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La primera noche

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 107-110)

Quien no haya sido nunca interrogado en el número 60 de la calle Andrássy, no puede imaginarse la crueldad allá acumulada. Incluso algunos de los policías que prestaban servicio en la casa, no estaban al margen de todas las cosas. Se temía que en el caso de un soborno o una fuga, pudieran delatar demasiadas cosas sobre la cruel realidad. De todos modos, circulaban de boca en boca, entre el pueblo, informaciones sobre las crueldades, aunque una propaganda de rumores hábilmente dirigidos mezclara también «buenas noticias» para apartar la atención sobre lo peor. Así la «historia» aparecida en un libro inglés (escrito en húngaro) y que decía: «El Dr. Zakar, el secretario, el primado y sus compañeros fueron trasladados, después de su detención, a la calle de Csokonai, donde se les trató muy bien durante tres días. Allá comieron y bebieron. Sólo después fueron trasladados a la calle de Andrássy». El autor declara haber recibido esta información de un oficial de policía que había prestado servicio en la calle de Andrássy y que consiguió luego huir de Hungría.

Lo único cierto es que tanto en un lugar como en otro, los «buenos tratos» a un preso iban seguidos de una petición: que fuera confidente o declarara lo que a ellos les convenía. Generalmente se le pagaba para ello una comida que se hacía llevar desde una posada o un restaurante. Pero el régimen podía también obligar a la práctica de un ayuno forzoso. (Oí de labios del arzobispo Grosz que durante su encarcelamiento se habían «olvidado» darle de comer durante cuarenta y ocho horas.) Sea como fuere, lo cierto es que a mí me llevaron inmediatamente a la calle Andrássy. Fui encerrado en una fría estancia de la primera planta donde se aglomeraban grupos de gente. Allá procedieron al cambio de ropa. El comandante de policía y un agente me quitaron por la violencia el traje talar y también la ropa interior, entre las groseras risotadas de los presentes. Me dieron un traje rayado que me venía ancho y parecía de bufón. Algunos comenzaron a bailotear a mi alrededor y el comandante gritó: «¡Eh, perro! ¡Hemos estado esperando esta hora desde hacía mucho tiempo! ¡Me alegro de que haya llegado por fin!» Aquel oficial, grueso y de modales bruscos, parece que había sido con anterioridad comerciante. Durante una conversación que tuvimos después, se jactó ante mí de haberme visto tan sólo dos o tres veces en el interior de un templo en el curso de los últimos veinte o veinticinco años. Podía mostrarse a veces engatusador como un felino, pero su naturaleza era de hiena. Le habían dado el sobrenombre de «Gyula Bacsi». Aquellos que eran «tratados» por él, hubieran podido denominarle el «pequeño Usakov». (De todas maneras, nunca se estaba cierto del verdadero nombre de los oficiales y los ayudantes de tortura, puesto que los nombres falsos y los distintivos de graduación les servían muchas veces como manera de encubrirse.)

Cuando la policía ordenó en una ocasión a Thorez, en Francia, que se desvistiera y le trataron de tú, comenzó a protestar. Por mi parte consideré superfluo protestar a sus camaradas húngaros. Guardé silencio y pensé que mi suerte era, en definitiva, la sufrida por tantos mártires y cautivos en el transcurso de los siglos. Recordé al cardenal primado de Inglaterra, Johann Fisher, que sufrió prisión a manos de Enrique VIII; a Pío VII, en manos de ¡Napoleón; al cardenal polaco Ledochowsky, víctima de la violencia de Bismarck. En pleno siglo xx, me estaba reservado sufrir idéntica suerte conjuntamente con los cardenales Stephan y Wyszynski, Alois Stepinac y el arzobispo Berán. Mi cruz especial era ser un cardenal cautivo en el país de María. En mi mente apareció también la imagen de Pilato y su «Ecce homo».

En la calle de Andrássy no sólo me quitaron el breviario, el rosario, la Imitación de Cristo y la medalla de la Virgen, sino asimismo el reloj y el código penal. Había llevado este último para poder lanzar a la cara de mis acusadores —a falta de un defensor— los párrafos que mejor pudieran atestiguar la injusticia que cometían conmigo. Estaba para mí bien claro que tendría que defenderme a mí mismo y no podría esperar ayuda de nadie.

Las ropas talares significan para un sacerdote, si no todo, sí mucho, sobre todo cuando le rodean unas gentes como las que a mí me rodeaban. Desde que era sacerdote no me había puesto traje de paisano. Por eso me resultó muy doloroso que me quitaran las ropas talares. Las considero algo así como la guardia de corps del sacerdote.

Tras haberme quitado las ropas sacerdotales y los pocos objetos ya mencionados que llevaba conmigo, me condujeron a un piso superior. Por un estrecho y bajo pasillo, una puerta daba a una estancia donde me arrojaron. Era una celda de cuatro por cinco metros y bastante oscura, pese a una ventana que recaía a un patio. En vez de cama, había un diván desvencijado. Pero lo cierto es que tampoco existía oportunidad de dormir, ya que la actividad de aquella casa era principalmente noc- turna. Mi celda, en la que se amontonaban casi siempre varios guardianes, no la ventilaban al principio ninguna vez y luego dos a la semana por breves momentos. Se temía que desde el ala opuesta del edificio fuera posible ver el interior y comprobar las condiciones en que allí se vivía. El carcelero, un antiguo albañil, había hecho sus primeras armas en las filas comunistas en los días precedentes a la primera guerra mundial, siendo recluido en 1920 en el campo de concentración de Zalaegerszeg y sin duda me lo quería hacer pagar ahora a mí, antiguo párroco de aquella ciudad. Había seguido en el partido cursos de formación y hablaba con el empaque de un profesor universitario de la superioridad de la filosofía materialista y la insuficiencia del sistema filosófico idealista. (Más tarde, volví a encontrarlo en la cárcel de Vác, de la que había llegado a ser comandante.) Tenía algunos compañeros, más jóvenes que él, que alardeaban de una charla grosera, en la que abundaban las ex- presiones burdas coreadas por carcajadas. El más joven gustaba recalcar que desde que no iba a confesarse y no frecuentaba el templo, tenía siempre dinero en el bolsillo para «cosas mejores», entre las que se contaban sus diversiones en los burdeles. Afuera reinaba un silencio mortal. Tan sólo desde lejos, de las cámaras de tortura, llegaba hasta nosotros algún grito. Debían ser las once cuando se oyeron fuertes pasos. Iban en mi busca para llevarme al primer interrogatorio. Atravesamos el pasillo y penetramos en una pequeña habitación situada enfrente. Había una mesa de escritorio en el interior. Detrás había tomado asiento el «jurista» del bolchevismo: el coronel de policía, Gyula Decsi. A su lado estaban sentados otros cinco oficiales de la policía; tras las máquinas de escribir, tomaron asiento dos camaradas femeninas, con el cigarrillo en los labios. Demostraron gran confianza unos con otros, bro- meando entre sí. Una de las secretarias llamó «pichoncito» a uno de los oficiales.

Gyula Decsi encendió un cigarrillo y me preguntó: — ¿Cómo se llama? Se lo dije.

— ¿Dónde nació? Respondí.

— ¿Qué profesión tiene? ¿Qué era usted antes? ¿Cuándo se separó del pueblo húngaro? ¿Cuándo se convirtió en un enemigo de la patria?

Volví a responder:

— Soy sacerdote católico y comencé siendo capellán en Felsopaty, donde trabajé durante la primera guerra con el pueblo sencillo. Fui luego profesor de religión en Zalaegerszeg y después, párroco de aquel mismo lugar. Actué siempre en interés del pueblo húngaro y he tratado de servirle siempre. No me he separado nunca del pueblo húngaro, ni como cardenal primado de Esztergom, ni con anterioridad como obispo de Veszprém. Jamás he estado contra el pueblo.

Décsi prosiguió:

— Si así fuera, no se encontraría usted aquí. Siempre tiene una razón la presencia en este lugar. Usted es contrario a la libertad y el progreso del pueblo húngaro.

— Nunca he intentado frenar el progreso del pueblo húngaro. Aunque lo cierto es que no advierto ahora tal progreso. Lamento que los hechos estén en contradicción con sus palabras.

Decsi añadió:

— Ha tratado usted de ponerse de acuerdo con los imperialistas contra la patria. Los imperialistas tratan de inmiscuirse en los asuntos internos de Hungría y desencadenar una guerra.

Yo le dije:

— El propio régimen me ha obligado a establecer contacto con los Estados Unidos. Así lo hice después de haber rogado al gobierno húngaro que resistiera a las presiones de los soviéticos.

Decsi siguió interrogando:

— ¿Facilitó a los americanos datos y detalles sobre el Ejército Rojo?

lamentaron de los suministros en especie y las entregas en metálico que la población tenía que hacer al Ejército Rojo dos veces al año. Hicieron llegar la queja hasta mí y en interés del pueblo, rogué al miembro americano de la comisión de control añada que suprimieran tales entregas. En aquella época, Hungría estaba todavía en estado de armisticio con los EE.UU. El país se contaba entre las zonas ocupadas. Los Estados Unidos eran una de las potencias ocupantes y tenían su puesto en la comisión de control. Mi solicitud hubiera podido hacerla cualquier ciudadano húngaro. Por ello, su aseveración de que yo quería incitar a los Estados Unidos de América a una guerra contra mi patria resulta por completo gratuita. Cuando escribí mi carta, los EE.UU. estaban todavía «de jure» en guerra con Hungría. Yo entendía una intervención americana como ayuda y usted la califica ahora como traición a la patria. Mediante aquella gestión diplomática quise incitar a los americanos a que hicieran valer su influencia en la comisión de control, sobre todo para contrarrestar la fuerte presión ejercida por la potencia de ocupación.

Mientras yo respondía al interrogatorio, se iba redactando un documento. Pero el acta no contenía en realidad lo que yo había dicho. Por ello me negué a firmarla. Décsi dio su opinión al respecto:

— Tenga usted en cuenta que nuestros recursos son suficientes para que los acusados reconozcan su culpa en la forma que deseamos.

El comandante me devolvió a la celda. Eran cerca de las tres de la madrugada. Dos guardianes retiraron la mesa que había en el centro de la estancia. El comandante gritó que me desvistiera. Pero yo no obedecí su orden. Hizo entonces una seña a los tipos que me rodeaban. Ayudados por él, me arrancaron la chaqueta rayada y los pantalones. Luego salieron y buscaron febrilmente algo en el pasillo. De pronto apareció un teniente coronel de aspecto macizo. «He sido partisano», dijo. Su lengua era húngara, pero no su rostro feroz en el que se traslucía el odio. Me volví; él se alejó, para volver inmediatamente sobre mí y darme un fuerte puntapié con una de sus botas. Caímos los dos contra la pared. Riendo diabólicamente exclamó: «¡Éste es el momento más feliz de mi vida!» Hubiera podido ahorrarse estas palabras: se advertía perfectamente en los rasgos de su rostro.

El comandante volvió al interior de la celda y mandó salir al partisano. Sacó una porra de goma, me arrojó al suelo y comenzó a golpearme, primero en la planta de los pies y luego en todo el cuerpo. En el pasillo y en la estancia inmediata, unas risotadas acompañaban los golpes. Los hombres y mujeres que habían asistido a mi interrogatorio estaban, sin duda, en las proximidades y posiblemente Gábor Peter se contara entre ellos. El comandante jadeaba, pero no cesaba en sus golpes. Por mi parte, apretaba los dientes, pero sin conseguir permanecer enteramente mudo. Comencé a soltar gemidos de dolor. Luego perdí el conocimiento y sólo lo recobré cuando me rociaron con agua. Me levantaron y me depositaron sobre el diván. Me resulta imposible decir cuánto duró aquella tortura. Me habían quitado también el reloj, aunque de haberlo tenido, me habría resultado imposible consultarlo.

Pensé en la odiosa suerte de las innumerables muchachas, religiosas y madres que habían sido violentadas. También para ellas todo un mundo se habría derrumbado en su interior. Recordé asimismo la figura hidalga del obispo de Gyór, barón Vilmos Apoc. De buen grado me hubiera cambiado por él. Los salmos que durante tantos años había rezado en el breviario acudieron a mis labios: «Se alegran de mi desventura, se agrupan para golpearme. Me insultan y vilipendian, entre chirridos de dientes» (34, 15-16; 21). «Me has llevado a lo hondo de la gruta, en la oscuridad, en las profundidades. Sobre mí pesa intensamente el ensañamiento y dejas desbordar todas las corrientes. Mantienes lejos de mí tu alegría. Estoy apresado y no puedo salir» (Salmo 87,9). «Señor ¡cuan numerosos son mis perseguidores! Muchos me acosan, muchos irrumpen sobre mí» (Salmo 3,1).

Me vistieron y me llevaron de nuevo a la sala de interrogatorios. De nuevo solicitaron mi firma. Otra vez me negué a ello, diciendo:

—Ésta no es mi declaración. Decsi ordenó con violencia: — ¡Afuera con él!

Me golpearon de nuevo. Me pidieron por tercera vez la firma, pero tampoco tuvieron éxito. Trataron de conseguirlo mediante la porra de goma, impulsados por una rabia indecible y siempre bajo la mirada de unos regocijados espectadores. Me solicitaron otra vez la firma. De nuevo repuse:

— Mientras me presenten un documento en el que conste lo que no he dicho, no accederé a sus deseos.

Me respondieron:

— Aquí decide la policía y no el acusado, lo que éste tiene que declarar.

Había transcurrido entretanto el tiempo y amanecía ya. Los interrogadores parecían también fatigados. Así es que me llevaron de nuevo a la celda.

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 107-110)