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El ángel tutelar de mi cautiverio

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 175-177)

Diez años antes de mi tercer cautiverio escribí las palabras siguientes sobre el amor materno: «Te olvidarán tus superiores, tras haberles servido; tus subordinados cuando no sientan el peso de tu poder; tus amigos cuando te vean en dificultades... en la puerta de la cárcel estará tan sólo tu madre. En las profundidades de la prisión tendrás únicamente a tu madre querida. Sólo ella descenderá hasta allá. Y si estás recluido en el más profundo de los calabozos, tan sólo ella no retrocederá, no se echará nunca hacia atrás...»

Cuando escribí estas palabras me hallaba muy lejos de pensar que mi anciana madre sería la única estrella en el oscuro firmamento de mi reclusión. Ella fue mi única visita y de ella recibí los abrazos durante los ocho años de permanencia en la cárcel.

¿Quién es mi madre? Una mujer con seis hijos, que vivía a los ochenta y cinco años en su hogar de Mindszent, rodeada de catorce nietos y otros tantos biznietos. En la época de mi detención, cuando mi nombre fue arrastrado por el fango, ella tenía 74 años y era viuda desde hacía dos. Acudió en mi ayuda desde un ambiente pueblerino y haciendo en todo momento gala de una inteligencia y habilidad que fueron mi solícito apoyo hasta su muerte. Se orientaba muy bien en aquel mundo cruel de las cárceles comunistas. Nunca había pisado hasta entonces un misterio. Los visitó a partir de mi detención y supo comportarse con la máxima dignidad en su trato con los jefes del partido que contra toda legalidad se habían apoderado del poder. Ni que decir tiene que aquello presentó para ella una pesada cruz. Dondequiera que aparecía, en el Ministerio, en la cárcel, en el penal, su actitud era en todo momento testimonio de la fortaleza de su alma.

Cuando me nombraron príncipe primado, muchos dijeron de ella: «¡Qué madre tan feliz!» Tanto en Hungría como en el extranjero, muchas personas solicitaron que las aceptara como hijos e hijas espirituales. Cuando los obispos Badalik y Rogács visitaron a la humilde anciana en su vivienda campesina, di a la visita el valor de un signo especial de honor. Durante la última conferencia episcopal bajo mi presidencia, celebrada en Esztergom el 16 de diciembre de 1948, tomó parte en una comida con los obispos y arzobispos. Todos alabaron su actitud prudente y razonable.

A partir del 26 de diciembre de 1948, día de mi detención, una oscura noche envolvió la radiante bondad y la cordial humanidad de aquella mujer.

Desde el 19 de noviembre vivía conmigo y había sido testigo de mi detención. Quiso ir donde me llevaran, cosa que como es natural impidieron. Pero ya el día siguiente estaba en la ciudad para buscarme un defensor. Se enteró con profunda angustia de lo acontecido en el número 60 de la calle Andrássy y la calle Markó y su indignación fue considerable al tener conocimiento de mi condena. La marea de calumnias no la detuvo. Hubiera sacrificado su vida del mejor grado para salvar a su hijo, pero no había nadie capaz de aceptar aquel sacrificio.

Tuvo que pasar también por la prueba de ver cómo muchas antiguas amistades se iban apartando de ella, cómo eran cada vez más raras las visitas que le hacían y las cartas que le remitían. Había conocidos e incluso parientes que sólo la veían fuera de su casa.

Le fue posible visitarme primeramente en la cárcel general y otra vez, el 17 de junio de 1950, transcurridos nueve meses. No se le permitió entonces que viera mi «habitación» y se vio obligada a hablar conmigo bajo vigilancia. Los paquetes que me llevaba y que contenían embutidos, uvas y carne, fueron siempre objeto de una minuciosa revisión.

Tan sólo nos permitían que conversáramos de temas familiares, pero ella sabía informarme con gran habilidad sobre la marcha de las cosas en el país y el mundo. Me hablaba de «los obispos con barba», de los sacerdotes que se habían convertido en colaboradores de los partidos, de los héroes y de los débiles y cobardes; de monjas y frailes torturados, así como de los sacerdotes de Zalaegerszeg y Szombathely perseguidos y encarcelados. También procuraba suministrarme información sobre la suerte corrida por los otros obispos. Entremezclaba observaciones y detalles que no nos estaban prohibidos, como los fallecimientos ocurridos en la familia, las bodas y el futuro de sus biznietos. Tam- bién me habló de mi sobrino, el corregidor József Légrady y su familia así como el doloroso suplicio que estos parientes tenían que sufrir por mi causa. Me enteré también por boca de mi madre de la muerte de Stalin y que su sucesión había provocado tensiones internas en el régimen ruso. Al despedirse, sus palabras últimas estaban siempre henchidas de fe. Cada vez nos preguntábamos mutuamente, sin más que una mirada de inequívoco significado, si volveríamos a vernos en esta vida.

Sus ojos maternales se dieron inmediatamente cuenta del cambio, cuando aparecí ante ella vestido con el traje negro en vez de las habituales ropas carcelarias. También se dio cuenta de mi debilidad y mi precario estado de salud. Al ver mi aspecto de difunto, tras haber adelgazado cuarenta y cuatro kilos, se puso a gritar y solicitó la presencia del comandante. Cuando la exhortaron para que no politizara, respondió pensativa:

— Las ignorantes mujeres pueblerinas de ochenta años no entienden nada de política. No hay que tener miedo de ellas y por tanto tampoco de mí.

Su mayor alegría durante todos aquellos años de mi cautiverio fue recibir de nuevo, en una ocasión, en Püspókszentlászló, la Santa Comunión de manos de su hijo.

Mi libro, «La Madre», fue inspirado por su figura. Quizá no quede ya en Hungría una sola página del libro en cuestión. El furor destructivo y el odio deben haber aniquilado hasta el último ejemplar. Pero cuanto escribí en aquella obra, arrancado por así decir de mi propia alma, fue transcripción de todo lo que mi madre había hecho por mí y anticipación de cuanto iba a hacer todavía a lo largo de su vida. No puedo dar suficientes gracias al Señor por haberme dado aquella madre y por conservármela durante los años más difíciles de mi vida. En el año 1948 me rogó que no me quedara en el país, sino que me marchara al extranjero. Como no me era posible hacer lo que me pedía, aceptó mi decisión. De haber seguido yo luego el camino más fácil, con seguridad lo habría considerado en el interior de su ánimo una traición. Supimos siempre aceptar la voluntad de Dios, tal como Él nos la expresaba a través de los hechos. Nuestros caminos estaban, por tanto, en manos de Dios. Esto lo sabía ella con tanta claridad como yo.

Los lugares donde su vida se desarrollaba eran el templo y el hogar, con su hija, con los nietos y los biznietos; el cementerio, el viñedo y la casa de su segunda hija. A estos lugares se añadió luego mi sede de Esztergom y desde la Navidad de 1948, la cárcel donde yo estaba recluido.

Con frecuencia contemplaba desde lo alto del viñedo el cementerio donde reposaban mi padre, los diferentes párrocos del lugar y los maestros que se habían sucedido en la escuela. Tanto el canónigo, doctor Gyula Gefin, como el profesor doctor József Vecsey la rodearon de gran afecto durante mi encarcelamiento y el segundo la acompañó en la visita que ella me hizo a Budapest. El párroco y el vicario del pueblo, al igual que el maestro del coro, la ayudaban en las faenas de la vendimia del viñedo y en los trabajos del campo. Los muchos gastos provocados por los viajes consumieron sus pequeños ahorros; sus escasos ingresos ataban fuertemente gravados por los impuestos. A pesar de ello, ayudaba del mejor grado a jóvenes seminaristas, los futuros trabajadores de la Iglesia, y sufragaba constantemente Misas por su hijo.

Durante ocho años no intercambiamos carta alguna. No fue posible mandárselas tampoco desde la embajada norteamericana. En abril de 1959 llegó a mis manos el tercer tomo de los documentos sobre el caso Mindszenty y encontré en su apéndice diecinueve cartas de mi madre, escritas durante mi cautiverio a su hermana espiritual y bienhechora Eva Treffner, que se hallaba en Nueva York.

Al leer estas cartas me enteré de muchas cosas que desconocía: una de ellas, que se había desplazado a Budapest cuando yo estaba recluido en la calle Andrássy. Con mucho esfuerzo por su parte había buscado un defensor para mí. Sus gestiones para obtener la autorización de visitarme fueron intensísimas y también por la lectura de las cartas me enteré de que el 23 de febrero de 1949 había ido de Herodes a Pilatos para conseguir entrevistarse conmigo. Había estado tres veces en la capital, sin conseguir éxito alguno. El estribillo que repetía en todas sus cartas era éste: «Siento una tristeza mortal; me tratan como a un desecho. No encuentro ya consuelo en este mundo».

Llamó también en su ayuda al arzobispo Grosz y los obispos. Éstos recibieron de las autoridades la respuesta de que «una madre tenía siempre derecho a visitar a su hijo». Pero tal derecho no pasaba de constar sólo sobre el papel.

En mayo de 1950 se hizo una fotografía destinada a mí, escribió una dedicatoria en una de ellas y se la mandó al ministro con la intención de que se la remitiera a su hijo preso. Tampoco se cumplimentó este deseo. Recibí la fotografía cinco años después, el 16 de julio de 1955, con el inventario ya citado. Si se exceptúa una fotografía del Papa Pío XII, era aquélla la única imagen del mundo que tenía en mi poder. La colocaba sobre la mesa y la besaba cada noche. Durante mi cautiverio, rezaba una parte del Rosario a la intención de mi madre.

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