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la Pascua de Resurrección del Éxtasis

Gretchen me invitó por carta a reunirme con ella en La Jo- I la, una comunidad junto al mar, que estaba de moda, situada al norte de San Diego, California.

Ella visitaría allí a su hijo a principios de abril de 1978, para lo que volaría desde Woodstock, Nueva York, donde dirigía una boutique.

Había conocido a Gretchen el año anterior, en Santa Cruz. A los 66 años de edad, su historia personal habría permitido es­ cribir una biografía fascinante, en la que se incluiría cómo esta judía austríaca de cabello gris había escapado de la Alemania nazi, su matrimonio con un rico hombre de negocios, sus años de amplias relaciones sociales y su interés por la filosofía orien­ tal, que la condujo a intentar conocer a Alan Watts. A partir de allí, el camino de su vida la llevó a preparar conferencias para Timothy Leary durante los buenos tiempos de los psicodélicos, a mediados de los años sesenta.

Pasé la noche en la pequeña casa que su hijo había alquilado para esta visita. Nos pasamos la tarde hablando de una serie de entrevistas que ella estaba haciendo. Ella también me habló de una nueva droga que había tomado su hijo, llamada MDMA, similar a otra droga que yo ya había probado, el MDA.

De hecho, en los diez años anteriores a mi visita a La Jolla, había tomado una variedad de sustancias psicodélicas. Mis raí­ ces estaban en la contracultura de los años sesenta. En aquella

época estaba matriculado en la Universidad de California, en Santa Cruz, donde más tarde term iné una licenciatura en Psico­ logía.

— ¿Cómo es la droga? — le pregunté a Gretchen— . ¿Es como el MDA?

-•—N o estoy muy segura de saber cómo es, pero mi hijo me dijo que es algo diferente al MDA. Dura menos tiempo, es le­ gal, y se supone que ayuda a la gente a comunicarse de una forma singular.

— Me gustaría probarla — declaré con entusiasmo.

— Bueno, mi hijo traerá algo por la mañana. Le pediré que te traiga también algo para ti.

Nos despertamos hacia las ocho de la mañana del domingo de Resurrección. Gretchen conectó un programa de radio de Gabriel Wisdom, una de las personas a quienes había entrevis­ tado recientemente. La «Alegre Hora Wisdom» era un progra­ ma local de la zona de San Diego, compuesto por una combi­ nación de noticias futuristas y chismes relacionados con la Nueva Era, por el anfitrión, Wisdom, así como música y entre­ vistas. Mi introducción a este nuevo ambiente, la renovación de mi amistad con Gretchen, y el tono optimista del programa aportaron la disposición mental abierta para la experiencia por la que estaba a punto de pasar. Al apartamento de Gretchen lle­ gó el hijo de ésta, un joven atractivo de poco más de treinta años, que acababa de doctorarse en Psicología Cognitiva por la Universidad de California, San Diego, y que en aquellos mo­ mentos trabajaba en temas relacionados con la inteligencia arti­ ficial y la investigación de computadoras. Me informó un poco más sobre los efectos del MDMA. Nos dijo que él no la toma­ ría, pero que sería un guía para nosotros durante la experiencia. Tomamos las pequeñas cápsulas blancas y emprendimos el via­ je en coche hacia el Pico Park, en San Diego. Era un día solea­

do de primavera, de cielo muy azul.

La Jolla es una ciudad turística, llena de tiendas especializa­ das, restaurantes y gente de vacaciones. Llegamos al parque y nos metimos en la zona boscosa, caminando. Después de unos

cinco minutos de marcha, empecé a sentir los efectos del MDMA. La primera sensación fue de un asombro inaudito. Fue como si fuera el mundo por primera vez, vigoroso, claro y nuevo. Esta sensación me recordó mi experiencia inicial con el LSD, pero en esta ocasión se no produjeron cambios visuales. Todo aparecía tal como era antes pero, de algún modo, diferen­ te, como más intenso, fresco y novedoso.

Gretchen también empezó a mostrar los efectos del MDMA. Empezamos a hablar excitadamente mientras su hijo, radiante, nos conducía hacia los jardines botánicos. Mientras contemplá­ bamos la flora exótica, marcada con carteles con nombres lati­ nos, mantuvimos una viva conversación que abarcó una amplia gama de temas y de personas. El tono fue consistentemente op­ timista.

Nuestra siguiente parada en la gira por el parque fúe en el Museo del Espacio. Pasamos ante exposiciones de cápsulas es­ paciales del pasado y del presente (eso fue antes de la Lanza­ dera Espacial de 1978). En la tienda de regalos nos llamaron la atención las joyas espaciales. Fueron especialmente atractivos los collares y pendientes con hologramas (era la primera vez que veíamos esta clase de adornos de alta tecnología).

Desde el museo, caminamos hasta el extremo más alejado del parque, desplegando ambos una insólita cantidad de ener­ gía, según admitimos. Luego, nos sentamos sobre la hierba de una colina desde la que se dominaba un terreno de juego.

Familias de marines de Estados Unidos estaban sentadas en bancos de picnic alrededor de la zona de juego, mientras sus hijos retozaban alegremente al sol.

Gretchen, a quien le gustan los niños pequeños, estaba sen­ tada, sonriente, contemplando la escena que se desarrollaba bajo donde nos encontrábamos. Normalmente, yo detesto a los militares, especialmente a los marines, debido a mi participa­ ción en el movimiento contra la guerra de Vietnam. Pero los marines de cabello corto, vestidos de caqui, acompañados por sus familias, parecieron transformados en este estado, inspira­ do por el MDMA. Ya no me parecían estereotipos, sino seres

humanos, hombres y mujeres que compartían un tranquilo do­ mingo de Resurrección en el parque. Suspendida mi perspecti­ va normalmente cargada de prejuicios, no sentí nada sino amor y compasión por todas las personas a las que veía, incluidos los marines.

Clon esta nueva comprensión llegó también una gran paz, una calma meditativa. La experiencia del momento no se vio perturbada por ninguna anticipación de acontecimientos futu­ ros, por ninguna lamentación sobre el pasado.

Mientras caminábamos de regreso al coche continué experi­ mentando aquella sensación de paz, como me sucedería duran­ te el resto del día. Hablamos animadamente sobre nuestra aven­ tura y las maravillas de esta nueva sustancia capaz de alterar la mente.

Durante los diez años siguientes a la experiencia de aquel domingo en el parque, he seguido consumiendo periódicamente el MDMA. Ninguna de las experiencias posteriores duplicó las maravillas de la primera. No obstante, la naturaleza y la direc­ ción de las experiencias empezó a cambiar para seguir nuevas vías de comprensión.

Estas se referían a poderosas nuevas conexiones y comuni­ cación con amigos y amantes. Como consecuencia de mis ex­ periencias, el centro de mi vida pareció alejarse de la preocupa­ ción por la espiritualidad trascendental, para dirigirse hacia las relaciones interpersonales y las maravillas de la vida cotidiana. Conservé la capacidad para comunicarme de una forma directa con las personas a las que encontraba durante mis sesiones.

Durante esta década también he sido testigo de numerosas personas que, en grupos o por parejas, toman su primera dosis de MDMA y se abren. Las experiencias que he observado me han permitido adquirir un nuevo aprecio por el lado bueno de la naturaleza humana. La gente me ha enviado artículos breves, panfletos, informes de sesiones o guías para el uso de Adán, Éxtasis o cualquier otro alias lleno de colorido que pueda utili­ zarse para designar el MDMA. He integrado todo ese material en el libro que ahora te dispones a leer.

He intentado entretejer aquí toda esa información, junto con la exploración personal y la participación con otros, en la pri­ mera revisión general e integrada del MDMA. Aquí encontra­ rás la historia, la psicología, la química, la biología, los méto­ dos de uso y el posible futuro de esta interesante y nueva sustancia y sus descendientes.

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I. La presentación de Adán

Descubres en tu casa una puerta secreta que conduce a una habitación cuya existencia te era desconocida. Se trata de una habitación en la que parecen quedar transformadas mágicamen­ te tu propia experiencia interior y tus relaciones con los demás. Te sientes realmente bien contigo mismo y con tu vida. Al mis­ mo tiempo, todo aquel que entra en esta habitación parece más digno de amor. Descubres que tus pensamientos fluyen, trans­ formados en palabras que previamente habían sido bloqueadas por el temor y la inhibición.

Después de varias horas, regresas a tu vivienda familiar, te sientes cansado, pero diferente, más abierto. Y tu recuerdo del paso místico puede ayudarte en los días y semanas siguientes a lograr que todas las demás habitaciones de tu casa parezcan más agradables. Esta puerta metafórica existe en forma de un nuevo compuesto experimental capaz de cambiar la mente. Re­ cibe numerosos nombres: «Éxtasis (XTC)», «Adán», «Presen­ cia», «Claridad», «Zen» y «M», pero las iniciales de su nom ­ bre químico son MDMA (o el también correcto MDM).