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UNA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EMBOZADA

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 61-63)

En nuestras cartas al presidente del Consejo calificábamos los ataques a las asociaciones juveniles como una vulneración grave a la libertad religiosa. Sin embargo, tanto la prensa izquierdista como los dirigentes de los partidos marxistas consideraban aquellas medidas como urgentes y de acuerdo con su programa de reformas político-sociales. Si señalaban este carácter «reformista» era especialmente con vistas al eco que las medidas podían tener en el mundo libre y especialmente cerca de las potencias occidentales cuyas misiones militares seguían presentes en Hungría. A partir del verano de 1946, la vida de la Iglesia conoció otras restricciones en otros diversos campos. El 20 de junio de 1946 nos vimos obligados a suprimir la procesión de Corpus Cristi. Las autoridades no nos dieron la autorización necesaria para efectuar el recorrido habitual y sólo en el último momento se nos abrieron unas calles en los alrededores inmediatos de la basílica. Era evidente que se temía sobre todo la profesión de fe pública que significaba el cortejo en sí mismo.

Por mi parte, me creí obligado a mencionar aquella persecución religiosa en la asamblea general de San Esteban, celebrada el 7 de noviembre de 1946. Por razones tácticas fáciles de comprender, hice mayor hincapié a mis oyentes en las acciones de los nazis que de los soviéticos. Pero mi exposición sirvió para abrir los ojos de muchos diputados del Partido de los Pequeños Propietarios y sus dirigentes locales. Incluso algunos miembros socialdemócratas y del Partido Campesino quedaron impresionados por la verdad de los argumentos. Quiero transcribir aquí algunos pasajes de aquella exposición:

«En extensas partes del mundo se aparece ahora dispuesto a regatear a la Iglesia su entera libertad. Como ocurre con la libertad seglar, no es mayor la libertad de la Iglesia allá donde se habla más intensamente de ella. La libertad religiosa y la libertad humana son, por el contrario, aherrojadas de manera conjunta en tales lugares. Elocuente testimonio de lo antedicho son los tres primeros siglos de nuestra Era, la Revolución francesa y la época de Hitler.

»En el transcurso de la historia, la Iglesia no sólo ha defendido, difundido y proclamado su magisterio, sino que ha hecho valer también sus títulos y en especial ha cuidado de que el Estado no la sometiera a su dependencia. Los Pontífices han venido condenando a lo largo de los siglos las diferentes doctrinas que trataban de consagrar esta dependencia (cesaropapismo, galicanismo, febronianismo, josefinismo, monopolio estatal de la justicia, poderes totales para el Estado) y hacer de la iglesia tan sólo un anexo y una servidora del Estado. En todo tiempo Se ha opuesto la Iglesia a la intromisión estatal, tanto si esta intromisión se efectuaba en los terrenos de la fe como en los de la organización o administración de la propia Iglesia.

»En nuestra época, la lucha contra la Iglesia ha adquirido nuevas fórmulas. Antes se quitaban las iglesias a los fieles; ahora se quitan los fieles a las iglesias. En sus doce años de dominio, el hitlerismo —doctrina satánica, según el cardenal Faulhaber — trató de todas las maneras de desmantelar así a la Iglesia.

»Este proceso persecutorio comenzó con un engaño: la firma del Concordato. La consecución de este acuerdo no impidió que muy pronto se obstaculizaran los contactos entre Roma y los obispos, aumentaran las trabas puestas a la libertad de los cristianos y se fuera llevando a efecto, de una manera metódica, un plan de lucha y coacción. El objetivo era la descristianización de la vida pública. Para la labor preparatoria de esta lucha se utilizaron todos los medios: prensa, teatro, cine, radio, exposiciones, columnas anunciadoras, organizaciones del Partido y altavoces de todas clases. Sin embargo, a la Iglesia se la privó de la libertad de prensa, palabra y reunión y dejaron de existir los secretos postal, telefónico y de confesión. Nuevas sectas y sacerdotes renegados se aliaron con los agitadores del Partido en la lucha contra el magisterio de la Iglesia. Se obligó a la apostasía y mediante la utilización de un vocabulario impertinente (sangre, raza, pueblo, Estado, Führer, Frente Negro) se desencadenó una gran campaña propagandística contra Roma, contra los obispos alemanes, el clero alemán y los seglares fieles a Roma. La ley dejó de ofrecer protección alguna y no era posible disponer de los medios legales.

»Al principio, los perseguidores se mostraban cautos, pero luego se hicieron brutales, insidiosos, encarnizados. En reuniones y actos públicos, los obispos fueron calificados de mentirosos, falsarios y traidores a la patria. Se llegó a la agresión callejera y al asalto, como en el caso del palacio episcopal de Munich. Procesos por tráfico de divisas y presuntas faltas morales contribuyeron a hacer realidad los objetivos del Partido. Se minaron los fundamentos económicos de la Iglesia y se combatió la llamada Iglesia "politizada" bajo el pretexto de que los obispos y clero simpatizaban con los "rojos". El gobierno, los ministerios del Interior y Justicia, la policía y la Gestapo, así como en general el Partido, impidieron las prédicas, los servicios divinos, la actividad espiritual y la actuación eclesiástica en las escuelas. Se pusieron grandes obstáculos a la actuación docente de los seminarios y a la benéfica de "Caritas". Las autoridades obligaron a la dimisión de los profesores y maestros que no ocultaban sus ideas religiosas; se quitó el Crucifijo de las escuelas, suprimiéndose asimismo la oración, la asignatura de religión y en general, toda clase de actividades religiosas. Se coartó en lo posible la comunicación y circulación de las cartas pastorales. Se procuró mantener la confusión entre la población creyente mediante declaraciones muchas veces contradictorias entre sí. El ministro de Asuntos Eclesiásticos, Kerrl, aseguraba todavía en el año 1937 que ningún sacerdote se había visto en dificultades por el ejercicio de su ministerio, que no se había impedido en ninguna ocasión la celebración de la Santa Misa y que no se había prohibido la celebración de clases en ninguna escuela católica. Sin embargo, diversas asociaciones fueron prohibidas y calificadas de enemigas del Estado por haber localizado en su seno "traidores al servicio de Moscú". Tan sólo cuando alguno de esos miembros sospechosos era objeto de expulsión por la propia directiva de alguna de las asociaciones puestas en entredicho, podía proseguir sus actividades la asociación en cuestión. Las prohibiciones llegaron a alcanzar a las reuniones de coros y concentraciones para la lectura de la Biblia, en el caso de que no hubieran sido notificadas un mes antes de su celebración.

»Tan sólo en la archidiócesis de Breslau se procedió a la confiscación, en el transcurso del año 1941, de sesenta conventos e internados religiosos. Mil seiscientas monjas bávaras quedaron sin techo.

»Las autoridades acometieron luego las medidas más extremas y llegaron a la clausura de numerosos templos y al internamiento de sacerdotes en Dachau y otros campos de concentración. En el mes de marzo de 1945 se hallaban internados en aquellos campos un total de mil novecientos cuarenta y tres sacerdotes católicos alemanes y extranjeros; entre ellos se contaba un arzobispo, dos obispos, dos abades mitrados, cuatro conónigos, cuatrocientos ochenta y dos párrocos y trescientos cuarenta y dos vicarios.

»Tras la preparación del terreno, se quiso alejar a la juventud de la Iglesia. Desde el principio, la Juventud Hitleriana prohibió a sus miembros la participación en las procesiones del Corpus. Luego se convocó a la juventud para la práctica de ejercicios gimnásticos a la hora de los oficios divinos del domingo. Tanto las instrucciones secretas de Bormann para proceder al completo exterminio de la Iglesia, como las consignas no menos secretas de la Gestapo que indicaban la presunta enemistad de la Iglesia hacia el Estado como razón para tal aniquilamiento, sola dos signos demostrativos de que la hirviente enemistad de Voltaire hacia la Iglesia había sido ampliamente superada.

»Se plantea hoy el problema: ¿proseguirá esa diabólica lucha contra la Iglesia? ¿Continuará alguien esa ofensiva de Hitler, tan decididamente condenada?

sacerdotes y fieles. Particularmente queremos destacar la fidelidad de la juventud. La decidida firmeza de los obispos, la decisión del clero, el valor de los fieles y la conciencia del deber de la juventud, dan hoy derecho a los católicos alemanes para afirmar: La Cruz subsiste, la cruz gamada pertenece al pasado".

»En este momento de introspección hacemos para nuestro país y su iglesia las siguientes determinaciones:

»1. Hay movimientos e ideologías que vienen al mundo con la consigna de "libertad", pero una vez desplegadas sus banderas, no tardan en revelarse como sepultureros oficiales de esa misma libertad. La persecución de la Iglesia tiene dos rostros, a manera de Jano: una faz es expresión de la gloriosa libertad; la otra tiene la sombría mirada de las tiranías.

»2. Diversas cartas y textos garantizan al mundo entero la libertad religiosa, tal como ocurre entre nosotros. El día 30 de enero de 1946, el Parlamento garantizó a cada ciudadano las libertades básicas. Entre otras, se mencionaron textualmente las siguientes: libertad personal, derecho de asociación, libertad de religión y opinión, participación en la existencia del Estado y la administración, derecho aí trabajo, a la seguridad, a la subsistencia y a la educación. Se declaró expresamente que "nadie podía suprimir o poner en suspenso estos derechos sin un previo procedimiento legal". Y un diputado marxista declaró con toda solemnidad: "Saludamos con calor la propuesta de estos principios jurídicos. Significan una declaración más elevada de los derechos humanos".

»La cruz de la Iglesia es una herencia humana. Su verdadera y completa apoteosis pascual no ocurrirá en este mundo, sino sólo cuando se rompan los hilos de la historia del mundo y este mismo mundo sea objeto de juicio, cuando sean juzgados los enemigos y los hijos de la Iglesia, cuando brille la Cruz y las puertas eternas se abran, cuando la Iglesia combativa y sufriente se convierta en la Iglesia triunfante. Hasta entonces nos fortalecerán las palabras de la Revelación: "Sed confortados, he vencido al mundo" (Juan 16,33). Las puertas del infierno no se abrirán jamás a la Iglesia».

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 61-63)