El concepto de fase, a diferencia del concepto de etapa, se relaciona con que cada período se puede sobreponer con el otro, no hay una demarcación rígida, ni claramente delimitada en la finalización de una fase y el inicio de la otra. Se va generando por lo tanto un proceso, que comienza en un acto preparato- rio, continúa en la aparición de un tema o conflicto, sigue con la exploración, profundización, y a veces con la resolución de este, para finalizar con un re-mirar, re-pensar y re-significar. Lo importante de cada fase no es tanto el método o la forma, ya que lo que define su esencia tiene que ver con el propósito o sentido que dicha fase tiene. Lo que se desarrolla a continua- ción son entonces principalmente los propósitos de cada mo- mento de la sesión grupal del psicodrama.
La primera gran fase de la sesión grupal dice relación con la preparación o caldeamiento.Este, a su vez, se divide en ines- pecífico, que es el proceso inicial, mediante el cual se genera una sensibilización del cuerpo, de los afectos y de la cohesión de los participantes, de manera de facilitar la emergencia del diagnóstico y del conflicto grupal. El caldeamiento se puede realizar en función del trabajo con el cuerpo, música, danza, o también mediante la emergencia de contenidos verbales espon- táneos del grupo. Esto implica, que es un proceso que también
puede darse en el plano de las ideas y de la conversación discursiva, en la que se genera un encuentro. El caldeamiento inespecífico está fundamentalmente destinado al espacio grupal. Por otra parte, un segundo periodo de esta fase de preparación es el caldeamiento específico. Consiste en la dinámica median- te la cual surgen las vivencias y los conflictos individuales, de las que emerge el conflicto grupal. En esta etapa, por lo gene- ral, el grupo además elige participativamente la escena y por lo tanto el protagonista que la desarrollará. También el caldea- miento específico es cuando se prepara al protagonista para el desenvolvimiento de la escena, la preparación del espacio físi- co, los personajes, etc. Se considera también, como parte del caldeamiento específico, la escenificación. Aquí, se construye y delimita el espacio escénico, con los espacios tridimensionales, los objetos y las relaciones. También es considerada como parte del caldeamiento específico. Es recomendable traer a la memo- ria, lo más vívidos posible, recuerdos de diferentes sensaciones, olores, iluminación, hora del día, ruidos alrededor, etc. La escenificación la va construyendo el protagonista; no obstante es función del director guiarla de tal manera que vaya involu- crando al grupo en este proceso, introduciéndose en el espacio tiempo, características físicas, personajes, etc.
La segunda gran fase de la sesión grupal de psicodrama es el despliegue de la escena. Consiste en la dramatización, la realización de la acción que involucra al protagonista y a los roles complementarios, y que tiene como propósito vivenciar y tomar conciencia del conflicto, intentando integrar en la experiencia elementos ideativos, afectivos y corporales. Cons- tituye un dispositivo terapéutico, que permite el despliegue de la fantasía interna. Aquí el director debe tener la capacidad vincular-tele terapéutico, para que la escena fluya, y detenerla e intervenirla en los momentos necesarios, para la profundi- zación y exploración de lo latente. El protagonista de esta escena puede ser un miembro del grupo o un subgrupo, de- pendiendo cómo y quién haya elegido el grupo como emer- gente. En el primer caso estamos hablando de psicodrama y
en el segundo caso de sociodrama. Toda dramatización debe contemplar la carga afectiva asociada, que es la que general- mente se desbloquea durante la acción. Consiste en la abre- acción emocional, que implica simultáneamente despejar y tomar conciencia de algo por primera vez. La catarsis de inte- gración esta ligada al insight dramático que consiste en el pro- ceso de darse cuenta de manera integral y en forma espontá- nea. Esto implica tomar conciencia del locus, de la matriz y de la relación dinámica que existe entre ambos. Se produce un proceso de resignificación, que trasciende lo intelectual. Tan- to la catarsis de integración como el insight dramático, se en- trelazan para que realmente posea sentido terapéutico. De lo contrario, una catarsis puede tener solo un efecto de descarga tensional, pero no un cambio o una revaloración. La catarsis de integración es un componente corporal afectivo con carga pulsional, no a la manera impulsiva de un acting. Por otra parte el insight dramático tiene un componente más de pen- samiento, más de proceso secundario y elaborativo. Mencio- no esta separación didácticamente, ya que en la realidad prác- tica es un acto único y espontáneo en el sentido moreniano de la palabra espontáneo. Esto último implica un sentido de adecuación y un sentido vincular, ya que este proceso solo se da en el caso de que hay un alguien que lo acoja y contenga. A partir del proceso anterior, la resignificación vivencial e inte- lectual permite la apertura a nuevas posibilidades de relación, de espontaneidad y de creatividad con la realidad interna y externa. Sobre la base de la espontaneidad y la plena libertad del grupo de expresar su mundo interno, se sustenta la verda- dera capacidad de adaptación, sin que ello involucre la nega- ción de aspectos de sí mismo.
La fase expresiva del psicodrama puede cursar de acuer- do al manejo de la escena clásica de psicodrama, pero tam- bién se puede dar a través de concretizaciones de imágenes de vivencias de un grupo, presentaciones no verbales de conteni- dos de un subgrupo, o relato de leyendas. Está última posee la ventaja del manejo de los contenidos a nivel simbólico, que
permite no adherirse a contenidos específicos percibidos como amenazantes, para un individuo o para el grupo. Esto es espe- cialmente útil en algunas fases del desarrollo de la psicotera- pia de grupo.
La tercera y última fase de la sesión grupal es el sharing. Consiste en el cierre del proceso de intervención psicotera- péutica. Aquí nuevamente tienen espacio el pensamiento y la palabra. Se posibilita lo elaborativo posterior a la escena y la profundización simbólica del conflicto, la que es construida entre terapeuta y grupo. Se comparten las vivencias persona- les, generadas por la dramatización. En este período es rele- vante acoger y devolver, tanto lo transversal, como lo hetero- géneo. El director no debe solo detenerse en lo transversal, ni menos aún forzar la homogeneización de los conflictos, sino que también respetar la diversidad. Las temáticas emergentes configuran el proceso de identificación secundaria. En este sentido, el sharing no solo aúna sino que también diversifica caminos, no solo cierra sino que abre preguntas, no solo faci- lita el proceso de cohesión grupal, sino que también dentro de ella promueve el proceso de individualización. En otras pala- bras un grupo que tiende a lo sano, a lo espontáneo, es un grupo que se cohesiona en una tarea, pero que contiene indi- viduos con diversidad. Esta etapa es crucial, sobre todo en la modalidad grupal, ya que es aquí donde se constata que la elección de la escena se relaciona, con la emergencia de un conflicto que ya no es del protagonista que realizó la drama- tización, sino que este fue sólo un agente catalizador del con- flicto grupal. El sharing cumple en cierto sentido con dos pro- pósitos: el primero dice relación con la verbalización, que po- sibilita una resignificación cognitiva y afectiva del re-aprendi- zaje, y el segundo la vuelta al contexto grupal, desde la escena individual o subgrupal. Yo, en términos prácticos, lo divido en dos partes. La primera es asociación libre, divergente, más cercana al proceso primario y a una ruptura lógica, que per- mite la profundización de los contenidos emergentes incons- cientes del protagonista y del grupo, lo planteo como un jue-
go de asociaciones laxas de ideas, disparadas por la escena. Esto tiende a enfatizar más el hecho de que el sharing no debe estar centrado en un proceso de «interpretaciones y consejos» dirigidos al protagonista. La segunda, más secundaria, elaborativa y convergente, que tiende a estructurar más el pro- ceso y a diferenciar lo que es del grupo, del protagonista y de cada miembro, en la medida de lo posible. El predominio de la primera y segunda partes depende del nivel de profundidad y desarrollo en los que esté el grupo. Obviamente, a mayor profundidad de contenidos, tiempo transcurrido de la psico- terapia grupal y consolidado esté el vínculo, más se puede explorar la etapa divergente, ilógica y de asociación libre. En las psicoterapias focalizadas de tiempo definido, es mejor un
sharing más estructurante y psicoeducativo.
Otra forma de enfocar el desarrollo de los grupos es la descripción de sus fases de desarrollo a lo largo de un periodo, no de una sesión, como se acaba de plantear. El grupo cursa fases de ciclo espiral evolutivo, que han sido desarrolladas por diversos autores.
Foulkes se refiere a una fase de grupo inicial indiferen- ciada y mágica, una fase intermedia de diferenciación y hos- tilidad y una fase terminal en que el grupo experimenta la futilidad de la vida y la muerte inexorable. De manera simi- lar, otro autor, King, describe cuatro fases. Una primera caó- tica, primaria y fragmentada, una más organizada en la que surgen líderes, cohesión grupal y claridad en la tarea, para pasar a un enfrentamiento experimental y llegar a un proce- so de adaptación y cambio. Bennis habla de dependencia, huida y posteriormente de interdependencia. Por otra parte, Shutz se refiere a inclusión, control del poder y liderazgo, para concluir en una fase de más comunicación y afecto. Bach describe procesos de prueba, dependencia, regresión, compañerismo, fantasía y juego, conciencia de grupo y gru- po de trabajo. Finalmente, Pablo Población y Elisa López Barbera describen cuatro fases. La primera, denominada como caótica, en la que se da dependencia y temor. La se-
gunda, llamada fundacional, en la que se expresan amor y odio. Una tercera fase está descrita como una fase de repro- ducción de los mitos familiares, hasta una cuarta y final en que se estructura socialmente el grupo, en base a agenciar tareas8.
Lo que he observado en lo años de trabajo grupal, tanto psicoterapéutico como de formación, son alrededor de cuatro fases, que aproximadamente coinciden con las descritas por los autores señalados.
La primera es una fase de cautela, resistencia y temor. Es un período de conocimiento del grupo y de los terapeutas, además de una adaptación y reconocimiento del encuadre. Aquí se activan una serie de ansiedades paranoides y miedos, relacionados fundamentalmente con la sobreexposición, la pérdida de la individualidad y autonomía, así como el susto de caer en estereotipias en la relación grupal. El primer ele- mento que desde el coordinador ayuda a transitar en forma adecuada esta fase, dice relación con el facilitar y promover espacios en que estos temores se expresen abiertamente en el grupo sin ser juzgados, sino que, por el contrario, valorados como defensas sanas. Muchas veces los psicólogos caemos en la deformación profesional de interpretar resistencias, cuando lo que hay es cautela o temores absolutamente válidos. Estos se pueden transformar en resistencias si se cronifican, porque no tienen espacios de liberación, bloqueando la emergencia de la verdadera espontaneidad, que no tiene que ver con la sobreexposición antes de tiempo. Un segundo elemento tiene que ver con la sensibilidad télica del coordinador, que se co- necte con el timing del grupo y en consecuencia seleccione en conjunto con ellos actividades de caldeamiento que permitan el acercamiento paulatino en función de las necesidades de sus miembros. Un tercer elemento tiene que ver con el status
nascendi y locus de la gestación del grupo, que se produce en
las primeras sesiones y en las cuales el encuadre, en términos
de los propósitos y reglas del juego, debe quedar extremada- mente claro y acordado. El momento de conformación del grupo, en este sentido, es crucial. El coordinador de grupo, debe preguntar, en la primera sesión, si están todos cómodos, o se encontraron con alguien que puede hacer incompatible su funcionamiento en el grupo. Me ha tocado enfrentarme al hecho de que miembros del grupo se han encontrado con su ex terapeuta o en otra ocasión con su ex pareja. Eso se conver- sa y se busca la forma de resolución, que puede llegar a la no inclusión de un miembro, como medida precautoria de él mismo y por supuesto del grupo. Durante esta primera fase del grupo, suelo hacer más énfasis en los emergentes grupales que a los personales, para que los sujetos no se sientan indivi- dualmente expuestos.
Una segunda fase dice relación con la indiferenciación, idealización, enamoramiento y manía. Durante esta fase, ya han pasado los temores iniciales, el grupo se ha cohesionado y experimenta esta cohesión en forma uterina, regresiva y mági- ca. Tienden a homogeneizarse, a homologar conflictos y a negar diferencias. El grupo y el espacio grupal tienden a ser visua- lizados como una especie de paraíso en donde cesa el munda- nal ruido y en donde mágicamente se satisfacen todas las ne- cesidades. En general es una fase maníaca similar a la del ena- moramiento de las parejas, en que idealizo al otro, negando sus dificultades. El grupo y su terapeuta representan un espa- cio imaginario de gratificación de necesidades. Esta fase ob- viamente se desarrolla si el grupo logra transitar la primera descrita. Frente a ella no queda otra que vivirla. En término de catexis energética grupal, es necesaria y disfrutable, pero no debe prolongarse más del tiempo necesario. En este senti- do, el rol del terapeuta debe ser el ir señalando y confrontado al grupo, los elementos que tienden a la negación de dificul- tades y a la idealización e ir enunciado el paso de una etapa de mayor reconocimiento del otro.
Una tercera fase, que se desprende en este caso inevitable- mente de la anterior, es la de la desidealización, desilusión, dese-
namoramiento. Este tránsito es inexorable. Existen manifesta- ciones de frustración y agresión, hacia el grupo y/o hacia el coordinador. Es como el desenamoramiento, como sentirse es- tafado. La diferenciación con el resto de los compañeros es ex- perimentada con sentimientos propios del duelo, como tristeza y rabia. Para el tránsito adecuado de esta fase es sumamente importante que el coordinador no se haya quedado detenido sobre la base de alguna necesidad narcisística, alimentando la omnipotencia e idealización de la fase anterior y haya ido acom- pañando el duelo a este tránsito doloroso en forma paulatina. Una cuarta fase se plantea como de diferenciación, acep- tación del duelo y capacidad de centrarse en la tarea de creci- miento y en el propósito grupal. La llegada satisfactoria a esta fase, depende de varios factores, relacionados con las ca- racterísticas del coordinador y también del grupo. Por ejem- plo un grupo con características más regresivas, con un coor- dinador de grupo más omnipotente y narcisista, es una com- binación peligrosa.
Cada una de las fases anteriormente descritas tiene su forma concomitante de organización grupal, emergencia de estructuras familiares primarias, líderes, etc.