el dereCho de los oPrImIdos: la ConstruCCIón y la reProduCCIón
129 el vacío caótico entre dos palabras proferidas y que, por lo tanto, no puede ana-
lizarse por sí mismo, sino sólo en relación con las palabras que con su ausencia lo originan. Por el contrario, sostengo que el silencio es una realidad comunicativa tan significativa como lo es el lenguaje mismo, y que sin el reconocimiento de una relación dialéctica entre el silencio y el lenguaje resulta imposible acceder a una comprensión de la dinámica interna que caracteriza al tratamiento del conflicto desde un punto de vista retórico.
El silencio no se distribuye por igual entre las culturas, las naciones o in- cluso entre los grupos y las clases de una misma sociedad. El silencio es un bien escaso y las clases dominantes en toda sociedad tienden a distribuirlo según su conveniencia y sus postulados culturales. Cuando el lenguaje es importante, las clases dominantes intentan apropiárselo, imponiendo así el silencio a la gente. Así, en una sociedad totalitaria, las clases dominantes distribuyen silencio a la gente, mientras que se reservan el lenguaje para sí. Por el contrario, cuando el si- lencio resulta importante, las clases dominantes tienden a apropiárselo, relegando el lenguaje a la gente. En una sociedad formalmente democrática, la gente puede disponer libremente del lenguaje, mientras que unos pocos actores silenciosos realizan todas las decisiones cruciales para los asuntos de la nación. Sin embargo, una sociedad no puede evaluarse únicamente en términos de la cantidad y la distribución del silencio, ya que existen diferentes tipos de silencios, y estas dife- rencias pueden ser incluso más importantes.
El silencio no consiste en un infinito amorfo, sino en una realidad que se encuentra delimitada por el lenguaje, en la misma medida que el lenguaje se en- cuentra delimitado por el silencio. El silencio no es una ausencia indiscriminada de lenguaje, sino la autonegación de ciertas palabras en momentos específicos del discurso para que con ello el proceso de comunicación pueda llevarse a cabo. Por lo tanto, el silencio es una expresión positiva de significado11.
Me parece que el análisis de la relación entre el lenguaje y el silencio pue- de contribuir de manera significativa a nuestra comprensión de características del manejo de conflictos que hasta ahora han sido pasadas por alto. Una medida del control que tiene el mediador sobre el manejo del conflicto es el número de preguntas que formula y la cantidad de veces en que interrumpe a las partes y a los testigos. Pero dicho control puede manifestarse también mediante la ausencia de dichas preguntas e interrupciones, es decir, a través del silencio. Por tomar un ejemplo extraído del hinduismo, resulta provechoso constatar el contraste en-
11 Arjuna, el guerrero, en el Bhagavad Gita, se encuentra en posesión de tal conocimiento cuando le pregunta a Krishna: «¿Cómo es el hombre de sabiduría tranquila, que mora en la contemplación divina? ¿Cuáles son sus palabras? ¿Cuál es su silencio? ¿Cuáles son sus obras?» (2, 54; subrayado mío). Arjuna reconoce que las palabras por sí mismas no le dirán cuál es el significado pleno de una actitud o comportamiento. Es por ello que se pregunta acerca del silencio y acerca de sus obras. Las palabras, el silencio y las obras así concebidas son una triada necesaria de comunicación y conocimiento. Arjuna muestra también que no está interesado en conocer cualquier tipo de silencio, sino el silencio del hombre sabio, es decir, una realidad positiva y delimitada.
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tre los dos oficiantes de los rituales vedas antiguos, los cuales, después de todo, constituían procesos de resolución de conflictos entre el pueblo y sus dioses. El hotr, a pesar de recitar extensamente y en voz alta, mantenía poco control sobre el ritual, mientras el brahman, que permanecía en silencio, lo controlaba de manera absoluta12.
La estructura del lenguaje y del silencio en el tratamiento de los conflictos es bastante compleja ya que, dependiendo del escenario, los múltiples participan- tes (el juez, las partes, los testigos, la audiencia) pueden expresar diversos tipos y cantidades de silencio, cada uno de ellos evocando un significado divergente. Por lo tanto, se pueden realizar diferentes clasificaciones del silencio. La primera distingue entre el silencio procedimental (por ejemplo, cuando me mantengo en silencio con el objeto de que la otra persona hable) y el silencio sustancial (por ejemplo, cuando me mantengo en silencio con el objeto de expresar mi asenti- miento). El tercero imparcial puede ejercitar un mayor o menor control sobre la distribución del silencio procedimental entre las partes y la audiencia. En los procesos formales de las sociedades complejas, el tercero imparcial ejerce un con- trol casi total. En cualquier caso, tiende a tener un control escaso o nulo sobre los silencios sustantivos de los otros participantes.
Dentro de la categoría del silencio sustantivo pueden efectuarse más cla- sificaciones: la aceptación, el rechazo, el asentimiento, la reprobación, la intimi- dación, el desacuerdo total, la aceptación indiferente, la aprobación exultante, la rebeldía, la impotencia o resignación, el respeto o la falta de respeto, la tensión a punto de estallar, la necesidad de calma y mayor deliberación. Desde la perspecti- va de los otros participantes y de la audiencia relevante, es importante diferenciar entre el silencio impropio y el silencio normal. El comportamiento impropio en un tribunal puede explicarse en parte por la tensión entre las definiciones contradic- torias de silencio normal y silencio impropio. Las posiciones relativas de los par- ticipantes en la negociación determinarán cuál de estas definiciones prevalecerá. Asimismo, las sanciones al silencio impropio pueden ser formales o informales, y pueden aplicarse durante el proceso mismo en el que ocurrió el comportamiento impropio o en otro separado.
Desde el punto de vista de su peso en el proceso comunicativo, también se puede trazar la distinción entre el silencio pesado y el silencio liviano. El silencio pesado tiene lugar en momentos particularmente tensos durante el proceso de conflicto, como cuando se toman las decisiones importantes o cuando se alcanzan ciertos momentos trascendentes dramáticos. Cuanto más formalizado se encuentre
12 Louis Renou los compara de la manera siguiente. El hotr, que era originalmente el dispensador de las libaciones (como sugiere la etimología de la palabra), se convierte después en un recitador principalmente; pero sus invocaciones, aunque impresionantes, tienen sólo un pequeño papel en la liturgia, similar al de la música de los cantores. El brahman es el depositario del poder inexpresado de la formula, un espectador que es responsable de vigilar que el ritual se desenvuelve con precisión; es un profesional experto, como el sacerdote católico. Su silencio es tan valioso como el discurso y los cantos de sus colegas (Renou, 1968: 32).
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