A los pocos días de la entronización en mi sede, me desplacé, como ha quedado ya dicho, a Budapest, donde pasé una semana. Mis predecesores habían regido la diócesis de Esztergom sin salir apenas de ella. Sin duda, había jugado la edad un papel decisivo en ello y en ocasiones la enfermedad les tuvo atados a la sede residencial. Por lo que a mí respecta volví otras veces a la capital, pues se encontraban allá los centros de la vida cultural y pastoral del catolicismo húngaro. Allá habitaban la mayoría de fieles de la archidiócesis. El palacio del primado, que en realidad no era sino un gran caserón, había sido intensamente afectado por la guerra y tan sólo dos de sus estancias eran habitables. De todos modos, tuve que darme por satisfecho con aquel alojamiento, pues las condiciones generales de habitabilidad eran en la capital y en aquellos momentos totalmente indescriptibles. El profesor Mihály Marcell, de la Universidad, se lamentó conmigo de aquellas circunstancias y yo traté de consolarle a su vez con estas palabras:
— Es completamente natural que el primado de un país en ruinas habite igualmente en una ruina. El 14 de octubre hablé en la basílica sobre la miseria en Budapest. Tenía que tomar parte, pocas horas después, en una concentración juvenil. El secretariado de las juventudes de Acción Católica había organizado una jornada de la juventud, encontrando el máximo apoyo por parte del episcopado. Los jóvenes católicos se concentraron a millares. La manifestación de los fieles significó una categórica confesión de adhesión a la Iglesia y un claro rechazo del comunismo. Tanto la juventud como sus mayores y educadores habían sabido advertir, de manera clarividente, los peligros que nos
amenazaban. Los marxistas intentaban ganarse a la juventud con halagüeñas diversiones, habiendo conseguido ganar circunstancialmente pequeños núcleos de manera muy local al término de la guerra. En el sermón que pronuncié a raíz de mi entronización, había abordado aquellos problemas, sobre los que insistí ante las decenas de millares de jóvenes concentrados en la enorme plaza, delante de la basílica. Dije así:
«Sólo hay uno en el mundo que puede decir: "Soy el camino, la verdad y la vida. Quien me siga, no caerá en las tinieblas". Cristo es el camino que tenéis que seguir. Es la verdad que tenéis que aceptar. Es la vida que tenéis que llevar aun en las tremendas confusiones de una época agitada. Dijo San Pablo: "Nadie puede poner otro fundamento que el que ha puesto Nuestro Señor Jesucristo", y aunque descendiera hasta aquí un ángel del cielo y quisiera alejarnos de este fundamento, no deberíamos seguirle. Con ello no quiero decir, naturalmente, que sean ángeles alados los que tratan ahora de asumir la orientación de la juventud húngara. Hay mucha confusión espiritual y mucho odio: un mar de lava parece surgir de un volcán. Pese a todo, creo en el triunfo final del amor y anuncio aquí con firmeza: nuestro ideal es una Hungría cuyos fundamentos de fe y moral representen, con el amor patriótico, el apoyo de esos jóvenes que se identifican como húngaros creyentes. Cada uno de vosotros es una piedra angular, una firme columna de la patria y todos juntos, sois lo que habéis entonado en la canción: "una juventud pura, heroica y santa».
A los dos días impartí a las niñas el sacramento de la confirmación en la iglesia de los dominicos. También pedí allá a la juventud, en una breve homilía, que supiera mantenerse creyente y pura.
Los días 17 y 18 de octubre celebramos nuestra primera conferencia episcopal bajo mi presidencia. Numerosos problemas acuciantes, que afectaban al entero país y a todo el catolicismo, nos ocupaban. El 21 de octubre, un domingo, tomé parte en una tanda de conferencias de médicos católicos celebradas en la sede del gremio de San Lucas. Celebré la Santa Misa para los médicos de Budapest y sentí la satisfacción de encontrar una oportunidad para expresar algunos pensamientos sobre el problema de la relación entre médicos y enfermos. Dije así:
«El verdadero médico siente su acción cerca de los dolientes como un sacerdocio, como un servicio divino... Leemos en la Sagrada Escritura que el patrón de los médicos, San Lucas, fue un "médico muy querido, fiel acompañante y auxiliar" de los apóstoles. Las tres virtudes: amabilidad, fidelidad y altruismo son los más destacados rasgos del médico cristiano. El buen médico está formado científicamente, pero también posee un gran corazón que sufre con los enfermos, incluso aquellos que quizá no conoce siquiera. ¡Con cuánta frecuencia han sido los médicos víctimas de su abnegada profesión! La actividad del médico es ni más ni menos que una actividad de signo maternal: inquirir con atención del enfermo, escucharle con paciencia y ayudarle. ¡Cuántas almas quebrantadas, cuántos corazones helados podría reconciliar a última hora con Dios un médico creyente mediante palabras llenas de tacto!»
La conferencia episcopal
A la primera conferencia episcopal celebrada bajo mi presidencia asistieron todos los obispos diocesanos. Me saludaron efusivamente y me dieron la seguridad de su colaboración fraternal. En este sentido tengo que mencionar especialmente al arzobispo Jozsef Grosz, a los obispos Lajos Shvoy, Dr. József Pétery y Dr. István Madarasz, así como al abad benedictino Dr. Krysostom Kelemen.
Se trataron corrientes asuntos administrativos, pero, sobre todo, el aumento de la actividad de «Caritas» a las amplias zonas rurales. Algunos planes que llevamos luego a la práctica tuvieron su origen en aquella conferencia. De una manera minuciosa nos ocupamos también del problema, que se había hecho ya acuciante, de asegurar los fundamentos financieros del sacerdocio y las instituciones eclesiales. La reforma agraria ordenada por el comandante en jefe soviético y ejecutada de la manera más radical, ponía a la Iglesia en una difícil situación. Nos veíamos obligados a enfrentarnos con los más graves problemas. Tras la reforma agraria, las diócesis e instituciones eclesiales se quedaron con 100 yugadas de tierra. Evidentemente, no era posible atender con ello el sostenimiento de catedrales, sedes episcopales y seminarios. Faltaba también a todos los órganos habituales de la actividad pastoral y la administración eclesiástica, como eran, por ejemplo, la prensa, las editoriales y las asociaciones una adecuada base financiera.
la manera con que nos impulsó a ello una potencia extranjera. Reprobábamos que sólo se tuvieran en cuenta puntos partidistas y desaprobábamos la indiferencia negligente del gobierno en el problema de la indemnización por la expropiación de los bienes eclesiásticos. Comuniqué a los miembros de la conferencia episcopal que personalmente y como protesta por la actividad adversa de los comités, había rechazado mis emolumentos como obispo de Veszprém y también pensaba renunciar a la «paga estatal» como arzobispo de Esztergom. Todos los presentes quisieron imitar mi actitud, pero les aconsejé que no lo hicieran.
Aproximadamente un año después, el órgano central del Partido Comunista informó que el ministerio de Finanzas había dispuesto cantidades para la reconstrucción de los templos. El órgano seguía diciendo que además de eso, Mindszenty, el arzobispo de Esztergom y abierto enemigo de la democracia, recibía de aquel Estado democrático un emolumento mensual que superaba al del presidente del Consejo de Ministros.
En mi primera respuesta a aquel ataque supo el país que yo había rechazado el emolumento estatal: «No se ha informado rectamente», «A pesar de que el Estado prometió en la reforma agraria una indemnización a la Iglesia por la confiscación de los bienes eclesiásticos, hasta ahora no ha hecho efectivo absolutamente nada. Lo que el ministerio de Cultos concede en concepto de "estipendios personales" de la Iglesia, no guarda proporción alguna con las necesidades. Para las cargas materiales de las instituciones eclesiásticas, el Estado paga alguna contribución, pero muy poco y, en cualquier caso, insuficiente. A József Mindszenty, el obispo de Veszprém y posterior obispo de Esztergom, le fue ofrecido de hecho un sueldo estatal, pero no aceptó jamás un solo céntimo. Tampoco corresponde a la verdad la afirmación de que el arzobispo sea «un abierto enemigo de la democracia». Es partidario de la verdadera democracia, pero no experimenta la menor simpatía hacia la que se denomina democracia, pero no es tal sino tan sólo una estructura apenas embozada de un régimen totalitario.
Al principio, las instituciones eclesiásticas no estuvieron de hecho amenazadas por un derrumbamiento financiero. Los fieles hicieron lo máximo para evitarlo, aprovisionando a las parroquias, conventos, seminarios y, sobre todo, a las escuelas confesionales no sólo con aportacio- nes en especies, sino con donativos en metálico. Quiero que este libro sea como un monumento escrito a todas las valerosas y sacrificadas gentes, a las que dirigí la palabra al final del difícil primer curso transcurrido inmediatamente después de la guerra: «El 29 de junio de 1946 presidí la reunión de la asociación de padres en el convento del Corazón de Jesús. El informe de cuentas que allá se hizo me conmovió profundamente. Supe así que los conventos y las escuelas gravemente afectados por los acontecimientos bélicos, habían sido reparados por obreros y artesanos padres de alumnos, sin obtener contrapartida económica alguna. Posteriormente, se efectuó la limpieza de las casas por hombres y mujeres pertenecientes a todas las capas de población. Me mostraron asimismo las inscripciones de reserva de matrículas para el curso siguiente. A pesar de hallarnos en la fecha del 29 de junio, existía ya una provisión de combustible que aseguraba la calefacción para todo el curso. En un rincón del jardín estaba instalada una cocina escolar, que durante el curso transcurrido había suministrado diariamente comida caliente a cincuenta y una alumnas carentes de medios. También se habían repartido cuarenta y siete pares de zapatos a niñas menesterosas. A la vista de todo ello, dije: «No hemos querido renunciar a esta visita, a pesar de que todavía tenemos otras por hacer. Donde los duros golpes del destino son capaces de despertar una postura espiritual tan magnánima y tanto entu- siasmo, no puede hacerse otra cosa que dar gracias a Dios...»
En la conferencia nos ocupamos asimismo de la organización de las asociaciones de padres. Procedimos a su fundación para defensa de la juventud y de las escuelas confesionales. Quedó instituida una presidencia nacional y otras de carácter diocesano. Grupos locales se pusieron a trabajar en cada una de las comunidades parroquiales. A ellos hay que agradecer que a pesar de los constantes ataques de los comunistas, las escuelas católicas pudieran sobrevivir por espacio de tres años todavía.