Capítulo I: La teoría del significante y los tres registros (RSI) en J Lacan
2. Simbólico, Imaginario, Real
2.3. Allí donde todos los significantes se detienen Lo real
2.3.2. La paz del atardecer
Durante el seminario sobre las psicosis (1955-1956), Lacan explora uno de los efectos particulares de lo real sobre la realidad. En medio del análisis de las alucinaciones del presidente Schreber, quien explica su construcción delirante como imponiéndosele desde un Dios-Otro absolutamente exterior a él, y que se indigna cuando se le insinúa que es él mismo el autor de esa construcción, Lacan se detiene a cuestionar el sentido mismo del concepto de alucinación y a recordar a su auditorio los fundamentos del orden del discurso. Partiendo de la no equivalencia y la no simultaneidad entre la nominación y el mundo de los objetos –pues más bien hay jerarquía genética–, se consagra a indagar cuál es la finalidad o el destino particular de todo discurso. La pregunta por ese destino toma un cariz direccional cuando Lacan habla de su «punto de detención» (point d’arrêt):
El movimiento o, dicho de otro modo, el sentido, va siempre hacia algo, hacia otra significación, hacia el cierre de la significación, ella reenvía siempre a algo que está antes o que vuelve sobre él mismo, pero
hay un sentido en el sentido de dirección. ¿Quiere esto decir que no tenemos punto de detención? (SIII
08/02/1956).
Ciertamente, en virtud del deslizamiento (glissement) significante, la significación remite siempre a otra significación; pero hay un momento en que ese
movimiento se detiene y que Lacan pretende poner de manifiesto. No se trata, como ya acertó a señalar San Agustín, de la indicación o mostración de la cosa, pues ésta es siempre difusa y no basta por sí misma para concretar con exactitud qué es lo que indica. Después de descartar esta primera intuición del sentido común, Lacan concluye rápidamente que «la referencia fundamental del discurso, si buscamos ahí donde éste se detiene, está sin embargo siempre en el nivel de ese término problemático que se llama
el ser, que nosotros debemos encontrar» (SIII 08/02/1956).
A continuación, presenta y escudriña un ejemplo que pretende esclarecer y justificar la identificación del ser con el punto de detención del discurso: «ustedes están en el declinar de un día de tormenta y de fatiga, y consideran la hora que declina y la sombra que comienza a invadir lo que les rodea, y algo viene a su mente que se encarna en la formulación “la paz del atardecer”» (SIII 08/02/1956). Lacan no confronta a su auditorio con la experiencia de la aprehensión fenoménica de los últimos rayos de luz extinguiéndose, sino con un instante, en la frontera difusa entre el día y la noche, donde se callan las voces y surge lo real. Se trata de una agitación, un sentimiento de pánico, una angustia… en suma, una inquietud, una búsqueda. No es que el sujeto formule conscientemente el significante “la paz del atardecer”, sino que le cae encima, lo sorprende como un discurso que no le pertenece y que lo habla, y apacigua la agitación inmediatamente anterior bajo la forma de una «voz muda» o «murmullo del exterior»; de ahí que Lacan organice todo este excurso a partir de la discusión del delirio de Schreber.
En la medida en que no somos nosotros quienes llamamos a esa paz del atardecer, en la medida en que no hemos preparado la formulación antes de aplicarla, sino que ella nos sorprende, el discurso se manifiesta como algo «que apenas nos pertenece», y pone de relieve una vez más la artificialidad de la distinción entre intimidad y exterioridad –o, más bien, la disolución de la interioridad en un afuera estructural–. Es una «articulación que no sabemos si viene de fuera o de dentro: la paz
del atardecer». El símbolo es tanto más eficaz cuanto que no es el producto de un
ejercicio voluntario y consciente del sujeto, sino que es justamente lo que hace de ese individuo que experimenta la paz del atardecer un sujeto: «mientras menos lo articulamos, mientras menos hablamos, más nos habla. Cuanto más ajenos somos a lo que está en juego en ese ser, más tiende este a presentársenos [...] en el límite del campo de nuestra autonomía motriz y de ese algo que nos es dicho desde el exterior, de aquello por lo cual, en el límite, el mundo nos habla» (SIII 08/02/1956).
Lo real se sitúa, pues, en ese momento de des-simbolización que implora símbolos: «si cuestionamos la paz del atardecer, advertimos que no tiene otro relieve que el del tono bajo de las vocalizaciones, así se trate del jadeo de los cosechadores o del alboroto de los pájaros» (E 891; la cursiva es nuestra). O como dirá en su seminario: «llegamos al límite donde el discurso, si desemboca en algo más allá de la significación, desemboca sobre el significante en lo real. Nunca sabremos, en la perfecta ambigüedad en que subsiste, lo que debe al matrimonio con el discurso» (SIII 08/02/1956; la cursiva es nuestra). Y nunca sabremos qué es –ni siquiera si es– fuera de ese matrimonio, precisamente porque lo real sólo se deja capturar bajo su revestimiento simbólico. Es la fórmula lingüística la que hace que ese momento de la jornada pueda ser percibido –e incluso pueda ser–; si no cristalizara en una expresión verbal, no seríamos capaces de distinguirlo de cualquier otro instante115. Así, el ejercicio de la nominación no pone un
115 «¿Qué vínculo hay entre la formulación la paz del atardecer y lo que experimentan? No es absurdo
preguntarse si seres que no hiciesen existir esa paz del atardecer como distinta, que no la formulasen verbalmente, podrían distinguirla de cualquier otro registro bajo el cual la realidad temporal puede ser aprehendida». SIII, 08/02/1956.
nombre o describe algo previo, sino que hace que el ser emerja a partir de su ser nombrado116 por medio del significante en lo real.
El ser –o no-ser, discusión que abordaremos más adelante– del lenguaje que es la paz del atardecer se nos presenta esencialmente como un significante, y no como aquello de cuya existencia prestaría testimonio una determinada experiencia averbal. Pero se trata de un significante en estado naciente cuya emergencia permite aún adivinar el límite del campo de la experiencia porque él mismo traza esa franja. Desde ese umbral, el significante organiza todos los fenómenos, incluidos los que pueblan el delirio del presidente Schreber. Lacan sostiene que recibimos ese significante «en la medida en que estábamos cerrados a él», es decir, no hay experiencia previa que lo anticipe de algún modo y nos permita reconocerlo, las condiciones experimentales de las que disponemos no son capaces de aprehenderlo; y es que, en definitiva, si estuviéramos abiertos a él, el filtro de las condiciones habituales lo habría tornado invisible o al menos asimilable. Cuanto más nos sorprende ese significante, continúa Lacan, cuanto más se nos escapa, con mayor nitidez revela su carácter de franja, de límite del campo de la experiencia, su vecindad con un real dispuesto a sumir al símbolo en la insignificancia117. En este sentido, preservar la continuidad del discurso es para el sujeto un desafío –y más aún para el sujeto del delirio–, una exigencia fuera del cumplimiento de la cual padecerá una suerte de ruptura con la presencia en el mundo, es decir, con el Otro simbólico (SIII 08/02/1956).
En la clase siguiente, Lacan vuelve al ejemplo de la paz del atardecer y aporta un nuevo nombre para ese punto de detención:
Mi tesis, que quizá dará a algunos la solución del enigma que parece haber constituido para ellos mi golpe de efecto de la vez pasada sobre la paz del atardecer, es la siguiente: la realidad está marcada de entrada/de golpe por el anonadamiento simbólico. Aunque todo nuestro trabajo del año pasado la prepara, voy de todos modos a ilustrarla una vez más, aunque no sea más que para alcanzar esa paz del atardecer acogida de modo tan variado (SIII 15/02/1956).
Sin embargo, el problema que esta formulación deja patente es que, partiendo del axioma de la universalidad de lo simbólico, es decir, si es de entrada y de golpe que la realidad está marcada por el anonadamiento simbólico –por el asesinato originario de la cosa–, esa aparición primitiva del significante como donación originaria del ser no puede entenderse sino como una «realidad anonadada desde siempre»118 –el ser está inmerso siempre ya en un universo simbólico–, y el significante en lo real se queda ineludiblemente «afuera». En este sentido, Lacan no presenta la experiencia de la paz del atardecer como un momento originario, sino, al contrario, como el punto en el que, tras una serie de deslizamientos significantes, se detiene la regresión. El anonadamiento simbólico de la clase siguiente toma como punto de partida lo que en el análisis sobre la
116 François Balmès, entre otros, ha señalado la proximidad de la doctrina lacaniana de la nominación
respecto a las tesis de Heidegger. Vid. Ce que Lacan dit de l’être (1953-1960), Paris, PUF, 1999, pp. 86- ss. No en vano, Lacan publica la traducción del artículo “Logos” al mismo tiempo que su “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite”. Cfr. “Logos”, trad. de J. Lacan, en La Psychanalyse, Paris, PUF, 1956, I, pp. 59-79. Vid. especialmente p. 76: «Cuando pensamos qué es denominar (onoma) a partir del legein, vemos que no significa en absoluto llevar una significación a la expresión, sino dejar que se presente en la claridad del primer plano algo que se levanta en él en la medida en que se lo nombra».
117 Este «significante en lo real» y su posición de exterioridad y extrañeza con respecto al sujeto va a
retomarse en seminarios posteriores como lo que constituye y define al Es, al inconsciente, subrayando una vez más la ubicación del inconsciente en el afuera del sujeto y destapando su faceta real más allá de lo simbólico y del principio de placer.
paz del atardecer se producía como resultado119 –es decir, el límite entre lo simbólico y lo real–.
En resumen, el sentido que guía hacia el punto de detención del orden del discurso en el ser es el inverso y complementario –pues sin él no se da el siguiente– al que preparaba a lo real para ser dejado-ser, al que realizaba al ser en la palabra. La dirección que engloba a ambos sentidos es la que tiende un puente entre lo simbólico y lo real.