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Capítulo I: La teoría del significante y los tres registros (RSI) en J Lacan

2. Simbólico, Imaginario, Real

2.3. Allí donde todos los significantes se detienen Lo real

2.3.5.1. De lo real al ser

El «pasaje de lo real al ser» es la definición que el seminario Los escritos

técnicos de Freud (1953-1954) brinda de la simbolización. En esa medida, aunque la

afirmación que encabeza este epígrafe hace del ser la condición común de los tres registros, si la creación simbólica dibuja un trazado que parte de lo real, es porque éste se supone anterior al ser. Cuando menos, si no un orden cronológico explícito, las premisas que postula Lacan establecen una clara distinción entre el ser y lo real, y cifran su diferencia fundamental en el hecho de que la emergencia del ser está indisolublemente ligada a la aparición de la palabra.

El ser, como condición de posibilidad de la existencia de los entes, se confunde así con el orden simbólico –«pues el ser, el verbo mismo, sólo existe en el registro de la palabra» (SI 09/06/1954)–, antes de cuya irrupción habría un real pre-ontológico del que no cabe decir con propiedad que es: «antes de la palabra, nada es ni no es» (SI 09/06/1954). No obstante, Lacan juega a ser ambiguo con el talante de este ser, a

menudo presentado como el asesinato originario146 o la negación de la cosa original, o bien como la perforación de un agujero en la superficie plena de un real edénico; en otras ocasiones, lo que predomina es la insistencia en la función creadora de la palabra, que «hace surgir la cosa misma», que viene a introducir una presencia allí donde no puede haber otra cosa que ausencia –la plaza vacante que resulta de la renuncia a todo tipo de aprehensión de la cosa-en-sí–. Esta ambigüedad introduce la dificultad de conciliar la presentación de la implantación del símbolo y, por extensión, del ser, como lo que cava un surco en lo real, con la idea de lo real como agujero en la continuidad del entramado simbólico de la realidad cuando, además, emplea el mismo término para ambos casos: béance. Es preciso contar con que estas dos ideas son consecutivas: la primera pertenece al Seminario I y la segunda al Seminario II, de modo que trataremos de rastrear el hilo argumental para justificar el tránsito de la una a la otra.

Ateniéndonos a las explicaciones de Lacan entre 1953 y 1954, el agujero que constituye al ser, si bien precisa de un cierto vacío, de un vacío relativo, para que el juego simbólico se ponga en marcha, para que sean posibles circulaciones e intercambios significantes147, no puede equipararse a un vacío absoluto, a un espacio – llamado impropiamente así, dado que el espacio ya es el marco de una experiencia simbólica– donde no habría ya señales o indicaciones que permitiesen distinguir un lugar de otro, pues no habría siquiera “lugares”. Así, si este último vacío absoluto se emparenta con un real inefable –del que cabe paradójicamente decir que está lleno, que tiene todos los lugares ocupados, precisamente porque carece de lugares por los que se pueda transitar–, el vacío relativo que cava la palabra en lo real se parece más bien a un surco o una marca que pone nombres a los lugares –los crea al denominarlos– y bosqueja una serie de itinerarios por un espacio, esta vez sí, ya sondeado.

De esta forma, el hueco (trou, béance de l’être) en lo real que corresponde al ser se revela como una señal, y Lacan aventura que se trata de la señal de la verdad: «sólo con esta dimensión de la palabra se cava, en lo real, la verdad, que no tiene antes de la palabra ninguna razón para introducirse» (SI 09/06/1954). Junto a la verdad, o más bien en una posición privilegiada con respecto a ella, la mentira es descrita como lo que instaura con su palabra lo que «no es» y, precisamente porque introduce lo que no es, permite que se establezca también qué es. Así, el ser, el agujero en lo real, es el agujero de la verdad: antes de la palabra no hay nada verdadero ni falso, pero tampoco hay ser, pues ser, para Lacan, es ser verdadero o falso.

La textura de lo real en la que se graba la muesca de la verdad queda, en consecuencia, separada y distinguida tanto del ser como de la nada con la que imprecisamente se mezcla el ser; más aún, lo real, de antemano, se opone al ser, a la verdad y al lenguaje. Entonces, si el proceso de simbolización requiere esa superficie real «ya ahí» (E 389) para repujar en ella la silueta del ser, ¿cabe sostener, como lo hará Lacan en el curso siguiente, el axioma bíblico In principio erat verbum? Si el principio se refiere al ser, el recurso a la cita del Evangelio es válido, pero si se desea retrotraer el comienzo más allá de la creación simbólica –como parece hacer en el Seminario I–, ciertamente el verbo cae de su primer puesto. Ahora bien, Lacan es consciente, y se cuida de insistir con frecuencia en ello, de que este retroceso sólo es posible bajo una forma mítica o ficticia, recubierta siempre de símbolos que vetan cualquier

146 «En tanto el símbolo permite esta inversión, es decir, anula la cosa existente, abre el mundo de la

negatividad, el cual constituye a la vez el discurso del sujeto humano y la realidad de su mundo en tanto humano. El masoquismo primordial debe situarse alrededor de esta primera negativización, de este asesinato originario de la cosa». SI, 05/05/1954.

147 «Las palabras, los símbolos, introducen un agujero, un hueco, gracias al cual todo tipo de pasajes son

acercamiento directo a ese presunto –y nunca más que supuesto– real primigenio. De ahí que hacer de lo real el vértice principal de la terna, al menos en la década de los cincuenta, sea una tentación de la que pronto disuaden las dificultades que acarrea. Y de ahí que un año después Lacan prefiera hablar de la simbolización como un proceso que avanza del no-ser al ser, ahorrándose así la problemática referencia a ese real previo a la palabra y pudiendo conservar intacta la ubicuidad y la preponderancia ontológica del registro simbólico. No obstante, persiste latente en la teoría de Lacan una cierta tensión entre dos discursos sobre la instauración del orden simbólico: por un lado, rehúsa pensar un origen del lenguaje pero, por otro, no cesa de apelar a un real anterior a lo simbólico.

Por otra parte, la disyunción entre lo real y el ser se suaviza e incluso cuestiona en el momento en que Lacan, durante el mismo curso en que afirma su exclusión mutua, reconoce en la propia noción de ser algo que escapa a la captura simbólica: «ustedes saben que apenas intentamos introducir la misma noción de ser, ésta se muestra tan inaprehensible como la palabra» (SI 09/06/1954). Hay algo, pues, del ser, aunque sea tan sólo su noción, que recibe una caracterización simétrica a la de lo real, planteado como lo que «resiste absolutamente a la simbolización» (SI 17/02/1954), como algo «literalmente inefable» (SI 24/02/1954). Eso que del ser se nos hurta es su parte real, de modo que no habría tanto oposición absoluta cuanto diferencia mediada por una zona de indiferenciación; reformulando la famosa frase de Freud con respecto a la relación entre el Ello y el Yo, se podría decir que el Ser hunde sus raíces en lo Real. Y es que Lacan, pese a que emplaza la jurisdicción de lo real más allá de la experiencia, pese a que lo califica como lo excluido y no lo designa «jamás directamente» (SI 26/05/1954), concede sin embargo que ese más allá no condena a lo real al ostracismo y al olvido, sino que le hace permanecer «más acá del espejo» (SI 07/04/1954), aparecer «siempre en el trasfondo» (SI 26/05/1954).

Pero ¿cómo puede aparecer lo real si no es sometido a las condiciones de

aparición que impone lo simbólico? No hay, ciertamente, experiencia de lo real como tal, aunque si algo linda con esa experiencia imposible es según Lacan el fenómeno de la alucinación: «a fin de cuentas, ¿no se presenta acaso en su punto máximo el sentimiento de lo real en la ardiente manifestación de una realidad irreal, alucinatoria?» (SI 17/02/1954). La “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la «Verneinung» de Freud” es una redacción ulterior, e incluida en sus Escritos, del aporte de Lacan a su seminario en la sesión del 10 de febrero de 1954. Este texto profundiza el retrato de lo real y deja sentado, inspirándose en la intervención de Hyppolite, que la creación del símbolo no debe concebirse como otra cosa que como un momento mítico –no como una explicación genética– (E 382), que la alusión a la génesis del lenguaje o a un real primero comporta ineludiblemente la elaboración de un mito de orígenes. Una vez hecha la advertencia, Lacan inscribe la implantación del orden simbólico en el ámbito de la «relación del sujeto con el ser» (E 382), fuera del cual la experiencia de un real primitivo sólo puede tener lugar bajo la forma de la alucinación.

Ahora bien, ¿en qué se autoriza Lacan para sostener que, por ejemplo, la alucinación del dedo cercenado en el caso del hombre de los lobos y, en general, las alucinaciones de los psicóticos son representaciones que merecen designarse como

reales a diferencia de las demás? En algo muy kantiano, ciertamente, pues lo que

distingue la alucinación de la experiencia simbólica ordinaria es que aquélla escapa a las coordenadas espacio-temporales de la representación; está fuera del tiempo, desligada de las demás representaciones, impugnando las secuencias y categorías que impone usualmente el principio de realidad. Esta pseudo-experiencia de lo real va a conducir a Lacan a demandar como necesaria una reformulación de la estética trascendental, que se hará más explícita conforme avance su indagación de lo real a partir de los sesenta.

Por el momento, pues, la única experiencia que se reconoce de lo real, la única manera en que el sujeto puede ver emerger lo real, es la alucinación, «en tanto que ella se diferencia radicalmente del fenómeno interpretativo» (E 389). Lacan evoca a este respecto el informe de Freud sobre el caso del hombre de los lobos, y subraya el hecho de que el paciente, mientras alucinaba su dedo cortado, se sintiera incapaz de contárselo a su niñera, que le acompañaba en ese momento y que resultaba ser quien mejor podría socorrerle, «y ello hasta el punto de no poder comunicar el sentimiento que experimenta, aunque sea bajo la forma de una llamada» (E 390). La imposibilidad de hablar del contenido de la alucinación y la inmovilidad se unen a lo que Lacan denomina un «embudo temporal de donde regresa sin haber podido contar los giros de su descenso y de su ascenso, y sin que su retorno a la superficie del tiempo común haya respondido para nada a su esfuerzo» (E 390). Ese embudo se plasma durante el análisis bajo la forma de un déjà vu cuando el paciente, al invocar la escena, tiene la sensación de haberla narrado ya: el tiempo de la experiencia habitual desaparece así al acercarse al campo magnético de lo real.

Ya desde muy temprano148, Lacan procura hacer hincapié en la distancia que separa la alucinación respecto del orden sensorial de la percepción cotidiana. Lo que comparece en la alucinación es «una suerte de mundo exterior inmediato de manifestaciones percibidas en una especie de real primitivo, de real no simbolizado, a pesar de la forma simbólica, en el sentido corriente de la palabra, que toma el fenómeno, donde se puede ver en cierta manera eso de que lo que no es reconocido es visto» (SI 10/02/1954; la cursiva es nuestra). Sin embargo, este real primitivo que constituye el contenido alucinatorio no es la materia de una «mítica sensación pura» (E 76), pues su aprehensión no se puede llamar con propiedad “experiencia” por mucho que su poso perceptivo termine recubriéndose con un envoltorio imaginario o simbólico.

El discurso de Lacan sobre la alucinación parece en este punto introducir una representación especial de lo real que entraría en conflicto con su definición como lo excluido de la representación, como lo que es de iure indecible, innombrable o imperceptible, como lo que «resiste absolutamente a la simbolización» (SI 17/02/1954); por medio de la alucinación, lo real se integraría de algún modo en la realidad. Ahora bien, quizás quepa ver una cierta continuidad entre ambas ideas, pues la consecuencia de que lo real no acceda a la simbolización es precisamente su retorno, en este caso su manifestación bajo la forma de una realidad irreal o alucinatoria que impugna las pautas de la representación. Será en concreto esta aproximación a lo real la que sugiera a Lacan un ángulo de estudio que permita trascender la sumisión incondicional a las premisas simbólicas y que haga lugar a un determinado tipo de experiencia de lo real, que pueda extender la experiencia más allá de lo que habitualmente se entiende por ella. Así, durante la transición que fomentará el giro de su pensamiento hacia lo real dejará de concebir este registro como lo que meramente queda más allá de las fronteras de lo aprehensible.

La “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite” profundiza en los mecanismos por los cuales se produce la alucinación. Además, en este texto se hallan condensadas las tesis principales de Lacan acerca de lo real y el proceso de simbolización, así como las líneas fundamentales de su concepción del ser en torno a los años cincuenta. De acuerdo con él, el ser es correlativo de un acontecimiento primario que radica, siguiendo a Freud, en una afirmación inaugural: la Bejahung. «La condición para que algo exista para un sujeto es que haya Bejahung» (SI 10/02/1954), es decir, todo juicio de existencia requiere como condición previa este acto primordial de simbolización. Sólo

148 “Au delà du principe de réalité”, en l’Évolution Psychiatrique, 3, 1936, pp. 67-86. Recogido en E, vid.

es posible atribuir el valor de la existencia a una cosa, sólo es posible afirmarla o negarla, una vez que ha sido simbolizada en la Bejahung. El pasaje de lo real a lo simbólico parece, pues, jugarse en ella, en la medida en que es «la condición primordial para que de lo real algo venga a ofrecerse a la revelación del ser» (E 388). Así, en primer término habría un real sin ser que la acción de la afirmación traería a la realidad, a la dimensión del ser. Lacan retransmite este momento mítico de la Bejahung como si fuese «una suerte de intersección de lo simbólico y de lo real que se puede llamar inmediata, en la medida en que se opera sin intermediario imaginario» (E 383)149.

Con todo, esta intersección entre lo real y lo simbólico deja de ser invocada como un mito de orígenes cuando se trata de la alucinación, donde sí interviene una cierta mediación, «aunque sea precisamente bajo una forma que reniega de sí misma, por aquello que ha sido excluido en el tiempo primero de la simbolización» (E 383). Lo real, por ende, no es tan sólo el requisito pre-ontológico a partir del cual se cincela el ser, sino también, y en ello reside el germen del fenómeno alucinatorio, lo excluido que retorna. Y es esta segunda acepción de lo real la que mediatiza la relación entre el presunto real primigenio y la simbolización. La Bejahung es la condición primordial para que algo de lo real «sea dejado ser», algo que sólo después puede ser reencontrado allí como ente150; pero también después puede reaparecer aquello a lo que no se ha dejado ser, recordatorio de lo que había antes del acto simbólico inaugural.

¿Qué sucede con lo que no es dejado ser en esta Bejahung? Lacan retoma la distinción freudiana entre Verdrängung y Verwerfung para matizar la peculiaridad de dos fenómenos de exclusión: la represión (refoulement) y lo que más adelante denominará “forclusión” (forclusion151) y que en 1954 traduce aún por cercenamiento (retranchement). Lo que el sujeto ha cercenado (retranché, verworfen) de la apertura al ser no puede ser reencontrado en su historia, donde sí reaparece no obstante lo reprimido (refoulé, verdrängt). Mientras que la represión expulsa de la conciencia –y entierra en el inconsciente– un contenido o una moción pulsional que a menudo retorna bajo otras formas simbólicas y recubriendo otras asociaciones152, la operación de forclusión no permite siquiera formular un juicio de existencia, pues lo que es forcluido es como si nunca hubiese existido, carece absolutamente de semblante simbólico –no es enterrado, sino expulsado del inconsciente–. Pero lo forcluido también retorna, aunque no en la dimensión simbólica: «su efecto es una abolición simbólica» (E 386); «lo que no ha llegado a la luz de lo simbólico aparece en lo real» (E 388). De este modo, lo que no es dejado ser en la Bejahung primaria, lo que se opone a ella y constituye como tal lo expulsado, «el dominio de lo que subsiste fuera de la simbolización», es el producto de la Verwerfung o forclusión, y se manifiesta en lo real eminentemente en forma alucinatoria. Así, la alucinación es nuevamente una mediación entre lo real excluido y la urdimbre simbólica de la realidad. Lo forcluido es proscrito «de los límites mismos de lo posible», es decir, es convertido en imposible, y por ello mismo es sustraído «a las posibilidades de la palabra» (E 386). Su modo de aparecer estará, por tanto, sujeto a

149 Cfr. E, p. 387: «El Señor Hyppolite les ha admirablemente mostrado que es míticamente como Freud

la describe [la Bejahung] como primordial».

150 «Pues es especialmente a este punto de retroceso adonde nos lleva Freud, ya que no es sino después

que una cosa cualquiera puede ser reencontrada como ente». E, p. 388.

151 Término que Lacan extrae del vocabulario jurídico y que significa la forma particular de caducidad

que hace perder a una persona la facultad de ejercer un derecho a causa de la expiración de un plazo; la pérdida de la facultad de hacer valer un derecho a causa de la expiración del plazo concedido para ejercerlo. Es una imposibilidad de entrar, de participar, una exclusión forzada. Lacan emplea por primera vez el concepto de forclusión durante el seminario sobre las psicosis, en 1956.

152 «[...] la represión [refoulement, Verdrängung] no puede distinguirse del retorno de lo reprimido por el

condiciones distintas de las que rigen la comparecencia del ser en lo simbólico: aparece «erráticamente», afirma Lacan, «como una puntuación sin texto» (E 386).

Mientras que la percepción ordinaria toma su carácter de realidad de las articulaciones simbólicas que la vinculan a todo un entramado de relaciones, la alucinación, como el punto donde se tocan lo simbólico y lo real, confronta con un corte en las secuencias habituales de la sensación. No obstante, este encuentro con lo real no produce un «sentimiento menos convincente»: pese a que se trata de lo que «propiamente no existe», ha de ostentar sin embargo un determinado tipo de entidad que le permita provocar sentimientos. En este punto es donde Lacan afirma que lo real

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