relaciones entre las percepciones a las que llamamos identidad: haciendo investigación
211 biciosos jóvenes abogados brasileños que habían sido enviados a Estados Unidos
para estudiar las más sofisticadas teorías sobre el derecho y el desarrollo y que, para desesperación de sus bienintencionados profesores mostraban, una notable incapacidad para aprender nada que fuera más allá de las habilidades necesarias para solicitar los empleos altamente remunerados que ofrecían las multinacionales norteamericanas que operaban en Brasil.
Las dificultades que encontraba para reconfigurar el proyecto de investi- gación producían a veces una parálisis que hubiera llegado a ser peligrosa si no le hubiera añadido entre tanto un proyecto alternativo, de carácter político, como consecuencia de mi radicalización política en el contacto con una dictadura más implacable que la que durante más de veinte años había conocido en mi propio país. Con sus escritos, los científicos sociales brasileños, en su mayor parte ex- pulsados de las universidades, me ayudaron a entender la sociedad brasileña. Y también me ayudaron con su valentía política. Asistí al juicio de apelación de Caio Prado Júnior, uno de los científicos sociales más destacados de Brasil. Se le había declarado culpable de incitación a la subversión basándose en una entrevista que concedió a una revista estudiantil de la Universidad de São Paulo, en la que tra- taba de demostrar que, en aquel momento, no se daban las condiciones para la lucha armada en Brasil. El carácter subversivo de la revista lo «demostró» el fiscal leyendo partes de un artículo en el que «la guerra de Vietnam se explicaba desde una perspectiva antinorteamericana». Para mí, esto constituía una elocuente de- mostración del imperialismo norteamericano en Brasil.
Pero fue en el curso de largas conversaciones con líderes radicales de la favela donde más aprendí acerca de la opresión social y política bajo la dictadura militar. Estaba yo por entonces, en mayor medida de lo que jamás pudiera tener conciencia, atrapado en la distinción entre ciencia y política, y por tanto mante- nía relativamente separados ambos proyectos. Todo lo que no podía utilizar en mi proyecto científico lo integraba en mi proyecto político, que era básicamente mi propia educación política y la de aquéllos con los que estaba en contacto. Había dejado de ser un científico social unidimensional, pensaba. Mi proyecto científico avanzaba paralelamente a mi proyecto político. De hecho se trataba de una ilusión producida por dos proyectos y autorías unidimensionales unidos de manera sumamente precaria. Mi actitud contenía, desde luego, una elevada dosis de diletantismo. ¿No era, al fin y al cabo, mi deseo de estar por encima de las clases (el intelectual en libre flotación de Karl Mannheim) el que me llevaba a veces a salir de la favela, irme a la playa de Copacabana y comer bien en un buen restaurante, con el fin de poder seguir soportando la dieta de arroz, judías y rabada del restaurante de Dona Aurora en Pasárgada? Sólo más tarde (y nunca del todo) entendí cómo deberían alimentarse los dos proyectos uno al otro si quería evitar el tan extendido síndrome esquizofrénico de los científicos sociales del momento: ser revolucionarios como activistas políticos y reaccionarios como científicos.
La construcción de una práctica social alternativa justificaba a mí entender la inevitable violación de algunas de las reglas del método científico. A título de
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ilustración mencionaré sólo dos dilemas: ¿conversación «natural», u orientación deliberada de la interacción verbal en el trabajo de campo? ¿Plena participación con el consiguiente cambio del campo, o carácter primordial de la observación de los hechos?
En cuanto a la primera de las preguntas, yo era reacio a sacar a colación el tema de mi investigación mientras tenía la sensación de que sería una deci- sión unilateral, extraña al contexto del encuentro verbal y a la que forzaba a la persona con la que estaba hablando sobre la base de mi superior estatus social. Esta actitud se basaba en mi negativa a ver a los sujetos de la interacción abierta como objetos de una interacción secreta (entre mí y el «mundo de la ciencia»). También se basaba en la conciencia que tenía yo mismo de su «negativa» a ver en mí a un científico social (norteamericano) y, por tanto, en sus expectativas diferentes respecto a mi relación con ellos. Empecé a pensar que la función de control social que desempeñaba la ciencia moderna comenzaba con el carácter represivo del discurso verbal que imponía a sus objetos tanto en los cuestiona- rios como en las entrevistas. Estaba llegando a la conclusión de que, sobre la base de las mismas premisas de la producción material –esto es: la propiedad privada y la productividad orientada hacia el beneficio–, la producción de la investigación científica expropiaba el discurso autónomo del lenguaje cotidia- no de sus objetos para construir su propio patrimonio de discurso científico que luego se utilizaba como una forma de poder social. Posteriormente, cuando analizaba los datos, me vi ante una especie de dilema retrospectivo: mi intento de adoptar una postura «políticamente correcta», y el grado de violación de las reglas de la investigación de campo que ello implicaba, me habían convertido en un científico social convencional en mayor medida de lo que estaba dispuesto a admitir entonces. Una distancia (mal) calculada respecto a la metodología con- vencional y a la política científica hegemónica, había acabado por mejorar mi «capacidad extractiva» y había enriquecido mis archivos con abundante y pre- ciosa información. En rigor, conforme se habían ido desarrollando las amistades, me facilitaban información que la gente jamás habría soñado en proporcionar a ningún científico social norteamericano. La carga que me imponía la necesidad de no violar esta relación de amistad y confianza se hizo obsesiva posterior- mente, cuando me vi constreñido en la camisa de fuerza de la ciencia moderna al escribir mi tesis doctoral. Hallaba un cierto consuelo únicamente pensando en que el conocimiento cuyo secreto se guardaba tenía una importancia crucial para la construcción del conocimiento que me permitía a mí mismo publicar. En todo caso, mientras realizaba el trabajo de campo, la pasión política, y al fin y al cabo meramente humana, por la metodología transgresora me cegaba respecto al hecho de que la riqueza de mi material de investigación era la prueba de que la hidra de la ciencia moderna podía crecer a través de las heridas de su cercenamiento.
La forma en que afronté la segunda pregunta, la cuestión del cambio del campo con el proceso de observación, era tanto consecuencia del sentido común como de un primordial propósito social o político. Si en el curso del arreglo de
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