• No se han encontrado resultados

Intento de un acuerdo

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 177-184)

El 28 de abril falleció tras larga enfermedad el arzobispo de Eger» doctor Gyula Czapik. Tras mi detención era provisionalmente jefe de la conferencia episcopal. No deseaba, de manera alguna, ir a parar a Ia cárcel. (Así se lo hizo constar al arzobispo Grosz.) Un juicio sobre esta postura sólo depende de Dios y no de los hombres. Tan sólo una salud fuerte puede resistir, siquiera con dificultad, la cárcel, y su constitución débil y enfermiza, no estaba hecha con toda seguridad para ello.

Quienes detentaban el poder no se mostraron muy piadosos en el acto de su entierro en Eger. También la prensa comunista informó de su fallecimiento. La situación eclesiástica seguía siendo muy complicada: dos arzobispos, uno de ellos cabeza legal del episcopado, estaban encarcelados. En cuanto a Lajos Shovoy, el obispo de mayor edad de Széjcesfehérvár, no mostraba, según llegó a mis oídos, excesiva disposición para asumir la presidencia de la conferencia episcopal en mi ausencia, gl régimen no veía con buenos ojos aquella posibilidad, ya que pasaba por ser un «partidario de Mindszenty». Tuve por lo tanto la impresión de que se efectuaría la liberación de un arzobispo. Asustaban las críticas que podía producir en el extranjero el hecho de que de los tres arzobispos húngaros, uno hubiera muerto y los otros dos estuvieran recluidos. A pesar de que el padre Toth, que estaba a mi servicio, creía con toda certeza que yo sería puesto en libertad, mi convicción iba en sentido contrario y tenía la certidumbre de que yo no sería a quien liberaran.

También los restantes obispos dudaban que me levantaran el cautiverio sin formular algunas condiciones que resultarían inaceptables. Yo tenía el conocimiento de que el arzobispo József Grósz había entablado en Püspokszentlászló negociaciones con los comunistas. A mediados de febrero de 1956 lo alejaron de donde nos hallábamos para trasladarlo a una parroquia de la diócesis de Vác llamada Tószeg. Fue autorizado para establecer allí cuantos contactos quisiera y podía desplazarse y moverse sin impedimento alguno. Más tarde hizo declaraciones a unos periodistas extranjeros en las que manifestó su propósito de seguir el ejemplo dado por el fallecido arzobispo Czapik. Era evidente que le habían exigido que dijera aquello. Se refirió a mí para desmentir los rumores extendidos por la prensa extranjera según los cuales iba a ser trasladado de nuevo a una cárcel. El fiel y bondadoso arzobispo Grosz trató de mantener a su manera el buen rumbo de la nave de la Iglesia húngara y sortear con fortuna los tan peligrosos acantilados. «Sacerdotes de la paz» que en los tiempos de su condena se habían unido a sus enemigos y calumniadores, se contaron muy pronto entre aquellos que entonaban a coro sus elogios.

Es evidente que silenció algunas injusticias, pero se esforzó en preservar a la Iglesia de mayores desgracias y nuevos procesos. En las circunstancias que imperaban, no era esto posible de una manera absoluta, Por lo que su actitud contemporizadora debilitó más que fortaleció su Posición. Pronto se vieron los «sacerdotes de la paz» en disposición de Rescindir del episcopado en colegialidad y de los sacerdotes fieles a la Iglesia y causar así mayores daños a ésta.

Tras la marcha del arzobispo Grosz, no me visitó nadie por espacio de siete meses. Aquello no me angustió en lo más mínimo, aunque se tomara el hecho como razón para proyectar mi traslado a Petény, diciéndome que aquel lugar estaba más próximo a la capital y de esta manera se favorecía la posibilidad de que me hicieran visitas. El comandante le dijo repetidas veces al Padre Thot que en el caso de que yo quisiera mantener una conversación, no tenía más que solicitarlo telefónicamente. Me prohibí a mí mismo esta solicitud, con lo que desbaraté el juego de mis enemigos. Durante el verano recibí informaciones sobre asambleas políticas que se celebraban. En Csepel, el miembro del Consejo de Estado, András Hegedüs había dicho: «Todo húngaro digno de ello podrá recobrar la libertad, siempre que quiera trabajar para el pueblo húngaro y mantener su lealtad al gobierno». El 20 de agosto de 1956 y de manera inesperada, me visitó una alta personalidad, al parecer representante del ministro, y me preguntó:

— ¿Cómo se encuentra?

— Muchas gracias. Estoy según las condiciones a que me veo sometido. Como un viejo árbol en un espacio angosto. No me jacto de nada, pero tampoco lloro por nada.

— Ya no está usted preso.

— ¿Y el alambre espinoso, los policías y los perros? — También en Esztergom hay una valla.

— Cierto. Pero costó dinero sólo una vez y se alza contra los que están fuera y no contra los que están dentro. Además, no es de alambre espinoso.

— Haber leído los periódicos durante nueve meses le habrá dado ocasión, supongo, de orientarse fundamentalmente sobre nuestra situación.

— Los nueve meses han sido más largos que las dos semanas pasadas. Pero ahora el problema es otro. Los dos periódicos que me permiten leer reconocen que anteriormente difundieron falsedades. ¿Puedo creer que dicen ahora, efectivamente, la verdad? Se ha dejado de publicar el órgano de los

sacerdotes de la paz, «Kereszt», por lo que cabe suponer que su papel está en baja. En unas discusiones públicas, uno de los oradores ha llegado a decir que ni siquiera los datos estadísticos corresponden a la realidad. ¿Cómo puedo orientarme así?

— Hay también éxitos favorables al pueblo.

— ¿Cuáles? ¿Las rehabilitaciones? ¿La precaria situación económica? — Nuestra situación política exterior ha mejorado.

— Sí. Pero han tenido ustedes que pagárselo caro a Tito. En los cien años de historia del régimen parlamentario húngaro, ningún presidente del Consejo había pedido disculpas de una manera tan servil como ese András Hegedüs lo hizo en Nagykanizsa a Tito. De haber atendido ustedes los llamamientos al derecho natural tantas veces hechos en mis cartas pastorales, sobre todo en su aspecto referente a los derechos humanos, no se habrían cometido los actos de violencia que ahora se Iamentan, así como la ilegal deportación de la minoría alemana, los forzados intercambios de población y la colonización forzosa en la Alta Hungría. Tampoco se habría producido el derrumbamiento económico y moral del que pagamos ahora las consecuencias, ni tendríamos que habernos rebajado ante Tito. No lamentaríamos las matanzas en masa y reconoceríamos las falsedades expresadas. Se habla ahora de legalidad. ¿Pero dónde está y qué es? Ni en 1945 ni en 1948 nos asentábamos sobre una base legal. Si ahora se promete legalidad, la mínima consecuencia obliga a deducir que hasta el presente ha vivido el pueblo húngaro sin legalidad alguna. ¿Qué novedades cabe esperar? Hasta ahora son válidas todas las «leyes» anteriores. Los personajes decisivos del Estado son los mismos, con pocas excepciones. Semejantes personas hacen esperar difícilmente cambios. Incluso han vulnerado ya la ley al dejar marchar al principal culpable de todos los actos cometidos: Rakosi.

— Hemos roto totalmente con él — dijo el visitante.

Añadió que sólo mi actitud permanecía invariable y ahí estribaba la dificultad. Dicho esto, se marchó.

Se acercaba la fecha del 2 de septiembre de 1956, en que se cumplía el centenario de la consagración de la basílica de Esztergom. Esta consagración había sido entonces un gran acontecimiento y un signo de la compenetración entre el rey y la nación, en el año 1856. Desde que ocupaba la sede de Esztergom, venía yo preparando una fiesta de signo religioso y nacional que abarcara todo el país. Eso se sabía, así como que el primado tenía que estar presente en las celebraciones del centenario. «El primado podrá celebrar el servicio divino y las festividades del centenario, así como pronunciar la correspondiente homilía, siempre que formule el correspondiente ruego para ello. Nosotros no le tenemos preso. Es él quien no desea salir», dio a entender el inspector al Padre Toth.

Pero mi decisión estaba tomada: no me verían en la basílica bajo las circunstancias y condicionamientos que me ponían.

Pensé en las celebraciones de la consagración:

«Apareció entonces el rey Francisco José con los archiduques, el cardenal-arzobispo de Viena y Haulik, de Zagreb, otros seis arzobispos del interior y del extranjero, diecinueve obispos, numerosos sacerdotes, aristócratas, dignatarios civiles y militares, entre los que se encontraba Franz Liszt que tomó parte activa en las solemnidades, así como diez mil fieles. Un sector representativo de la población de todo el país estaba presente, rezando y pidiendo a Dios que no durara más la cruz de la opresión nacional. El entonces primado, Scitovszky, solicitó del descendiente del trono apostólico, apoyado por las firmas de 124 representantes, el restablecimiento de una vida política constitucional. (Francisco-José no había sido coronado todavía rey.) La consagración de la basílica fue la eclosión de nuestra libertad nacional, así como una auténtica fiesta».

Ahora en cambio, en 1956, no había estado presente ningún invitado extranjero. El episcopado tampoco apareció completo; tan sólo asistieron al acto un arzobispo y dos obispos. La masa de fieles no alcanzaba el número que hubiera podido concentrarse de no haber sido prohibí-das varias peregrinaciones ya organizadas. Por el contrario, «la oficina estatal para Asuntos Eclesiásticos» estuvo presente en aquella catedral, corazón de la Iglesia húngara.

toda mi actuación posterior? El príncipe primado Scitovszky había roto hacía cien años con otros medios las cadenas de la falta de libertad nacional. ¿Hubiera podido convertirse aquel centenario en una noche de desconsuelo, en una definitiva transigencia con la más terrible de todas las cadenas? ¿Podía entonar himnos de gracias al régimen, tras ocho años de sufrir difamaciones y penalidades? ¿Podía ser testimonio del Anticristo en vez de serlo de Cristo? Verbum est alligatum. ¿Acaso no estaba yo vinculado al Verbo de Dios? No podía sentarme a la misma mesa que los representantes de la oficina estatal para los Asuntos Eclesiásticos al igual que, cien años antes, Ferenc Déak no se había sentado con Francisco-José, todavía sin coronar como rey de Hungría. Los devotos —tanto entre el clero como entre los seglares— habrían vuelto la mirada, entre dudas, hacia sus pastores; los comunistas me habrían mirado, por contra, como uno de los suyos. ¿Debía haber acudido para comprobar, entre el gozo del centenario, en qué se había convertido Esztergom y haberlo aprobado con mi presencia? ¿Podía haber añadido a las primeras cuatro inscripciones heráldicas de la basílica («doepit», «continuavit», «consumavit», «consera vit») una última que fuera «iuvilavit en abominatione desolationis»? Ha celebrado su jubileo en la abominable desolación. No; yo no podía haberme aproximado a la basílica sin experimentar un punzante dolor al contemplar el gran edificio del seminario y el no menos monumental de la escuela del magisterio destinados ahora a otras finalidades.

La calle de San Laurencio no está ahora dedicada al antiguo mártir, sino tan sólo a «los Mártires». ¿Quiénes son estos «mártires»? Uno, Timor Szamuelly, y el otro, Corvino el Breve. En Esztergom había calles y plazas dedicadas a Lenin, Vorochilov, Makarenko, Laszlo Rudas, Tolbuchin y otros. ¿Podía yo celebrar el centenario en calles dedicadas a tales personajes? ¿Podía contemplar «in situ» la degradación de Esztergom? Había sido capital del condado; a la ciudad se le había sustraído aquel rango. Ni siquiera era capital comarcal, sino que dependía de Dorog. Y así, la ciudad que había llegado a ser capital de Hungría había acabado por perder toda la importancia tenida en la historia.

Me pareció mucho mejor permanecer en la profundidad de los bosques de Bórzony y atenerme a la fórmula seguida hacía cien años por Ferenc Déak: «No entrego nada a quien no debe ni puede darse nada».

Una semana después, el Padre Toth oyó de labios del comandante que se esperaba que yo solicitara la amnistía. No redacté ninguna solicitud al respecto; yo no pedía gracia, sino justicia. Me dije que una petición de amnistía por mi parte, animaría a mis adversarios a presentar sus condiciones, que con toda seguridad se referirían a la confirmación de los siguientes puntos:

1. Un acuerdo sobre el reconocimiento oficial de la oficina para Asuntos Eclesiásticos y el movimiento de los sacerdotes pro paz.

2. Una declaración de apoyo al llamado movimiento mundial de la paz y de la colectivización de las explotaciones campesinas y las tierras.

3. Prestación de un juramento al Estado.

4. Una visita de homenaje al presidente del Estado, Dobi y a Hegedüs y Geró.

5. Aceptación ilimitada e incondicional de todo lo acaecido en Hungría y a mi persona hasta aquel momento.

6. Aceptación por mi parte de unos emolumentos procedentes del Estado.

Quizá en la época de estancia en la cárcel hubiera estado dispuesto a meditar y aceptar algunas de estas condiciones como vía de mi libertad.

Pero desde entonces había recobrado mi fortaleza espiritual y mi decisión era irrevocable: en la alternativa de una muerte en el cautiverio en la cárcel o la libertad al precio de un turbio compromiso, escogería lo primero del mejor grado. El único sacerdote que en aquel tiempo vivía a mi lado trataba constantemente de ganarme para la causa de «la paz». No haber obtenido éxito alguno era para él, según supongo, motivo de desazón.

Así es que redacté finalmente una instancia al ministro de Justicia. Detalle singular de dicha instancia era que no hacía en ella petición alguna, sino tan sólo sugerencias y éstas no se referían a mí. Establecí las condiciones para una amnistía general y que deberían ser las siguientes:

2. También para aquellos de edad superior a los sesenta y cinco, que estuvieran enfermos. 3. Todas las religiosas debían ser puestas en libertad de una macera incondicional.

4. Aceleración de la reconstrucción de la derruida parroquia «Regnum Marianum», prometida pero nunca cumplida, reparando con ello la causa de escándalo para el país y el mundo entero.

5. Todas las sentencias dictadas hasta aquel momento debían ser objeto de revisión con la máxima celeridad posible.

Remití el escrito en la primera mitad de septiembre. Transcurrieron dos meses sin respuesta verbal o escrita. Al igual que muchos fieles, los peregrinos que habían acudido a Esztergom se rompían la cabeza preguntándose por qué el primado no abandonaba su prisión después que el gobierno le había dado la libertad, según informaban los periódicos. No podía comunicarles, como es lógico, mis razones.

Mi liberación

A primeras horas del día 24 de octubre, el Padre Toth se precipitó jadeante en mi habitación y exclamó: «¡En Budapest ha estallado la revolución!» Yo estaba celebrando la Santa Misa. En los dos mementos recordé a todos los hijos de Hungría, tanto los muertos como los que estaban con vida. Después de la Misa me fue imposible encontrar al Padre Toth, que me dejó así en la incertidumbre sobre los acontecimientos que ocurrían en la capital. Me asaltaban toda clase de presentimientos, pero no quería hacer preguntas a nadie. Ninguna radio dio información alguna, así como ningún periódico tampoco. Desde el pueblo llegaban los gritos jubilosos de los jóvenes. Cantaban así:

«Hurra; ha llegado la primavera Está la cuerda dispuesta para Rakosi Y nuestra gente pide pan».

En el interior de la casa, los rostros aparecían preocupados. Se tenía la convicción de que estaban en curso acontecimientos históricos. Pero hasta entonces no se había producido la menor repercusión entre nosotros. Cuatro días después apareció por la noche el comandante y dijo nerviosamente:

— Prepárese para efectuar un viaje. Vístase lo mejor posible. Nos vamos de aquí porque con ese populacho no está usted seguro. El pueblo ha vuelto a gritar estos días «¡Mindszenty!» Tenemos que protegerle de esa gentuza.

— ¿Dónde nos vamos?

— A Budapest. Pero le ruego que no haga más preguntas. Saldremos de aquí dentro de un cuarto de hora.

Dicho esto, salió a toda prisa.

Me quedé pensativo. «El pueblo que grita «¡Mindszenty!» no puede ser peligroso para mí», me dije para mis adentros.

Al cuarto de hora, entró de nuevo el comandante en mi habitación. Visiblemente agitado me preguntó:

— ¿Por qué no se prepara usted para la partida?

— Tiene que acudir el Padre Toth; sólo cuando haya hablado a solas con él quizá le diga a usted lo que voy a hacer.

— ¿Sólo quizá? El Padre Toth está abajo, en el coche y le espera. Recuerde, además, que sólo puede hablar usted en mi presencia.

— Quiero hablar a solas con él. — ¡Vístase!

— ¡No!

— ¡Protesto! Salió y no utilizó la violencia, tal como había amenazado, sino reapareció con el Padre Toth, que parecía dispuesto para el viaje.

— ¿Estaba usted aquí?

— Sí; pero no me habían autorizado a llegar hasta usted. — ¿Qué ocurre en Budapest?

Me habló de las emisiones de radio que había conseguido captar pero que estaban llenas de contradicciones. Le dije:

— Me proponen ponerme en seguridad, pero yo no quiero alejarme. Desde fuera llamaron al sacerdote y apareció nuevamente el comandante. Gritó dirigiéndose a mí:

— ¡Prepárese de una vez!

— No pienso hacerlo. Volvió a gritar: — ¡Le obligaré por la fuerza!

De nuevo hubo su forcejeo verbal. — ¿Dónde está su abrigo?

— Le advierto que todo católico que ejerce violencia contra un obispo se hace acreedor a una sanción eclesiástica. .

Entretanto, habían aparecido tres agentes de policía. Permaneciera, unos instantes inmóviles y luego se comportaron como los agentes la AVO que eran. Me cogieron por los sobacos y me levantaron en vilo. El traje talar se rasgó. Procuré resistirme en lo posible, cargando todo el peso de mi cuerpo sobre ellos. Jadeaban y maldecían, pero no consiguieron cargar conmigo.

Me dejaron y se marcharon, sin duda en busca de refuerzos.

Entonces tomé asiento en mi habitual sillón y comencé a leer, aun que a decir verdad me interesaba muy poco lo que leía. Transcurriera diez, veinte, treinta minutos. Yo seguía completamente solo. De pronto, apareció otra vez el comandante. Me comunicó que no era posible efectuar aquel día mi traslado. Me sorprendió al entregarme el traje talar, que hacía ocho años me habían obligado a quitar y que desde entonces no había vuelto a ver.

Le dije:

— Mañana temprano tengo que celebrar. Desearía que el Padre Toth estuviera a mi lado de una manera permanente.

— No hay inconveniente. Si lo he mantenido alejado ha sido para garantizar su seguridad. — ¡Vaya! ¡Vaya! j

— Protegemos la vida de usted aun a costa de la nuestra. Pero si no lo conseguimos por culpa de su propia resistencia, cargaremos toda la responsabilidad en usted.

Al día siguiente, víspera del 29 de octubre, el administrador, que era un comunista fiel a la línea, me envió con gran sorpresa mía una cinta con los colores nacionales húngaros. A las tres de la tarde acudió a verme personalmente y me informó que János Horváth, representante de la oficina estatal para los Asuntos Eclesiásticos, quería hablar conmigo.

— ¡Que entre!

Entró un hombre de baja estatura, rechoncho y que parecía muy fatigado. Me dijo que el nuevo gobierno nacional le había dado el encargo de trasladarme durante aquellos días llenos de riesgo y

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 177-184)