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195 conclusión de que el marco específico del texto científico no es monolítico Por el

relaciones entre las percepciones a las que llamamos identidad: haciendo investigación

195 conclusión de que el marco específico del texto científico no es monolítico Por el

contrario: dentro de él varía la relación entre el acto de la significación (el propio texto) y el objeto de la significación (la memoria, la realidad). Los casos en los que existe tensión entre el uno y el otro no se distribuyen por igual a lo largo de la narración científica. En consecuencia, la distancia entre lo «ficticio» y lo «fáctico» puede variar mucho dentro de un mismo texto.

Por más de una razón, la presciencia de lo incompleto no agota la cuestión del valor fáctico/ficticio del texto autobiográfico o científico. En primer lugar, es probablemente inadecuado hablar de la omisión de hechos, ya que presupone la posibilidad de una cobertura total del pasado del autor o de la realidad que estu- dia. La cuestión no es en rigor cuántos hechos se omiten, sino más bien hasta qué punto son transparentemente accesibles para mí mismo mi pasado o la realidad social. En segundo lugar, el texto, como medio o marco específico, condiciona los modos en los que puede responderse a ese interrogante. Dado que el medio unifica y separa a la vez, y que el marco conecta y también desconecta, me quedo con la posible discrepancia entre lo que el texto científico publica acerca de mi pasado (o acerca de la realidad social que estoy estudiando) y lo que este pasado (y esta realidad social) significan para mí. En tercer lugar, la cuestión de hasta qué punto es verdadero o fáctico un texto dado debería complementarse siempre con la pregunta: ¿en comparación con qué? Hay de hecho una economía (¿política?) del contenido de la narración científica respecto a la cual este último se dispone jerárquicamente dentro de una escala de importancia relativa. Esta escala es el código del texto científico. Rousseau suscita este problema en sus Confesiones, cuando dice:

Puede que omita hechos o los cambie de sitio, o puede que cometa errores en cuanto a las fechas. Pero no puedo equivocarme respecto a lo que he sentido, o respecto a lo que mis sentimientos me han llevado a hacer. Y esto son los principales temas de lo que cuento (1967, I: 226).

La estructura temporal de una exposición como ésta se encuentra muy es- trechamente relacionada con la cuestión del autor. La dialéctica temporal específi- ca de la autobiografía reside en el hecho de que el autor, aunque esté escribiendo acerca del pasado, intenta elucidar su presente, no su pasado. Pero, al hacerlo así crea una distancia en relación con el presente y, en rigor, escribe en nombre del futuro. De ese modo, el texto, aunque en él haya bastante conciencia del tiempo, deviene relativamente atemporal. En mi caso, esa atemporalidad se revela en el hecho de que, a pesar de las apariencias en sentido contrario, anhelo un futuro que, en el futuro cercano, se quiere que tenga lugar en el interior del «mundo de la ciencia», y, por lo tanto, la exposición contiene un mensaje sobre la investiga- ción sociológica que aspira a ser leído fuera del contexto personal y temporal en el que ha sido escrito. En resumen: hay una pedagogía escondida en este texto, o incluso una especie de proselitismo clandestino.

Con esto se ha suscitado ya la cuestión del autor. ¿Es este yo que ha lle-

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vado a cabo la investigación social descrita en este capítulo el mismo yo que ha escrito la presente narración? Y ¿es el mismo el yo del texto que sigue que el yo de esta introducción, en la que se intenta la autobiografía de ese texto (la autobio- grafía de la autobiografía)? Dice Roland Barthes: «Cuando el narrador [de un texto escrito] cuenta lo que le ha acontecido, el yo que lo cuenta ya no es el mismo que el yo que es contado»1. Las discontinuidades del autor no son exclusivas del texto autobiográfico. Ocurren también dentro del proceso científico. El tiempo personal del científico no es una secuencia homogénea. De manera bastante intrínseca es irregular e incoherente, y esto se refleja en su desarrollo científico. Así pues, la formación científica es discontinua, tanto cuando tiene lugar como cuando es re- cordada. Por esto es por lo que cualquier trozo de escritura es siempre un puente entre (como mínimo) dos tiempos.

Dicho con más exactitud, es un puente entre diferentes percepciones, y a la relación que hay entre ellas la denominamos identidad. En el libro I del Tratado de la naturaleza humana pone Hume en tela de juicio la idea de la identidad mediante la observación de que no es nada más que un conjunto de relaciones «gramatica- les» entre percepciones:

Cuando entro de la manera más íntima en lo que llamo mí mismo siempre tropiezo con una u otra percepción determinada... En ningún momento consigo sorprenderme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada que no sea la percepción... ¿Qué es entonces lo que nos da tamaña propensión a adscribir una identidad a esa sucesión de percepciones, y a suponer que poseemos una existencia invariable e ininterrumpida durante todo el curso de nuestra vida? (Barthes, 1975: 140)

En el presente caso, el narrador no soy yo en cuanto mí mismo, sino más bien yo como sustituto del Hombre Cualquiera de la ciencia social (recordamos aquí a Walt Whitman, ese magistral definidor de las propias identidades). En esto reside la pedagogía que antes mencionábamos. Escribo a una «audiencia interior» (a mi «lector implícito», como diría la teoría literaria), una audiencia formada por científicos sociales que han pasado o pasarán por experiencias muy semejantes a las que aquí describo.

El objetivo es atacar a tigres de papel establecidos que son la fuente de mucho sufrimiento y mucha degradación personal. El objetivo es proporcionar un sentido racional (y por tanto los límites) para el quebrantamiento de las reglas establecidas, de forma que nadie de buena fe grite al leer esta exposición, como grita el archiduque de Austria en El rey Juan (III, 1): «¡Rebelión! ¡Lisa y llana rebelión!». La crítica radical nada tiene que ver con el anarquismo. La pedago- gía aquí elegida implica una elección entre dos modelos autobiográficos y, en consecuencia, entre dos tipos de autor: por un lado, el total reconocimiento de las discontinuidades del autor, que proporciona al texto una brutal franqueza e

1 Véase también Buck, 1980.

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