Capítulo II: El empirismo trascendental de Gilles Deleuze
3. Más allá de Kant: el empirismo trascendental de Diferencia y repetición
4.7. La literatura y la grieta
4.7.1. La vitrina de los monstruos
4.7.1.2. Artaud y Rivière, Kant y Descartes
Artaud [...] sabe que la dificultad como tal, y su cortejo de problemas y de preguntas, no son un estado de hecho, sino una estructura de derecho del pensamiento (DR 192).
Deleuze selecciona de su vitrina otro personaje ejemplar a este respecto: Artaud, representante del cogito para un yo disuelto que ha quedado después de la cirugía kantiana, y que, dando un paso más allá de Kant, ya no se resuelve ni en particularidades empíricas ni en un universal abstracto (DR 3-4).
El linaje vincula, de esta manera, a Kant primero con Rimbaud y después con Artaud. La correspondencia entre el editor Jacques Rivière y Antonin Artaud es esgrimida por Deleuze (DR 191-192) como ilustración del debate entre la postura cartesiana y la postura kantiana, entre la idea del límite como limitación exterior, del error como algo fácilmente corregible con ayuda de un método, y la fatal intuición de un límite inherente, que atraviesa y no simplemente delimita, a un pensamiento impotente. El impoder de Artaud a la hora de escribir y pensar es una imposibilidad estructural, y no un “hacerse el idiota” estratégico como en el caso de la duda cartesiana. Cuando años más tarde Deleuze hable de nuevo de Artaud en su Abecedario, recogerá su declaración «escribo para los analfabetos, escribo para los idiotas» interpretando ese “para” como “en el lugar de”, “en la condición de”. Artaud presenta, en una carta del 5 de junio de 1923, así la cuestión:
Sufro una espantosa enfermedad del espíritu. Mi pensamiento me abandona, en todos los niveles. Desde el hecho simple del pensamiento hasta el hecho exterior de su materialización en las palabras. Palabras, formas de frases, direcciones interiores del pensamiento, reacciones simples del espíritu, estoy en la búsqueda constante de mi ser intelectual [...]. Estoy por debajo de mí mismo, lo sé, lo sufro [...]. Quisiera que usted comprendiese que no se trata de ese más o menos de existencia que afecta a lo que se conviene en llamar la inspiración, sino de una ausencia total, de una verdadera pérdida [...]. Es el problema de mi pensamiento lo que está en juego305.
Con respecto a los poemas que Rivière recibe de él y que rechaza publicar en La
Nouvelle Revue Française, Artaud afirma que «proceden de la incertidumbre profunda
de mi pensamiento. Muy afortunado cuando esta incertidumbre no es reemplazada por
305 A. Artaud, Correspondance avec Jacques Rivière, en Œuvres Complètes, Tome I*, Paris,
la inexistencia absoluta de la que sufro a veces»306. Rivière, por su parte, se calza el traje cartesiano para recomendar al poeta la adopción de buenos hábitos literarios, erigiéndose además en el juez que estima cuál es el problema que aqueja al atormentado Artaud. En una carta del 25 de junio de 1923, responde lo siguiente:
Querido Señor, / He leído con atención lo que usted ha tenido a bien someter a mi juicio, y es con toda sinceridad que creo poder tranquilizarle con respecto a las inquietudes que revelaba su carta y que me han conmovido tanto al elegirme como su confidente. Hay en sus poemas, ya se lo he dicho la primera vez,
torpezas y sobre todo rarezas desconcertantes. Pero éstas me parecen corresponder a una cierta
investigación por su parte más que a una falta de dominio sobre sus pensamientos. / Evidentemente (es lo que me impide por el momento publicar en La Nouvelle Revue Française ninguno de sus poemas), usted no alcanza en general una unidad suficiente de impresión. Pero tengo la costumbre de leer los manuscritos para entrever que esta concentración de sus medios hacia un objeto poético simple no le está del todo vedada por su temperamento, y que con un poco de paciencia, incluso si no es más que por la simple
eliminación de las imágenes o de los rasgos divergentes, usted llegará a escribir poemas perfectamente coherentes y armoniosos307.
Artaud responde el 29 de enero de 1924 lo siguiente, haciendo hincapié en que no se las está viendo con un estado provisorio y contingente llamado a desaparecer en la adquisición del método –aunque coquetea irónicamente con la idea de ser un caso clínico–, sino con una situación estructural:
Me halagaba proporcionarle un caso, un caso mental característico y curioso [...] de toda deformación mental, de todos los obstáculos destructores del pensamiento; pensaba también atraer su atención sobre el
valor real, el valor inicial de mi pensamiento y de las producciones de mi pensamiento./ Esa dispersión
de mis poemas, esos vicios de forma, esa flexión constante de mi pensamiento, hay que atribuirlos no a
una falta de ejercicio, de posesión del instrumento que manejaba, de desarrollo intelectual, sino a un hundimiento central del alma, a una especie de erosión, esencial y fugaz a la vez, del pensamiento [...]./
Hay por tanto un algo que destruye mi pensamiento; un algo que no me impide ser lo que podría ser, pero que me deja, si puedo decirlo así, en suspenso. Un algo furtivo que me secuestra las palabras que había encontrado, que disminuye mi tensión mental, que destruye poco a poco en su substancia la masa de mi pensamiento, que me secuestra incluso la memoria [...]./ Admita, se lo ruego, la realidad de estos fenómenos, admita su furtividad, su repetición eterna308.
Rivière insiste (25 de marzo de 1924): «Me parece que “erosión” mental, que esos hurtos interiores, que esta “destrucción” del pensamiento “en su substancia” que afligen el suyo no tienen otra causa que la demasiado grande libertad que usted les deja. Es el absoluto lo que lo estropea. Para tensarse, el espíritu necesita un límite [borne]»309. Propone, además, a Artaud que publiquen el intercambio de cartas, a lo que en principio el poeta se resiste (25 de mayo de 1924):
¿Por qué mentir, por qué buscar poner en el plano literario algo que es el grito mismo de la vida, por qué dar apariencia de ficción a lo que está hecho de la substancia inextirpable del alma, que es como la queja de la realidad? [...]./ Es preciso que el lector crea en una verdadera enfermedad y no en un fenómeno de época, en una enfermedad que toca a la esencia del ser y a sus posibilidades centrales de expresión, y que se aplica a toda una vida./ Una enfermedad que afecta al alma en su realidad más profunda, y que infesta sus manifestaciones. El veneno del ser. Una verdadera parálisis. Una enfermedad que le secuestra la palabra, el recuerdo, que le desarraiga el pensamiento310.
306 Ibidem, p. 24.
307 Ibidem, p. 26 (la cursiva es nuestra). 308 Ibidem, pp. 28-29 (la cursiva es nuestra). 309 Ibidem, p. 35.
Este desarraigo, esta des-esencialización del pensamiento que lo vacía por dentro, se resume en el lamento de Artaud: «No llego a pensar»311. La grieta que lo atraviesa es, frente a las recomendaciones de Rivière, la estructura misma del pensamiento, no sólo su impotencia fundamental, sino el “impoder” del que podrá surgir, en todo caso, cualquier potencia. Pensar como actividad es, pues, siempre potencia segunda, nunca origen o aptitud innata, y es el ejercicio de un sujeto larvario, embrionario, o de un cogito abortado (DR 146).