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Una Caminata por el Bosque Lluvioso Avistaje y Sonidos de Animales

In document Un Compañero Neotropical (página 61-66)

El bosque lluvioso, a diferencia de la sabana africana, no proporciona vistas fáciles de su abundante vida animal. Erwin (1988), notó que la mayoría de los escarabajos y sus

Chinche asesino (Reduviidae)

colegas de seis y ocho patas están en el dosel, lejos de donde uno está parado en el suelo del bosque. Uno realmente tiene que esforzarse para ver bien los animales del bosque lluvioso. Como resultado de la evolución en un ambiente rico en depredadores, muchos son muy crípticos (página 80). Aún las aves más llamativas podrían parecer bastante opacas en la densa sombra del bosque. Para empeorar las cosas, algunas aves tropicales, como los momotos y los trogones, tienden a posarse muy quietos por largos períodos y pueden ser pasador por alto fácilmente, aún estando cerca. Los monos se desplazan ruidosamente por el dosel, pero las copas de los árboles son tan densas que sólo se puede ver a los movedizos simios fugazmente. Las iguanas permanecen quietas, como gárgolas reptiles estiradas sobre las ramas de los árboles, muy por encima del suelo del bosque. Los animales están presentes, pero encontrarlos es otra cosa.

Al buscar animales en el bosque lluvioso, debería apegarse a las siguientes reco- mendaciones: Primero vístase con ropa oscura. No necesita vestir ropa de tipo militar camuflada, pero la oscura es definitivamente preferible a la clara. Una camiseta blanca brillante que diga “Salvemos el Bosque Lluvioso” con letras escarlata brillante, esta bien para usar en la estación de campo, pero deberá mantenerla lejos del bosque. Segundo, muévase lentamente y en silencio, mantenga sus movimientos corporales al mínimo. Dé algunos pasos por el sendero y después deténgase y mire a su alrededor, comenzan- do por el sotobosque y después hacia arriba, al dosel. Tercero, busque movimientos y escuche sonidos. El movimiento de una hoja sugiere un ave u otro animal en movi- miento. Ponga atención a los suaves crujidos de las hojas en el suelo del bosque. Frecuentemente algunas aves silenciosas como tinamúes y codornices y algunos mamí- feros como agutíes y coatíes se localizan más fácil escuchándolos cuando caminan.

Los sonidos revelan algunos de los habitantes del bosque: frecuentemente al ama- necer hay un coro de monos aulladores, las diversas tropas se reclaman sus derechos territoriales entre sí, sus primeras y ligeras vocalizaciones pronto se convierten en estrepitosos y prolongados rugidos, sus voces combinadas crean uno de los más exci- tantes y memorables sonidos del bosque neotropical. Las cigarras proveen una clase de ruido de fondo muy diferente, sus monótonos chirridos, recuerdan los oscilantes (e irritantes) altibajos de la sirena de una ambulancia francesa: “IIiiiii-huuuu, iiiiiii- huuuu, iiiiii-huuuu”. Los loros, escondidos en el denso follaje de una higuera con fruto, se revelan con un ocasional chillido áspero, que suena como la bisagra de una puerta que necesita aceite con urgencia. Los Guacamayos Escarlata vuelan serenamen- te sobre nuestras cabezas, con aleteos profundos y dignos, tan cerca que llenan el campo de nuestros binoculares, súbitamente emiten un chirrido gutural de altos deci- beles, tan musical como el chirrido de unos frenos. Los guacamayos son un festín para las vista, pero un asalto para el oído. Los pecaríes, parientes neotropicales de los cer- dos salvajes, se gruñen unos a otros en tonos bajos, mientras obtienen raíces para la cena. Un Trogon de Cola Blanca (Trogon viridis) llama suavemente “Kiau, Kiau, Kiau, kiau”. Mucho más fuerte, la voz de cortejo de un ave común y poco llamativa del soto- bosque, el Minero o Guardabosques Gritón (Lipaugus vociferans) suena como un cor- tante y demostrativo “Piia-hi-heih”, que vagamente recuerda el silbido de un látigo.

Caminamos por el sendero lodoso del bosque, escuchando y mirando cuidadosa- mente. En varios sitios no podemos menos que notar las filas de hormigas corta hojas, sus senderos vermiformes cruzan el nuestro. Las corta hojas son abundantes en el Neotrópico y se encuentran por doquier. Nos damos cuenta que las hormigas son de

diversos tamaños, las más grandes llevan fragmentos grandes de hojas, cortados en un patrón casi circular. Las hojas no serán consumidas por las hormigas, sino que serán llevadas a una vasta colonia subterránea, donde las hormigas las utilizarán para culti- var una especie de hongo. El hongo es el alimento de las hormigas (página 133). La lluvia comienza, suave al principio, pero pronto es fuerte. Nos sorprende cuan poco parece mojarnos. El dosel del bosque lluvioso es, de hecho, un paraguas. Pronto el chaparrón cesa, sin embargo, somos engañados por el constante goteo del dosel, dando la impresión de que aún lloviera. Un fuerte sonido, no muy distante, indica que una gran rama o quizás un árbol ha caído, un evento común en el bosque lluvioso.

Un pequeño animal pardo negruzco, que nos recuerda una cruza entre un venado diminuto y un ratón superdesarrollado sin cola, intenta brincar a través del sendero, deteniéndose justo lo necesario para que podamos echarle un vistazo con binoculares. Es un Agutí (Dasyprocta fuliginosa), un roedor frugívoro común, pero desconocido fuera del Neotrópico. Llegamos a un arroyo y lo seguimos por una corta distancia. Sobre nuestras cabezas, delgadas lianas cuelgan limpiamente hacia abajo, sin embar- go, una parece anormalmente corta y rígida. Al verla con binoculares nos damos cuen- ta de que no es una enredadera, sino más bien la larga y delgada cola de una Iguana

(Iguana iguana). Antes de que hayamos acabado de ver al lagarto arbóreo, una brillan-

te ave verde y marrón rojizo, pasa volando rápidamente, un martín pescador

(Chloroceryle amazona). Detrás suyo, siguiéndolo en rápido y vigoroso vuelo, va una

gran mariposa azul brillante llamada morpho (Morpho didius), un enorme lepidópte- ro que en vuelo, cuando las relucientes partes interiores de sus alas son iluminadas por los rayos del sol, muestra un deslumbrante color azul eléctrico.

Al reunirnos en el sendero, comenzamos a darnos cuenta de la quietud. El bosque lluvioso frecuentemente parece demasiado sereno, especialmente hacia el mediodía. Aún los cantos de las aves y la cacofonía de los insectos cesan, el aparentemente incan- sable Minero Gritón, tal vez sea la excepción. Las cosas en realidad no se activan nue- vamente hasta el atardecer.

Si estuviéramos aquí cuando oscurece, podríamos avistar un Tinamú Grande

(Tinamus major), una rechoncha ave que habita el suelo, con una cabeza muy pequeña

parecida a la de una paloma, que saluda al atardecer con una canción triste y melancó- lica, que ha tocado emocionalmente a más de un explorador neotropical. Podríamos encontrar una familia de Coatíes Sudamericanos (Nasua nasua), que parecen elegantes mapaches de nariz puntiaguda. Podríamos oír las extrañas vocalizaciones de los locua- ces Kinkayúes (Potos flavus), miembros arbóreos de la familia de los Mapaches. Podríamos inclusive encontrar un Ocelote (Felis pardalis), cazando sigilosamente encubierto por la oscuridad. Y, por supuesto, siempre existe la posibilidad de observar un Jaguar (Panthera onca). Probablemente no lo veamos, pero siempre tenemos la espe- ranza. Hay rastros de gato a lo largo del lecho del arroyo, demasiado pequeñas para ser de Jaguar, pero muy probablemente hechas por un Ocelote. Finalmente, si estuviéra- mos aquí de noche, habría muchas especies de murciélagos volando por el dosel y el sotobosque. En el Neotrópico, los murciélagos son dueños de los cielos nocturnos. Pero a ninguno de ellos los podemos encontrar durante el día, al menos no fácilmente. El silencio es súbitamente roto por llamados de aves. Increíblemente, las aves pare- cen estar por todos lados, cuando apenas unos minutos antes no se podía encontrar una. Pronto encontramos la razón de la bandada. Por el sendero están cruzando varias

columnas de Eciton, Hormigas Marabunta o Legionarias. Teniendo cuidado de no pisar donde están las hormigas, no queremos perder la oportunidad de observar la bandada que las sigue. Los formicáridos, exclusivos del Neotrópico, se reúnen con muchas otras especies de aves para alimentarse de los numerosos artrópodos, insectos, arañas y sus parientes, expulsados por la horda merodeadora de hormigas (página 324). Un ave de tamaño mediano con garganta y cara negra y cabeza marrón rojizo brillante, un Formicario Capirrojo (Formicarius colma), camina metódicamente junto a las hormi- gas. Desde las ramas bajas podemos ver fugazmente un Hormiguero Maculado (Phlegopsis nigromanulata), un ave amarfilada con marcas rojizas en las alas y un par- che de piel naranja brillante alrededor de cada ojo. El frenético Hormiguero Maculado captura hábilmente una langosta expulsada de su guarida por la llegada de las hormi- gas. Las aves están por todos lados, o al menos así parece. Posadas en una rama del sotobosque, tres Monjitas de Frente Negra (Monasa nigrifrons), emiten fuertes llama- dos, sus cuerpos enteros se estremecen cuando cantan en coro, resaltando sus brillan- tes picos rojo naranja, que adornan el negro de su plumaje. Otro formicárido aparece, este tiene un aspecto fuera de lo común, naranja rojizo con alas grises y un penacho blanco erecto en la cabeza, plumas de aspecto peludo sobre el pico, bellamente enmar- cadas por una densa y blanca barba plumosa por debajo. Este es el Hormiguero Cuerniblanco (Pithys albifrons), el perseguidor de hormigas más abundante en la mayor parte de la Amazonia, persegue constantemente a las Hormigas Marabunta. De hecho podemos oír otros dos respondiendo al fuerte llamado del ave que estamos observando. En el tronco de un árbol, encontramos un ave grande similar a un carpin- tero, pardo rojizo oscuro, un Trepatroncos Barrado (Dendrocolaptes certhia). En una rama horizontal de un pequeño árbol cercano, un gran Momoto Rufo (Baryphthengus

ruficapillus) se posa erguido, moviendo metódicamente su larga cola como péndulo,

de un lado a otro. Cerca, un trogon vuela de una rama cercana persiguiendo una libé- lula. El trogon que vimos sólo momentáneamente, tiene pecho amarillo. Varias espe-

Iguana común (Iguana iguana)

cies tienen pecho amarillo y no pudimos observarlo bien para identificarlo. Eso pasa- rá más de una vez. Antes de que dejemos a las hormigas, hemos visto al menos una docena de especies de aves y posiblemente hayan más por los alrededores.

El sendero nos lleva afuera hacia un claro, un gran claro dentro del bosque (pági- na 57), donde súbitamente parece hacer más calor y especialmente estar más húmedo. Encontramos un denso manchón de árboles delgados y con enormes hojas lobadas en forma de sombrilla. Estos árboles distintivos, cuyos troncos esbeltos semejan al bambú, parecen encontrarse donde existe un claro y son ciertamente comunes a lo largo de los caminos. Son cecropias (Cecropia spp.), están entre las especies de árbo- les más abundantes en sitios perturbados. Los veremos en detalle más adelante (pági- na 72), pero por ahora, pongamos un poco de atención, ya que colgando ociosamen- te en medio de una gran cecropia, hay un sereno Perezoso de Tres Dedos (Bradypus

variegatus). Los perezosos tienen un metabolismo tan bajo que apenas se mueven y

este no es la excepción. Lentamente levanta su brazo izquierdo, es una parodia de una película en cámara lenta. Como el hombre de hojalata en el Mago de Oz antes de haber sido aceitado, los músculos del perezoso parecen mostrar disgusto al moverse.

La cecropia del perezoso esta floreciendo, sus delgados pedúnculos florales cuel- gan debajo de las enormes hojas. Pronto una bandada de varias especies de tangaraes, mieleros y eufonias, llena sus ramas, consumiendo tanto insectos como néctar del árbol. A diferencia de la bandada de formicáridos, este grupo es brillantemente colo- reado: violetas metálicos, verdes y rojos.

Atrás de la cecropia crece un grupo de heliconias, con hojas enormes como raque- tas, muy similares a las plantas de plátano. Un Colibrí Ermitaño Colilargo (Phaethornis

superciliosus), sumerge su alongado pico en forma de hoz en las pequeñas flores, rode-

adas por brácteas naranja brillantes, muy semejantes a una copa. Una leve conmoción es causada en el bosque por una tropa de Tamarinos de Cabeza Amarilla (Saguinus fus-

cicollis), monos miniatura que frecuentan los bordes del bosque y áreas de denso cre-

cimiento. Los simios, semejantes a gnomos parecen deslizarse de arriba a abajo entre las ramas del árbol. Son activos y cautos, no es fácil verlos bien.

El cielo comienza a nublarse otra vez. La elevada humedad ha cobrado su cuota y nos sentimos un poco cansados. Un pequeño sendero más nos guía de regreso al bosque lluvioso. ¿Deberíamos explorar un poco más? Lloverá pronto, eso es obvio, pero aún así, tomamos el sendero. Conforme nos acercamos a un gran árbol con con- trafuertes al lado del camino, oímos un sonido extraño delante de nosotros, como murmullo de hojas secas. Es mejor no seguir hasta que localicemos el sonido. Pronto

Hormiguero Cuerniblanco (Pithys albifrons)

encontramos la fuente del murmullo y a pesar del calor, inspira escalofríos. Enrollada a lo largo del sendero, protegida por un gran contrafuerte, una Bothrops atrox de 1,5 m de longitud, una serpiente de un grupo bien conocido algunas veces llamadas ter- ciopelo, toboba, cantil o nauyaca. Nos ha visto y su cola esta vibrando entre las hojas como la de una víbora de cascabel. Altamente venenoso, este animal debe ser evitado, ya que su mordedura puede ser letal. Sin embargo es un hermoso y excitante animal, su patrón de color en forma de diamantes suaves marrones y negros, son un impresio- nante camuflaje en el fondo marrón de la hojarasca del suelo. Sin embargo, su cabeza grande, triangular y distintiva y sus ojos como de gato nos advierten de su peligrosi- dad potencial. Miramos a la serpiente desde una respetuosa distancia, admirándola, sabemos que fuimos afortunados de verla y cuidadosamente nos retiramos dejándola muy sola y sin perturbar.

La lluvia comienza nuevamente en serio, se siente fresco, ayuda a neutralizar la elevada humedad. Ponemos nuestros binoculares en bolsas de plástico selladas y comenzamos a caminar de regreso a la estación de campo, siempre muy alerta, des- pués de haber visto una Víbora Terciopelo. Pero cuando realmente lo piensas observar una Víbora Terciopelo en forma segura, es causa de celebración. Es excitante ver una serpiente venenosa. Y es muy seguro caminar en el bosque lluvioso si sabes como mantenerte alerta ante posibles peligros (ahora podría ser un buen momento para leer el apéndice). Nosotros lo hicimos. Continúa la lluvia torrencial. Obviamente es tiem- po de una cerveza. Y conforme nos tomamos la cerveza, nuestras mentes refrescadas vagan por el dosel del bosque lluvioso. Tuvimos una gran caminata, pero nunca estu- vimos realmente cerca de aquella vasta extensión verde, con toda su variedad de habi- tantes. ¿Qué más podría haber ahí?

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