El pretexto de la «conjura» facilitó a la policía la detención de dirigentes y miembros del Partido de los Pequeños Propietarios. Los encarcelamientos se sucedían, semana tras semana. Las «confesiones» hechas por aquellos a los que se había detenido primeramente provocaron una reacción en cadena. Dependía por entero de la mejor o peor voluntad de los comunistas seguir libre o ir a parar al fondo de un calabozo.
A los dos meses, el terror comenzó a surtir sus efectos. Cedió la resistencia que hasta entonces habían opuesto los dirigentes del Partido de los Pequeños Propietarios. El 11 de marzo de 1947 iniciaron un diálogo con los marxistas y se llegó a un acuerdo. Los puntos principales de su coalición fueron los siguientes:
1. Abolición de la enseñanza obligatoria de religión e introducción de nuevos libros escolares en todas las escuelas.
2. Preparación de un acuerdo entre Iglesia y Estado en el que se daría solución a todos los problemas planteados.
3. Los dirigentes del partido se comprometían a expulsar del mismo a todos aquellos que impidieran la pacífica colaboración entre los partidos.
4. Se acordaba trazar las líneas generales de una actuación económica de acuerdo con el plan general ya hecho público y promulgado.
Durante las conversaciones, los dos dirigentes eclesiásticos del Partido de los Pequeños Propietarios, Bela Varga e István Balogh accedieron — sin duda por efecto de las fuertes presiones comunistas — a conseguir que la conferencia episcopal considerara la sustitución de la enseñanza obligatoria de la religión por la facultativa. El obispo Laszlo Banass, un hombre que no manifestaba recato alguno en destacarse, fue asimismo interrogado en aquel asunto. Manifestó su opinión de que con toda seguridad, la conferencia episcopal estaría dispuesta a demostrar comprensión en favor del nuevo orden democrático. En esta opinión se apoyó Ferenc Nagy cuando hizo su «apaciguadora» declaración en la que afirmaba su seguridad de que la Iglesia no pondría dificultades para que se hiciera realidad el programa trazado en los contactos de los dos partidos. Al día siguiente, un diputado comunista declaró en el Parlamento: «El jefe del gobierno informó sobre las conversaciones entre los dos partidos y sobre la circunstancia de que el episcopado ha tenido conocimiento del establecimiento de la enseñanza facultativa de religión sin manifestar su oposición a ello».
Cuando aquella declaración llegó a mi conocimiento, escribí una carta al presidente de la Asamblea Nacional en la que manifestaba que tanto Ferenc Nagy como el diputado comunista habían
tergiversado por completo las cosas; la conferencia episcopal no había aprobado en absoluto el plan, sino que había tomado una expresa posición contra el mismo. Existía, inclusive, una protesta contra sus términos. Terminaba mi escrito con el ruego de que se hiciera, por medio de una declaración de la presidencia del Parlamento, una completa rectificación de las declaraciones antes citadas.
En nuestras filas, tan sólo un insignificante grupo de los llamados católicos progresistas estaba de acuerdo con la supresión de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas. Recomendaron que se llegara también en aquella ocasión a un entendimiento con los comunistas en beneficio de la «pacificación de los espíritus». Recuerdo que Por aquella época me visitó el superior de una orden religiosa para insistir en la argumentación de Bela Varga. Dijo que podía resultar de gran beneficio para el país que los obispos, en su colectividad, cumplimentaran las decisiones tomadas en la conferencia episcopal. Pareció muy sorprendido cuando le expuse la unánime opinión de los obispos y le precisé: «Los obispos no renuncian a la obligatoriedad de la enseñanza religiosa. Se sienten apoyados en su posición por la voluntad, claramente expresada, de los fieles y las repetidas manifestaciones de la opinión pública. La conferencia episcopal sólo puede apreciar con ex-trañeza que el problema de la enseñanza se haya mezclado en la lucha política convirtiéndose en objeto de trato entre los partidos. Semejante politización del problema no puede resultar beneficiosa más que a los comunistas y facilitar de una manera considerable su trayectoria hacia el dominio total y único de la escena política».
En todo el país menudeaban, entretanto, las protestas. Se solicitaba el mantenimiento de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa. Millares de telegramas y cartas de protesta llegaban diariamente a la presidencia de Acción Católica. Sus remitentes eran católicos y protestantes, sacer- dotes y seglares, estudiantes y profesores, asociaciones de carácter católico y otras de índole meramente civil. Trabajábamos en estrecha colaboración con los dirigentes de las Iglesias evangélica y reformada. Ocurrió inclusive que me remitieron personalmente sus protestas con el ruego de que cursara los escritos al gobierno. Recibí, por ejemplo, el siguiente telegrama del Presbiteriado de Nyirmegyes:
«Nos adherimos de manera fervorosa y de todo corazón a los puntos de vista expresados por usted con referencia a la enseñanza religiosa y la introducción de nuevos libros de texto, deseándole el más completo éxito».
Desde Szarbas, una ciudad con mayoría protestante, situada en la gran llanura húngara, me llegó un escrito suscrito por setecientas firmas remitido a la Acción Católica local con la petición de que lo pusiera en conocimiento del príncipe primado. Decía así:
«Con referencia a su toma de posición en los problemas que afectan a la enseñanza religiosa, los cristianos evangélicos se hallan situados, como un solo hombre, detrás de usted».
En las ciudades, los más jóvenes se manifestaron en las propias escuelas en favor de la enseñanza obligatoria de la religión. En Szeged, donde los policías sofocaron con una acción violenta y por orden de los comunistas una de aquellas manifestaciones, los estudiantes se concentraron ante el edificio que albergaba las instancias docentes superiores, con pancartas en las que se leían frases como «Enseñanza religiosa obligatoria» y «Queremos clases de religión».
En una prédica celebrada con motivo de las fiestas jubilares de la ciudad de Gyór, condené aquel irresponsable regateo en torno a la educación religiosa y moral de la juventud. Ante 60.000 asistentes y apoyado por insistentes aclamaciones, dije así:
«Se tienden ahora manos hacia los niños; manos que no son las de Jesucristo, que no son los brazos de la Iglesia, sino garras intrusas, incompetentes para la educación... Hemos tenido que aceptar que los niños y jóvenes húngaros recibieran una magra y mísera herencia material de sus padres, pero no estamos dispuestos a permitir que se les regatee la herencia espiritual que es nuestro deber transmitirles... Quienes se oponen a ello, lo hacen con intenciones alevosas... Las mismas manos que obstaculizan el acceso a la enseñanza religiosa, abren las puertas de los reformatorios, de las cárceles y las penitenciarías... Prometer la libertad religiosa y crear las instituciones del laicismo, significa el punto culminante de la hipocresía».
Al día siguiente, 26 de marzo, los comunistas tuvieron una penosa sorpresa. Desde «Csepel, la roja», como denominaban los propios comunistas aquella población industrial inmediata a Budapest, llegó al despacho de la presidencia del Consejo una comisión formada por doscientas cincuenta personas pertenecientes a sectores obreros para solicitar, en nombre de diez mil trabajadores, que se
retirara la propuesta de suprimir la obligatoriedad de la enseñanza religiosa y protestar de que in- tentara forzarse a su aceptación.
Los católicos ponían de relieve su buena disposición para soportar, en nombre de los altos valores, sacrificios personales, pero no estaban dispuestos a permitir que se les sustrajera a sus hijos la formación espiritual cuyo mejor medio era la educación religiosa en las escuelas.
La delegación evangélica expresó por su parte la esperanza de que la opinión pública tendría en cuenta la significación trascendente de la enseñanza religiosa, de la que buena parte de la población tenía ya plena conciencia al manifestarse en favor del mantenimiento de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa.
El portavoz de la comunidad de la Iglesia reformada hizo especial hincapié en que precisamente las sociedades que aspiraban a ser democráticas, precisaban de una juventud dotada de una sólida formación religiosa y moral. Tan sólo aquella juventud podría llevar a cabo las tareas que se planteaban y hacer frente a las responsabilidades por las nuevas corrientes. Todas estas opiniones quedaron expresadas en un memorándum avalado por 10.000 firmas de la comunidad evangélica de CsePel, que fue entregado a Ferenc Nagy.
El 12 de abril de 1947 publiqué una carta pastoral en nombre de la conferencia episcopal. Impugné en ella los argumentos comunistas contra la obligatoriedad de la enseñanza religiosa, descubrí los designios ocultos tras aquella ofensiva y expuse una vez más el punto de vista de la Iglesia en la cuestión. Un punto de vista apoyado sólidamente en la experiencia secular.
Señalé asimismo en el texto de aquella carta pastoral las lamentables circunstancias que habían llevado a que el asunto de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa se convirtiera en peón en el tablero del juego político. Proseguía así:
«El intento de abolir la obligatoriedad de la enseñanza religiosa nos llena de profunda preocupación. Nos preocupa, sobre todo, porque la súbita prisa por solventar este problema — en una época en que numerosos y graves problemas del país aguardan una solución— despierta en nosotros la sospecha de que nos hallamos ante una embozada lucha cultural. Por doquier leemos la consigna: "Primero democracia, luego socialismo" y somos de la opinión de que tras el problema de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa se plantearán otros, cuyas resoluciones terminarán por ser más drásticas: primero, enseñanza religiosa facultativa; luego, supresión de la enseñanza religiosa y, finalmente, en- señanza de la ideología materialista. Nos encontramos así en la obligación de elevar nuestra voz desde el principio. Los repetidos ataques a la educación cristiana no deben cogernos desprevenidos o terminarán por conducirnos al mismo borde de la indiferencia religiosa.
»La coalición gobernante exige la abolición de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa precisamente en nombre de la libertad religiosa. ¿Queremos acaso defender la libertad precisamente contra esa fuente de toda libertad que es la religión? La enseñanza religiosa no vulnera esa libertad religiosa, como no la vulnera tampoco la enseñanza obligatoria de la Historia, la Geografía o las Cienciacs Naturales, según tuve ocasión de expresar ya hace un año en mi carta pastoral sobre la enseñanza. La enseñanza obligatoria de la religión deja a todo ser humano en libertad de aceptar o no las verdades escuchadas en la asignatura, así como actuar con respecto a las mismas. La experiencia demuestra que algunos hacen uso de la libertad y a pesar de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa dejan de ser creyentes. A los padres católicos no puede hacerles efecto el planteamiento del problema de la libertad de conciencia utilizado como argumento contrario a la enseñanza obligatoria de la religión. En el momento en que permiten el bautismo de sus hijos adquieren de manera totalmente voluntaria, es decir, con plena libertad, la obligación a la educación religiosa y, por tanto, a que asistan, una vez llegados al uso de razón, a las clases de religión. No tienen, por tanto, derecho a negarse luego a cumplimentar esta obligación, al igual que un hombre de honor no reniega de un compromiso asumido en nombre de una presunta libertad de conciencia. Quien contrapone la libertad a las obligaciones asumidas en determinado momento, no puede imaginar siquiera el boquete que abre en los fundamentos mismos* del orden social. Tampoco nos resulta posible comprender por qué razón debe defenderse la libertad de conciencia allá donde no la amenaza peligro alguno, en vez de hacer todo lo posible por afianzarla donde la coartan la violencia y la opresión. Han llegado hasta nosotros muchas protestas de los fieles. Denuncian haberse visto obligados a ingresar en un partido que está muy apartado de sus conciencias, para poder así evitar la persecución política, la inclusión en las listas negras o la pérdida de un puesto. He aquí unos casos en que la libertad de conciencia se ve afectada y no en la asistencia de niños y jóvenes a clases de religión, cosa que nunca han considerado ellos
mismos como un deber penoso. También advertimos un ataque a la libertad de conciencia en el plan de introducir el monopolio estatal de los libros de texto, que tiende precisamente a imponer a los jóvenes las líneas ideológicas del partido que ocupa el poder. Los adversarios de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa tratan de apoyar su postura con referencias a lo que es usual en el extranjero y, más concretamente, en Occidente. Nunca hemos considerado el extranjero como modelo ideal del que hubiera que admitirlo todo. No consideramos tampoco que cualquier corriente o posición, por el mero hecho de proceder del extranjero, tenga valor suficiente para efectuar su importación. Hemos tenido y seguimos teniendo ocasión de comparar los resultados de nuestros métodos educativos con los obte- nidos con los métodos extranjeros. La comparación no es desfavorable, ni mucho menos, para nosotros. Respecto a las corrientes espirituales procedentes del extranjero, hacemos nuestras las palabras del apóstol: «Probadlo todo y guardad aquello que es bueno» (I Tes. 5,21). Ha sido mucha la desventura caída sobre nosotros por culpa de la ciega veneración a todo lo extranjero; reflexionemos de una vez sobre nosotros mismos y nuestros propios intereses. Pero dejando aparte este punto de vista, tampoco podemos silenciar que en los países occidentales, en muchas naciones cultas, existe también la enseñanza religiosa obligatoria...
(Aquí enumeraba trece Estados y hacía constar que en otros países y bajo la orientación de serios pedagogos, se hallaban en curso esfuerzos por parte de la colectividad para asegurar institucionalmente la formación religiosa y moral de la juventud).
»No olvidemos tampoco que una cosa es introducir la enseñanza facultativa de la religión allá donde no existía enseñanza alguna en este aspecto, y otra es degradar la enseñanza obligatoria haciéndola facultativa, posibilitando así que los alumnos no le den la consideración requerida y los maestros lleguen a suprimirla del plan normal de estudios o, en la práctica, releguen la asignatura de religión del primer lugar al último. No deja de haber gentes que exigen la supresión de la enseñanza religiosa obligatoria en nombre del progreso. No nos sorprendería que en nombre de ese mismo concepto del progreso, terminaran por propugnar la total eliminación de la enseñanza religiosa. Entre los ejemplares antes citados hemos visto que en la progresiva Inglaterra no se desea arrumbar la enseñanza de la religión, sino hacer posible su extensión. Tampoco comprendemos qué clase de progreso puede significar que la juventud no sepa los Diez Mandamientos, no tenga idea' del más trascendente libro del mundo que son las Sagradas Escrituras, ignore la vida y la doctrina de la más destacada personalidad de la Historia mundial, Jesucristo; que contemple sin acertar a comprenderlas las imágenes bíblicas que les ofrecen los más famosos museos, sencillamente porque no sepa qué representan; que no haya oído hablar jamás del hijo pródigo y el buen samaritano. ¿Qué progreso significa desde el punto de vista pedagógico que en vez de fomentar todas las aptitudes de los niños y los jóvenes y en especial su más importante aptitud que es la formación de la conciencia, abandonemos ésta a los impulsos desordenados y privemos al niño y al joven de los consejos y orientaciones de quienes pueden darlos? ¿Qué será de esos niños y esos jóvenes si dejamos sin respuesta las grandes preguntas que inquietan generalmente sus almas? ¿De dónde procede el mundo? ¿De dónde procede el hombre? ¿Qué finalidad tiene la existencia? Etcétera. Los ataques a la obligatoriedad de la enseñanza religiosa nos hacen temer asimismo por la formación ética y moral de nuestros niños y nuestros jóvenes. Religión y moral aparecen estrechamente relacionadas, en la conciencia del ser humano. Por nuestra parte y a pesar de algunas excepciones que conoce nuestra experiencia, otorgamos mayor confianza a una persona religiosa.
»Tan sólo un caso queremos mencionar aquí: durante la guerra, un soldado penetró de pronto en una casa y tras apartar a los aterrorizados moradores, penetró en una de las alcobas, se tendió sobre la cama y se quedó profundamente dormido. Por su guerrera entreabierta brillaba una medalla de la Virgen que colgaba de su pecho. Los moradores de la casa volvieron tranquilamente a sus trabajos mientras se decían: "No debemos temer nada. Parece un hombre creyente. Necesita dormir".
»No queremos decir con ello que todo no creyente es malo. ¡Sería triste, muy triste, que la naturaleza humana pudiera perder por entero los sentimientos morales! Habrá siempre humanos que se sientan impulsados al bien, incluso en medio de un general envilecimiento, como otros poseen innato sentido estético que les hace valorar como se merece la belleza artística. Sin embargo, la decadencia del nivel ético y moral es irremediable sin una formación religiosa. No es por azar o casualidad que los ejecutores de las mayores crueldades hitlerianas fueran aquellos que habían renegado previamente de su fe. Tampoco es casual que la decadencia de la familia vaya pareja a la ausencia de religiosidad y que hayan crecido las cifras de criminalidad juvenil, entre la que hay que incluir la prostitución de las adolescentes. ¿Hay que acceder a la supresión de la obligatoriedad de la
enseñanza religiosa ante estos hechos? Con ello se perjudicará precisamente a los que menos la reciben en su hogar. ¿No resultarán afectados los niños pertenecientes a las capas más pobres, que precisamente son los más necesitados de unas defensas religiosas y morales? ¿No tendría que ponerse freno a esa decadencia antes citada, precisamente con el fortalecimiento e incremento de los impulsos religiosos? La conferencia de los dos partidos que ha tratado de la enseñanza facultativa de la religión, ha elaborado asimismo un plan económico trienal. Conocemos este plan y las consecuencias que cabe extraer del mismo. Se calcula en el mismo nuestra potencialidad material y nuestras posibilidades de producción, al tiempo que nuestros desembolsos y nuestros ingresos; sólo una cosa se ha echado en olvido: los factores morales. Tememos que cualquier plan sea infructífero, que fracase incluso en su intento de promover una simple prosperidad material de la nación, si desaparece la conciencia del deber y el temor de Dios, el respeto a las leyes y la disciplina en el trabajo, el sentido de la justicia respecto al prójimo y el amor al trabajo común. En una palabra: nos veremos ante el derrumbamiento y la ruina si predominan el egoísmo y la falsedad, el interés del partido y el interés personal, la discordancia y la lucha en vez de la probidad asentada sobre una sensibilidad religiosa.
»Para la conservación de nuestra nación, para asegurar nuestro desarrollo económico y moral, sepamos mantenernos firmes en la defensa de la enseñanza obligatoria de la religión. Mantengamos nuestra postura, con resolución, con intransigencia, como la mantienen los médicos respecto a la obligatoriedad de la vacuna. No queremos que se difunda el foco de infección compuesto por individuos y grupos que viven sin el conocimiento de Dios y Cristo y sin la esperanza en la vida eterna. No sería justo argumentar que a pesar de la enseñanza cristiana, sigue habiendo crímenes y se