En honor a mí se había rodeado el castillo de un nuevo vallado de tronos como señal de que allá me esperaba una especie de cautiverio.

Cuando iba a subir por la escalera, sufrí un ataque al corazón. El Joven médico, llamado doctor Sugár, que me había acompañado hasta allí me atendió, obligándome a tomar asiento y ordenando que descansara media hora en la planta baja. El administrador del lugar, un hombre que parecía lleno de buena voluntad, acudió presuroso y se presentó. Se llamaba Angyal, que significaba «ángel», de manera que acostumbraba luego a dirigirme a él llamándole «mi ángel». Tenía, pues, un «rayo» (Sugár)y un «ángel» en Angyal. Me ayudaron a subir al primer piso, donde habían puesto a mi disposición dos habitaciones que se hallaban en buen estado, con excepción de los lavabos, de las conducciones de agua y la instalación eléctrica.

Entretanto, los que me habían acompañado desde Budapest examinaban en una habitación del piso bajo mis maletas y papeles. Elevé mi más enérgica protesta, pues en la cárcel me habían prometido que todo cuanto escribiera era y seguiría siendo de mi completa propiedad. Pero tanto esta observación como la protesta no sirvieron de nada.

El coronel me precisó luego que mientras no se opusieran los agentes de la policía secreta (AVO) allá acantonados, me estaba permitido asomarme al balcón y pasear por el jardín. De todos modos, tenía que solicitar permiso. Cuando respondí que renunciaba al balcón y el jardín, se alejó y regresó a la media hora con la notificación de que podía salir al balcón y pasear por el jardín a mi entero antojo. Mi madre podía visitarme. Estaría a su disposición una habitación propia y ella misma podría determinar la duración de su visita. Al despedirme, me destacó que eran unos carceleros caballerosos. Sólo pude responderle que con ello se situaban a idéntico nivel de los Habsburgo, a los que tantos re- proches hacían, y mi suerte recordaba la del obispo Telekesi de Eger, que tras la derrota en las luchas de liberación, fue sometido a cautiverio. El rey José I le facilitó un sacerdote como católico y su suerte permaneció invariable bajo su sucesor Carlos III. El coronel no añadió palabra a lo dicho por mí y se marchó, aunque apareció de nuevo el día 20 de julio para entregarme un traje talar.

Con posterioridad acudió también un sacerdote que me presentó unas credenciales del administrador apostólico de Esztergom. Había sido con anterioridad párroco en Budapest, y le habían alejado de su parroquia. El régimen de Rakosi había derribado su templo «Regnum Marianum» para conseguir espacio para un monumento a Stalin.

Por fin tenía otra vez a un sacerdote consagrado junto a mí, en el altar, sentado a mi mesa y acompañándome en mis paseos.

Tan sólo los días de fiesta eran para mí días de «clausura». El pueblo que acudía a los oficios divinos en el templo del castillo no debía verme.

Junto a la iglesia estaba, en un declive, el cementerio, por el que experimentaba singular atracción. Recordaba que había también cementerios junto a la cárcel general y la prisión. El cementerio sugiere graves pensamientos. Me preguntaba con frecuencia cuándo terminaría mi existencia de recluso. No me iba ahora nada mal en cuanto se refería a comida y bebida, aire y movimientos. Tan sólo los policías ponían ¿e vez en cuando rostros mohínos, cosa fácilmente comprensible. Estaba aislados y apenas podían mantener contactos con su familia y el resto del mundo. Además, tanto el médico como el resto del personal se quejaban en sus informes al ministerio de las condiciones insalubres en que vivíamos. En mi equipaje había encontrado, además de mi reloj de bolsillo, los cuarenta y nueve florines y mi ropa interior. Encontré también un pequeño paquete con la inscripción «muy confiden- cial». Me pregunté intrigado qué contendría y al abrirlo hallé en primer lugar una fotografía de mi madre. Me la había dedicado con todo amor en el año 1950, sin que llegara entonces a mis manos. También había un escrito de la Cruz Roja Internacional, que se interesaba por mi estado de salud y cartas procedentes del extranjero que solicitaban mi firma como prueba de que estaba aún con vida. Encontré asimismo dictámenes médicos, comunicaciones de la comandancia, instrucciones referentes a las visitas de mi madre a Vác, etc.

Aquel paquete «muy confidencial» me reportó más tarde, en Peteny, grandes dificultades.

Mi sacerdote me informó muy minuciosamente de lo ocurrido durante los siete años que yo había permanecido separado del mundo. Me habló de los sacerdotes, los presos, los fallecidos, los que habían permanecido fieles y aquellos cuya fidelidad había vacilado. Me contó detalles sobre el decrecer de la vida religiosa en la capital y sobre las clases de religión que se impartían con dificultades cada vez más crecientes. Una gran noticia fue para mí saber la proclamación de la Asun- ción de la Virgen y la santificación de Pío X. El sacerdote recibía regularmente dos periódicos y poseía también un aparato de radio. Eran las fuentes de sus informaciones, que me comunicaba a pesar de tenerlo expresamente prohibido.

El 10 de octubre y en el mayor de los secretos, el arzobispo Grósz, de Kalocsa, fue llevado también allí. Le asignaron las estancias que ocupaba el sacerdote, y éste, por su parte, pasó a las reservadas para mi madre. De esta manera y a pesar de las anteriores promesas, no le fue posible quedarse a mi madre, en su segunda visita, más de un día. Me alivió algo el detalle de que pudiera hablar con ella sin la presencia de carceleros.

Al día siguiente vi desde mi ventana al arzobispo Grósz, que regresaba de su paseo en compañía de sus vigilantes. Contemplaban los peces y las ranas del estanque. Salí al balcón y dos cautivos se vieron por vez Primera en seis años. Éramos presos antiguos y experimentados, por lo que sabíamos que no debíamos saludarnos. A pesar de ello, visité tres veces al arzobispo Grósz en las semanas siguientes. También intercambiábamos correspondencia. Me interesaba sobre todo conocer la época comprendida entre los años 1948 y 1951, es decir, aquella que Mayores dificultades había reportado para la Iglesia. La primera vez ^e llamé a su puerta y penetré en su habitación, pareció muy sorprendo. Conocía la prohibición de vernos y mucho más hablarnos. Me preguntó cómo lo había conseguido. Le dije que una condena a cadena perpetua no podía prolongarse más allá de los propios límites de la vida, por lo que me había decidido a correr el riesgo. Era por demás bastante fácil:

— Cuando en la planta baja alguien comienza a subir la escalera, el ruido de los crujidos llega hasta el primer piso. Así es que bastará con separarnos antes de que lleguen los guardianes. He enviado, además, al sacerdote abajo, a buscar los periódicos. Sin duda, el policía de guardia se los da en estos momentos. Pero no podré utilizar siempre esta estratagema. Echaré cartas por debajo de la puerta y le ruego que cuando oiga unos golpes en la puerta, me eche a su vez la respuesta.

Así es como intercambiábamos de tres a cuatro cartas diarias.

La casa no era por otra parte un sanatorio, tal como las autoridades se esforzaban en difundir por todo el país. Era evidente que se había invertido dinero en la decoración; el edificio tenía que dar buena impresión. Habían trabajado pintores, se habían llevado muebles, alfombras y cortinas y plantado arriates de flores en el jardín. Pero los esfuerzos de los «decoradores de interior» y el jardinero no podían cambiar el hecho de que nos encontrábamos en una región de lluvias abundantes y humedad nada sana. Abundaban los días de agobio, que llegaban a hacerse interminables. La casa tenía también «realquilados», pues estaba llena de ratones. Por orden superior, el administrador ordenó el 8 de octubre de 1955 que empaquetara mis cosas. Esperamos otras tres semanas y finalmente, en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, llegaron unos camiones. Se desalojó el edificio. Tan sólo permanecieron sin tocar las dos estancias del arzobispo Grósz y una de las mías. Al anochecer el día 1 de noviembre de 1955 aparecieron dos caballeros desconocidos para mí, que por orden del ministerio efectuaron mi traslado a la clínica de Pécs. El médico que me reconoció se mostró enteramente satisfecho.

En Püspokszentlászlo no nos dieron de cenar, pues mis acompañantes, mientras se procedía a mi reconocimiento, se dedicaron a despachar la cena. Yo recorrí con ellos veintidós kilómetros sin probar bocado. En la carretera nos cruzamos con los camiones que transportaban el mobiliario de nuestras habitaciones.

El 2 de noviembre, después de haber atravesado la capital, llegamos a las cuatro de la madrugada a Felsopeteny, nuestro nuevo lugar de residencia. Algunas muchachas jóvenes, de aspecto elegante, preguntaron dónde tenían que servirme la cena. Había dos estancias y por eso lo preguntaban.

— Muchas gracias, no quiero nada. — ¿Por qué?

En el pasillo, las sirvientas y los desconocidos que me habían acompañado discutían la situación. Las muchachas insistieron en que la cena estaba servida.

— Gracias. No quiero nada. Voy a decir Misa. — ¿Ha comido usted algo esta noche? — No.

— ¿Y no tiene usted apetito?

— Cuando un sacerdote tiene que celebrar el Santo Sacrificio de la Misa es poco importante que tenga o no apetito.

Las sirvientas se marcharon y también se alejaron los lacónicos desconocidos.

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 170-173)