Me devolvieron a la celda, llena de humo y sin ventilación. Completamente agotado, me tendí en el diván y me volví hacia la pared. Reparé entonces en un pequeño vaso con vino que estaba en el suelo. Pensé que en aquel lugar de crueldad y horror había todavía una persona capaz de pensar en el consuelo que representaba para un sacerdote celebrar la Santa Misa en semejante situación. Del pan que me dieron para el desayuno, partí un pequeño pedazo y lo guardé. Cuando los guardianes me dejaron un momento solo, vertí la mitad del vino en mi vaso de agua, pronuncié sobre el pan y el vino la fórmula de consagración y comulgué. Me fue posible celebrar en dos ocasiones la Santa Misa. Luego no volvieron a dejarme más vino. A la tercera mañana apareció el «partisano». Registró toda la estancia y se llevó los vasos de vino y agua. Estaba bien claro que pensaban especular con mi petición para celebrar. Me guardé bien de reiterarla durante los treinta y nueve días que permanecí en aquella estancia, pues estaba seguro de que me solicitarían como contrapartida el «regalo» de mi firma.
La ordenación de las horas del día siguió siendo la misma. Desde hacía cuarenta y ocho horas no había podido dormir. Apenas cerraba los ojos, aparecía un tipo y me sacudía para despertarme. Por la tarde apareció el coronel Décsi y se «lamentó» de que me mostrara tan reacio a colaborar con él. Tenía que pensar que mi caso estaba casi por enteró en sus manos. Le respondí que no deseaba un trato especial, sino la aplicación del código penal y un proceso regular en el que tuviera derecho a un defensor que sería, según tenía ya pensado, el doctor József Gróh, abogado diocesano. Tan sólo el fiscal estaría facultado para formular las correspondientes acusaciones, pero no basadas en meras sospechas, sino en el material probatorio exigido por la ley. Si faltaba — como era mi caso — no quedaba más que absolver al acusado. En el caso de que pensaran tenerme recluido, deseaba mi traslado, a partir de aquel mismo instante, a una cárcel judicial.
Peter fuera informado de aquella situación existente, pero ordenó a los dos guardianes que estaban a mi lado que me llevaran al despacho de Peter. Se encontraba el despacho en la planta primera y los golpes que me habían propinado en todo el cuerpo no hicieron fácil subir las escaleras. Un policía abrió la puerta. El dueño y señor de la calle de Andrássy estaba sentado detrás de la mesa. Me contempló unos instantes antes de invitarme a tomar asiento.
— ¿Cómo le va? ¿Cómo se encuentra?
— Como cualquier persona-puede encontrarse aquí — respondí. Él repuso:
— Se muestra muy hostil con nosotros y no parece decidido a abandonar esta actitud. Yo le dije:
— Con gran lujo de palabras se garantiza ahora en Hungría el derecho y la libertad de los ciudadanos. Pero aquí, en esta casa suya, se sabe muy poco sobre ello. Aquí se «trabaja» al acusado con puntapiés y porras de goma, es obligado a ingerir drogas y debe firmar declaraciones redactadas con anterioridad a los interrogatorios. Los jueces tienen que admitir estas pruebas prefabricadas y no se permite la intervención de un defensor...
Gábor Peter me miró con expresión muy severa y amenazó:
— Tendrá que sufrir muchas más cosas si sigue tan obstinado. Me levanté y salí de su despacho. Han transcurrido muchos años desde que ocurrió esta escena y hoy me pregunto si Décsi y Peter consideraron mi deseo de hablar con el jefe de la policía secreta como una capitulación. Mi requerimiento podía parecer poco lógico y en contradicción con mi actitud y mi carácter. En realidad, había sido algo muy semejante al aburrimiento lo que me impulsó a solicitar que se informara a Peter de la situación. Tanto él como Gyula Décsi estaban irritados por mi resistencia. A pesar de mi actitud, el ministro del Interior, János Kadar, hizo llegar una comunicación a la prensa en la que se hacía constar que se habían encontrado pruebas suficientes de mi participación en una conspiración, en unas extensas acciones de espionaje y también en un contrabando de divisas.
En uno de los siguientes interrogatorios hice constar que habían aparecido en los periódicos falsedades respecto a mi persona. Décsi sospechó, con toda razón, que había podido hacer aquella reclamación por haber aprovechado la circunstancia de que los guardianes leían el periódico para hacerlo yo también. A partir de aquel día quedó estrictamente prohibido leer periódicos en mi presencia.
La tortura puede conseguir que un preso que se ha mantenido firme lie gue a derrumbarse en unos cuantos días. A las dos semanas firmé un documento, que no representaba un reconocimiento de culpabilidad en el sentido de la acusación, ni tampoco expresaba reconocimiento o gratitud al gobierno. Tampoco después de treinta y nueve días de encarcelamiento obtuvieron de mí semejante texto. Hay que decir también que las torturas corporales a que era sometido resultaban más cautas y comedidas que en el caso de otros presos. Era propósito de mis carceleros quebrantarme principalmente de una manera psíquica porque tenía todavía que representar el papel que me reservaban en el proceso espectacular que preparaban. Los carceleros tampoco se pararon a pensar en la falta de lógica que representaba mantenerme más de un mes recluido en la calle Andrássy cuando a los dos días de mi detención habían anunciado que estaban en posesión de «pruebas definitivas» y mi neto «reconocimiento de culpabilidad».
Cuando anocheció, me trajeron la cena, de la que apenas probé bocado. Tan sólo partí un pedazo de pan. La vista de la comida despertaba en mí las sospechas de que contuviera una droga y bastaba que me pareciera percibir un olor raro para que no tocara la sopa y las verduras. Más tarde, solamente tomé algo de sopa cuando comprobaba su claridad y que no sobrenadaba nada sospechoso en ella. Transcurridos los años pienso en aquellas sospechas mías y no puedo por menos que sonreírme, ya que en la calle de Andrássy no era la sopa más peligrosa que otras sopas o las otras vituallas que me habían servido.
Habían transcurrido, entretanto, setenta y dos horas sin dormir. Fui llamado al cuarto interrogatorio. El lugar y los participantes eran los mismos. Me acusaron nuevamente de espionaje y traición. Las acusaciones eran como un martilleo al que se sometía a los presos, de tal manera que llegaran por sí mismos lentamente, a la convicción de que habían urdido una conspiración; de que no habían tenido en la mente otra cosa que planear una subversión y que sólo habían vivido y actuado con un único
objetivo: derribar la República. De esta manera, se citaban nombres completamente desconocidos, de los que el preso nada sabía y se sentía marioneta de un juego cuyos hilos movía la policía. El acusado aparecía y desaparecía en cualquier momento y podía ser llevado, a voluntad, a cualquiera de los terrenos que los interrogadores desearan. Al final, el preso estaba tan confuso que ayudaba por sí mismo a tejer los hilos de la red, llegando a ser actor de insólitas escenas que ni siquiera en sueños hubiera podido imaginar.
Cuando entré en la sala de interrogatorios, me había propuesto responder a todas las preguntas con tanta tranquilidad como me resultara posible. Pero bastó que me hicieran una observación completamente falta de sentido para que mi paciencia se perdiera. El coronel me gritó:
— Tiene usted que confesar lo que deseamos oír. Yo le repuse:
— Si aquí, entre ustedes, los hechos con que cuentan y las actas, los interrogatorios y las acusaciones sólo son ficticias, no creo que sea necesaria prueba alguna...
Esta «descortés» respuesta hizo que me entregaran de nuevo al comandante, que me devolvió a mi celda y puso otra vez en acción la porra de goma sobre mi cuerpo desnudo, mientras afuera las risas burlonas acompañaban la tortura.
Devuelto a la sala de interrogatorios, me lanzaron la declaración a la cara y me ordenaron: — ¡Fírmela!
— La firmaré si se rectifican determinados extremos. — ¿Qué tiene usted que añadir?
— Repasen los detalles. Entonces haré mis objeciones.
Volvieron a leer el documento, añadieron nuevas formulaciones al texto y retocaron algunos conceptos, pero sin introducir sustanciales jiiodificaciones. Me negué a firmarlo, con lo que se generalizó la ira contra mí y de nuevo llovieron los golpes. Tan sólo al amanecer cesó el tormento, porque al parecer, los policías que hacían el servicio de día no debían ver lo que ocurría allá durante las noches. La nueva jornada renovó las escenas ya sabidas: palabras groseras, insultos, brutales carcajadas... Durante el reconocimiento, el médico mantuvo una expresión preocupada, pero nada dijo. Por la tarde me visitó un teniente coronel del servicio de interrogatorios y me trajo un racimo de uvas. Al no quererlo aceptar, me insistió con voz suave y me dijo, además, que por lo menos admitiera en parte la declaración que me presentaban. Estaba bien a la vista que le cohibía tener que participar en mi caso. Era un hombre de convicciones religiosas, pero tenía una familia numerosa y con seguridad le apartarían de su puesto en el caso de que el interrogatorio fracasara por causa de mi obstinación. Desgraciadamente, me resultó imposible ayudarle.
Resultó que todo aquello había sido escenificado con el mayor cuidado, pues Décsi mandó más tarde a otro miembro de la comisión investigadora con el encargo de comunicarme que tanto mi secretario como él profesor Baranyay habían hecho en sus declaraciones graves cargos contra mí y que resultaba inútil seguir mintiendo. Me leyeron las declaraciones en cuestión y me mostraron las firmas de los dos acusados. Tomé buena nota de ello, pero no di respuesta alguna. Cuando salió el comisionado de Décsi, me pareció escuchar el eco de unas campanas. Recé el Rosario. Siguió la cena y la visita de los médicos. Tendido en el desventrado diván, recapitulé sobre mi situación, traté de poner en orden mis pensamientos y me preparé para el interrogatorio nocturno.