Muchos hogares se destruyen con el argumento de alguna de las partes que dice: "No soy feliz. Los problemas económicos no me permiten vivir con alegría y destruyen mi matrimonio". Intentemos analizar brevemente qué es la felicidad.
La humanidad entera corre en busca de la felicidad. Sin embargo, y a pesar de los adelantos tecnológicos que constantemente mejoran la calidad de vida, el mundo es cada vez más infeliz. Nuestras abuelas que no disponían de microondas o lavarropas automáticos, por mencionar solo algunas de las comodidades que hoy existen, eran mucho más felices que las amas de casa que disponen de todo el progreso actual, además de tener quizás dos o tres mucamas que les realizan las tareas del hogar y en algunos casos -lamentablemente- también educan a sus hijos.
El Talmud en Sanhedrin 98 nos da la clave del tema, cuando comenta que Ribí Iehoshua ben Levy se encontró con Eliahu Hanabi en la puerta de la cueva en donde está sepultado Ribí Shimhon ben Iojai y le preguntó: "¿Cuándo vendrá el Mashiaj?". Eliahu Hanabi le respondió que fuera él mismo a preguntarle a las puertas de Roma en qué lugar lo encontraría. Lo podría identificar entre unos pobres que soportan sufrimientos y tienen el cuerpo lleno de vendas con las que cubren sus heridas. El Mashiaj se diferencia del resto en que cambia las vendas de a una por vez, ya que en cualquier momento puede ser llamado por Di-s para traer la Redención al mundo y en ese caso no desea demorarse ni siquiera un instante de más. Ribí Iehoshua ben Levy lo encontró y le preguntó cuándo vendría. El Mashiaj le contestó: "hoy", luego de haberlo saludado diciéndole: "Shalom para ti, hijo de Levy". Cuando Ribí Iehoshua regresó a lo de Eliahu Hanabi, éste le dijo que le había asegurado el Olam Habá para él y para su padre por la manera en que lo había saludado. Para que Ribí Iehoshua ben Levy no pensara que el Mashiaj lo había engañado al decirle que iría en ese día, Eliahu Hanabi le explicó que el sentido de esa respuesta era lo que el rey David dijo en el Tehilim 95: "Hoy, si Mi voz escucharán".
Más allá de intentar analizar este suceso que narra el Talmud, podríamos preguntarnos: ¿por qué el Mashiaj no trae aún la Redención al mundo? ¿No podría aguardar en un lugar geográfico más apropiado tal como el propio Ierushalaim por ejemplo? El Maharal de Praga explica que "las puertas" reflejan el final, el extremo de la ciudad. Roma, por su parte, es el símbolo del materialismo a lo largo de todo el Talmud, es el centro del egoísmo y orgullo, es la que lleva la bandera de la búsqueda de los placeres contrarios a lo espiritual. Allí, en el final del materialismo se encuentra el Mashiaj. Cuando el mundo llegue al extremo y comprenda que esas bases materiales lo llevan a su entera destrucción, ahí vendrá el Mashiaj. No estamos lejos, basta observar lo que hoy sucede en la vida.
¿Cómo hará el Mashiaj para traer la Redención? Lo podemos deducir de lo que comenta el Talmud en esa misma sección al recordar el versículo de Zejaría 9: "será (el Mashiaj) un pobre montado sobre un burro". ¿Por qué un pobre? ¿No sería mejor que se presentara en un tanque de guerra moderno o en un avión supersónico o quizás en una nave espacial? El significado es mucho más profundo. El término "Aní" que normalmente significa "pobre", en este caso no debe ser interpretado en forma literal, sino por la raíz "Anavá" de la que proviene, que significa "humildad". El rasgo que por excelencia destacará al Mashiaj será su sencillez y modestia. En forma similar el término "Jamor" (burro), proviene de la raíz "Jomer" (materialismo), ya que el Mashiaj vendrá "montado sobre un burro", o sea que estará por encima de lo material, porque tendrá un dominio absoluto sobre las necesidades del cuerpo humano. El Mashiaj enseñará a la clase humana a sobreponerse al materialismo, a que el cuerpo sirva al espíritu por el propio beneficio de la persona. Como escribe el Rambam en la carta de Musar a su hijo: "el mundo se compara a una persona que se encuentra sentada al lado de un horno en un día de pleno invierno. Si se sienta sobre el horno se quemará, si se aleja demasiado no tendrá provecho del calor. Sólo estar a una distancia media le provocará la mejor satisfacción". Ese equilibrio maravilloso es la base de los preceptos de la Torá. Quien se conduce con ellos encontrará la felicidad en la vida, será dichoso en este mundo y disfrutará en el venidero.
Una de las bases no sólo del matrimonio sino también de la vida es sentirse satisfecho internamente consigo mismo. La pregunta clave es cómo alcanzar esa categoría. Los placeres mundanos no otorgan el sentimiento al que nos referimos. Por el contrario, son la fuente de un deseo mayor aún que nunca concluirá. El Gaón de Vilna lo compara con una persona que decide saciar su sed bebiendo agua salada. Por un instante, le parece que está satisfecho, pero inmediatamente se dará cuenta de que está más sediento aún.
Si creemos que se trata de una novedad de nuestra época, veamos lo que escribió el rey Shelomo al comienzo de su libro Kohelet en el que resumió su experiencia de la vida: "¿Qué beneficio obtiene el hombre de toda su labor bajo el sol? Todas las cosas agotan a la persona (y no las alcanza), no se satisface el ojo con ver y no se llena el oído de escuchar. Yo, Kohelet, he sido rey sobre Israel en Ierushalaim. Dediqué mi corazón a buscar y a averiguar por medio de la sabiduría lo concerniente a todas las cosas que se hacen bajo el cielo... He visto todas las obras que se hacen bajo el sol y he aquí que todo es vanidad y destroza el espíritu" (Kohelet 1).
El rey Shelomo continúa a lo largo de doce capítulos analizando la vida humana en todos sus aspectos: obtención de bienes materiales, placeres y deleites de la vida. Su conclusión la adelantó al principio del libro: "Vanidad de vanidades, dijo Kohelet, vanidad de vanidades, todo es vano". Lo único valedero en la vida es la frase con la que concluye su libro: "Teme a Di-s y cumple Sus mandamientos, porque en eso está el hombre íntegro" (Kohelet 12).
Por lo tanto, podemos observar que el mundo es el mismo desde siempre: "No hay nada nuevo bajo el sol". Los errores de toda la historia se reiteran en nuestros días, quizás en una forma más sofisticada o desarrollada, pero con la misma raíz equivocada de siempre: creer que los placeres y lo material llenarán el deseo del corazón. ¿Cómo alcanzar la satisfacción verdadera? El mismo rey Shelomo en Mishlé 12 nos responde: "El hombre bueno obtiene el favor del Eterno". Existe un deseo interno en toda persona de ser bondadosa. ¡Qué satisfacción recibe en su corazón alguien que hizo un acto de ayuda al prójimo o luego de haber alegrado a un necesitado! Brindar y dar al otro es la base de la vida y del matrimonio. Ser bondadoso, abrir los tesoros que se encuentran en nuestros corazones. Seremos así los primeros beneficiados al encontrar la verdadera satisfacción de la vida.
Para tomar conciencia del valor de esta cualidad, recordemos el suceso que está escrito en Shemuel 1-1: Un hombre llamado Elkaná iba todos los años con sus dos esposas a Shiló (lugar donde estaba el Mishkan) para posternarse y ofrecer sacrificios a Hashem. Repartía la carne de esos Korbanot entre su esposa Penina y sus siete hijos y con su otra mujer estéril llamada Jana. Penina se burlaba de Jana quien no podía tener hijos. Su intención era que su hermana se esforzara en su Tefilá para que así Hashem la escuchara. Sin embargo, los años transcurrieron y Jana ni siquiera podía probar la carne que su marido le ofrecía por tanta amargura que tenía. Un año se produjo un cambio. Su marido quiso consolarla: "¿Por qué lloras? ¿Por qué no comes y por qué tu corazón está triste? Yo soy mejor para ti que diez hijos".
En ese momento, Jana fue sola al Mishkan y comenzó a rezar delante de Hashem. De su oración aprendieron los Sabios cómo debemos rezar todos los días. Su oración fue escuchada por Hashem y tuvo un hijo que llamó Shemuel, quien fue uno de los más grandes profetas del pueblo de Israel, equivalente a Moshe y a Aharon. ¿Qué sucedió? ¿Por qué reaccionó en ese momento? Su esposo le había dicho que él la quería como podían quererla diez hijos juntos. Ella comprendió que tenía todo lo necesario para vivir y un marido que la amaba. Pero había algo que no tenía: la posibilidad de brindar y dar a un hijo todo el cariño que una madre posee. Derramó sus lágrimas delante de Hashem porque comprendió que sin la posibilidad de dar todo lo que su corazón podía, la vida no tenía sentido. El Talmud en Berajot 31 comenta su Tefilá: "Señor del Mundo, todo lo que creaste en la mujer es necesario: los ojos para ver, oídos para escuchar... ¿para qué me has dado senos en mi corazón? ¿Acaso no son para amamantar a un hijo? Dame un hijo y lo amamantaré". Ese deseo fue la clave para que Hashem le otorgara lo que tanto necesitaba.
La reflexión nuestra es que debemos corregir nuestra manera de actuar mecánicamente. Sentimiento, corazón, amor verdadero, pensar en nuestra pareja, son las claves para poner en práctica la fuerza interna que a veces está adormecida en nuestro interior. Que Hashem nos ayude a poder concretarlo.