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Mi nombramiento de primado

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 32-34)

El día 8 de septiembre de 1945 regresé desde el condado de Somogy a mi sede episcopal. Me aguardaba Josef Grosz, arzobispo de Kalocsa y a la sazón presidente de la conferencia episcopal. Me comunicó que era deseo del Santo Padre que yo asumiera el arzobispado de Esztergom y de esta manera ocupara la sede primada de Hungría. Esperaba poder llevar al día siguiente mi aceptación a Roma. Medité mucho, hasta bien pasada la medianoche. Luego rogué una prórroga de veinticuatro horas. Me habría sido fácil y hubiera tenido muchas razones para rechazar la solicitud. Si hacía cien años, Jozsef Kopacsy había luchado largamente consigo mismo al tener que dar el mismo paso y trocar Veszprém por Esztergom, un conocedor de las circunstancias comprendería que no podía dar sin vacilaciones mi asentimiento.

A los dos días accedí. Un factor decisivo de este asentimiento fue la confianza del Papa Pío XII. Conocía mi naturaleza y sabía que mis preocupaciones eran pastorales antes que políticas. Me había propuesto para asumir la diócesis de Veszprém, a pesar de que el gobierno oponía a la sazón dificultades. El Santo padre estaba informado por el Nuncio de la administración de mi diócesis y, por tanto, de la posibilidad de mi detención. Por ello apremiaba el tiempo. El portador de la propuesta me indicó que el catolicismo húngaro sufriría grandes perjuicios si la sede primada, que estaba vacante desde hacía medio año, seguía sin ocupar. Cuando acepté, confiaba con todas mis fuerzas en nuestro pueblo, que vivía valientemente su fe y evidenciaba cada vez con mayor empeño su adhesión a la cristiandad, tal como había hecho tantas veces a lo largo de su historia. Confiaba asimismo encontrar algún apoyo en la comisión aliada de control (SZEB), que tras el armisticio era la instancia suprema en los destinos de nuestra derrotada nación. Además de los rusos, formaban parte de aquella comisión los representantes de la misión militar de las potencias occidentales.

Durante la semana que siguió a mi decisión emprendí un recorrido para impartir la confirmación por los alrededores de Papa y visité detenidamente las parroquias. Me interesaba de una manera especial la situación de aquellos nuevos centros de atención de almas, de los que a partir de entonces no podría ocuparme. Durante aquel recorrido me llegó el definitivo nombramiento como primado de Hungría por Pío XII. Jozsef Grosz, el arzobispo de Kalocsa y administrador de la sede, hizo pública la noticia en la mañana del 15 de septiembre de 1945. En el transcurso de aquella misma jornada, el gobierno provisional se sintió movido a poner a mi disposición, para mi protección y por la dignidad del cargo, un automóvil militar adornado con banderas. Con este vehículo me desplacé primeramente a Papa, donde impartí el 16 de septiembre el sacramento de la confirmación a 800 muchachos y muchachas. Tras haber hablado primeramente a los confirmados, dirigí en mi sermón un breve llamamiento a la nación, exhorté a todos los fieles a la superación de las diferencias y al ejercicio consciente de los deberes y derechos ciudadanos: «La Iglesia desea y exige de todo cristiano que ejercite sus derechos ciudadanos — sin preocuparse de las intimidaciones — de acuerdo con su conciencia. Todo cristiano húngaro tiene el deber de hacer uso de sus derechos ciudadanos. Todo

católico húngaro tiene que dejarse guiar por su conciencia en el ejercicio de estos derechos y deberes. Tan sólo de esta manera conseguirá que los principios cristianos sigan informando en el futuro nuestra vida pública».

Hablé con tanta claridad porque estaban próximas las elecciones para el Parlamento, preparadas con mucha astucia y ambigüedad política.

Luego proseguí: «La Iglesia católica ha vivido en este país algunas tormentas desde hace mil años a esta parte. No se oculta cuando las tormentas amagan y está siempre, por tanto, en primera línea con el pueblo húngaro y por el pueblo húngaro. La Iglesia no solicita ninguna protección terrenal; se protege bajo las protectoras alas de Dios».

En el altar mayor de! templo de Papa aparecía la lapidación de San Esteban. Señalé aquella pintura y rogué a los húngaros que no se arrojaran piedras unos a otros, sino que rivalizaran en el perdón y la caridad con los primeros mártires de la Santa Iglesia.

Tanto los amigos como los enemigos podían interpretar mis palabras en el sentido de que el primado no se engañaba sobre la difícil situación de la Iglesia y la nación y sabía exactamente que al asumir el más alto puesto eclesiástico de Hungría en aquellas circunstancias, había tomado sobre sí una tarea cuyas proporciones sobrepasaban la capacidad de las fuerzas humanas.

La tarde del mismo día me dirigí con aquel automóvil militar que conducía un soldado uniformado, a Mindszent, a casa de mis padres. Formaba parte de mi escolta un teniente, que había sido antiguo alumno mío, y el sacerdote más joven del obispado. En las pocas horas que pasé en casa, mis padres vertieron muchas lágrimas, pero no de alegría sino de preocupación. Mi madre me prometió sus oraciones para los difíciles tiempos que se avecinaban y también mi padre intuyó, según dejó entender al despedirse, los riesgos que me amenazaban.

Riesgos que no se hicieron esperar mucho. Hacía apenas diez minutos de nuestra salida de Mindszent cuando corrió ya peligro nuestra vida. En el pueblo de Csipkerek, junto a la carretera principal Budapest-Szent-Gotthard, nos cruzamos con un grupo de soldados rusos borrachos entregados al saqueo. Habían detenido un camión de transporte, desvalijándolo. Hicieron señales para que nos detuviéramos. Nuestro chófer frenó. Yo le hice ademán de que aumentara la velocidad, por lo que apretó el acelerador y pasamos a toda velocidad junto a los rusos. Sacaron inmediatamente las pistolas ametralladoras y dispararon unas cuantas ráfagas que no dieron en el blanco.

Cuando el día siguiente informé del incidente a la comisión de control aliada, el ruso que presidía no se dignó dar siquiera una respuesta a mis reclamaciones. A decir verdad, no había hecho aquella intervención tanto por propio interés como en la esperanza de que mi queja llamaría la atención sobre situaciones tan insoportables como aquélla y podría así ayudar a otros. Si ni siquiera el primado del país podía desplazarse con seguridad plena, calcúlese el riesgo en que se encontraría cualquier húngaro que viajara por su patria...

Di por terminadas las labores episcopales en mi diócesis y comencé los preparativos para hacerme cargo del arzobispado de Esztergom.

El vicario general, János Drahos, me visitó para tratar sobre estos preparativos para mi instalación. Me desplacé a Budapest, pero hice con anterioridad una vista a Lajos Shvoy, el obispo de Székesfehérvár, en quien tantas veces había encontrado comprensión y amistoso consejo. También en aquella ocasión hablamos de mis preocupaciones y mis planes. Le entregué asimismo, con destino al periódico «Uj Ember», un artículo editorial largamente pensado, en e.1 que se exponía el papel de las comunidades parroquiales en la nueva situación. Durante nuestro período de cautiverio había tratado con aquel obispo y amigo sobre las ideas expresadas en el artículo. También él consideraba por su parte que era una imperativa labor de la jerarquía agrupar a los fieles en comunidades religiosas intensamente organizadas. El texto demuestra que bastantes décadas antes del Concilio Vaticano II, habíamos dado a los católicos húngaros, al «pueblo de Dios», instrucciones en el campo del cuidado de las almas, inspiradas por un espíritu similar. El artículo llevaba el título «Nuestra principal tarea en estos años difíciles». A continuación se ofrece un extracto del texto:

«Los tiempos difíciles representan siempre un final para ideas e instituciones humanas. Ideas e instituciones nuevas salen a la luz o se adelantan hasta un primer término. Las diócesis católicas húngaras, con sus extensos y múltiples campos de actividad, son factores importantes de la vida pública. Fortalecen la confianza católica en sí mismo, favorecen la convivencia y desarrollo conjunto

del pueblo católico, la actividad benéfica y caritativa, la formación católica, la información, las misiones y la prensa.

»Ya desde antes del año 1919 existían en Hungría comunidades religiosas y conventos cerrados, por ejemplo, en Sopron y Kószeg. Pero aquel año comenzó un extenso desarrollo en la vida de las comunidades. Puede decirse que desde entonces, cada parroquia y cada comunidad católica romana, que sostenía una escuela, tenía también su templo. El desventurado año 1919 exigía aquella estrecha cooperación. El año 1945 exige lo mismo por causas idénticas. Las comunidades parroquiales tienen que multiplicarse, ya que la situación en los nuevos asentamientos rurales y las nuevas áreas de colonización exige imperiosamente nuevas parroquias y templos parroquiales. Incluso en las zonas donde en 1919 no parecía necesaria la prisa, resulta apremiante en este año 1945. Este año tormentoso exige asimismo una profundización en la vida de las Parroquias y comunidades religiosas actualmente existentes.

»Tarea principal de estas comunidades es unir y reconciliar en Cristo a la sociedad articulada en clases y partidos.

»EL lema predominante es en la actualidad: democracia y gobierno del pueblo. Las comunidades religiosas no representan una forma oriental ni occidental de democracia; queremos la superación de todas las contradicciones con la unidad, la unidad del pueblo de Dios y la unidad de la familia. Entre nosotros están unidos todos los estratos del pueblo, sin excepción de uno solo, de una sola clase.

»La estructura de la sociedad nos divide en campesinos, burgueses, obreros, etc. La comunidad religiosa nos une en Cristo y en su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. Frente a regímenes fascistas, imperantes hasta hace poco, proclama la Iglesia incansablemente los derechos del individuo, del ser humano, de la familia.

»Hoy, en la era atómica, la Iglesia húngara hace realidad en sus comunidades el ruego del Maestro: «que todos sean uno» (Juan, 17, 11). El Estado, la sociedad en proceso de desintegración y cada uno de los fieles de la Iglesia debería sentir agradecimiento por estos esfuerzos. La Iglesia activa la realización del catolicismo en el marco de los pueblos y las parroquias.

»La propia vida de las comunidades hace notoria su tarea: los servicios divinos, las escuelas católicas, las casas de cultura, los camposantos, la salvaguarda de la familia, los pobres, los enfermos, los que sufren, los faltos de ánimo; todos aquellos que están durante su vida terrenal más cerca del Señor...»

En Budapest fui a ver a mi vicario general y me dirigí a la Acción Católica para mantener un intercambio de impresiones con sus dirigentes. Hablé con el Padre István Borbély, provincial de los jesuitas y el superior carmelita, Marcel Márton. Con uno traté sobre las organizaciones culturales y católicas; con el otro, de los problemas que afectaban la vida religiosa de los fieles.

Fijamos el 7 de octubre de 1945 como fecha de mi instalación en Esztergom.

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