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La Utilización de la Tierra en los Trópicos

In document Un Compañero Neotropical (página 194-196)

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os pueblos nativos de América tropical prosperaron en la jungla y el bosque llu-

vioso por varios milenios antes de la llegada de los españoles. El origen de los pueblos nativos de América puede explicarse mediante presumibles migraciones procedentes de Asia a través del estrecho de Bering, desde hace 20.000 años (algunos estiman que desde hace 42.000). Se calcula que los primeros humanos cruzaron el Istmo de Panamá, colonizando Sudamérica hace 15.000 años (Meggers 1988). Aunque geoló- gicamente reciente, tal lapso de tiempo es con certeza suficiente para el desarrollo de una cultura humana acorde con los recursos del bosque lluvioso y los ecosistemas cir- cundantes. No obstante, aún es muy poco lo que se conoce sobre la prehistoria huma- na en la Amazonia (Meggers 1985). Un trabajo reciente ha sugerido que la prehistoria humana en dicha región podría ser mucho más antigua, quizás tanto como 32 a 39.000 años (Goulding et al. 1996).

Hasta hace poco existía una aceptación general de que lo más probable era que las civilizaciones amerindias de Sudamérica se habían originado en los Andes y dispersado al oriente hacia la Amazonia. Este punto de vista ha sido desafiado tras el hallazgo de artefactos que al parecer preceden a los hallados en los Andes. En Santarem, una región de Brasil cerca de la confluencia de los ríos Tapajós y Amazonas, se han descubierto ver- tederos conteniendo alfarería y otros artefactos que datan de aproximadamente 8.000 a 7.000 años antes del presente (Roosevelt et al. 1991). Al parecer, esta alfarería es por lo menos 1.000 años más antigua que la encontrada en el norte de Sudamérica y tres mil años más vieja que la alfarería andina y mesoamericana. Los arqueólogos que han inves- tigado este sitio sugieren que hace 2.000 años una población grande y agrícolamente sofisticada pudo haber estado asentada en los ricos suelos aluviales depositados por el ciclo de inundación anual a lo largo de la varzea. Hay también evidencia de la existen- cia de sociedades complejas desde alrededor del año 500 D.C. hasta el 1400 D.C. en Marajó, una gran isla ubicada en la desembocadura del Río Amazonas (Bahn 1992; Gibbons 1990). En los montículos de Marajó se han encontrado múltiples cimientos de viviendas apilados unos sobre otros, además de alfarería abundante, sugiriendo una pro- longada ocupación humana. Los artefactos encontrados tanto en Santarem como en Marajó son elaborados, consistiendo en urnas funerarias y otra sofisticada alfarería fina- mente esculpida en jade, junto con estatuas grandes de presuntos caciques. Antes de los recientes trabajos de Santarem y Marajó, la única civilización verdaderamente urbana que se había encontrado en un ambiente neotropical era la de los Mayas Clásicos. La evi- dencia actual sugiere la posibilidad de que entre las tribus del Amazonas haya existido una urbanización comparable, junto con una concentración poblacional y una agricul- tura muy difundida. Las regiones de varzea, donde la fertilidad del suelo es renovada anualmente durante el ciclo de inundación, al parecer han mantenido poblaciones gran- des y permanentes, desde aproximadamente el año 500 D.C. hasta la conquista europea (Meggers 1988). Francisco de Orellana, descubridor europeo del Río Amazonas (pági- na 198), observó densas poblaciones humanas a lo largo de buena parte del río cuando

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lo navegó en 1542 (Goulding et al. 1996). Sin embargo, nada comparable a los restos físicos de Tikal o Machu Picchu ha sido desenterrado aun en la Amazonia.

Generalmente, la cultura de cualquier pueblo está profundamente ligada con su conocimiento pragmático del terreno del cual extrae alimentos y fibras. Actualmente, muchos antropólogos culturales abordan sus estudios desde la perspectiva de la ecología humana, enfatizando en las formas en que la cultura se desarrolla en respuesta a las oportunidades y desafíos ambientales. Los aborígenes Americanos se hicieron expertos cazadores y aprendieron como crear y cultivar sus propios claros de bosque sin perder de manera permanente la fertilidad del suelo, incluso en áreas tales como el Escudo Guayanés donde los suelos son extraordinariamente pobres en nutrientes.

La explotación exitosa de los recursos del bosque lluvioso requiere altos niveles de destreza y conocimiento local. Por ejemplo, en el noreste de Sudamérica la gente siem- bra entre diecisiete y cuarenta y ocho variedades de mandioca (ver página 184) juntas en la misma parcela (Dufour 1990). Tal práctica minimiza el daño ocasionado por insec- tos, que tienden a especializarse en una variedad. La mandioca también se siembra junta para formar un dosel de sombra que mantiene el suelo fresco, permitiendo además el desarrollo de algunas malezas en los surcos, que protegen al suelo de una rápida erosión (Plotkin 1993). Una vez que las raíces de mandioca son cosechadas, el ácido prúsico productor de cianuro es hábilmente eliminado (página 162), volviéndolas comestibles.

Resulta asombroso descubrir la diversidad de usos de las diferentes especies de pal- mas. Por ejemplo, los distintos pueblos nativos hacen un uso diverso de la Palma Moriche (Moriche flexuosa) a través de toda su extensa área de distribución. Denominada Koi en Surinam y Buriti en Brasil, esta especie ha sido denominada el “árbol de la vida” (Carneiro 1988), pues provee madera para las canoas y casas, como así también fibra y materiales para tejer. Además, sus frutos son utilizados para obtener aceite y los pimpollos de sus flo- res se utilizan para hacer vino o para saborizar helados (Plotkin 1993; Goulding et al. 1996). También se utiliza para hacer cerbatanas, lanzas, arcos de flecha y coladores para mandioca (Carneiro 1988). Ciertamente, se ha registrado que el fruto de la Palma de Moriche es el tercero en importancia de venta en los mercados de Iquitos, Perú, después de las bananas y los plátanos (Goulding et al. 1996). Algunas otras especies de palmas son tan importantes como la Moriche (Balick 1985 y ver más adelante).

Varios grupos de aborígenes han aprendido a extraer potentes venenos, que van desde batracotoxinas presentes en la piel de ranas (página 82) a curare a partir de varias plantas (página 166). El mundo espiritual es extremadamente importante en la cultura amerindia y uno difícilmente puede dejar de sorprenderse al considerar cuántas drogas alucinógenas (capítulo 6) pueden extraerse de las plantas tropicales, desde hongos a leguminosas (Shultes y Hoffmann 1992). Por consiguiente, uno de los miembros más importantes de la sociedad indígena es el chamán, la persona que posee el conocimiento acerca de los variados usos de las plantas y animales y quien, según se cree, es capaz de comunicarse con el mundo espiritual. La destreza de los cazadores amerindios ha sido ampliamente documentada, desde la cautela y velocidad con la cual de mueven a través del bosque hasta su a menudo extraordinaria precisión con el arco y la flecha o con la cerbatana.

Diferentes pueblos utilizan la tierra de diferente forma. Algunas tribus son al parecer mucho mejores que otras en determinadas habilidades (tales como la identificación de plantas y su utilización farmacológica). El conocimiento difiere de región en región y de tribu en tribu. Los pueblos que viven en la varzea poseen adaptaciones culturales diferen-

tes en el uso de la tierra a los que viven en terra firme (Meggars 1985, y ver más adelante).

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