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Usos Múltiples para Múltiples Especies

In document Un Compañero Neotropical (página 187-194)

Los pueblos nativos del trópico han tratado con compuestos defensivos por generacio- nes. Por ejemplo, las variedades amargas de mandioca (página 184), cuyas gruesas raíces de un metro de largo ofrecen una fuente básica de hidratos de carbono, están protegidas de los herbívoros por sus glicósidos cianogénicos. La mandioca amarga, con alto conte- nido de cianuro, sólo se halla en los suelos más pobres y menos fértiles. Tal como con la mayoría de las plantas de suelos infértiles, la mandioca aparentemente requiere de poderosos compuestos defensivos dado que el costo de reemplazar los tejidos dañados por herbívoros es muy alto en relación al potencial productivo (página 144). Al prote- gerse usando cianuro, la mandioca es fácil de cultivar, uno de los pocos cultivos que la gente puede producir exitosamente en suelos pobres. ¿Pero qué se hace con el cianuro? Luego de cosechar la raíz, primero se ralla y luego se lava minuciosamente, remojándo- la toda la noche, para que los compuestos tóxicos se disuelvan en el agua. La pasta resul- tante se coloca luego dentro de un cilindro largo y flexible, normalmente tejido con hojas de palma, que se estrecha al estirar y se usa para escurrir la pasta. El cilindro se cuelga de la rama de un árbol y un poste horizontal se fija a su base. Usualmente dos mujeres se sientan sobre el poste, una a cada lado del cilindro y su peso combinado esti-

ra, exprime y comprime el cilindro, expulsando el líquido cargado de cianuro. La pasta, ahora esencialmente libre de cianuro contaminante, se escurre y se cocina sobre una pie- dra plana (Schultes 1992). En la Amazonia occidental, se denomina tipi-tipi al cilindro. En Belice, es un whola, nombre que se le da localmente a la Boa constrictor.

Dadas la abundancia y diversidad de plantas y animales en el Neotrópico, y la larga historia de ocupación humana en la región, no sorprende que los pueblos indígenas hayan encontrado múltiples usos para la gran diversidad de químicos contenidos en las numerosas especies nativas de flora y fauna. Si se toman sólo las categorías más amplias, se puede decir que los químicos extraídos han sido usados para obtener veneno para fle- chas (dardos), alucinógenos, veneno para peces, drogas medicinales, estimulantes y condimentos, aceites esenciales y pigmentos (Gottlieb 1985).

La ciencia de la etnobotánica, que ha despertado un gran interés en años recientes (Cox y Balick 1994; Joyce 1992; Plotkin y Famolare 1992) es, como su nombre impli- ca, la que estudia cómo han aprendido los pueblos indígenas a usar la vegetación ambiental para diversos propósitos pragmáticos. Es un enfoque más amplio que la mera extracción y subsiguiente uso de los químicos contenidos en las plantas. La etnobotáni- ca también incluye una consideración de todos los usos de las plantas, inclusive alimen- ticios y como fibras. Es un campo interdisciplinario que involucra botánica, antropolo- gía, arqueología, química vegetal, farmacología, historia y geografía (Schultes 1992). En este capítulo, sin embargo, sólo trataré algunos de los usos farmacológicos, narcóticos y alucinógenos de drogas extraídas de diversas plantas neotropicales. En el próximo capí- tulo, daré otros ejemplos de aplicación del conocimiento etnobotánico. Para una intro- ducción general a la etnobotánica, vér Balick y Cox (1996). El estudioso más reconoci- do de etnobotánica neotropical, de hecho el hombre que fue pionero en este campo, es Richard Evans Schultes, cuya notable carrera abarcó cerca de cinco décadas y lo llevó a través de toda América tropical. Para un tratado enciclopédico e intuitivo de informa- ción etnobotánica Amazónica, ver Schultes y Raffauf (1990). Para un relato fascinante y popular sobre drogas alucinógenas, ver Schultes y Hofman (1992).

La etnobotánica no está confinada a los trópicos. Una lectura concienzuda de viejos manuales de herboristería revelaría rápidamente que numerosas especies de plantas nor- teamericanas se utilizaron en el pasado con fines farmacéuticos, hasta el advenimiento de las medicinas modernas. Algunas todavía se usan. Por ejemplo, la resina de una flor silvestre común del sotobosque del este de Norte América, el Podófilo (Podophyllum pel-

tatum), era comúnmente utilizada por los nativos americanos para eliminar verrugas.

Todavía es usada para tratar verrugas venéreas (Schultes 1992). En el Neotrópico, muchos asumen que la etnobotánica se aplica sólo a grupos indígenas aislados tales como los Yanomami, lo cual es falso. Las poblaciones humanas modernas de origen mixto, tales como mestizos y ribereños de Perú o los caboclos de Brasil, ligados a cultu- ras amerindias nativas, pero también bajo fuerte influencia moderna, hacen un uso masivo del conocimiento etnobotánico (Phillips et al. 1994).

La pericia etnobotánica se gana culturalmente a través de las generaciones, esencialmen- te por prueba y error. No todos los grupos indígenas poseen un entendimiento etnobotáni- co igualmente sofisticado. En lo referente a la extracción y preparación de las diversas dro- gas y combinaciones de drogas, el conocimiento es frecuentemente resguardado en el la mente de un individuo venerado, el chamán o médico. La información no se escribe sino que se transmite de generación en generación por el chamán, que es tanto maestro como

médico, una persona de la comunidad con poder sustancial. Las enfermedades raramente, o nunca, se atribuyen a causas orgánicas sino que se supone son causadas por espíritus malig- nos o maldiciones (Schultes 1992). Es el chamán quien se comunica el mundo de los espí- ritus y quien cura dolores de cabeza, de espalda, picaduras de insectos y constipación. Desafortunadamente, un chamán puede morir de viejo antes de transmitir su conocimiento a la siguiente generación. Los etnobotánicos temen actualmente que mucho de ese conoci- miento se esté perdiendo debido al impacto de las culturas modernas sobre las tribus tradi- cionales y cada vez menos jóvenes estudian para ser chamanes. La pérdida de este conoci- miento esencial, lentamente acumulado a lo largo del tiempo, seria una verdadera lástima.

El etnobotánico Mark Plotkin (1993) que estudió con los chamanes en el noreste de Sudamérica, describe muchos ejemplos fascinantes que demuestran el sofisticado conocimiento del uso de compuestos defensivos tropicales por parte de los pueblos loca- les. La savia de una liana que contiene alcaloides, es usada para ayudar a curar la fiebre en los niños. La rotenona, un potente vasoconstrictor se extrae de otra liana común y se emplea para matar peces, una crítica fuente de proteínas. Plantas que incluso un botá- nico hábil tiene dificultad en identificar son fácilmente reconocidas por un chamán. Igualmente fascinantes son las vívidas descripciones que Plotkin hace de cómo fue guia- do en este conocimiento (incluyendo el uso de los alucinógenos) por varios chamanes cuya confianza y respeto ganó pacientemente.

Conocí a Piwualli, un chamán cuya área de influencia incluía los pueblos de una sec- ción del Río Napo en Ecuador. Decía tener setenta y tres pero aparentaba ser considerable- mente más joven. Piwualli guió a mi grupo hasta una destartalada mesa de madera fuera de su casa. La mesa tenía una alta pila de matas de hierbas secas, parte de la farmacopea del médico de la selva. Piwualli no hablaba inglés y muy poco español, pero nuestro guía cono- cía el lenguaje de Piwualli y actuó como traductor. Piwualli describió los múltiples usos de diversas plantas. Uno de los síntomas que describía parecía ser notablemente similar a los característicos de ciertos desordenes nerviosos severos tales como el mal de Parkinson. De manera interesante, Schultes y Raffaulf (1990) mencionan que los indígenas de esta región usan tres especies de plantas distintas para tratar “temblores paralizantes”.

La sugerencia de que muchas enfermedades serias podrían ser aliviadas por potentes compuestos tropicales es tanto fascinante como prometedora. Por muchos años el alca- loide quinina, procedente de pequeños árboles y arbustos neotropicales del Género

Cinchona, ha sido bastante efectivo para combatir ciertos tipos de malaria. La resina

extraída de las plantas del género Virola, usadas como potentes alucinógenos (ver abajo), también puede ser muy efectiva para controlar e incluso curar infecciones micóticas cró- nicas, que actualmente sólo pueden ser suprimidas por medicinas modernas (Schultes 1992). Plotkin (1993) señala que sólo se han investigado a fondo las propiedades farma- cológicas de unas 5.000 de las 250.000 especies de plantas del mundo y que las 120 dro- gas de origen vegetal recetadas derivan de tan sólo 95 especies. Gottlieb (1985) señaló que hasta 1977 solamente se habían examinado 470 sobre un total estimado de 50.000 especies de plantas brasileñas con flores, o cerca del 1%, para detectar la presencia de compuestos químicos. Cox y Balick (1994) aseguran que “menos de la mitad del uno por ciento [de especies de plantas con flores] han sido estudiadas exhaustivamente por su composición química y valor medicinal”. Obviamente hay mucho por aprender.

Se están realizando investigaciones para intentar evaluar el potencial farmacológico de las especies de plantas neotropicales. Schultes (1992) describe cómo científicos a

bordo del barco de investigación Alpha Helix, normalmente un buque oceanográfico, navegaron el Amazonas durante un año, colectando 3.500 ejemplares de plantas de 960 especies, para llevar a cabo análisis bioquímicos de estas plantas utilizando los moder- nos laboratorios del barco. Thomas Eisner, de la Universidad de Cornell, propuso un enfoque innovador. Fue el catalizador para que la compañía farmacéutica Merck firma- ra un acuerdo con el gobierno de Costa Rica, por el cual Merck proveería un millón de dólares para investigación y conservación a cambio de derechos exclusivos para inves- tigar la flora en busca de compuestos de potencial uso médico (Cox y Balick 1994). Eisner denomina a su enfoque “exploración química” y si bien el eventual resultado final de semejante búsqueda resulta desconocido hasta el presente, es innegable que potencialmente se pueden hallar drogas medicinales útiles en la flora tropical. Shaman Pharmaceuticals, creada en 1988, es una compañía pionera que intenta descubrir y apli- car el conocimiento etnobotánico que necesita la medicina moderna (Joyce 1992).

Plotkin (1993) enfatiza la obligación de compartir cualquier beneficio que pudiera derivar de los estudios etnobotánicos, sea monetario como de otro tipo, con los indíge- nas quienes, de hecho, obtuvieron el conocimiento en primer lugar. Tal política no sólo tiene un peso moral, sino también un marcado potencial de conservación. Por ejemplo, la Reserva de Bosque Lluvioso Terra Nova en Belice fue establecida en 1993 por un grupo llamado Asociación de Curanderos Tradicionales de Belice, una agrupación que incluye gente de la mayoría de los grupos culturales y étnicos de Belice, un país en el que se estima que cerca del 75% de las personas dependen de las medicinas de las plan- tas para satisfacer sus necesidades primarias de salud (Balick et al. 1994). La reserva, un área de bosque de tierras bajas de 2.400 hectáreas, será administrada para conseguir lo siguiente: cultivo y documentación de las plantas con valor medicinal y su protección contra la sobreexplotación; investigación etnobotánica y ecológica; fomentar el ecotu- rismo con paseos y seminarios diseñados para enseñar los usos de las plantas.

Schultes y Raffaut (1990), en su libro El Bosque Sanador, tratan alrededor de 1.500 espe- cies y variedades de plantas de 596 géneros y 145 familias, todas usadas con fines medicina- les o tóxicos por los pueblos indígenas en el noroeste de la Amazonia. Es fascinante ver la gama de síntomas que tratan como también la diversidad de plantas que aplican para cier- tos estados o malestares comunes. Por ejemplo, hay 38 plantas que pueden ser usadas para la diarrea, 25 para el dolor de cabeza, 18 para los dolores y molestias musculares y 38 para el dolor de muelas. Existen muchas plantas que pueden ser usadas para tratar picaduras de diversos insectos (16 de ellas para mordeduras de hormigas), 36 para parásitos intestinales y 29 para mordeduras de serpientes. Hay 26 de las plantas mencionadas que se usan como anticonceptivos. Además, hay plantas que se presume pueden ser usadas en el tratamiento de malestares como sinusitis, tortícolis, encías sangrantes, úlceras estomacales, cataratas, asma, inflamación de pechos, inflamación de testículos, epilepsia, tumores, forúnculos, ampollas, sarna y calvicie, para mencionar sólo algunos. Por supuesto, hay que tener en mente que el grado de éxito alcanzado por estas diversas aplicaciones es debatible. Yo duda- ría, por ejemplo, de que un chamán pudiera curar a alguien envenenado por una Matabuey (Lachesis muta). Dudaría asimismo sobre la tasa de éxito en la curación de varias enferme- dades serias, como la tuberculosis. Donde está disponible, muchos grupos indígenas acep- tan de buena gana la medicina moderna (aunque puede argumentarse que en parte lo hacen porque son afectados por varias enfermedades contraídas al entrar en contacto con los colo- nizadores). Aun así, la eficacia de los tratamientos etnobotánicos para muchas aflicciones

parece innegable y, como se mencionó anteriormente, todavía hay mucho que aprender. Además de sus usos medicinales, muchas plantas son usadas para extraer diversos venenos usados para cazar y muchas otras con propósitos alucinógenos o narcóticos. Cerraré este capítulo con una breve reseña de los más conocidos.

El Curare

Charles Waterton, que viajó por primera vez a la Amazonia en 1812, debe haber sido, sin lugar a dudas, un comensal maravillosamente entretenido con quien compartir una cena. Qué historias debe haber contado. Este aristocrático y excéntrico explorador del Amazonas demostró tener una destreza poco común para la taxidermia y un impulso intrépido para la exploración y el descubrimiento. Y uno de sus descubrimientos fue el curare. Waterton (1825) describe una enredadera, llamada Wourali, que suministra el ingrediente primario para el veneno de las flechas y la “sombría y misteriosa operación” por la cual el veneno es extraído y preparado, sólo por ciertos individuos calificados. Describió cómo un gran buey de alrededor de 45o kilos, murió en los 25 minutos siguientes a haber recibido tres flechazos envenenados en el muslo. El veneno, dijo Waterton, produjo “una muerte que asemejaba al sueño”.

El curare tiene un efecto tan poderoso como relajante muscular que induce paráli- sis. Y esa es la idea básica. El curare se adhiere a la punta de flechas y dardos que luego son usados por expertos cazadores para derribar diversas especies de mamíferos y aves. Al ver los pequeños dardos que son las municiones de las cerbatanas, inmediatamente se nota que estas armas causarían un daño a penas mayor que un pinchazo en sus poten- ciales presas si no fuera por el veneno. La flecha o el dardo no derriban a la criatura, el curare lo hace. El curare y sus derivados son muy conocidos por los médicos modernos, ya que se emplean comúnmente durante ciertos procedimientos quirúrgicos.

Los curares se extraen de muchos tipos de plantas diferentes de una gran variedad de familias. De hecho, en la Amazonia colombiana se utilizan más de setenta y cinco especies de plantas para este propósito. La mayoría de los curares son una mezcla de varias especies de plantas (a menudo preparados de manera específica para un determinado tipo de ani- mal) y varían mucho no sólo de una tribu a otra sino también de un chamán a otro (Schultes 1992). El arte de preparar curare requiere una atención cuidadosa en los detalles. Es una sustancia peligrosa. Es notable que los indígenas amazónicos hayan descubierto y utilizado tantas combinaciones distintas de venenos curare (Schultes 1992; Gottlieb 1985). El curare recibe su nombre de un grupo de plantas del Género Curarea, antiguamente

Chondrodendron. Las Curareas son lianas que comienzan su vida como arbustos y eventual-

mente se vuelven trepadoras. Curarea toxicofera es una especie utilizada en general por muchas tribus. El curare se extrae de su corteza y de la madera del tallo y a menudo se la mezcla con otras especies, particularmente del Género Strychnus (Schultes y Raffaur 1990).

Cocaína

La cocaína, es sin lugar a dudas, una poderosa y adictiva droga narcótica y un grave pro- blema social en parte de la sociedad occidental. Químicamente, es un poderoso alcaloide que se extrae principalmente de un pequeño e inconspicuo arbusto, Erythroxylum coca, var. ipadu, comúnmente llamado coca (Balick 1985). Una segunda especie E. novograna-

tense, se cultiva en las laderas orientales de los Andes y no se encuentra en zonas bajas. La

coca contiene numerosos alcaloides, pero la cocaína es el de mayor concentración. Si bien la cocaína es considerada un azote social en la cultura norteamericana, tiene usos tradi- cionales importantes para los pueblos indígenas de América del Sur: como medicina, en ciertos rituales, para mascar y para nutrición (Balick 1985). Estudios citados por Balick demuestran que con ingerir 100 gramos de hojas de coca al día, una persona cubre sus necesidades de calcio, hierro, fósforo y vitaminas A, B2 y E. Mascar hojas de coca ayuda a eliminar la fatiga, brindando a la gente resistencia adicional en el enrarecido aire de los altos Andes. Vale destacar que una hoja contiene solamente 1% de cocaína e incluso sus efectos son modificados por otros compuestos de la hoja (Boucher 1991), así que mascar hojas de coca no es lo mismo que inhalar cocaína (que afecta al cerebro en apenas cinco segundos). Las hojas de la coca también se aplican sobre heridas o se hierven para prepa- rar té. Puedo aseverar por experiencia propia que el té de coca ayuda a mitigar los desa- gradables efectos del mal de las alturas, común entre los que visitan los Andes.

La mayoría de la coca que se cultiva para ser usada como narcótico proviene de Perú y Bolivia (aunque es refinada y enviada desde Colombia, que produce cerca del 80% de la cocaína del mundo), en especial en el Valle del Alto Huallaga en Perú (en las laderas orien- tales de los Andes), donde se estima que se cultiva el 60% de la coca del mundo (Boucher 1991). Desafortunadamente, cultivar coca para cocaína es muy lucrativo. Por ejemplo, una hectárea de coca en Bolivia puede dejar una ganancia de 6.400 Dólares Americanos, contra 1.500 por café, 600 por bananas y 300 por maíz (Boucher 1991). Tal rentabilidad, unida a la realidad de que la coca tiene muchos usos tradicionales, indica que la erradica- ción del comercio de cocaína es, en el mejor de los casos, altamente problemático.

Vale mencionar que el refresco Coca-Cola, históricamente era COCA-Cola. Basados en las recomendaciones de un informe de la Comisión sobre Adquisición del Hábito de la Droga de los Estados Unidos, en 1903 los productores de la Coca-Cola eliminaron la insignificante cantidad que, hasta ese momento, incluían en la receta (Moeser, en Boucher 1991). El informe aseguraba que la cocaína era usada principalmente por “bohemios, jugadores, prostitutas, ladrones, chantajistas y proxenetas”.

Embriagantes y Alucinógenos

Quizá los alucinógenos más conocidos en el Neotrópico estén en el Género Virola de la Familia Myristicaceae (nuez moscada). Entre 62 y 65 especies de estos árboles del soto- bosque se distribuyen a lo largo del Neotrópico y unas pocas son ampliamente utilizadas en la Amazonia occidental y parte de la Cuenca del Orinoco para lograr un rápido y extre- mo estado de embriaguez y posteriores alucinaciones. Tal práctica sirve a múltiples fun- ciones, desde la adivinación espiritual hasta el diagnóstico ritual y tratamiento de enfer- medades (Schultes y Hoffmann 1992). En muchas tribus sólo el chamán toma epena, ebena o nyakwana, nombres con que se conoce la preparación de Virola, mientras que en otras, como los Yanomami, todos los hombres del grupo participan. La droga en sí se

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