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Del yo fisurado al instinto de muerte: más allá del principio del placer

Capítulo II: El empirismo trascendental de Gilles Deleuze

3. Más allá de Kant: el empirismo trascendental de Diferencia y repetición

4.5. Del yo fisurado al instinto de muerte: más allá del principio del placer

acoge a una reformulación particular del instinto de muerte freudiano que le permite sentar la siguiente equivalencia: «el tiempo vacío [...] es exactamente el instinto de muerte» (DR 147)282. Lo que le interesa extrapolar del descubrimiento de Freud a la comprensión de lo trascendental es su nivel de profundización. La genialidad de Freud consistiría, según Deleuze, en que habría descifrado el instinto de muerte no como una excepción al principio de placer, no como algo que vendría a impugnar la validez universal de la tendencia a la satisfacción en la vida psíquica, sino como su fundamento. «Si bien nada contradice el principio de placer [...], esto no significa que él mismo dé cuenta de los elementos y procesos que complican su aplicación. Si todo entra en la legalidad del principio de placer, esto no significa que todo salga de ella [...]. No hay nada contrario al principio, pero hay algo exterior y heterogéneo al principio: un más allá...» (SM 97). De esta forma, cuando en Más allá del principio del placer Freud sentencia «lo que sigue es especulación, a menudo de largo vuelo», y entiende por esa especulación «un intento de explotar consecuentemente una idea, por curiosidad de saber adónde lleva»283, es decir, de llegar hasta el final, en realidad está llevando su investigación al plano de lo trascendental, que en su Presentación de Sacher-Masoch Deleuze define como «cierta manera específica de considerar el problema de los principios» (SM 96); una manera, por tanto, que tiene que ver con un «más allá».

Así, pues, la reflexión de Freud sirve a Deleuze para penetrar en el abismo al que el planteamiento trascendental de Kant tan sólo se había asomado tímidamente, así como para dar el paso definitivo que hace del grado cero del estructuralismo no un criterio más entre otros sino el genuino criterio trascendental, el estrato más profundo de lo trascendental, la extraña razón de la extraña razón. La distinción entre principio de placer e instinto de muerte deja al descubierto la insuficiencia de contentarse con un catálogo de formas a priori y la necesidad de acudir a un principio genético más profundo. Hay, ciertamente, una ley que gobierna sobre un dominio determinado, sean las intuiciones y conceptos puros en el terreno de la experiencia posible, sea el principio

281 El movimiento y la variación continua de este nuevo trascendental será lo que empuje a Deleuze a

interesarse por el cálculo diferencial, la herramienta matemática que permite analizar la alteración sin renunciar a lo singular.

282 Con esta sentencia Deleuze marca a la vez las distancias con Freud, cuya comprensión de la muerte le

parece demasiado material, e inadecuada, por tanto, para asimilar la forma vacía del tiempo. Frente a la idea de pulsión de muerte como tendencia a retornar al estado de materia inanimada, Deleuze reivindica la figura de la muerte como pura forma sin materia.

283 S. Freud, Más allá del principio del placer, en Obras Completas, ordenamiento de J. Strachey, trad. J.

de placer en la economía del aparato psíquico. Sin embargo, esta ley no llega más que al rango de principio empírico, en la medida en que no contiene el fundamento que explica la eficacia de su jurisdicción en un determinado dominio. Hace, pues, falta un principio de otra clase, un principio de segundo grado que justifique la necesaria sumisión del dominio al principio empírico, y este otro principio es el que, según Deleuze, merece genuinamente el título de trascendental. Así, el movimiento por el que Freud mostraba que la instancia que somete la vida psíquica al imperio del principio de placer es el instinto de muerte, es decir, otra cosa radicalmente heterogénea a él, es el que permite a Deleuze comprobar que lo trascendental es algo mucho más profundo de lo que Kant pretendía: «hay por lo menos algo que el placer no explica y que le es exterior: el valor de principio que está determinado a adquirir en la vida psíquica» (SM 97). Freud, por tanto, habría dado un paso más atrás al preguntarse por la propia fundación del principio de placer –qué hace del placer un principio y qué hace que la vida psíquica quede sometida a él– en lugar de partir de él como algo ya dado, y habría así alcanzado una tendencia bruta a la repetición más profunda que la propensión al placer que se sirve de esa repetición. La repetición no es entonces una mera conducta frente a un placer obtenido o por obtener, sino que surge primeramente como pura repetición, con independencia de todo incentivo.

¿Por qué hasta entonces el instinto de muerte habría quedado encubierto como verdadera esfera de lo trascendental? Porque Tánatos, afirma Deleuze, es «fundamentalmente silencioso», en tanto que su potencia de destrucción –de neutralización, de ascesis, de hacer desierto– es dada siempre como el reverso de una construcción –un nuevo pensamiento, una nueva génesis, un nuevo placer–. «Tánatos no es dado jamás, no habla jamás; la vida está siempre ocupada por el principio empírico de placer y las combinaciones a él sometidas» (SM 101).

El segundo capítulo de Diferencia y repetición desglosa no ya el utillaje a priori del sujeto trascendental –como hacen la estética y la analítica trascendentales de la

Crítica de la razón pura–, sino las tres síntesis temporales que demarcan el campo

trascendental del que surgirá el sujeto como efecto. La forma pura o vacía del tiempo, introducida en tercer lugar, se presenta como la condición para que funcionen las dos primeras síntesis, y se identifica directamente con el instinto de muerte. La repetición pura o el instinto de muerte consta, pues, como la forma del tiempo, es decir, como la condición o el origen del propio tiempo. En el concepto de grieta (fêlure), por tanto, se reúnen al menos tres cuestiones: (1) el problema de la constitución de la subjetividad; (2) la concepción del tiempo y de la síntesis; (3) una tentativa de entrelazar la perspectiva trascendental con el psicoanálisis.

Ahora bien, el instinto de muerte de Deleuze guarda las distancias con el de Freud y, recurriendo a una distinción de Blanchot, especifica su propia postura. Los dos aspectos de la muerte que Deleuze extracta de L’Espace littéraire son, por una parte, la muerte personal, la desaparición de la persona y, por otra, la muerte impersonal, sin relación con ningún yo. La primera es un suceso empírico, la segunda es un acontecimiento trascendental. Freud proponía, conforme al primer aspecto, un modelo material de la muerte, es decir, comprendía el instinto de muerte como la tendencia a retornar al estado de materia inanimada; frente a él, Deleuze reivindica la figura de la muerte como pura forma, como la forma vacía que ha abjurado de toda materia, la forma vacía del tiempo –y en este sentido, contra la tesis de Freud, no es sólo que el inconsciente no ignore la muerte, sino que no existe sin ella–. Mientras que la primera viene de fuera, la segunda es una potencia interna, es la potencia de la grieta que libera a las diferencias de todo sometimiento a la identidad y a la forma que les impone el yo. La muerte, pues, no es una limitación, sino la fuente de toda problematización, de todo

comienzo del pensamiento libre de los presupuestos. Así, el instinto de muerte se confunde con la experiencia de la grieta, de una individualidad que ya no está aprisionada en la forma personal del Yo, de una singularidad que ya no es individual. Es la experiencia de lo múltiple insubordinado: «Cogito para un yo disuelto. Creemos en un mundo donde las individuaciones son impersonales, y las singularidades, preindividuales: el esplendor del “se”» (DR 4).

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