Capítulo II: El empirismo trascendental de Gilles Deleuze
5. El campo trascendental sin sujeto
5.1. De la profundidad a la superficie
Sin embargo, de Diferencia y repetición a Lógica del sentido hay un notable desplazamiento de la esfera de lo trascendental desde las profundidades del abismo a la superficie de las cosas –o, cuando menos, si bien no se niega el carácter trascendental del abismo, e incluso se lo aborda en alguna de las series, sí sufre una postergación en beneficio de las superficies–. El énfasis sobre la superficie sin profundidad contribuye a disipar las interpretaciones que hacen de lo trascendental un principio escondido en el trasfondo que habría que desvelar, prepara el terreno para comprender que el sentido es un asunto de producción o creación a la vez que neutraliza las concepciones que hacen de él una reserva, un dato preexistente o una significación establecida de antemano. Las superficies, por tanto, desafían la operación hermenéutica que aspira a reconducir hacia lo visible un pretendido invisible oculto. Deleuze renuncia así al precipicio entre lo visible y lo invisible en favor de una llanura de singularidades agenciadas en multiplicidades que no tiene nada que encubrir ni ningún principio recóndito315.
No obstante, este desvío de Lógica del sentido –de la profundidad a la superficie– no responde únicamente a la inquietud teórica de borrar todo remanente de esencialismo, sino también a la preocupación práctica que anunciábamos al final del epígrafe anterior, a saber: cómo establecer una cierta regla de prudencia que nos permita evitar la encarnación de la grieta, la actualización de las profundidades. Ciertamente, como sostiene José Luis Pardo, Lógica del sentido es una suerte de tregua durante la cual «consigue establecerse una superficie, aunque sea frágil y precaria, que exorciza las amenazas de la paranoia y la esquizofrenia de las profundidades»316. Ahora bien, por mucho que haya un cierto retroceso ante la horrorosa (no)-imagen del sin- fondo o el abismo de la locura que abría Diferencia y repetición, no se trata sino de un aplazamiento, perfectamente consciente de que está postergando algo con lo que tarde o temprano se tendrá que volver a confrontar –como sucederá en Anti-Edipo–. La medida de ello la da la concepción de la superficie como tremendamente frágil, amenazada por el monstro de la locura, del sinsentido informe y sin fondo (LS 101) –además de que también en la superficie habrá un «devenir-loco» (LS 17) –.
La decimotercera serie, “Del esquizofrénico y de la niña”, cerca el espacio de lo que las superficies pretenden conjurar: «Por debajo del sentido, lejos de la superficie. Sub-sentido, insentido, Untersinn, que debe ser distinguido del sinsentido de superficie» (LS 111). No es que haya algo escondido, sino que por debajo de ese sentido ruge la
nada de la grieta, una grieta que pone en peligro a la superficie y que a la vez pone de
315 Se trata de una estrategia análoga a la que adoptó Lacan para combatir las doctrinas del inconsciente
de las profundidades –recuérdese que identificó el inconsciente con la carta robada que circula–.
manifiesto que ésta no es más que una organización secundaria. Artaud y Carroll son los personajes conceptuales de estos dos niveles, del orden primario de la esquizofrenia o el infra-sentido y la organización secundaria de las series de superficie. Todo el trabajo de Deleuze acerca de la grieta, la forma pura y vacía del tiempo, el instinto de muerte y la locura sigue, por tanto, presente, sigue reparando en que bajo la superficie de las condiciones trascendentales estructurales, intensivas o virtuales se halla un principio trascendental más profundo. Y en un momento dado, cuando Deleuze afirma que no daría «una página de Artaud por todo Carroll» (LS 114), está recordando, siquiera anecdóticamente, que el rodeo por las series y las superficies de la estructura tiene una cita ineludible con el grado cero, la grieta o la locura. Quizás ese paseo por las superficies sea sólo, una vez más, una propedéutica, una manera de armarse bien para asomarse después al abismo y no ser devorado por él.
“De las tres imágenes de filósofos”, la serie decimoctava, contrapone la imagen del filósofo de las alturas, propia de un platonismo que insta a salir de las cavernas y alzarse hacia el principio inteligible, a otra imagen volcada en las profundidades, en un sin-fondo que acaba con toda orientación o geografía a priori del pensamiento. «El filósofo presocrático no sale de la caverna, estima por el contrario que no se está lo suficientemente comprometido con ella, engullido en ella» (LS 153); se aventura en el laberinto sin hilo, instala «el pensamiento en las cavernas, la vida en la profundidad» (idem). Sin embargo, esta imagen que Nietzsche reivindica como la verdadera orientación del pensamiento no es sino «una filosofía del futuro» (idem), una filosofía que todavía no es y que no debe ser hasta que no se hayan tomado las medidas oportunas, hasta que no se hayan conjurado los peligros y adoptado una regla de prudencia. Ciertamente, ambas imágenes tienen sus riesgos, pero si bien la primera, la imagen del filósofo de las alturas, no por reivindicar la ascesis y la purificación escapa a una particular patología mental –«el idealismo es la enfermedad congénita de la filosofía platónica y, con su tren de ascensiones y caídas, la forma maniaco-depresiva de la filosofía misma» (LS 152)–, su neurosis no es la psicosis –la esquizofrenia– en la que sumiría una apología desbocada de las profundidades. Al ser consciente de esta amenaza, el propio Nietzsche indica el camino a Deleuze: «Nietzsche no hizo este redescubrimiento de la profundidad sino conquistando las superficies. Pero él no permanece en la superficie; ésta le parece más bien aquello que debe ser juzgado desde el punto de vista renovado del ojo de las profundidades» (LS 154). Y este camino delinea una tercera imagen que se asienta en un espacio intersticial, se orienta de manera lateral –ya no hacia arriba o abajo sino hacia el Este del acontecimiento (LS 155)– y se condensa en la sentencia de Nietzsche: «¡cuán profundos eran estos griegos a fuerza de ser superficiales!» (LS 154). Los estoicos, megáricos y cínicos despliegan todo un arsenal de provocaciones e irreverencias, pero no dejan de ser sobrios y castos en grado sumo (LS 155). «Es una reorientación de todo el pensamiento y de lo que significa pensar: no hay ya ni profundidad ni altura» (idem). Invaden las superficies y las declaran autónomas; hacen que las Ideas platónicas desciendan y que las profundidades presocráticas remonten, y convierten a ambas en acontecimientos. Para evitar caer en «una profundidad negra donde todo está permitido» (LS 156) buscan un antídoto o contra-prueba (LS 157), un personaje conceptual que les permita moverse en los intersticios: Hércules entre el abismo infernal, la altura celeste y la superficie de la tierra. «Ya no Dionisos en el fondo ni Apolo en lo alto, sino el Hércules de las superficies, en su doble lucha contra la profundidad y la altura: todo el pensamiento reorientado, nueva geografía» (LS 157).
Ahora bien, pese a que en la mayor parte de la Lógica del sentido Deleuze es un estoico, en ciertos pasajes se trasluce una cierta impaciencia por completar el itinerario
que marcó Nietzsche y culminar el sondeo de las profundidades que la conquista de las superficies habría hecho posible317. El descubrimiento de la superficie ejerce de gozne entre las series, pero esa esfera de los acontecimientos, por mucho que sea el núcleo teórico de la investigación que ocupa a Deleuze en 1969, no deja de comenzar a ser juzgada «desde el punto de vista renovado del ojo de las profundidades». Hay, pues, una tensión entre la propensión a ir más allá y la precaución de no dar ese paso sin haber evaluado los riesgos, y esa tensión emerge, como ya hemos indicado, en la vigesimosegunda serie, “Porcelana y volcán”. Allí Deleuze distingue la grieta de la superficie con respecto a su encarnación o efectuación en el espesor profundo de los cuerpos, y sitúa el problema en evitar que los dos elementos se sigan el uno del otro necesariamente. «¿Cómo el trazado silencioso de la grieta incorporal no devendría también su profundización en el espesor de un cuerpo ruidoso? ¿Cómo el corte de superficie no devendría una Spaltung profunda, y el sinsentido de superficie un sinsentido de las profundidades? [...]. Si hay grieta en la superficie, ¿cómo evitar que la vida profunda devenga empresa de demolición[?] [...]. ¿Es posible mantener la insistencia de la grieta incorporal guardándose al mismo tiempo de hacerla existir, de encarnarla en la profundidad del cuerpo?» (LS 183). Deleuze concluye que esta cuestión no se puede resolver acudiendo a «reglas generales» (LS 188), y avanza en este sentido la postura que él y Guattari adoptarán en sus dos volúmenes de Capitalismo y
esquizofrenia: para pasar del más acá al más allá, de la superficie a la profundidad, hace
falta prudencia, una regla para cada caso.