La base del Shalom es el respeto mutuo. En Pirke Abot está escrito: "Ben Zomá preguntó: ¿quién es el respetado?". Su respuesta fue: "el que respeta al prójimo". Dos grandes escuelas Talmúdicas discutían sobre muchos puntos de la jurisprudencia: Bet Shamai y Bet Hilel. En Masejet Erubin 13, el Talmud concluye: "Dijo Ribí Abá en nombre de Shemuel, tres años discutieron Bet Shamai y Bet Hilel para determinar la jurisprudencia, hasta que un eco celestial proclamó: "Las palabras de ambos son las de Hashem, pero la jurisprudencia es como la opinión de Bet Hilel". Si ambos opinaban correctamente, ¿por qué Bet Hilel tuvo el mérito de que la jurisprudencia coincidiera con su teoría? Una de las respuestas del Talmud es que: "Eran tranquilos y pacientes, adelantaban en explicar la teoría de Bet Shamai antes que la de ellos propiamente". Deducimos por lo tanto que el que respeta al prójimo, no sólo que será respetado, sino que tendrá el mérito de fijar y determinar la jurisprudencia.
La prueba de mantener el Shalom no es con aquellos con los que no mantenemos ningún tipo de relación. ¿Por qué pelearíamos con ellos? La prueba verdadera es con nuestra familia y con la sociedad con la que convivimos. Ahí surgen las distintas ideas y opiniones sobre temas comunes que pueden provocar la separación. En muchos casos, luego de la pelea no se recuerda ni siquiera cómo comenzó la discordia. Se demuestra así la falta de importancia del tema en cuestión. Todas las peleas tienen un común denominador: la falta de humildad de sus protagonistas, que se consideran superiores e intentan justificar con cualquier excusa el motivo del conflicto. En muchos casos, la inclinación a pelear del ser humano es la que encuentra los motivos para hacerlo.
En cualquier matrimonio existen distintas formas de pensar. Si esto sucede entre hermanos que fueron educados en un mismo hogar y se acostumbraron al mismo tipo de vida, es lógico que suceda en un matrimonio. El motivo fundamental por lo que esto ocurre es que Hashem creó a cada ser humano distinto del otro no sólo físicamente sino con un alma individual que lo convierte en un ser único en la tierra. Normalmente se cree que debería existir una vida de tranquilidad y sin peleas en el hogar. Según este criterio, lo anormal es la discusión y la intolerancia. Si analizamos con más profundidad nos daremos cuenta de que el razonamiento lógico es el contrario. Sólo con el esfuerzo y la superación continua se encontrará el Shalom. No se adquirirá en forma natural y espontánea, sino con la predisposición constante a mejorar y perfeccionarse al máximo de las posibilidades.
Lo que sucede es que son pocos quienes están dispuestos a recibir consejos para mejorar la calidad de vida del matrimonio. A diferencia de un dolor físico que es calmado tras recurrir a un médico quien receta el remedio adecuado, cuando las malas cualidades de la pareja destruyen el matrimonio hay una reticencia a asesorarse para superar el inconveniente. ¿Por qué? ¡Las complicaciones son
más trascendentes que cualquier dolor físico! Quizás el motivo sea que la enfermedad del cuerpo no implica culpabilidad del paciente. En cambio, las malas actitudes reflejan un tropiezo personal. Quizás sacan a la luz errores de toda la vida e incluso ponen en duda la educación que se recibió de los padres. Por eso, a veces se prefiere soportar el dolor y atribuir amargura, nervios y furia al otro.
Pero el daño que este proceder ocasiona no se limita al interior de quien así lo decide, sino que se extiende a todos los integrantes del hogar y por sobremanera a los hijos. No olvidemos que las estadísticas revelan que en la mayoría de los casos, los hijos repiten en sus hogares las desavenencias de sus progenitores.
Aquellos que toman con responsabilidad la vida matrimonial, saben que todo el esfuerzo que realicen es ínfimo frente al pago que recibirán: la presencia de la Shejiná en el hogar.
El único modo para evitar una pelea es trabajar sobre uno mismo para reforzar la fe y aprender a vivir con alegría. El profeta Zejariá 8 nos dice que "la verdad y la paz serán amadas". Aparentemente, se trata de dos conceptos contradictorios porque, si observamos al prójimo bajo la óptica de la verdad, encontraremos errores y falencias que provocarán la discordia. Lo que sucede es que buscamos la verdad en el otro y olvidamos analizar nuestro propio comportamiento. Si lo hiciéramos, tomaríamos conciencia de nuestros defectos y sería fácil encontrar la paz con el prójimo. A eso se refirió el profeta Zejariá.
Para concluir el tema, mencionemos el siguiente ejemplo: dos personas que trabajaban en un mismo lugar durante veinte años, recibían un sueldo que apenas les alcanzaba para sobrevivir. Uno de ellos le dijo a su compañero: "¡Qué felicidad que tendría si este mes cobrara un sueldo que fuera el doble de lo normal!". El otro, que guardaba odio a su compañero por tantas cosas que habían sucedido a lo largo de los veinte años, le propuso: "Si me permites que te golpee treinta y nueve latigazos en tu espalda, estoy dispuesto a entregarte mi sueldo". Llegaron rápidamente a un acuerdo y así uno pudo descargar el odio acumulado y el otro obtener un sueldo doble a pesar de las heridas que había recibido. Cuando el que había golpeado a su compañero de trabajo llegó a su casa sin el sueldo y le contó a su señora lo que había sucedido, ésta lo increpó por su necedad y le advirtió que debía recuperar el sueldo. De lo contrario no le permitiría el acceso a su hogar. Sin más remedio, se presentó de su compañero y le preguntó: "¿Qué me pides para devolverme mi sueldo?". El compañero -que estaba aún sufriendo por las heridas que había recibido- le replicó: "Si me permites en este caso golpearte treinta y nueve latigazos, te lo devolveré". Así hicieron y concluyeron el episodio cada uno con el mismo sueldo en sus manos, sólo que con las espaldas destrozadas. En algún momento creyeron que prevalecía uno sobre el otro, pero al final los dos resultaron perjudicados. La verdadera ganancia habría sido no participar de la discusión.
Que el Todopoderoso bendiga a todos nuestros hogares y comunidades con la bendición más importante que podemos recibir: "El Shalom".