el dereCho de los oPrImIdos: la ConstruCCIón y la reProduCCIón
163 dente legitimó, y, de hecho, exigió tomar una decisión en la que se «alcanzara un
compromiso»: el señor J. Q. podría conservar la chabola, pero el pago del segundo plazo debía efectuarse nuevamente; el señor S. B. no podría recuperar la posesión de la chabola, pero recibiría el dinero del plazo que se entregó a su esposa.
Resulta interesante anotar que el presidente evitó considerar cualquier tipo de incidencia que pudiera haber tenido derecho penal en el conflicto que hubiera tenido lugar en el conflicto. El objeto del conflicto se mantuvo estricta- mente dentro de los linderos del derecho de contratos, aún cuando el presidente sabía que el señor S. B. estaba utilizando al señor J. Q. como cabeza de turco por causa de su hermano. De hecho, la decisión conciliatoria, que en la superficie del discurso jurídico apareció como el resultado normativo de la exclusión de las soluciones extremas, se confeccionó a partir de la política del presidente de evitar cualquier consideración sobre el comportamiento criminal. El presidente pudo haber tenido un interés particular en convencer a las partes de que aceptaran la mediación como una solución equitativa dentro del proceso de mediación del con- flicto porque con ello se podría dar solución al conflicto real sin tener que realizar una argumentación específica. El proceso de mediación se mantuvo separado del conflicto real para así permitir una resolución «económica» de ambos25.
En el Caso 9 se presenta de nuevo el problema de los límites del objeto del conflicto, pero el topos de la equidad se emplea de una manera algo diferente.
Caso 9
La solicitante, la señora B. W., se acercó a la AR con su hermana y los tres hijos de esta última. La persona requerida, la señorita A. M., asistió con su hija mayor (que tenía aproximadamente cinco años). Todos ellos subieron a la habitación del segundo piso en donde su caso fue escuchado por el presidente.
Señora B. W.: El terreno es de propiedad de la señora O. L., quien me dio permiso para que construyera mi chabola allí. La cons- truí por mis propios medios, la amueblé y viví allí por un tiempo. Mientras tanto me hice con otra chabola cercana y luego me trasladé allá. Fue cuando la señorita A. M. (la persona requerida) llegó con dos de sus hijos diciendo que no tenía lugar en donde vivir y que estaba
25 Una noche, algún tiempo después de que se decidiera este caso, conseguí hablar con el señor S. B. Siempre llevaba un arma cargada, envuelta en un viejo periódico, y pretendía usarla, no para resistirse a su arresto, sino para matar al hermano del señor J. Q. (que había huido de Pasárgada y se había escondido en el interior del estado de Río; su mujer, a la que siempre había maltratado, dudaba en decirle o no al señor S. B. el paradero de su marido, pero al final nunca lo hizo). Hablamos del caso. Manifestó su acuerdo con la decisión, «porque, después de todo, el señor J. Q. no debía pagar por lo que había hecho su hermano». Solamente estaba molesto con el hecho de que no podía volver a vender la chabola, porque necesitaba el dinero desesperadamente. Ello muestra claramente la discrepancia entre el conflicto real y el sometido al proceso y cómo, de hecho, la solución del primero puede haber afectado a este último.
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durmiendo en la calle con ellos. Ella sabía que la primera chabola esta- ba desocupada y me pidió que la dejara vivir allí. Por caridad asentí e incluso le presté todos los muebles de la chabola. Nunca le exigí nin- gún arriendo. Ahora quiero recuperar la chabola porque mi hermana y sus hijos acaban de venir del interior y no tienen lugar en donde vivir. Pero la señora A. M. se niega a desalojar.
Presidente: Bien señorita A. M., ¿qué quiere decir al respecto? Señorita A. M.: Sé que la chabola es de la señora B. W., pero también sé que no puedo abandonarla porque no tengo otro sitio en donde vivir. No tengo dinero para pagar un arriendo y además tengo tres hijos. Nadie me arrendaría un cuarto…
Señora B. W. (interrumpiendo): Ella puede pagar el arriendo. La verdad del problema es que ella es prostituta y vive atiborrada de cachaça (bebida alcohólica a base de caña de azúcar) y maconha (mari- huana) todo el tiempo. Y la chabola siempre está repleta de marginais (criminales).
Señorita A. M.: Eso no es cierto. ¿Y con respecto a usted qué? Usted vivió durante once años con un señor que estaba loco y la pega- ba todo el tiempo. Cometió todo tipo de delitos y finalmente lo detuvo la policía. Ahora se encuentra recluido en un manicomio. Pero usted dijo que lo recibirá cuando vuelva.
Señora B. W.: Eso es un disparate. Yo soy feliz con el hombre con el que vivo ahora. Trabajo en casa de un abogado y me dijo que tenía el derecho de recuperar la chabola.
Señorita A. M.: No me importa. Lo más importante de todo es que usted…
Presidente (interrumpiendo): ¡No! Toda esta discusión no vie- ne al caso. Si la chabola no es de propiedad de la señora B. W., tampoco es suya, señorita A. M. Y, después de todo, la señora B. W. fue bastante generosa al dejar que usted se mudara a la chabola y que incluso utili- zara todos sus muebles.
Señorita A. M. (en actitud conciliadora): No niego eso. Y de hecho ella fue bastante buena cuando la conocí por primera vez. Pero el problema es que no puedo conseguir lugar en donde vivir. De buena voluntad desalojaría la chabola si encontrara un cuarto. Pero incluso si lo encontrara, no podría pagar el alquiler.
Presidente: Mire, no pienso que sea imposible encontrar un cuarto con un alquiler muy pequeño. Después de todo, usted no ha intentado encontrarla y tiene que hacerlo. Su falta de cooperación no es justa. La hermana de la señora B. W. está aquí con sus hijos. Ellos tampoco tienen donde vivir. Apenas acaban de llegar de las tierras del nordeste. No tienen dinero. Entonces resulta razonable que la señora B. W. quiera ayudar a su hermana y sus hijos. De hecho, tiene más obligación de ayudar a su hermana que de ayudarla a usted.
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